Capítulo 5. Se busca un Príncipe.
Durante el proceso de transformación que Antonia estaba viviendo hacia el encuentro de su ser normal, pudo entender que su propia vida llegaría a ser un misterio que por parte, estaría al otro lado del espejo, y no con humanos que de cierta forma llenarían de temblor su alma.
Tal vez adaptándose a la situación que se le presentaba, optó por imitar a sus compañeras que diariamente se enfrentaban al amor, aquel sentimiento que jamás había pasado por su ser y que definitivamente la llevaría de nuevo a la locura. Sin embargo, al verse ahora más sola que nunca, tal vez por su apariencia física o por las fuerzas cósmicas a su alrededor que impedían que los seres prevenidos se le acercaran, era imposible que lograra hallar alguien con quien comenzar la próxima etapa de su vida.
Poco a poco, se dio cuenta de la ligera depresión que había dejado atrás su cuerpo, luego de la aplicación del proyecto de renovar su todo. De repente, una luz sagrada se desvaneció en lo alto de aquel tranquilo lugar donde se encontraba y a sus manos llegó una especie de Biblia que desde siempre había sido para ella, el raro y curioso manual de una iglesia olvidada, quizás jamás aprendida. Tras recibir aquel libro, cayó en cuenta de que en realidad una mirada celestial a la entrada del mundo que proponían las mágicas historias, sería en parte la puerta que le daría la oportunidad de sentir esos labios que saben de sonrisas y de besos eternos bajo las estrellas.
Antonia día a día se iba haciendo más vieja, tal vez su alma se arrugaba lentamente. El 16 de Abril de 1983, llegó a cumplir quince años, la edad en que todo es maravilloso quizá para los demás pero no para ella, quien ahora presenciaba el amor como un demonio inalcanzable, como aquella evidencia de su sensibilidad, que sería una pasión más de tantas en su mente... Aquel día, en la poética de su mismo horror y acercándose más hacia la mezcla de esencias que había portado en su interior desde siempre, bebió el amargo sentido de sus palabras tristes que evocaban el nombre de un príncipe azul; del artista, del más humano de los hombres, el habitante inexistente de la inconsciente y única alcoba de su corazón.
Un momento que para cualquier jovencita hubiese sido el mejor de todos los regalos, para Antonia fue un completo desastre. Sus padres y familiares llegaron esa tarde al cuarto más alto de la casa con una gran torta y bastantes obsequios aparentemente ridículos. En ese instante, Antonia no deseaba nada más sincero como que la dejaran sola y tal como la habían encontrado, bañada en lágrimas, enamorada de diversos protagonistas de un sinnúmero de novelas; mirando a la ventana, pensando en vivir sólo para obtener su aprobación en sueños
Tras cerrar fuertemente la puerta de su oscura habitación de brujas, en un acto de cierta valentía, sintió un profundo resentimiento que de alguna forma la asfixiaba, tal vez expresado como odio hacia sus padres, aquellos seres tan lejanos a ella, tan apartados de la verdadera Antonia sutil e inocente, tanto que parecían esforzarse por arruinarle cada segundo de su existencia. Para ese entonces, su más sensato deseo era cantarse a sí misma cualquiera de esas melodías de polvareda de luna, que tiempo atrás había creado, sin duda, entre combinaciones de objetos naturales sencillos con el poder de enviar vibraciones aptas para las flores marchitas de la primavera, y para revivir las pasiones de quienes hubiesen surgido de otras fuentes; aptas exclusivamente para ella en su intimidad.
En ese instante, para Antonia soñar no fue cuestión de estar dormida, pues con los ojos bien abiertos y tal vez contrariada por lo que minutos antes había sucedido con su detestable familia, quiso trasladarse al país de la fantasía o aquel lugar que cualquiera hubiera identificado como una etapa del recorrido diario de sus alucinaciones. En todo caso, sin pensarlo dos veces, Antonia permitió que una luz la absorbiera completamente; de repente, llegó al final donde toda su vida quedaría atrás, a un campo energético en el cual tendría que luchar consigo misma para poder avanzar hacia el jardín de gigantescas flores que proponía ahora el cementerio de la magia, curiosamente un espacio tranquilo.
