Amigos, hoy estaba buscando un cuaderno viejo entre el desorden de mi alcoba y me encontré con algo que ya daba por perdido despúes de haberle prendido fuego; no sé cómo resulté con los primeros capítulos de "Antonia" en mis manos, con este intento de novela que demandó toda mi energía entre el 2003 y el 2005...Es muy curioso esto, entonces quiero compartirla (Eso sí, es un poquito larga).
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Con gratitud y un indescriptible aprecio para la verdadera Antonia, un regalo de los dioses
Capítulo I. Antonia.
Hace unos treinta y cinco años atrás, aproximadamente para el 12 de Abril del misterioso año de 1968, nació una dulce pero a la vez maliciosa niña, para desgracia de la entonces, pequeña ciudad de Bogotá Aquella criatura vino a un mundo no muy agradable, sus humildes padres provenían de Gamlero, un pueblo endemoniado y prácticamente, ella había sido el producto de la posesión de su madre, a quien el espíritu de un sabio maestro de letras, había tomado para crear en su interior, una mezcla del bien y el mal, representada en el delicado envase de una mujer indestructible, que evolucionaría a partir de aquella inocente bebita.
La niña, partícipe y principal protagonista de esta indefinida historia fue llamada Antonia; sus padres, así la bautizaron la madrugada de un sábado cualquiera en la pila de las lavanderas de un desagradable barrio de la ciudad antes mencionada, donde, hacía como tres siglos atrás, había habitado un poderoso indígena, el chamán Bochica.
Con el pasar de los años y por obvias razones, Antonia fue creciendo, pero entre sus lecturas precoses a los dominicales de diarios viejos que localizaba con su mente entre el chiquero en que vivía; mientras tanto, sus padres seguían criando a un niño casi por año, y ella, a sus escasos cuatro años andaba preocupándose por hallar una solución radical a problemas sobre su verdadera existencia. ¿Quién era?¿Hacia dónde iba? ¿Qué significaban las presencias de seres malignos roba almas? Y peor aún, por qué era tratada con ridiculez por los otros niños, que simplemente pensaban en pasar el tiempo jugando a armar carritos con tapas oxidadas y muñecas de trapo abandonadas por damitas de plata a quienes por educación, les tocaba compartir lo que consideraran basura.
Prácticamente, rechazada por sus padres y apartada de la sociedad, la niña llegó a cumplir ocho años de tragedia recorriendo las esquinas oscuras del mundo de aquellos traviesos niños normales, que disfrutaban la vida corriendo por las calles o ayudando a sus padres a vender golosinas en el paradero de los buses. Antonia, ya comenzaba a sentirse extraña y demasiado dotada para su edad, asunto del cual sus padres jamás se ocuparían por estar organizando la comida y alguna clase de educación para sus cinco hermanos menores.
Era increíble que los vagos maestros de la escuela distrital a la cual asistía, la juzgaran por la sabiduría que navegaba de un modo u otro, en la corriente de conceptos de su prodigiosa mente; sin embargo, ella sabía que tarde o temprano llegaría a sus encantadoras manos, el día en que pudiera adueñarse del destino de quienes no tuvieran la capacidad de comprenderla en el momento indicado.
Luego de un interminable año, seguía envuelta en un camino filosófico extremadamente avanzado, al cual ni siquiera su propio ser tenía acceso. Mientras tanto, sus padres estaban trabajando para establecer el negocio de la panadería familiar y ella, como resultado, se hallaba cuidando a sus cinco odiosos hermanitos, quienes se comportaban de manera rebelde en su presencia y cuando alteraban su genio, los pobrecitos llegaban a alcanzar la convulsión espiritual, ante el poder de sus impactantes ojos de fuego.
Sumida en la desesperación, llegaba a crear fascinantes amigos imaginarios que estuvieran al nivel intelectual correcto, para comprender en sus sueños, la sonrisa tímida de cada estación de nubes que le regalaría a un desconocido ahogado en su soledad; para tener aunque fuera en fantasmas de tenues recuerdos de sus vidas pasadas, alguien en quien pudiera descargar todas sus tensiones y ganas de trasmigrar. Para que de este modo, simplemente dejara de ocupar un lugar húmedo y frío en una más de las habitaciones de los desamparados del mundo y le fuera más sencillo desalojar el cuerpo sucio con el cual no se hallaba conforme; quería pasar al grupo de aquellos que no son nada más que polvo de estrellas en el firmamento de la fingida libertad que expresa el cosmos.
