Anciana de Luna Llena

Categoría(s): Aventura

 

El sol se ocultaba lentamente al poniente, rojo fuego y amarillo dorado. El intenso calor del día se perdía en la lejanía del recuerdo al  empezar a soplar  la brisa nocturna. En el cielo pálido, las estrellas brillaban tenebrosamente.

Los jóvenes continuaron navegando el río, sereno y silencioso. La canoa cortaba la superficie del agua, como acariciándolo con suavidad y la luna ante ellos, majestuosa, iluminaba toda la selva  y se reflejaba en el río como una perla sumergida.

Justino cabeceaba constantemente tratando de mantenerse despierto. Clemente cauteloso, observaba con detenimiento las márgenes del río y empuñaba el rifle con cada ruido extraño entre  los comunes gritos de los monos y aves nocturnas.

Al fin el sueño sobrevino a Justino que cayó como un tronco en las rodillas de Clemente.

La noche envolvía de un aura mítica todo el paisaje. A lo lejos se levantaban las imponentes moles de Wey tepuy; oscuras en toda su magnificencia e iluminadas tan solo en algunas rocas salientes que le daban un aspecto glorioso. A sus pies una espesa niebla bañaba la penillanura circundante y las hacían ver como gigantes divinos; flotando en el cielo sureño.

Clemente dejó de remar, hechizado con el espectáculo de aquellos trozos del Mundo Antiguo; pedazos del legendario país de Izchjat.

Las historias contaban que aquella tierra había sido habitada por los Amalivá; primeros vivientes en tocar los cuatro Elementos; gracias a ese suceso alcanzaron la inmortalidad. La pálida Chía y el ardiente Zuhé eran dos de ellos.

Como paga por el don otorgado, se les condenó a  custodiar las puertas a la ciudad de los pilares del desierto donde aún se resguardan los sagrados Elementos, capaces de crear nuevamente, de recuperar lo perdido y de regenerar lo inerte;  como de destruir todo lo existente.

Una densa nube de neblina subió por la cresta norte del tepuy hasta difuminarse en las alturas insondables del infinito celeste. Clemente sacó el cuchillo ceremonial de su mochila con cautela.

La hoja de oro pulido centelleó en la oscuridad. Los grabados serpentinos abundaban en un diseño que parecía el de un hombre de cuclillas ofreciendo su pecho. Frío como el hielo y misterioso como la misma tierra que los rodeaba.

Su piel se erizaba a cada destello del arma a la luz de la luna.  En sus manos estaba el mapa de las puertas; de aquellas que se abrirían a los umbrales de la eternidad; que salvarían al mundo de la destrucción inminente. Pero, desgraciadamente, solo un sacerdote tacochita podía leerlo, y su abuelo Marcos había sido el último de ellos.

La bruma de las montañas cubrió la superficie del río y la canoa se perdió entre las pálidas fauces de la madrugada.

                                                                                                     

Al amanecer, Justino se halló recostado sobre la cómoda hierba de la penillanura del Wey Tepuy. Como siempre, Clemente ya levantado y listo para partir, le ofrecía un plato de frijoles enlatados y un pan duro pero todavía comestible.

La brisa soplaba desde el Este impulsado por los vientos del océano.

-Es impresionante como las nubes suben hasta la cima de la montaña. ¡Parecen copos de nieve sobre la punta! – dijo Justino, sorprendido al despertar frente a las moles pétreas – parece que estuvieran vivas, o que se movieran lentamente.

El día amenazaba con lluvias, pues un pálido sol iluminaba sobre  un cielo encapotado. Clemente comía lentamente, meditando a cada segundo.

- Pensé que con el mapa en nuestras manos podíamos regresar a casa – dijo Justino mientras masticaba – me sorprendí al ver que navegábamos al sur y no al oeste, hacia Puerto Ayacucho.

- Mastica y traga antes de hablar, niño – gruño Clemente, mientras tomaba un sorbo de café con la mirada perdida en el majestuoso tepuy- En casa nadie nos podría ayudar; seríamos solo parte del ganado que Ammar asesinaría a su paso. ¡Si tan solo mi abuelo estuviera aquí! El sabría descifrar el mapa y hallar las llaves mucho más rápido que yo. No tenemos más opción que recurrir a la vieja Chía; en algo nos podrá ayudar. No será mucho, supongo, dado el amargo y repugnante trato que la caracteriza.

- Pero nos ayudó en Montuna, ¿no es cierto? De seguro algún aprecio nos tendrá- dijo Justino.

- ¿Aprecio? No – respondió Clemente con desdeño- Que nos necesita; eso y que somos los únicos que estamos arriesgando el pellejo por hallar las llaves, porque ni el arrogante de Kaimar, ni el despreciable de Nefer le quisieron ayudar. Se trata, enano, de conveniencia. Así se comporta ella; miles de siglos sobre sus espaldas le congelaron el corazón, si es que aún tiene uno.

El día, ya avanzado, empezaba a calentar. Y el sol como una antorcha fulgurante al Oriente, brilló iluminando el rostro del muchacho.

Allá, donde la neblina aún prevalece. Allá, donde parece que la noche se refugia del sol y las nubes de lluvia descansan todo el año. Allá, donde tus ojos no alcanzan a distinguir una roca de un árbol; allí es donde la pálida Chía habita. Duerme, durante el día entre pieles de cabras blancas y capullos de algodón recién cortados; envuelta de plumas de cóndor gris y susurros del gran viento del Sur. Bebe, durante la primera noche, tragos de chicha en jarrones de azabache y sorbos de cocuy en tazas de lapislázuli. Vuela, a través de los cielos de la segunda noche hasta la llegada del calor de la madrugada; sobre cuatro cóndores negros en una sábana tejida con hilos de plata. Allá, en la lejanía del cielo sureño, habita ella; la única mujer de los cuatro Ancianos.