Sin más opción que enfrentar su otra cara, Antonia, corrió rápidamente hasta vencerse a sí misma o a la adolescente que había aparecido frente a ella poco antes, vestida como el hada del misterioso hombre, que por cierto, ya no sentía en su interior. Al poder ingresar a tan especial lugar, Antonia supo que su deber inmediato era resolver un misterio; un momento en la vida de un mago, tal vez un truco inesperado de un duende, todo mediante la aplicación de una de sus facultades basada en el principio de la imaginación. Ya decidida y sin retroceder un paso, la joven extendió sus manos e inclinó sus ojos hasta enfocar algo que le llamaba la atención: una rosa de siete colores, esa que había estado mil veces en sus sueños bajo la mano del mejor de los hombres, personaje cósmico que le daría la llave para liberar el aroma de su alma.
Tal acto tan precipitado, la condujo flotando hacia tan hermosa flor que ahora le transmitía la muerte de Aries, su signo del zodíaco, indicándole así, que con el nacimiento de una nueva era, ya los cantos profundos no despertarían su alegría. Inesperadamente, apareció ante ella el hombre extraño que la había estado visitando de diversas formas, como simples imágenes borrascosas e incluso como almas perdidas. Eso de tal manera que en esta ocasión no pareció ser nada sorpresivo para ella, pues en el fondo sabía que aquel cuerpo había sido el de un pobre desgraciado, de todos modos, clasificado como muerto curioso.
De repente, Antonia observó cautelosamente a ese ser extraordinario de su mundo y en unos cuantos minutos, fue capaz de recordarle la personificación de la sabiduría. En ese instante, ella no sintió respuesta vibratoria alguna ante sus desquiciadas e intrigantes miradas, y sin quererlo, nuevamente se vio presenciando un acontecimiento trágico que seguramente, como tantos que no había podido evitar, tendría una directa influencia sobre la vida que llevaba, que ciertamente le ayudarían a entenderse, tal vez a ahogar su historia.
Desprevenida acerca de próximos encuentros con esa materia tan difícil que jamás había llegado a comprender, Antonia retrocedió un paso, tratando de cubrir bajo las ramas de uno de esos antiguos sauces, su cara de pánico frente a la nueva situación que afrontaría. Fue esta entonces una desafortunada jugada para sí, pues con este acto, brindó a las profundas fuerzas del mal, otra oportunidad más para apoderarse de ella.
Sin saberlo, Antonia recorrió un filo suave como seda de muerte y ante ella estuvo un anciano, quizás el mismo hombre que poco antes había observado. En un momento de intranquilidad, cerró los ojos e imaginó un par de alas negras moviéndose rítmicamente sobre la cabeza del maestro de letras, invisibles contra el cielo de la noche casi silenciosa salvo por el crujir metálico de sus largas plumas de vuelo. Fue ésta la mejor de las señales que pudo obtener Antonia con el poder la intuición, la única forma para que su interior pudiera aceptar otra vez la soledad que le brindaba el presente.
Destruida y con ganas de romper contra el mundo, Antonia abrió rápidamente los ojos, en un acto de rabia que hacía segundo a segundo, despertar sus deseos de regresar a la nada o al menos al universo de donde quince infelices años atrás, había provenido. De repente, se lanzó fuertemente al suelo llorando en gritos de profunda desesperación, golpeándose contra las rocas en bloque; queriendo abandonar el sentido en una caída libre sin retorno. Al levantar su cara maltratada, pudo ser partícipe tal vez de la más triste de las despedidas. El ambiente se puso más denso aún y el cristal que aprisionaba el encogido cuerpo del anciano, se fue desvaneciendo hasta desaparecer, permitiendo así la liberación del maestro, a quien Antonia le debía de algún modo su incompresible vida. Ya era entendible que para ese entonces, el hombre invencible que la había nombrado en sus libros fuera a descansar al agujero negro de la muerte.
Tal vez no pasó mucho tiempo, pero ochenta y un años de existencia fueron quedando atrás como los sueños de Antonia en busca de la felicidad. En aquel supuesto paraíso, el personaje misterioso se fue evaporando en medio de la noche bajo las frías manos de la joven, quien más que su hija espiritual, había sido y sería por siempre la única mirada franca que absorbería suavemente su conocimiento, llenándolo de magia y transportándolo a la verdad interior.