Un día, ocurrió algo bastante extraño por lo cual ella se prometió a sí misma que saldría adelante por sobretodo, superando el conjunto de deseos que la hacían odiarse como al peor de los insectos. El suceso que trajo como consecuencia que Antonia llegara a establecer un compromiso consigo misma, fue una terrible situación
Una tarde sombría y seca de Mayo de 1978, Antonia fue descubierta por sus padres, mientras realizaba una sesión de intensificación del poder mental. En aquel instante, se encontraba sentada en un destartalado catre, concentrada en el rayo de luz que incidía por su cabeza, atravesando sus tejidos hasta alcanzar los alargados dedos de sus verdes manos; permitiendo que emergiera mágicamente una radiación incalculable que de manera misteriosa, hacía girar en el aire los empolvados muebles de su modesta habitación.
Tras este acto del más allá, los padres de Antonia se conmocionaron al ver que habían mantenido a un monstruo durante esos incansables diez años de lucha por la existencia y se habían concientizado de que la niña era dueña única de un gran poder sobrenatural que la hacía distinta de todos los seres humanos sobre la faz de la tierra.
Siendo aquella joven un fenómeno, sus mismos padres la tildaron de loca y así fue como en su vida se engrandeció la desdicha, puesto que todos los habitantes del barrio que antes le dirigían la palabra por simple decencia, ahora, la miraban desde lejos con terror y al verse cerca de ella, pronunciaban maleficios y conjuros con estacas y ramos de ajo para evadirla. Era como si se tratara de algo incluso más peligroso que un vampiro de leyenda, de esos que concretamente surgen cuando la verdad es demasiado profunda para ser comprendida.
Antonia podía confesar a los dioses de su mente, que había momentos en los que sólo deseaba reunirse nuevamente con los mortales comunes, en su mundo de rutinas simples y cotidianidad. Sin embargo, al encerrarse en la soledad de su realidad, lograba hacer un análisis de la vida que sólo uno de los tantos sabios de la humanidad hubiera llevado a cabo; lo que restaba de estas experiencias, era lo único que ella tomaba para soportar los múltiples y escalofriantes ataques que sufría después de medianoche, en la oscuridad, cuando sólo se escuchaba el desagradable sonido del tic-tac segundo tras segundo, bajo incrustado en el espacio negro de su pared. Éstos, eran para ella, momentos de terror y de una interminable angustia, pues había noches en que la visitaba un hombre o tal vez una densa sombra que caía del techo hasta su cuerpo, aprisionándola a tal punto, que no podía ni siquiera llorar o gritar para expandir sus dolorosos sentimientos a quien la pudiera ayudar.
Muy deprimida vivía Antonia, pues a la corta edad de once años, ya había recibido los castigos suficientes para pagar por el peor de los errores que hubiese cometido antes de adquirir su actual apariencia, y eso que la visita de aquella sombra en forma de hombre, no parecía ser la más desventurada de todas las que siguieron presentándose con el pasar del tiempo, pues su energía iba debilitándose poco a poco y se volvía más vulnerable a estas cosas.
Una vez, a la misma hora como habría de esperarse, sucedió otro desagradable acontecimiento que sería tan solo un pasaje más del libro olvidado de su vida.
Antonia comenzó a sentir un frío muy profundo en sus pies, como si se tratara de la muerte misma; no sabía qué hacer y sólo su mente tenía activo el mecanismo de funcionamiento, pues su cuerpo, sus piernas, no respondían al más profundo deseo de salir corriendo a cualquier lugar donde pudiera estar tranquila, sin el temor de que alguna fuerza del mal la sacara de su estado físico terrestre para cumplir una misión oculta a la verdad de su pequeño corazón.
Para evitar que ocurriera lo que había venido pasando desde las noches anteriores, Antonia decidió quedarse despierta, con la raída cortina verde de par en par, mirando el firmamento para ampararse del consejo de un dios. Tras haber estado por largo tiempo allí, sentada en su catre, viendo pasar las brujas disfrazadas de gatos negros, Antonia sintió, al fin de tan impaciente espera, la presencia de la magia blanca en su habitación, de modo que era simplemente como si sus plegarias hubieran sido escuchadas en alguna lejanía entre la inmensidad del universo, a través del eco del veloz viento nocturno.