 Así habló a Justino con un discurso que parecía un canto antiguo, con palabras que luchaban por no volverse canción y un acento que se debatía por no transformarse en música; música ceremonial de los viejos tacochitas.

- Vayamos entonces – dijo el niño, abrumado por el destello de grandeza en las palabras de Clemente- No esperemos a que los mosquitos fastidiosos me hagan arrepentirme.

- Adelante, niño –dijo Clemente-  al fin dices algo cierto.

Tomaron las mochilas y se abrieron paso entre la alta hierba.

 

A través de verdes y extensos pastizales, se abrieron paso. Con la frente bañada en sudor y agua todavía en los zapatos, evadían las grandes rocas que aquí y allá se interponían en su trayecto. Siempre con el Wey tepuy delante y la penillanura detrás.

El viento del Sur soplaba con más ímpetu al acercarse la tarde atravesando la pradera como una flecha guerrera; sibilante y aguda. La misma hierba era testigo fiel de su abatimiento; onduladas hacia el Norte y suaves al roce en la punta, pero gruesas y agrestes en la base.

Siguiendo un camino invisible, guiados por su instinto y el razonamiento. Se abrían paso como los gigantes antiguos a través de aquella tierra, mezcla de colores y aromas. Aromas de tierra, de selva, de agua fría en lecho de granito; aroma a lluvia lejana y a monte reseco. Colores de cielo, de agua, de tierra, de hombre y de Espíritu. La selva era a la vez terrible, misteriosa y peligrosa; dulce, vivificadora y libre, todo ello envuelto en el halo de la magia y el asombro.

Árboles de cinco y diez metros de altura cercaban la pradera que lentamente se cerraba mientras ascendía a la montaña. Árboles majestuosos, tan verdes que parecía que sus hojas brillaran al ser iluminadas por el sol. Movidos y mecidos por la brisa, su música daba a aquellos viajeros un himno de marcha; una canción de esperanza.

Durante el tiempo que necesitaron para atravesar la penillanura, los jóvenes no cruzaron palabras. Clemente se conformaba con ver al niño caminar sin problemas, con el rostro molesto por los mosquitos, pero vigoroso y enérgico. Justino no necesitaba preguntar nada, solo seguía al muchacho que con varios metros adelante indicaba la dirección del camino.

Se detuvieron en el punto más alto de la pradera; en el punto en que súbitamente dejaba de ser pradera y se transformaba en montaña. Almorzaron con rapidez, pues el tiempo no debía ser derrochado. Era su provisión fundamental.

Al adentrarse en la espesa selva que precedía a la falda montañosa, un frío glaciar traspasó a Justino.

- ¡Hey!¿Estás seguro que este es el camino? – protestó Justino con la voz temblorosa.

-Por supuesto. ¿Por qué? ¿Qué ves? Que te hace desconfiar del camino.

 Semejante interrogatorio de Clemente era causado por la misma desconfianza que lo embargaba desde que desembarcaran.

-Creí haber visto huellas extrañas mientras subíamos. Además, siento como si algo o alguien nos vigilara; algo o alguien que no podemos ver pero que con certeza si nos observa, y con mucho interés.

-¿Suamos?-interrogó Clemente.

-No lo sé –dijo desconcertado el niño-  ¿Será que si son suamos, Clemente?

-Podría ser; pero no es su costumbre esconderse de sus enemigos ni tardar tanto para atacar. –respondió-  Esto debe ser algo más oscuro.

-¿Algo más oscuro? ¿algo como qué? 

Clemente miró con detenimiento a su alrededor. Todo estaba en silencio y tan solo un murmullo lejano perturbaba ligeramente el ambiente -Pues, con quedarnos aquí no haremos nada- dijo Clemente al fin- avancemos y luego averigüemos.

Los jóvenes continuaron avanzando, esta vez sigilosamente a través de la tupida jungla, pisando hojarasca húmeda y asiéndose de las resbaladizas lianas que caían como largos cabellos desde las altas cúspides de los árboles. Orquídeas multicolores adheridas en la mayoría de los trocos, contenían  insectos extraños para Justino, quien se sujetaba de la camisa de Clemente cuando pasaban cerca de alguno.

-Este bosque es muy antiguo. Pertenece a la herencia de Urrunma, aunque en los últimos eones se haya enclaustrado en su cubil, estas son sus posesiones; es peligroso quedarnos mucho tiempo en ellas – dijo Clemente – Si nos apresuramos, llegaremos a la falda del Wey Tepuy al anochecer; acamparemos allí y mañana temprano subiremos a ver a Chía.

El crepúsculo rojizo incendió el cielo. Detrás de la montaña las estrellas empezaban a salir y la luna resplandeciente les dio la bienvenida a los dominios de Chía, la pálida anciana.

Acamparon en un claro del bosque, rodeados de oscuros árboles milenarios.

-Es preciosa la noche de Guayana, ¿verdad? – Exclamó Justino tirado sobre su espalda mirando las estrellas.

-Preciosa y peligrosa; nunca sabes con certeza con que máscara se disfrazará la muerte para llevarte consigo – le respondió Clemente, sentado en un tronco viejo y avivando las llamas de una pequeña fogata.