Alterada y sin más remedio que abandonar el lugar sagrado donde seguiría impregnado el aroma de su maestro, Antonia aplicó el método de la levitación, quedando así, como una joven retraída; flotando sobre el incómodo catre en el cual dormiría por años tal vez, hasta el día en que estuviera preparada para mostrarse al mundo sin espantar a sus habitantes. Ahora consciente, Antonia pudo reconocer los elementos que componían su alcoba, bajó del techo y obedeciendo al pensamiento que circundaba en su interior, quiso aceptar que había estado bajo el efecto de la hipnosis propia; negándose que en aquel instante más que nunca, deseaba que algún corazón ajeno la hubiese adoptado.
Al parecer, la desaparición de la única esperanza que residía en la joven, había sido en parte, la influencia de una personalidad tan fascinante, que lentamente absorbería su existencia
De repente, al encontrarse en un profundo estado de concentración mental, vio en su memoria que tan tristes recuerdos que desdichadamente no había logrado borrar, no serían más que un montón de basura que la haría infeliz por siempre. Le había bastado entonces una mirada para reconocer su destino o aquel poco esperado futuro que haría que las realidades del mundo la afectaran como visiones. Demasiada contradicción entre sus deseos y los medios para ponerlos a funcionar debidamente
Más tarde, sin poder evitarlo, llegó a adquirir un interés sobrenatural por su vida que de pronto la condujo a un templo diminuto que aún sobrevivía en el centro de su espíritu en ruinas. Lastimosamente, fue allí, donde en el instante menos esperado, vio una larga fila de montículos de huesos, agentes negros que la transformaron en la esclava supeditada de una particular especie de terror. En aquel instante, sólo nació de sí el más sincero de sus anhelos, que sencillamente evocaba al hombre con quien habría de soñar bajo la misma almohada; una de tantas que fabricarían los ángeles con sus delicadas plumas de vuelo.
Sabiendo que posiblemente su conciencia había estado flotando por suerte, en la corriente única de la sabiduría de los brujos que a distancia habían sido testigos de la presencia de la muerte en el encanto de su arte, Antonia permitió que la oscuridad total la rodeara y sin explicación alguna, su corazón descendió en espirales hasta las profundidades sobrecogedoras de otra más de las noche de la desesperación.
Después de lo sucedido, nunca se logró dar coherencia a los actos extraordinarios que en aquel tiempo había presenciado Antonia, pues jamás se pudo saber el porqué, diez meses más tarde, cuando la encontraron sobre su catre, se hallaba con el rostro vuelto hacia la luz del cielo, en el sueño absoluto que expresaba su cabello de color negro intenso, al percibirse cuidadosamente peinado hacia atrás, comunicando de una manera increíble a sus espectadores, que el asunto de las meditaciones había sido algo absolutamente agradable.
Capítulo 7. Malditas adicciones.
El tiempo había pasado frente a ella marcando cada instante de un infinito más breve en el cual aún no había logrado hallarse completamente. Habían sido diecisiete interminables años de un sufrimiento rutinario que cada día se hacía más evidente en su rostro, pero eso no era lo peor de todo, pues ahora volvía a llegar a su alrededor, la esencia de un visitante de esos que ingresan sin aviso previo.
No sabía por qué exactamente, pero estaba bastante confundida y el encierro de alcoba la acogía poco a poco en una ansiedad devastadora que la llamaba con una voz sugerente hacia la autodestrucción. Cayendo en la trampa de su inconsciente, optó por bajar lentamente las empinadas escaleras que de particular manera la conectaban con el cuarto de sanalejo de la morada; un fascinante lugar lleno de polvo, telarañas, objetos de bronce e incluso una caja llamativa de colección, que tal vez había magnetizado las energías de quien quiera que la hubiese tocado en el pasado.