Fue aquella noche, en la que por primera vez en su vida, se aseguró de no estar absolutamente sola para enfrentar la multitud de demonios que a diario iban en su búsqueda; en ese instante, apareció ante ella una hermosa luz celeste que le brindaba bienestar, un ángel abrió las alas ante sus ojitos maravillados y aunque no musitó ni una palabra, le hizo reanimar la fe que había dejado petrificada en un nudo de terror desde su cuna. Era fantástico, ya que no suponía ser cualquier tipo de ángel, pues al ser bastante especial, impuso su brillo sobre la niña que estaba quedando atrás, y sonrió, enseñándole a aquella personita, la magia de algo que jamás había encontrado, la felicidad
Los días transcurrieron lentamente en el almanaque de la memoria temporal de Antonia, dejando atrás, nada más que una triste historia de la vida real aunque fuera para sí, un mismo laberinto, inmenso por cierto, al cual era necesario buscarle la salida indicada mediante una serie de claves; pistas coordinadas que la niña fuera descifrando en medio de su propia complejidad interior. Durante estos casi eternos fragmentos de sol y luna, Antonia aprendió a valorarse un poco y gracias a aquel blanco ángel, a vivir con segundos de alegría en su misma soledad.
Pero no duró mucho este estado de ánimo, por el contrario, como todos los hechos que destruyen el paraíso casi perfecto de la emotividad del hombre, se presentó una de las tan marcadas, crueles y profundas experiencias para Antonia. Una helada y pasiva mañana de Junio de 1979, comenzó a sentirse bastante mareada y por supuesto, trató de llegar a una mano que se apiadara de su inmenso y profundo dolor, así buscó a su madre; sus esfuerzos fueron inútiles, pues aquella desalmada mujer no la quiso atender y la dejó tirada en un cuarto gris donde merodeaban los desnutridos perros del vecindario Antonia se sentía tan mal, era como si de repente hubiera adquirido una enfermedad terminal; sentía su propia agonía y su fuerte y definitivo desprendimiento de la vida, tanto que la fiebre y las impresionantes convulsiones, levantaban su espíritu a despiadados golpes que la dejaban de nuevo en el suelo, ensangrentada, con los ojos desorbitados y una abominable expresión de Satanás.
Tras estas continuas expresiones del mal, Antonia cayó sobre la baldosa rota, de una forma escandalosa; gritando sus deseos extremistas de acabar con la humanidad incapaz y desagradecida, mediante las voces que segundo tras segundo se insertaban bruscamente en su cuerpo; por un instante, la niña vivió algo muy cercano a la muerte, creyó haber visitado el más allá o inclusive otra dimensión en el mismo espacio terrestre, pues esa tarde de tortura, salió de su cuerpo y realizó un viaje extrasensorial. Muchos dirían que experimentó la inexistencia, pero no, aún en la distancia, ella seguía conciente de su presencia en aquel antiguo túnel del cual prendía una puerta oxidada y bastante angosta por cierto, por la cual ella había decidido ingresar para superar las barreras de la curiosidad que le provocaba cada átomo del lugar.
Al tomar la manija de aquella puerta tan peculiar, Antonia fue empujada hacia la húmeda pared que sostenía el angosto túnel y luego, al reaccionar de tal manifestación de las fuerzas ocultas, se sintió acorralada como si el apartar la energía cinética de su débil cuerpo, hubiese sido una condición para permanecer en esa atmósfera de miedo. Así que con sus estáticos ojos de fuego, vio de allí salir a seis sombras, cada una con una insignia diferente, y sin poder siquiera abrir sus labios negros para respirar, fue sometida a una serie de pruebas espirituales, de las cuales logró salir con muchos poderes nuevos, que la ayudarían a vencer los temores de la noche; confundida y habiendo sido parte de un tercer mundo, Antonia regresó a su vida terrenal, y a su cuerpo ahora intacto, al desprenderse de aquella mano radiante que yacía al final del túnel y seguir una espiral de conceptos increíbles que la condujeron de nuevo a la casa infernal de sus padres.