-La muerte llega de todos modos, ¿No lo crees? Con o sin máscara; es parte de la vida, indivisible. Nadie puede escoger cuando morir – comentó Justino – Bueno, eso es lo que yo creo.

-Si, es cierto – Clemente perdía su vista en las llamas de la hoguera – Pero algo sé: si puedo escoger por quien quiero morir, y cómo. Si luchando por el bienestar común o vegetando en una triste y oscura ciudad de concreto. Si, si muero deberá ser luchando. Con un arma en la mano y la esperanza en la otra.

-Si –respondió Justino- luchando.

 

La mañana los halló dormidos. El agotamiento se dejó ver en Clemente cuando despertó al mismo tiempo que Justino. Dándose cuenta de la situación, ordenó con presteza continuar el viaje.

-Vamos niño  -le dijo – No siempre me tendrás para cuidarte. ¡Aprovecha los días de tu juventud!

Ya en camino, el sol destellante que los había acompañado fue reemplazado con densas nubes oscuras, que hundieron en la penumbra aquella región del bosque.

-Ya estamos cerca, Justino. – Dijo Clemente – las nubes de lluvia anuncian los dominios de la Anciana.

- Y ¿Cómo llegaremos a la cima? Es bastante alta la montaña como para subirla pronto –preguntó Justino, que ya veía incómodo escalar semejante altura.

-¡Tranquilízate holgazán! Es bastante desagradable cargar con un bulto inservible como tú y además quejumbroso. –desdeñó Clemente- Existe una escalera, construida en tiempos inmemoriales en uno de los costados de la montaña. Aquellos que son esperados por la Anciana llegan a la cima en cuestión de minutos; quienes no, mueren del cansancio o de una caída – Respondió el muchacho.

-¿Y si Chía no nos quiere ver?

-Nos querrá ver; ¡y deja ya el fastidio con tu holgazanería!

 El rostro de Clemente cambió bruscamente de color. Palideció y frunció el entrecejo.

-¿Qué pasa Clemente? ¿Qué ves? – preguntó Justino casi en susurros. Bajando lentamente la mochila, Clemente sacó el rifle.                                                                                               

-No vayas a hacer ruido niño. Estate quieto y por ningún motivo vayas a llorar.

--¿Qué pasa? Por favor, dime- el ojo y el oído de Clemente se habían aguzado mucho desde el encuentro con Zuhé. Un aire de sabiduría y experiencia le colgaba de su rostro y su mirada. De pronto, y sin pensarlo mucho, Justino se dio cuenta de la situación- Suamos…¡¡Suamos!!-dijo al fin aterrorizado- ¡¿Dónde?!

-¡¡shhhh!! ¡Cállate enano! Están en todas partes.- dijo Clemente en susurros-  Rodean todo el bosque, en las alturas de los árboles y entre los arbustos.

Con cautela, sacó la Piedra del Pacto.

“Cuando te diga, corres al claro que ves a tu derecha; allí habrá una escalera de piedra labrada sobre la roca viva que se levanta hasta las alturas de la montaña. Sube por ella; no te detengas por nada. Oirás gritos espeluznantes y verás figuras fantasmales a tu alrededor, pero no debes retroceder ni un escalón, pues de ser así, nunca volverás a ver la luz del día.  Cuando llegues donde Chía, pídele auxilio”.

-¿Pero tú?¿Qué pasará contigo? – Preguntó el niño con lagrimas en sus ojos- no podrás con todos ellos ¡Son demasiados!

-¡¡¡¡Corre!!!

El niño dudó por un instante mirando palpitante el rostro de Clemente.

“¡¡¡Corre te dije!!!”

 Al final, echó a correr a través de los árboles y las lianas. Los gritos y aullidos de las criaturas estremecieron el bosque completo. Se detuvo un segundo cuando escuchó una ráfaga de explosiones.

- ¡te dije que corrieras! – Se escuchó como un trueno.

-Aún puede verme; quiere decir que no estoy lejos – se dijo - ¡Vamos piernas, no me fallen esta vez!

Una nueva ráfaga de artillería se escuchó, seguida de gritos guturales de suamos moribundos.

Justino sintió los acelerados saltos de suamos siguiéndolo sobre las ramas de los árboles y corriendo detrás con una furia asesina. Sin voltear, continuó corriendo en el instante en que tres balas impactaron un tronco a su lado.

-¡Clemente me está cubriendo! Pero si se dedica a cubrirme, dejará sin protección su retaguardia. Resiste amigo, ya vendrá la ayuda.

Una nueva ráfaga de balas retumbó en las inmensidades de aquel lugar, seguido de un estruendoso grito de guerra antiguo: ¡Matagepchi suamo set! escuchándose en cada rincón de la jungla, en cada piedra de la montaña; aún haciendo vibrar el agua del río.

-Mueran suamos – tradujo Justino instintivamente.

Súbitamente la ráfaga cesó y ningún sonido se escuchó en el monte. Justino se detuvo. Quiso mirar atrás, pero una fuerza sobrenatural le hizo avanzar.

-¡A donde Chía! – se dijo mientras llegaba a las escaleras- ¡resiste Clemente!