Sabiendo que de ahí en adelante tendría que luchar con el mundo que se creaba silenciosamente como un espacio inalcanzable para sí, deseó con todas sus fuerzas correr el riesgo que sutilmente le anunciaba el brillo negro de tan peculiar caja. De repente, al acercarse a aquel objeto que emitía un reflejo que trascendía los tiempos y las memorias, sintió algo demasiado extraño que se fue apropiando de su comportamiento, seguramente, hasta del más mínimo de sus actos. El viento comenzó a golpear fuertemente las pequeñas ventanas con un silbido contagioso que de una manera rápida se insertó sin cautela en sus entrañas hasta expandirse en forma de virus. En ese instante, pudo percibir un hombre que escapaba y la llamaba hacia lo desconocido. Sus palabras rehusaron salir como los gritos de auxilio que realmente eran y al girar el cuerpo que simplemente ya no respondía ni a la más insignificante de sus órdenes, se vio parada ante un desafiante espejo de dos caras, que le mostró el aura oscura que ahora la recubría bajo una mirada malévola y no se quiso desvanecer.
El ambiente había estado dando la sensación desagradable de un velorio y cada segundo siguiente, se convertía en una pesadilla irreversible que sin darse cuenta, traía consigo el olor de la tristeza, de pronto, las nostalgias de los muertos. La luz de la luna roja sobre el piso de la baldosa, parecía la huella de un viajero fantasma a las tres de la tarde.
Antonia tenía mucho miedo, y no sabía de qué se trataba lo que le estaba ocurriendo. Quería transportarse al origen de todo aquello que la hubiese transformado en la enloquecida subordinada de las fuerzas ocultas o en ese ser que aborrecía con sinceridad, posiblemente, en un alma con la única perspectiva desesperada de no liberarse jamás de las cadenas del fuego del infierno de su vida. En ese instante, por primera vez, deseaba matar la intranquilidad que la había acompañado desde su llegada. De repente, sintió la presencia de un espíritu enviado por el cosmos, y en segundos, estuvo sentada frente a unas líneas serpenteantes que se dibujaban con una frustrante confusión como atrayendo una imagen que pronto la encaminaría hacia el más allá, poniéndola en peligro.
Ahora podía sentir su cuerpo, tal vez pensando que había sido bastante cruel el destino al haber hecho sufrir a alguien tan joven.
Pasaron unos minutos de inconclusa soledad en medio de la polvareda que traía lentamente la brisa que se colaba por los diminutos agujeros de las paredes que sostenían el piso de arriba. Antonia, en el momento menos esperado, quedó paralizada por el frío que se internó en sus venas, y a ella fue flotando el visitante que con cierta dificultad había logrado ver. Aquel ser se ajustaba perfectamente a las principales características de su álbum de espectros; poseía una luz tenue inalcanzable dando a entender la silueta de un cuerpo ficticio y sin duda, un rostro altamente expresivo que se absorbía en unos ojos cristalinos, transmitiendo una especie de interminable angustia.
Antonia no había podido distinguir los hechos que habían transcurrido antes de que se le presentara aquella misteriosa visita o esa alma en pena que seguramente estaría aún rondando por una vida que no le pertenecía; tratando de retroceder en el tiempo, quizás arrepintiéndose del final erróneo de su existencia o buscando perturbar a otros vivos videntes.
Una nostálgica sensación le devolvió la movilidad a su cuerpo, y sin quererlo aceptar, poco a poco se fue camuflando entre el humo del lugar hasta convertirse en la cómplice de aquel espíritu que inevitablemente la llamaba con un lenguaje desconocido como regresando por ayuda Los actos inexplicables de estas apariciones, la hacían llorar descontroladamente, tal vez rogándole que se hiciera daño o que se quitara la vida para darles otra oportunidad, transmitiéndole ideas perversas con las historias de trágicas muertes e inusuales asesinatos.
Las alabanzas demoníacas le sugerían diversas opciones para llevar a cabo el crimen de su muerte. Los desesperantes sonidos agudos que producían constantemente aquellas criaturas translúcidas, la agobiaban en un eco profundo que llegaba hasta su mente, de tal manera que lograba influir en sus pensamientos, y acercarla cada vez más hacia tan extraña caja que contenía bastantes frascos de colores, unos vacíos y otros que en su interior le ofrecían sustancias químicas para herirse, tal vez para apartarse de los problemas que la rodeaban; haciendo que mantenerse viva para ella no tuviera ningún sentido, transportándola directamente al ciclo maldito de las adicciones.
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