¡Ánima bendita!

Categoría(s): Relato.

 

«Hace ya bastantes años, muchos antes que el dueño de estos campos, don Lindor Quiroga, me hiciera echar raíces en su propiedad, aquí en Batavia, en la provincia de San Luis, trabajaba yo como ayudante de un contratista, el “China” Montani, a cuyo cargo estaba el mantenimiento del terraplén y la línea ferroviaria de Buena Esperanza a Navia». Así comenzó a contarme don Pedro Sequeira, antiguo obrero del riel y hoy devenido hombre de confianza y principal colaborador del patrón de la estancia “San Isidro”, don “Cutín” Quiroga.

 

«A medida que el trabajo avanzaba –continuó diciendo mientras atizaba el fuego– el campamento lo hacía en la misma forma, sin demoras y con regularidad inglesa. En cada movimiento era yo el encargado de anticiparme para recibir los materiales y preparar las carpas. En una de esas mudanzas nos tocó acampar a unos mil metros al surponiente de la laguna de la estancia “Yatagán”, en las cercanías de la localidad de Dixonville, estación Fortín El Patria. Teníamos como telón de fondo varios médanos y tras ellos, un cementerio gaucho con las cruces que indicaban la sepultura de varios muertos en combate a Rémington, lanza y boleadora. Indios y soldados, durante la epopeya del desierto. Los paisanos de estos pagos aseguran que de noche suelen escucharse las voces del tumulto de la sangrienta batalla y hay alguno que asevera haber escuchado el golpeteo de boca del salvaje».

 

«¡Ánima bendita!» exclamé.

 

«Son las almas de los difuntos –me aclaró Sequeira y continuó–: Compañero de trabajo había un gringuito venido de otros pagos. Solteros ambos, simpatizó mucho conmigo y era frecuente que los días feriados fuéramos a tomar un vino al Fortín, o a lo del turco, en Batavia; o bien nos dejáramos caer por algún baile de la zona, o nos vieran  jugar a los naipes los días de lluvia. Una tarde de domingo vino a decirme que había baile en una estancia vecina, del otro lado de la laguna; y visitar una estancia vecina, como usted sabe –me dice don Pedro mientras da vuelta el cordero– en esta zona, cortando campo y de noche, más si hubo viento de tarde, puede confundir al más baquiano». Hizo una pausa para servirnos un vino; él, en un enorme vaso, olvido de Cutín sobre la mesa. Empina el codo y continúa:
«A último momento mi amigo empezó a sentirse mal del estómago; le dimos un preparado con yuyos y unos carbones para calmarlo. Todos salieron temprano para el baile, a caballo o con el capataz en su Ford-A; en el corral quedó sólo el pingo que regalara al gringo don Ángel Ballaratti. Insistió entonces en que me fuera,  que a él le vendría bien quedarse a descansar y reponerse. Como no podía ser de otra manera y para darme importancia, me fui montando el flete de mi amigo, un malacara patas blancas con laya de parejero. Me puse mi mejor pilcha –Nueva pausa de don Pedro para llenar una vez más su vaso de vino. Me vio atento y continuó–: Con el correr de las horas, el gringuito empezó a sentirse bien. Para no quedarse solo en el campamento, puso en una arpillera limpia su mejor pilcha y zapatos, y, como estaba, emprendió a pie el largo tramo hasta la estancia vecina. Ya se veían las primeras estrellas. Estábamos en el mes de julio, en noche de luna llena. El campo se veía como si fuese pleno día. Sepa usted que, por aquel tiempo, estos lugares eran puro médanos nomás, de todos los tamaños; los más pequeños cambiaban frecuentemente de lugar, mientras que los grandes aumentaban o disminuían de volumen, de acuerdo con la dirección del viento. En la bajada de uno de estos médanos vio el gringo volar a ras un poncho enredado a unos cardos rusos; y es ahí que se le cruzó un peludo, al que agarró –nos contó– luego de una breve lucha, para llevarlo de obsequio a la dueña del baile. Pero esta persecución lo desorientó por completo, y, en lugar de tomar para el lado correcto, empezó a caminar, sin darse cuenta del rumbo, hacia el cementerio gaucho»

 

«¡Ánima bendita! don Pedro –volví a decir para estar a tono–. Se me está poniendo la piel de gallina».

 