 

Los angostos y empinados escalones ascendían por una arista de la montaña que se perdía de la vista hacia la cúspide.
Justino miró el sendero; las abundantes plantas creciendo y derramándose sobre la escarpada arista que se unía en algún punto muy lejano a la estructura misma del Wey Tepuy como las ondulantes ramas de una gigantesca enredadera.
            Vaciló por un instante; retrocedió y observó como las nubes embestían con furia contra la cima del tepuy cual mar embravecido contra el desfiladero de una costa.  Escuchó nuevamente una ráfaga del rifle seguido de un horripilante y agudo alarido suamo que produjo gritos de monos y aves en desbandada.
            El niño con presteza, se encaramó en el primer escalón. Con dificultad, trató de asirse del siguiente peldaño, pero sus pies resbalaban patinando sobre el musgo viscoso que siglos y siglos de humedad habían formado.
            Los alaridos suamos se acercaban más y más, y Justino sintió como los árboles tras él se estremecían al paso de las criaturas sedientas de sangre. Extendió su mano a la saliente rocosa; tocó la roca fría y desnuda con  sus dedos, pero su pie resbaló en un instante y tratando de sostenerse, la roca desgarró su mano de abajo hacia arriba. Casi por reflejo, se asió de las raíces de un matorral  a la orilla del peldaño, quedando con los pies bailando sobre el vacío.
De la selva convulsionada surgieron decenas de criaturas saltando de rama en rama, usando pies y manos con una misma agilidad. Suamos inquietos por beber sangre humana desde el corazón palpitante de un viviente.
Cual bestias salvajes bajo una carnada, se apretujaban y golpeaban por alcanzar las pequeñas piernas de Justino que se debatía entre el inmenso dolor de su mano herida y mantenerse sujeto a la puntiaguda saliente rocosa.
De repente,  una luz intensa centelleó sobre sus cabezas, seguida de un potente trueno como salido desde las entrañas del Wey Tepuy. El pálido día se transformó en un segundo, en oscura y fría noche…..sobrenatural.
Inesperadamente una torrencial lluvia empezó a caer.
Justino no aguantaba más el dolor. La presión sobre su pequeña mano aferrada a la ahora mojada y resbalosa roca hiriente, le hacía gritar por socorro, mientras las terribles carcajadas malignas le esperaban bajo los pies de la montaña.
-¡Ahhhh!!! Agrrr…. ¡¡Auxilio!! ¡¡No puedo más!!....¡Clemente!...Ahhh…. ¡¡Chía!!¡¡Chía!!
          El niño soltó la roca. Cayó gritando bajo las inmensas gotas de lluvia a un mortal destino. Cerró los ojos y escuchó un estruendo, como un trueno profundo y terrible. Cayó pesado sobre la hierba húmeda del abismo.
-Chía…. –susurró antes de quedarse dormido.
Un intenso frío y el apremiante deseo de orinar lo despertaron. Al principio creyó estar aún soñando, pues despertó sobre una amplia cornisa de piedra pulida como vidrio oscuro; un mar de niebla a su alrededor en sublime  penumbra.
Bajándose de la mesa acolchada de pieles blancas y lanudas, sintió bajo sus pies el helado piso granítico que lo circundaba. Ya no estaba en la selva, eso era seguro; pero, no estaba en una habitación hecha con manos; era como estar en una nube oscura de lluvia durante una noche clara.  Subió la mirada, y sobre él se extendía la bóveda celeste en toda su gloria y magnificencia. Millones de estrellas plateadas iluminando un mar azabache; cientos de planetas de diversos colores y formas danzando a través del espacio celestial y aquel sentimiento abrumador al contemplarlo.
De repente, de las brumas de aquel lugar de ensueño, surgió la figura de Clemente, envuelto en un grueso y colorido abrigo de lana.
El niño, sorprendido y asustado, retrocedió ante la aparición.
-Tranquilo niño –dijo al fin- no soy un fantasma, ni mucho menos un suamo. Creo que soy más apuesto que esos asquerosos monstruos.
Reconoció su voz y se abalanzó sobre él como si no le hubiera visto en años.
-¡Y pensar que si hubieras tenido un arma, no habrías dudado en matarme! –dijo riendo Clemente- ¡niño tonto!
-¿Te salvó? ¿También te salvó a ti? –preguntó Justino.
-¿Quién? ¿Quién me salvo, niño?
-Chía… con el trueno celeste y el relámpago cegador.
Clemente le miró con desdeño y le sonrió con sarcasmo.
-Esa anciana decrepita no movería un dedo a tu favor mientras tengas la oportunidad de defenderte –dijo- ni siquiera mandó a callar la lluvia cuando te subía por las escaleras herido e inconciente. Ella  Justino, no es una santa; pero gracias a Dios que tampoco un demonio.

-El señor Kaimar me advirtió sobre ella- dijo Justino, tratando de distinguir entre la bruma alguna figura que se asemejara a una mujer-  En la hacienda se hablaba mucho sobre sus embrujos, de cómo era capaz matar a diez hombres de un solo golpe o de cómo bebía chicha mezclada con los sesos de sus enemigos. Uaghh!!! ¡Sesos!

-Ella busca entretenerse en la soledad. –Dijo Clemente- El martirio de las lunas que han pasado sobre su cabeza es insoportable; nunca lo entenderías. No es fácil vivir tanto tiempo sin volverse malvado; su merito está en no haberse pervertido completamente.

-¿Todos los ancianos son malvados entonces?

-No, no todos. Algunos prefirieron dormir para no ser corrompidos, hundirse en las tinieblas del Abismo o excavar grutas en las lagunas o nichos en las montañas, donde la envidia a los Vivientes no llegara.

-Me parece que es una cobardía escapar y no luchar contra la tentación –comentó Justino.