Al despertar de ese momento tan fundamental en su vida, Antonia no supo qué hacer ni a quién acudir para sellar la puerta que unos instantes atrás había dejado abierta, como un recuerdo al que se quiere tener acceso para frecuentar el pasado en un determinado instante del presente
De nuevo, tomando conciencia de su compleja situación, se vio en algo tan difícil de comprender, que ni siquiera ella, entre tanta magia, pudo encontrar una solución a su alcance. Lo único que quería en aquel instante, era aislar su propia mente entre todo lo demás, entre sus problemas, y sus incesantes lágrimas desgastadas. Ya estaba cansada de soportar la misma carga emotiva a diario, sabiendo que en el minuto menos esperado, cualquier cosa le ocurriría; quería estar en silencio, pensando para sí, sin tener compañía de algo indescriptible, de las fuerzas que la rodeaba. Así mismo, soñaba con dejar atrás los demonios, brujos y malos espíritus de las noches de espanto en su habitación de ultratumba, y sin quererlo aceptar, en el fondo deseaba ser una niña normal, superficial, quizás simplemente alegre.
¿Cómo imaginar tantos conflictos e inquietudes cubriendo injustamente la energía de Antonia? En realidad ella era un prodigio, un ser absolutamente hermoso, un regalo de los dioses
Capítulo II. Me voy, lo he decidido.
Un día domingo, igual para todos los humanos quizás, Antonia decidió quitarse la vida. El conjunto de circunstancias que ella ya no resistía, la hizo caer en una depresión profunda y en movimientos desenfrenados de locura, a los cuales sólo vio la nefasta salida del suicidio. Tras haber resistido hasta el último segundo de desesperación, en un acto de coraje y probando su valentía, la niña ató una correa de cuero a la baranda más alta de las escaleras del patio trasero; seguidamente, atoró en ésta su desubicada cabeza, y con los ojos no muy bien cerrados, como los de un muerto fresco, se lanzó al vacío llorando
Aquel día tan desolador, muchos factores habían incidido en su terrible decisión, aparte de que las cuatro en punto que marcaban las campanas rotas de la iglesia eran bastante agobiantes para quienes no tenían algo divertido que hacer; los únicos fastidiosos habitantes de la casa, habían estado visitando a la abuela y la soledad ocupaba cada insignificante rincón, impidiendo que cualquier ser se quedara sin sentir tan desgraciado horror hacia el sonido de las puertas, las ventanas raídas e incluso de pasos sobre la vieja madera.
Horas después, a la casa llegaron sus padres, quienes para ese entonces sí supieron valorar algo a tan especial niña que habían perdido. Sin embargo, creyendo que ya estaba muerta, la dejaron tal como la habían encontrado, suspendida en el aire, y con una expresión de dolor fantasmal, en su cara ya morada por la asfixia. Tomando de la mano a sus cinco hijos menores, se dirigieron a sus habitaciones sin siquiera suspirar; estaban aterrorizados, sí, pero cada uno en el secreto de la intimidad de sus más profundos miedos. Ninguno podía dormir.
Vino la más alta noche, y con ella los espíritus malignos que se querían apoderar del alma aún viva de la niña. Como en forma de milagro, tras no haber sentido nada en sus últimos momentos de vida, Antonia observó desde lo alto que la tierra se abría a sus pies, asustada de nuevo, comprendió su gran sufrimiento y quiso sostenerse de algo, simplemente para no caer en aquel pozo indefinido, de donde salían muchas sombras con manos de fuego, llamándola con canciones demoníacas. Pronto entendió que desvanecerse en el pozo infernal, le iba a traer una eternidad de dolores espirituales, entonces hasta ella arribó una luz superior que la hizo volver a su cuerpo.
Antonia ya no deseaba aceptar que en el fondo estaba muriendo, así que con el poder extraordinario de su voluntad, logró subir sus ensangrentadas manos hasta la correa que aprisionaba su cuello y en instantes, cayó al suelo, como un muerto de esos que vuelven para tomar energía de la tierra, una vez sacados de su sueño Poco tiempo después, Antonia pudo tomar conciencia de nuevo y se dedicó a la reflexión personal, aunque su razón continuara tambaleando como una vela al viento. Ahora anhelaba tomar esa vida que tanto había odiado.
Mediante el pensamiento que fue llevado a cabo por su magnífica mente recuperada del más allá, la niña llegó a la conclusión de que alguna vez había representado un gran poder en el lado de la luz del bien, sabiendo que el ejército de las tinieblas la tenía como sujeto clave para actuar a favor de la revelación de un misterio.
