Tengo una atracción irracional por los espejos. Digo irracional, porque a la vez les temo. Hace dos días, exactamente a las 11:11 p.m, justo antes de irme a dormir, había lucecitas de colores tenues en el que desde mi nacimiento se ha ubicado frente a mi cama. No pude evitar la tentación de averiguar de qué se trataba, entonces me dirigí hasta la superficie de mercurio abrazando muy fuerte a mi perro, casi lo ahogo
De repente el cuarto se puso frío, no, se puso helado a decir verdad. En segundos, ya no sentía los pies y la cabeza no me funcionaba, creo que estaba apreciando lo que sucedía ni siquiera con el cuerpo sino con el alma, que intentaba volar al interior haciendo uso de su libertad, pasando por encima de mi autorización. Pero bueno, para poder contarles, sería mejor afirmar que una fuerza increíble me empujó hacia el tapete, y me hizo quedar arrodillada.
Mi visión se mantuvo fija sobre el rectángulo del espejo por un tiempo que se me hizo eterno; no podía moverme, tampoco gritar, pero el corazón me latía a mil y atrás mío parecía haber varias personas o mejor, varios espíritus, porque me tocaban la espalda y se oían ruidos desesperantes de niños pequeños, como llantos y risas en medio de juegos. ¡Qué confusión! ¿Estaría soñando? Imposible, por fin sé la diferencia y esta vez no había salido de paseo nocturno como le llamo a esos viajes fantásticos. No, era real lo que me estaba sucediendo, y tenía que afrontarlo como fuera.
Sin embargo, lo único que se me ocurrió hacer fue respirar profundo tres veces. Al hacer esto y tranquilizarme un poco, mi cara desapareció en el espejo y de a poquitos comenzó a ser reemplazada por la de una anciana de cabello largo, muy largo, y de un blanco nieve que jamás había conocido. Sentí que cambió la temperatura del lugar y de este modo mis músculos permitieron que girara un poco a la derecha el cuello. En efecto, quien se movía era ella y lo más curioso fue que prestarle atención a su enigmática sonrisa, absorbió todos mis miedos, junto con las presencias infantiles y juguetonas que estaban por ahí dando vueltas. Me quedé entonces tratando de averiguar más de este personaje que en el fondo se parecía a mí, tenía mis rasgos y sin explicación o lógica alguna, los expresaba en otra época, sin una edad que pueda mencionarles.
La anciana estaba ciega, y sin que esto fuera un impedimento, veía más allá de mis alcances terrenales, quizás pienso eso por el gris profundo de sus ojos que tenía el poder de mostrarme el pasado y el futuro como tiempos hermanos, en los que había círculos a mi alrededor, árboles viejos y seres que por sus túnicas e instrumentos parecían algo así como escritores, adivinos y sabios capaces de convertirse en animales; en su forma inicial muy similares a nosotros, luego sus rostros sufrían una hermosa transformación y comenzaban a recitar unas palabras que por desgracia no recuerdo, pero sí sé que simultáneamente me envolvían, al girar con entusiasmo entorno a mi longeva imagen y seguir el sentido de las manecillas del reloj; tan pronto llegaron a la dirección norte, se detuvo su danza y se esfumaron dejándome de nuevo en la visita con la extraña mujer, que para lo que podría ser un ritual antiguo, vestía una capa negra con bordes de oro y me extendía sus manos largas y delgadas fuera del espejo.
Me corrí un poco hacia atrás. Después seguí mirándola y cada vez más, sentía que me transmitía con dulzura mensajes provenientes de mis antepasados; era como si ella tuviera la facultad de remover en la memoria de la naturaleza, el por qué de eso que vive en los recónditos rincones de mi alma. Me llevó a un viaje dentro de mí misma tan impresionante, que tardé unas horas en despegarme del reflejo, hasta que tras la cortina se podían asomar los primeros rayos de sol.
Luego me fui a acostar y caí agotada en instantes, con un vacío agradable en el estómago y varias percepciones mezcladas pasándome por un agujero que se ahondaba entre mis cejas, quizás más arriba. Al despertarme, había un bastón grueso con letras grabadas en el centro, junto a la puerta de mi habitación. Una gran sorpresa, sólo que no me he atrevido a tocarlo, lo moví con una de mis pantuflas hasta meterlo en el armario. Y para no acabar de enloquecer, di vuelta al espejo por unos días
En mi interior una pequeña voz me dicta que la anciana habrá de estar sólo para cuando esté lista y quiera verla otra vez, ya que los dioses me la han presentado como respuesta a mis súplicas y para curar mi tristeza.
Es hasta ahora, que tengo este ratico para sentarme a escribir, cuando comprendo que ese personaje pasó a habitar mi mente, mi corazón y mi espíritu para enseñarme cómo seguir con sabiduría los caminos que sin éxito han transitado mis generaciones anteriores, y terminar con valentía la búsqueda de aquel sendero que pueda unir la cotidianidad con el Otro Mundo, mi verdadera casa.
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