-Si los cuatro ancianos hubiesen cumplido su misión, Ammar no hubiese despertado en el Hijo. Chía tuvo muy buenas razones para esperar y vigilar al Regente. Ella sabía, aunque no lo diga muy a menudo, que Ammar no tardaría mucho en reaparecer; y con más fuerza luego de ese castigo tan ingenuo que Tamoryayo le impuso.

-¿Cuál? ¿La cruz? –interrogó Justino.

-Si. La maldita cruz oro-hierro –respondió Clemente- Fue una estupidez encerrarlo en un amuleto como ese, tan atractivo para cualquier ser humano. Y todavía más estúpido, fue dejarlo  en las nieves de una montaña del trópico como Fabiola, o el Humboldt, como la llaman ahora. Todos sabíamos que era cuestión de milenios para que el amuleto quedara al descubierto; yo le había dicho a…. -De repente Clemente enmudeció. Se había dado cuenta de lo que decía y de cómo se comportaba, y sintió la mirada escrutadora de Justino sobre él, con aquel gesto de extrañeza de aquellos que escuchan las incoherencias de un demente.

-Hey Clemente, ¿qué te pasa? –preguntó al fin Justino- Estas hablando extraño desde un tiempo para acá. Refiriéndote a cosas del pasado como si las conocieras perfectamente. ¿Cómo que tu sabias o le habías dicho no se qué a no se quien? ¿Estás enloqueciendo o qué rayos?

Clemente no tuvo oportunidad de contestar (y si la hubiese tenido tampoco hubiese sabido responder convincentemente) pues en aquel instante una oscura sombra se deslizó sobre el piso granítico de la habitación. La neblina se apartó sumisa ante su presencia. Vestida de púrpura y dorado; un collar de piedras negras colgaba de sus hombros desnudos; hombros morenos y hermosos que precedían a su rostro. De cabellera blanca y plata, y ojos azules como el infinito celeste, la Anciana caminó a paso lento hacia Justino.

Al niño le pareció ver un ángel; un ser de otro mundo, de otra realidad, de quien sentía un profundo terror, pero también una atracción misteriosa. Una atracción de la que no podía ni quería deslindarse. Y sumergido en el azul insondable de sus ojos, Justino no se percató de que Ella le hablaba.

-Aún más hermosos son vuestros ojos, Justino –le dijo sonriendo- Es una lastima que seáis tan chico.

-Pero sabes esperar, no es así, Chía –comentó incisivo Clemente.

-Claro que si, Visitador; lo mismo dije cuando os vi por vez primera junto a vuestro abuelo. Mmmm… recuerdo que erais un jovencito apuesto, aunque algo tímido. Pero este niño es diferente. Mmmm…. no tiene sangre de sacerdote; pero tampoco de un viviente cualquiera –tomó el rostro de Justino y lo acarició con delicadeza- Si, si… es un viviente especial; muy valioso para la Encomienda, supongo.

-El niño viene conmigo –Respondió Clemente-  No tiene nada que ver con la Encomienda; solo lo llevo conmigo porque no tiene a nadie a quien recurrir.

-Cualquiera que os escuchara discerniría un espíritu compasivo en vuestras palabras, Visitador. Pero yo os conozco. Y un tacochita jamás lleva una carga innecesaria; y mucho menos si de un viviente se trata –respondió la Anciana, mirándole con orgullo y aparente desinterés- ¿Qué tiene el niño, Visitador? Mmmm…. De cuando acá os percataste de su importancia: ¿Antes o después del encuentro con mi ex marido, Zuhé?…Mmmm, Si, si…Mmmm. ¿O durante el momento en que os hablaba?….cuando os decía…

-¡Basta! ¡Basta ya! ¡Por la Vara de Argoda deja de leer mi mente! Si algo quieres saber, pregúntalo como se hace decentemente desde hace poco tiempo para acá.

-Si, Mmmm… si. Las cosas siempre están cambiando; parece que es la maldición de la existencia que todo deba cambiar siempre. –Respondió Chía acariciando aún el rostro sonrojado de Justino que no dejaba de mirarla extasiado- Aún no me acostumbro a la nueva moda. Es más fácil tomar vuestros débiles corazones y escudriñarlos como a las Lágrimas de Ushua[1], aunque con vosotros es mucho más fácil. Pero lo poco que pude ver en vuestra mente fue suficiente. Y he confirmado todas mis sospechas sobre los tiempos que corren; parece que al fin ha llegado la hora. Mmmm….si. No para siempre se mantendrían las cosas como se esperaba- Chía soltó a Justino y se dirigió hacia Clemente lentamente.

-Pensé que estabas más enterada que yo de la situación, o al menos del rumbo que tomarán los acontecimientos en los próximos meses –comentó el muchacho mientras retrocedía progresivamente- Creo que estamos a 21 de Mayo; si no me equivoco nos faltarían siete meses exactos para recuperar los Elementos.

-O para que el Regente destruya todo lo que conocéis, lo que amáis y todo aquello que dais por eterno e infinito. Si, siete meses. Mmmm…. Siete meses ¿quién lo diría? Tres eones de existencia aburrida y en solo siete meses todo acabará. Mmmm…. Siquiera puedo complacerme en que he disfrutado muy bien los días que el Supremo me regaló – decía mientras se acercaba a Clemente con cautela- Aunque aún podría disfrutarla más, si un joven viviente me ayudara. Mmmm…. la sangre de Tacoch siempre me ha sido irresistible. Es como un bocadillo exótico que no pruebo desde hace mucho, mucho tiempo.