Y aunque no había sido posible medir el peligro al cual se había expuesto, Antonia podía sentir nuevamente el tejido del tiempo; de repente, vinieron a su memoria, los vagos recuerdos de su frustrada infancia, de los cuentos de magos y brujos que ella misma inventaba. Poco después, dedujo que ni la vida ni la muerte, serían sus aliadas y que nunca pertenecería a ninguna de las dos, pues era distinta, tan simple como esa afirmación.
Tras haber meditado por corto tiempo, llegó al convencimiento de que cada momento de la vida de un mago, sería una prueba más que ella enfrentaría. Ya no tan confundida como en su pasado cercano, Antonia fue bien recibida por sus padres, sobretodo por su madre, quien a la mañana siguiente, la abrazó al verla caminando por el corredor como un alma en pena, pues le pidió perdón por haberla abandonado tanto y le juró que siempre estaría presente cuando la necesitara (evento que de seguro no hubiera ocurrido si Antonia no hubiera decidido probar la muerte.)
Para 1980, Antonia ya dejaba atrás el dulce cuerpo de niña, y poco a poco se iba convirtiendo en mujer. Sin embargo, seguía siendo la niña incomprendida y poderosa que pasaba por antipática, ya no como demonio, frente al resto de la gente. Había decidido ocultar sus habilidades y de vez en cuando practicaba trucos de magia para incrementar sus capacidades mentales. Ahora, trataba de asumir una vida casi habitual, llena de retos escolares y responsabilidades en la casa, pues ya comenzaba el bachillerato en la misma escuela donde nunca la habían escuchado.
Capítulo III. Escalera
Los meses pasaron y llegó Abril. Antonia cumplió doce años, su cuerpo sufrió cambios radicales y para su desgracia, quedó con la imagen más detestable que nadie hubiera deseado jamás ni al peor de sus enemigos y de este modo, comenzó muy mal la siguiente etapa de su vida. En aquella escuela, era la mejor estudiante y siempre le otorgaban todas las menciones de honor, ya que para ella, estudiar comprendía un mínimo esfuerzo ante tan alto potencial. Sin embargo, fue para esta época, que empezó a sentir una necesidad que nunca antes había experimentado, la de compartir con los demás.
En fin, transcurrió un año, y Antonia se fue encerrando cada vez más en sí misma, a tal punto, que en ocasiones percibía la claustrofobia propia, con ganas de alejarse de su ser y migrar con los pájaros a un paraíso Otra vez odiándose, optó por fijarse en su apariencia física, era desastrosa, así que ella misma se encargó de crearse un complejo de sobrepeso que más adelante notaron sus compañeros.
Antonia detestaba al envase en el que se hallaba atrapado su espíritu, aborrecía los espejos y todo lo que reflejara su desagradable imagen, y sin embargo, no podía evitar la ansiedad por la comida, era algo tan absurdo que ocurría como efecto de su amargada soledad La niña que había pasado a ser una adolescente atormentada por su yo ante el mundo, llegó a cumplir trece años, enfrentando todas sus inconformidades.
Un día quiso probar métodos más eficaces que las dietas, algo que en realidad la ayudara a adelgazar, y de este modo, comenzaron sus desórdenes alimenticios; Antonia pasaba semanas enteras sin probar ni un bocado de comida y luego, al borde de la demencia, estallaba en rituales excesivos en los que duraba dos días comiendo sin parar, simplemente como desesperada, y eso no era lo peor de estas acciones de descontrol, las malas consecuencias, residían en que luego no aguantaba sentirse tan llena y en el mejor de los casos, expulsaba la mitad de las enormes cantidades de comida que había ingerido hacía poco, era realmente desagradable. Sin embargo, su organismo ya se iba acostumbrando y esto a pasó a ser una rutina más que secreta que practicó de por vida y que aunque nunca le causó un daño grave, tampoco la ayudó a verse como en realidad quería.
A pesar de todas sus desdichas, Antonia se iba transformando en una mujer fuerte y decidida, claro está, sólo con el manejo de su vida espiritual, pues había logrado los conjuros perfectos para dormir bien cada noche o al menos para no amanecer golpeada por las fuerzas invisibles.
