Anciana de Luna Llena (3)

Categoría(s): Aventura
            Los angostos y empinados escalones ascendían por una estrecha arista de la montaña que se perdía de la vista en sinuosa escalada hacia las densas nubes de la cúspide.
            Justino miró el sendero, serpenteante y estrecho; las abundantes plantas creciendo y derramándose exuberantes sobre la escarpada arista montañosa que se unía en algún punto muy lejano a la estructura misma del Wey Tepuy como las ondulantes ramas de una gigantesca enredadera a un vetusto tronco.
            Vaciló por un instante; retrocedió y observó como las pálidas nubes embestían con furia contra la cima del tepuy cual mar embravecido contra el desfiladero de una costa.  Escuchó nuevamente una ráfaga del rifle seguido de un horripilante y agudo alarido suamo que produjo gritos de monos y aves en desbandada.
            El niño con presteza, se encaramó en el primer escalón. Con dificultad, trató de asirse del siguiente peldaño, pero sus pies resbalaban patinando sobre el musgo viscoso que siglos y siglos de humedad habían formado.
            Los alaridos suamos se acercaban más y más, y Justino sintió como los árboles tras él se estremecían al paso de las criaturas sedientas de sangre. Extendió su mano a la saliente rocosa; tocó la roca fría y desnuda con  sus dedos, pero su pie resbaló en un instante y tratando de sostenerse, la roca desgarró su mano de arriba abajo. Casi por reflejo, se asió de las raíces de un matorral  a la orilla del peldaño, quedando con los pies bailando sobre el vacío.
            De la selva convulsionada surgieron decenas de criaturas saltando de rama en rama, usando pies y manos con una misma agilidad. Suamos inquietos por beber sangre humana desde el corazón palpitante de un viviente.
            Cual bestias salvajes bajo una carnada, se apretujaban y golpeaban por alcanzar las pequeñas piernas de Justino que se debatía entre el inmenso dolor de su mano herida y mantenerse sujeto a la puntiaguda saliente rocosa.
            De repente una luz intensa centelleó sobre sus cabezas, seguida de un potente trueno como salido desde las entrañas del Wey Tepuy. El pálido día se transformó en un segundo, en oscura noche; fría, gélida. . .  sobrenatural.
Inesperadamente una torrencial lluvia empezó a caer tempestuosa.

            Justino no aguantaba más el dolor. La presión sobre su pequeña mano aferrada a la ahora mojada y resbalosa roca hiriente, le hacía gritar por socorro, mientras las terribles carcajadas malignas le esperaban bajo los pies de la montaña.
-¡Ahhhh!!! Agrrr….. ¡¡auxilio!! ¡¡No puedo más!!....¡Clemente!...Ahhh …. ¡¡Chía!! ¡¡Chía!!
          El niño se soltó de la roca. Cayó gritando bajo las inmensas gotas de lluvia a un mortal destino. Cerró los ojos y escuchó un estruendo, como un trueno profundo y terrible. Cayó pesado sobre la hierba húmeda del abismo.
-Chía…. –susurró antes de quedarse dormido.
           
            Un intenso frío y el apremiante deseo de orinar lo despertaron. Al principio creyó estar aún soñando, pues despertó sobre una amplia cornisa de piedra pulida como vidrio oscuro; un mar de niebla a su alrededor en penumbra perpetua y sublime.
            Bajándose de la mesa acolchada de pieles blancas y lanudas, sintió bajo sus pies el helado piso granítico que lo circundaba. Ya no estaba en la selva, eso era seguro; pero, no estaba en una habitación hecha con manos; era como estar en una nube oscura de lluvia durante una noche clara.  Subió la mirada, y sobre él se extendía la bóveda celeste en toda su gloria y magnificencia. Millones de estrellas plateadas iluminando un mar azabache; cientos de planetas de diversos colores y formas danzando a través del espacio celestial y aquel sentimiento abrumador al contemplarlo.
            De repente, de las brumas de aquel lugar de ensueño, surgió la figura de Clemente, envuelto en un grueso y colorido abrigo de lana, largo y elegante.
            El niño, sorprendido y asustado, retrocedió ante la aparición.
-Tranquilo niño –dijo al fin- no soy un fantasma, ni mucho menos un suamo. Creo que soy más apuesto que esos asquerosos monstruos.
            Reconoció su voz y se abalanzó sobre él como si no le hubiera visto en años.
-¡Y pensar que si hubieras tenido un arma, no habrías dudado en matarme! –dijo riendo Clemente- ¡niño tonto!
-¿Te salvó? ¿También te salvó a ti? –preguntó Justino.
-¿Quién? ¿Quién me salvo, niño?
-Chía… con el trueno celeste y el relámpago cegador.
            Clemente le miró con desdeño y le sonrió con sarcasmo.
-Esa anciana decrepita no movería un dedo a tu favor mientras tengas la oportunidad de defenderte –dijo- ni siquiera mandó a callar la lluvia cuando te subía por las escaleras herido e inconciente. Ella  Justino, no es una santa; pero gracias a Dios que tampoco un demonio.

 
 
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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       07/03/08 21:46
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Me agotó este bellísimo relato, que bien llevado es como ir viendo en una gran pantalla al viejo Clemente protegiendo y llevando a Justino, rodeados de los crueles suamos pidiendo sangre. Me encantó.
Guadalupe
Páginas: 1

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