El cuerpo del muchacho se estremeció, sintiendo la cálida piel de la diosa cerca de él -¿Quieres que abandone la Encomienda Anciana? –preguntó jadeante y arrinconado en una de las paredes- ¿Arriesgarías las vidas de todos los vivientes por mí? –susurró.

-Mmmm…. quizás. De todos modos nuestras probabilidades no son muchas, sacerdote. Que mejor forma de terminar nuestras existencias que disfrutando los pocos placeres de los que disponemos –Chía se dejó caer el chal de lana peinada que le cubría parte de los hombros. Se volteó, apoyando su espalda sobre la fría roca de la pared y tomó a Clemente entre sus brazos, sumergiendo su rostro en su pecho.

            Justino miraba la escena desde la mesa de piedra acolchada. Enloquecido de celos y rabia tomó una de las esculturas pétreas que adornaban el recinto y sin conciencia, ni juicio la dejó caer sobre la cabeza de Clemente.

            El muchacho cayó inconciente al suelo. Justino subió la mirada y vio los ojos azules de Chía volverse negros como la noche mas terrible; intentó escapar pero la mirada oscura de la Anciana lo entumeció. Chía se acercó al niño enfurecida, con las uñas de las manos recrecidas como garras de cóndor.

-Hace más de quinientos sesenta años que no le hago daño a un viviente –dijo entre dientes- Es difícil contenerse ante las perversiones de su raza;  pero creo que esta vez está justificado.

            Extendió el brazo para herirlo, gritando de cólera; cuando sucedió. Ante sus ojos vio todo claramente: el pasado, el presente, el futuro… la realidad del Cielo y de la Tierra.

-Justiniano…. –susurró.

            La Divina Chía cayó a los pies del niño; postrándose ante él avergonzada, susurrando oraciones antiguas en una lengua olvidada. Luego, acercándose al cuerpo desmayado de Clemente, pronunció un conjuro ininteligible a los oídos de Justino.

            Clemente se sobresaltó; gimió por unos segundos y luego volvió a quedar inconciente. Levantándose, se dirigió nuevamente hacia Justino.

-Perdonadme, mi señor – dijo con la mirada baja; levantó su mano y tocó su frente; al instante el niño se derrumbó sobre sus brazos.

 

* * *

 

            Sus parpados se abrieron con fatiga y se halló vestido de una túnica de algodón multicolor. Sin su rifle, ni la piedra del pacto, ni su mochila. Sólo aquel horrible dolor de cabeza; y allí, a su lado, la Divina Chía sentada en todo su esplendor mirándolo serenamente.

-Uhhmm… Ahhhh… ¿Qué pasó? ¿Dónde está Justino? –preguntó quejumbroso Clemente- Ahhhh….Chía ¿qué hiciste con Justino?

-Todo está bien, Visitador –respondió- Al llegar al final de la escalera, caísteis desmayado por el cansancio –respondió Chía-  Vuestro simpático amigo está más repuesto de sus heridas que tú.

-Uhhmm…. ¿eso es cierto? Ahhhh….Uhhnn  me duele mucho la cabeza –respondió el muchacho- ¿y Justino? ¿Está bien?

-¿No recordáis que mi humilde hogar es de piedra, y que caísteis desmayado sobre él? –Interrumpió Chía- Por supuesto que os debe doler la cabeza. Vuestro compañero está en la habitación contigua; tomad vuestra mochila. Creo que ya podéis levantaros… sin embargo, tomad. Esta bebida os aclarará el juicio aún más. -Clemente bebió confiado.

            La habitación daba acceso a un amplio patio saturado de plantas y árboles propios de la selva, asemejando una gigantesca sima.  Se abría luego una puerta maciza de extraños grabados que guardaban la entrada al salón principal del recinto: una cúpula enorme en perpetua penumbra, rodeada de una densa neblina que la hundían en una atmósfera de  misterio sublime. Y sobre él, las estrellas brillaban de manera espectacular: las llamadas lágrimas de Ushua, aquella que le mostró el camino a su hijo para hallar las semillas del maíz.

            Clemente se internó en la habitación. Reconociendo al instante un monolito central, como un gran mesón de piedra en el centro del recinto. Forzó más la vista y reconoció la figura de Justino sobre el mesón; su corazón se calmó y continuó avanzando. La bruma continuó disipándose hasta que el rostro aterrado de Justino se pudo distinguir claramente.