Tras haber vencido algunas de las complejidades del pasado, Antonia creía haber inventado una clase de protección contra los miles de insultos que a diario recibía en la escuela, pues había llegado a tal profundidad el desarrollo de sus capacidades, que en segundos lograba apartar las lágrimas de su rostro, disfrazando de colores su descomposición interna.
Aquella joven, que en el fondo de su personalidad poseía algo de sincera dulzura, se dedicaba a componer tristes e indefinidas melodías, en el orden de hallar una grata compañía en sus momentos de aislamiento. Así era como cantaba de una manera tan fascinante, como poseída por la naturaleza de los antiguos dioses Además, encontraba en la combinación organizada de letras de sus poemas e ingeniosos cuentos, el único medio confiable para expresar todas aquellas cosas; sentimientos, sueños quizás, que simplemente se adueñaban del espacio y flotaban hasta llegar al mismo punto dibujado por un viejo lápiz o sobre una pedazo de cualquier objeto, con el sentido enorme que para Antonia encerraba la Literatura misma.
Los días pasaron rápidamente como las escasas señas de un verano próximo y llegó una fecha poco anhelada para Antonia, quien ese nublado día, cumplió catorce años de vida, si de este modo se podría llamar al conjunto de catastróficas experiencias que transmitían sus ojos en la madrugada. Sus padres, tal vez arrepentidos por la falta de atención que había sufrido Antonia durante su infancia, quisieron hacerle una fiesta con sus compañeros de curso, a quienes les había tocado pagarles con regalos su asistencia. Realmente fue una situación bastante penosa, que de ninguna forma resultó beneficiar a Antonia, a quien le fue imposible entablar algún tipo de relación con los participantes de la caricaturesca reunión que le habían organizado.
Por supuesto, Antonia ahora se sentía incapaz de ser o al menos actuar como un individuo normal, pues ya estaba convencida de que su única y posible interacción con estos seres, sería bajo estados de muerte parcial, durante su etapa de sueño. Fue entonces cuando entendió que los magos por naturaleza, siempre estarían solos. Ya sin complicaciones, y ciertamente convencida de que en el futuro no sería más que una de tantas mujeres locas de las calles sucias y empinadas de los barrios de invasión, decidió tal vez observar la luna mordisqueada por los dragones negros; de repente, vagas pero inminentes sensaciones pasaron por su mente en forma de palabras humanas, y fue en ese instante, cuando por primera vez, sintió claras dentro de sí, muchas personalidades compitiendo por el uso de un único cuerpo, el suyo.
Capítulo IV. Maestro de letras.
Estando en un momento de indefinida precaución hacia sus propios actos, Antonia descubrió que todo el poder de su magia había sido heredado de un antiguo maestro de letras, pues en contra de la voluntad de su madre, aquella tenebrosa noche, tras el recuerdo de un frustrado cumpleaños, visitó a su abuela, quien lenta y difícilmente, pudo relatarle una historia relacionada en sí, con un caso de posesión a las afueras de la aldea de Gamlero, de donde provenían sus padres.
Entendiendo así la parte confusa de sus orígenes fue capaz de establecer una conexión más bien explicable entre aquel desgraciado suceso de la aldea mencionada y todas sus vivencias, llegando a la inevitable conclusión, de que ella era de una manera incomprensible, una muestra de la evolución efectiva de aquel maestro que se había infiltrado en 1967 en el cuerpo de su madre, quien para esa época, ya había estado esperando su nacimiento
Ahora asimilando sus anormalidades, Antonia ya podía percibir los mensajes demoníacos que llegaban a su madre desde cualquier lugar, asunto por el cual, sentía en ocasiones la presencia de un demonio, quizás inocente, que tenía el dominio de su cuerpo.
Convencida de su autenticidad y tal vez navegando como un barco sin rumbo, Antonia arribó instantáneamente al puerto de la sabiduría. Allí, en aquel lugar maravilloso, pudo explorar el territorio que yacía desconocido en la grandeza de su mente, que ahora, era representada por un océano denso por la inmensa cantidad de ideas que aún no se habían ahogado con las oleadas de problemas que trataban segundo tras segundo, de acercarla hacia la orilla donde se posan los vencidos. Sin rendirse y demostrando de algún modo su fuerza interior recuperada, Antonia nadó con tanta habilidad en el mecanismo interconectado de sus pensamientos, que llegó a un remolino de sí misma, dentro de su complejidad, y dejándose llevar por la potencia de una ola, se desvaneció hasta caer suavemente en el cuerpo que de ahí en adelante compartiría con ese ser infernal, propiamente su verdadero padre.