«Espere amigo que le cuente, que el susto lo tuvo el gringo. Sería más o menos la medianoche cuando se dio cuenta, con el consiguiente temor, del lugar donde se hallaba. Exhausto, con un hambre de perro y sin fuerzas para dar un tranco más adelante, miró a su alrededor y vio una tapera, donde se guareció. El frío era intenso, por lo menos de 6 o 7 grados bajo cero. Se tiró al suelo y empezó a reflexionar: seguir caminando le era imposible; sus pies, con las botas viejas y gastadas, no daban más; si se dormía el frío lo iba a congelar. Al ver su muerte inminente encomendó a Dios a todos los que lo habían ofendido, para así poder pedir el perdón por sus muchos errores. Se puso ahí nomás de rodillas y empezó a rezar. De pronto sintió un fuerte golpe en el techo de la tapera; asustado, salió corriendo y dio vuelta a la misma, sin ver a nadie. Volvió a entrar y razonó: “Será el alma de alguno de los que están enterrados en este lugar”, y con el consiguiente susto se quedó quieto, con el oído alerta. No había transcurrido un minuto cuando oyó de nuevo, ahora más fuerte y bien espaciados, una sucesión de golpes. Volvió a salir corriendo, como alma que lleva el diablo, y ensanchó el círculo alrededor de la tapera, tirando al suelo al peludo que salió disparando en sentido contrario. Al cabo de varios minutos, sin precisar cuantos, se paró calmo por un momento. Cruzó sin saberlo –creía ir en sentido contrario– el sur de la estancia “El Águila”, costeando el campo “El Piche”, en la creencia incierta de que, con ese rumbo, llegaría al campamento. Al cabo, medio desfalleciente y desengañado, se orientó por la Cruz del Sur y enfiló en esa dirección esperando llegar a las vías y buscar así el pueblo más cercano. Siguiendo esa línea, tomó por las desederas de una isleta de chañares bajos; y ahí fue que vio la luz, a unos mil metros de donde estaba. Corre el gringo con sus últimas fuerzas hasta llegar a la entrada de Batavia, al boliche del turco Karín. El mismo don Julio lo recibe y lo hace pasar, tomándolo por los hombros. Lo ayudan don Lázaro Rosales, Armando Soria, Máximo Torres y Emeterio Seguel, los últimos parroquianos que ya se despedían. Gran estupor el de estos paisanos que no sabían qué le había pasado al gringo, pero ya se enterarían más tarde. Le dieron de beber agua fresca a sorbos lentos y lo acostaron. Se lo veía extenuado, nada más, y lo dejaron dormir a pata suelta. Al mediodía llegamos al pueblo con el “China” Montani; lo habíamos estado buscando al perdido desde que regresamos al campamento hasta que el sol estuvo alto. Todos salimos en su busca, encendimos fuegos, disparamos las escopetas y el gringuito no vio ni sintió nada; pero ese alboroto fue oído por un empleado de la Casa Ballaratti,  que nos llevaba al campamento la provista de la semana, anoticiándolo donde estaba mi amigo. A su vez, éste recién dio señales de vida estando el sol ya bajo. ¡Como nuevo estaba el gringo! Lo hubiera visto usted, bañadito y hasta engominado. Ahí no más descorchamos unas botellas de “Toro” y prendimos el fuego para un asado... ¡Había que festejar! Mientras, el turco sacaba de una lata unos chorizos secos en grasa y los ponía sobre la mesa.

Narró entonces el gringo lo sucedido en detalles. Había caminado más de cuatro leguas y estaba vivo; y ese fue el milagro, porque el gringo se había topado con el mismísimo diablo»

 

«¿Cómo es eso?» pregunté sonriente.

 

«Paso a explicarle, y no lo tome a broma, perdone usted –me dice don Pedro, apurando su vino y el relato, porque ya se arrimaba la gente al fogón–. Fue en el momento en que el gringo terminó su historia, que el China Montani, hombre serio si los hubo, le dice a mi amigo mirándolo a los ojos: “Vea mozo, el poncho volando a ras fue el preludio de la aparición del malo; porque ese peludo era el mismísimo diablo”».

 

«¡No me diga que dijo eso! –exclamé– ¿Y qué hizo el gringo al escucharlo?»

 

«Espere amigo, no se me apure, que fue don Lázaro Rosales quien, poniendo a don Ángel Ballaratti de testigo, agregó mirando al gringo: “En el almacén le escuchamos decir a un mestizo descendiente del cacique Yancamil, que venía desde Victorica y que en sus años mozos había estado conchabado en la estancia ‘Yatagán’, que siempre que vuela el poncho o sale ese peludo, ¡que es el diablo! –aseveró–, por los médanos, por baquiano que sea la persona que lo persigue, siempre se pierde».

 

«¿Y el gringuito? –insistí– ¿Cómo lo tomó?»

 

«¿El gringuito?... ¡Como si nada!».-
      
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Comentarios:

Escrito por: Norberto       06/10/07 20:56
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Q´ lo parió al gringuito, ¿no?... Guadalupe... Gracias por leerme.
Escrito por: guadalupe40       06/10/07 18:09
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Buenísimo! pensar que el guinguito llevaba el mismo diablo en la bolsa. . Guadalupe
Escrito por: Norberto       05/10/07 21:56
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Era el Adviento de las fiestas del 2000 y finalizaba el siglo. Nos encontrábamos con Lía invitados a un evento folklórico-cultural en una estancia al sur de San Luis, que fuera del Perito Moreno y hoy es de don Cutín Quiroga, patrón del viejito don Pedro Sequeira, quien hacía el asado y quien me contó todo. Me limité a escribirlo tal cual. Cosas de estas zonas medanosas y desoladas de grandes extensiones de campos llanos al sur, especialmente en los años que me contaba don Pedrito Sequeira. Gracias Jorge Luis por leerme y me alegro que te haya agradado.
Escrito por: animalson       05/10/07 06:15
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Narración,lenguaje, descripciones..todo lleva al lector a vivir la intencidad de la acción narrada.
un abrazo:)
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