-Tranquilo niño –dijo al fin- no soy un fantasma, ni mucho menos un suamo. Creo que soy más apuesto que esos asquerosos monstruos -El niño se abalanzó sobre él emocionado.
-¡Y pensar que si hubieras tenido un arma, no habrías dudado en matarme! –dijo riendo Clemente- ¡niño tonto!
-¿Te salvó? ¿También te salvó a ti? –preguntó Justino.
-¿Quién? ¿Quién me salvo, niño?
-Chía… con el trueno celeste y el relámpago cegador -Clemente le miró con desdeño y le sonrió con sarcasmo.
-Esa anciana decrepita no movería un dedo a tu favor mientras tengas la oportunidad de defenderte –dijo- ni siquiera mandó a callar la lluvia cuando te subía por las escaleras herido e inconciente. Ella  Justino, no es una santa; pero gracias a Dios que tampoco un demonio.
            Ambos callaron por un instante. Justino lo pensó, pero no supo explicarlo; Clemente si pensó en voz alta.
-Deja vu –comentó casi en un murmullo.
-¿Dejavugu qué? –preguntó Justino.
-Ehh… nada importante.
-¡Yakerara! ¿Katuketi Tacochi janoko?[2]– Retumbó la voz de la Anciana en la habitación-  ¿Najobu koyobo imajana?[3]
-Saltémonos la parte aburrida, Chía -dijo Clemente- Como verás, no estamos interesados en charlar banalidades. Venimos en nombre de la Encomienda; aunque sé que ya estás enterada de todo lo concerniente a nuestra misión.
-Si….si. No sabéis cuanto estuve a punto de perder por saberlo –comentó mientras miraba a Justino- Mmmm….si, si….Supongo que me traéis algo ¿cierto? Mmmm…. Mostrádmelo, por favor.
            Clemente sacó de la mochila el cuchillo ceremonial, que brillo ante los ojos claros de Chía, quien sin disimular su emoción se apresuró a tomarlo.
-Tantos siglos sin veros,  yakera[4] Mmmm… nadie puede negar que los nabarao cuidan muy bien de las cosas valiosas.
-Nos leerás el mapa o estarás todo el día acariciando el maldito cuchillo –dijo Clemente.
-Por favor, señora; necesitamos que nos diga donde podemos encontrar las llaves y los pórticos –dijo Justino- Solo faltan siete meses para el día Último, y ya Ammar se ha rebelado al mundo.
-Os recomiendo, Visitador, que no os toméis atribuciones exageradas con respecto a mí persona. Pues sabéis muy bien lo que podría hacer con vuestra vida, de lo que soy capaz de hacer por conseguir lo que quiero: embrujar, robar, asesinar, crear rencillas…. Y eso tan solo reproduciendo sus propias depravaciones. No os imagináis las mías –decía Chía mientras acariciaba el cuchillo- Mmmm…. Si, si… Si os he de ayudaros es por misericordia  al triste destino de los vivientes y por respeto al Aidamo[5] que tú defiendes.
            El rostro de Clemente palideció, entendiendo el significado de aquellas  palabras.
-Escuchad entonces lo que los antiguos varones de tu Casa escribieron sobre los Últimos días y sobre el lugar de los Pórticos y sus llaves:

 

No perfumes tu casa, Idamotuna. No te dispongas a hacer fiesta, ni a beber, ni a comer alegremente.
Pues la salvación de tu tierra fue mutilada y echada a los vientos de la tarde. Su camino ¿Quién lo conoce? Y su rastro ¿Alguien lo discierne?
Y fueron tus hermanos quienes pecaron, tu parentela y tu tribu quien levantó contra ti su puño, Idamotuna. A los cuatro vientos lanzaron tu salvación, a la perdición las llaves de tu victoria.
El mayor, Hunac; hijo del trueno y de la lluvia. Amado por las nubes: ahijado de Shiboroby. Escuchaste al viento entre las ramas del Ojidu y el canto del Tabitabi y tomaste rumbo al Oeste, a las costas del gran mar que se agita,
Y construiste tu reino, edificaste tu Casa, oh ilustre Hunac.
Pero volviste a escuchar al viento entre las rocas de tu ciudad,
Y tu amado te llevó a cruzar el mar, te llevó a tu muerte Hunac.
¿Y tu Tesoro, Hunac? ¿El pedazo de salvación de tu hermano?
Fue arrastrado por tu Amado a las Islas del Oeste;
A las montañas azules, al reino de la bruma.
¿Y tu hermano, Atluc?
Hijo de los ríos, amante de los mares.
No escuchó la voz de nadie, ni el consejo de su padre.
Y se embarcó hacia el Norte, a las tierras brumosas… a las montañas oscuras.
Donde el frío perpetuo congeló su sangre;
Secó su carne.
¿Y su Tesoro?
Raptado como botín por las bestias velludas de aquellas tierras.
Sangre tibia de las aguas por hielo yermo de las montañas.
No preguntes por Hor, tu amado hermano.
No interrogues sobre su destino, ni sobre la carrera que tomó su tribu.
Pues cuando hubo hambre, recordó el Oriente y las fértiles sabanas de la tierra lejana.
Y escuchó el consejo errado de los imberbes, embarcándose con su numerosa gente hacia lo desconocido.
Pero la tierra había cambiado, el sol había quemado la hierba y matado a los animales.
Buscabas buena tierra y hallaste la Tierra Ardiente: Ijida-Jabaji.
¿Qué fue de tu gente, Hor?
Perseguiste las aguas y los bosques hasta los confines del Oriente, hasta tierras que no conocemos, hasta tribus de las que no hablamos.
Pero el canto del tabitabi nos dice que estás bien y que prosperas.
¡El Supremo bendiga tu existencia!
¿Y tu Tesoro, Hor?
Lo perdiste, lo entregaste a los inocentes, pues en tu orgullo maltrataste a quienes no conocías; a los que ningún mal te habían hecho.
El tabitabi es sabio, Idamotuna.
Guardó el secreto de tu hermano menor.
Tacoch, de pies ligeros.
Nunca nadie te amó como Tacoch, Ilustre.
Permanece vigilando tu herencia y la riqueza de tu parentela.
Te guarda su Tesoro y lo entregará en tus manos cuando la noche perpetua caiga sobre la tierra.
Sangre de nuestra Sangre.”