Al establecerse de nuevo en la jaula que por determinados años apresaría la libertad de su alma, Antonia comprendió la importancia de estar a gusto consigo misma para luego poder causar gran impacto en los demás, así que sin la capacidad de cubrir su desdichada memoria para ocultar un desagradable, doloroso e increíble pasado, que aparecía de vez en cuando a medianoche como la peor pesadilla de un niño, decidió amarse profundamente. Tanto, que de este modo quiso hallar entre el baúl de su camino, la perfección misma, creyendo que así todos sus complejos quedarían atrás, tan olvidados como los inútiles tesoros de la abuela.
Sin saber quién en realidad era aquel maestro con el que entablaría la más cerrada de las relaciones, Antonia se sentó sobre el suelo aún húmedo de su habitación olvidada y de repente no sintió nada, fue para ella imposible moverse entre la nebulosa o ese aroma no tan malo que jamás la había rodeado. Ya aquel viejo cuarto, simplemente no existía; sólo estaba ella, de nuevo envuelta en algo que posiblemente nadie creería en el futuro. Era fascinante de algún modo, pues todo a su alrededor era blanco, parecía ser la entrada al paraíso que tanto había anhelado. De repente, su cuerpo dio un extremo giro hasta dejarla con la cabeza hacia abajo donde se encontraba un hombre tenebroso posado en su catre. Antonia, con ganas de encontrarse en una segunda oportunidad cara a cara con la muerte, no logró en medio de su propia demencia saber lo que sucedía o al menos recuperar el instante, en que volvería en sí con todos sus siete sentidos.
Preocupada en medio de la inmovilidad de su materia, Antonia pudo abrir los ojos suavemente y tal vez resignada o de nuevo en un estado de alteración nerviosa extrema, cayó sobre el cuerpo del anciano expectante, tal como cae un árbol al ser bruscamente talado; en un golpe seco y definitivo, que la haría ser parte de la composición del poema de la vida de aquel intrigante hombre. Ahora reconfortada de saber que ella y su padre serían uno solo por siempre, Antonia se sintió aproximada a las lejanías de un bosque de entonces, una criatura viva que todo lo sentía, y con la atención puesta nuevamente en la cruenta obra que se había llevado a cabo, se vio demasiado ensimismada como para poder notar su cambio de forma. Sin embargo, entre todo el conjunto de sueños e ideas que se habían puesto de acuerdo para merodear el sitio sin descanso alguno, aún quedaba la esperanza de que la magia buena prevaleciera, pues de este modo, Antonia la recibiría para acumular la energía en su carácter, finalmente de ser humano.
Para el acontecimiento que ya formaba parte de su pasado, Antonia no había tenido la noción del tiempo que antes la había acompañado, ya que esto había sido tan fantástico que sólo un hada celta azul hubiese tenido la capacidad de comprenderla. Ahora, estaba bajo la acción de la fuerza destructiva invisible del anciano, se encontraba con los ojos fijos en lo alto y su cuerpo estaba rodeado por una luz tenue; lo único que sí recordaba, era haber conocido aquel ser quien la había visitado en una visión, pero no podía negar que un terror irresistible se había apoderado otra vez de ella.
Tras esa noche un tanto agitada y llena de conmociones, Antonia agradeció quién sabe a qué cosa, el simple hecho de sentirse viva. Y fue entonces cuando logró comprender que su maestro estaría de ahí en adelante en todas partes, en alguna parte y en ninguna parte, pero que de cualquier forma existiría.
Tres meses pasaron quizás y sin que lo notara, su vida cambió en cierto modo, ahora, ya tenía la posibilidad de acudir a un maestro en cualquier noche de luna llena, pues en la oscuridad, él la protegería de las miradas de los más temibles demonios. Aunque ella en el fondo seguía siendo una misma aventura desconocida, cada vez estaba más conciente de acceder a la propuesta del mundo exterior, a una exigencia para la salvación de su trajinado espíritu, que la conduciría a organizar una nueva vida. De este modo, trató de fingir, mintiéndose, atrapando sus verdaderos sentimientos en una horrible cárcel y de pronto, intentando ser una más de las niñas vacías" de su clase.
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