 

-Cuatro llaves y cuatro hermanos- dijo Clemente- las llaves se repartieron entre las Cuatro Órdenes sacerdotales. Pero, no entiendo el cántico ¿a qué tierras se refiere el poeta? ¿Cómo conocer el sitio exacto de su ubicación?
-No puedo responderos esa pregunta, Visitador –respondió Chía- pero puedo deciros quien lo sabe: Kanoho del Este.
            Clemente retrocedió con espanto -¡Kanoho!
-Si, si…. Kanoho fue hace muchos, muchos siglos un gran profeta. Conoce de su mundo como si fuera otro viviente más. Mmmm…. si, si, bastante apuesto es, pero es una lastima que haya perdido el juicio –dijo Chía- Pero si utilizáis con él las palabras correctas, quizás os pueda decir el destino que corrieron las cuatro llaves.
-Pero, si ya perdió el juicio, ¿De qué nos servirá? –preguntó Justino- Además, no había escuchado de ningún Kanoho del Este. Si hay uno en el Este, ¿hay uno en el Oeste?
-No, Justino –dijo Clemente- No hay otro en el Oeste; lo llaman así porque en algún momento fue comparado con el Sol naciente. Pero ahora es una criatura despreciable –Rechinó entre dientes, y dirigiéndose hacia la Anciana, le replicó- ¡Ese desgraciado mató a mi abuelo, Chía! ¡Es un asesino de sacerdotes! Jamás iré a pedirle nada ¡Nunca! Ni ahora ni en ningún momento de la eternidad. Prefiero un millón de veces morir bajo las garras de Ammar que suplicarle ayuda a un maldito asesino como Kanoho.
-Pues moriremos todos bajo las garras de Ammar; incluyendo el maldito asesino Kanoho, si no le pedís ayuda, Visitador – le respondió Chía- Vienen tiempos difíciles, Clemente. Tiempos en que tendréis que decidir entre lo que creéis, lo que queréis y lo que debéis hacer. Triste será que os deis cuenta muy tarde.
-¿Kanoho? ¿Quién es ese tipo, Clemente? No me habías contado nada de él –dijo Justino-  ¿tu abuelo no había muerto en manos de los neo-filitas?
-Luego habrá tiempo para conversar sobre eso –dijo Clemente.
-Sabéis lo que debéis  hacer, Visitador –continuó Chía- Conocéis muy bien vuestro destino. No creo tener que repetiros lo que Zuhé os dijo.
-¿Cómo lo encuentro? –dijo al fin Clemente- Lo último que supe fue que se ocultó en las tierras de Murubuaní[6] , cerca de la antigua  morada de Odo`Sha. Pero quizás no esté allí.
-Aún está allí –contestó Chía- Rumiando y durmiendo como lo ha hecho desde hace catorce mil años. Pero si vais, necesitareis mucho más que la piedra del Pacto de mi ex marido – Acercándose a la mesa de piedra, la Anciana pronunció un conjuro que estremeció todo el lugar. Haciendo temblar el piso y las paredes hizo surgir de la roca central dos objetos brillantes que cayeron a los pies de los jóvenes: una lanza blanca y una espada dorada. -Venid, tomad. Estas son las armas de Mariwa, el hijo de Junnunay – les dijo Chía- La lanza Blanca de las montañas nevadas y la espada Dorada de las Tierras bajas. Serán vuestras grandes armas en los momentos difíciles. El guardián os llevará hasta las tierras de Murubuaní; pero desde allí hasta el cubil de Kanoho tenéis que atravesar los antiguos dominios de Odo`Sha donde aún perviven tribus enteras de suamos. 
            Tomando la espada, Clemente notó sus grabados y se sintió ligado a ella como a una hermana. Justino tomó la lanza blanca. Ligera como una pluma, de fácil manejo; era como si el brazo que la sostuviera  se extendiera por un momento, sintiendo el arma como parte de su propio cuerpo.
-Gracias Anciana -dijo Clemente mostrándole una tímida sonrisa, la única que había aprendido en la vida- Nunca imaginé que nuestra visita aquí nos trajera tantos beneficios.
-Mmmm…. Visitador. No habléis de esa manera, que no quisiera repetir viejos errores -respondió la Anciana- Mmmm….si, si… por un instante de locura casi destruyo lo más valioso que éste universo pudo producir.
-¿Destruir? ¿Viejos errores? No entiendo –dijo Clemente- Pero, creo que así eres tú. No has cambiado en milenios y no creo que lo vayas a hacer  ahora.
            Desde el umbral de la puerta se escuchó el llamado del Guardián.
-Uhhmm…. ¡Que eficiencia! Si, ya está aquí la criatura de plumas blancas –dijo Chía- Os ruego que tengáis cuidado con Kanoho. No os confiéis de él; aún es muy poderoso. Y sobre todas las cosas, Clemente, no olvidéis vuestra verdadera misión.
            El águila lanzó otro llamado sobrenatural.
-Adiós Chía. ¡Gracias por la lanza! –se despidió Justino. Chía hizo una larga reverencia, y antes de que pudiesen darse cuenta, desapareció entre las brumas de la habitación.
-Vamos mocoso, el Guardián nos espera – le gritó Clemente a Justino mientras corría al patio central.
-Es una hermosa diosa, ¿No lo crees, Clemente?- comentó Justino, montado sobre el lomo del Guardián y sobrevolando la penillanura del Wey Tepuy.
-No te fijes mucho en ella, niño. He sabido de muchos que han cometido locuras por ver demasiado en sus ojos –le respondió el muchacho.
-Bueno, aún así creo que es muy bonita.

 



[1] Las estrellas del cielo.

[2] Buenos días: ¿Cómo estás Casa de Tacoch?

[3] ¿Buscas libertad de la oscuridad?

[4] Hermoso.

[5] Señor.

[6] Mesas de Guanipa.

Registrarte y comentar la historia

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Anunciar    -     Publicar poesía