Justino no aguantaba más el dolor. La presión sobre su pequeña mano aferrada a la ahora mojada y resbalosa roca hiriente, le hacía gritar por socorro, mientras las terribles carcajadas malignas le esperaban bajo los pies de la montaña.
-¡Ahhhh!!! Agrrr
.. ¡¡auxilio!! ¡¡No puedo más!!....¡Clemente!...Ahhh
. ¡¡Chía!! ¡¡Chía!!
El niño se soltó de la roca. Cayó gritando bajo las inmensas gotas de lluvia a un mortal destino. Cerró los ojos y escuchó un estruendo, como un trueno profundo y terrible. Cayó pesado sobre la hierba húmeda del abismo.
-Chía
. susurró antes de quedarse dormido.
Un intenso frío y el apremiante deseo de orinar lo despertaron. Al principio creyó estar aún soñando, pues despertó sobre una amplia cornisa de piedra pulida como vidrio oscuro; un mar de niebla a su alrededor en penumbra perpetua y sublime.
Bajándose de la mesa acolchada de pieles blancas y lanudas, sintió bajo sus pies el helado piso granítico que lo circundaba. Ya no estaba en la selva, eso era seguro; pero, no estaba en una habitación hecha con manos; era como estar en una nube oscura de lluvia durante una noche clara. Subió la mirada, y sobre él se extendía la bóveda celeste en toda su gloria y magnificencia. Millones de estrellas plateadas iluminando un mar azabache; cientos de planetas de diversos colores y formas danzando a través del espacio celestial y aquel sentimiento abrumador al contemplarlo.
De repente, de las brumas de aquel lugar de ensueño, surgió la figura de Clemente, envuelto en un grueso y colorido abrigo de lana, largo y elegante.
El niño, sorprendido y asustado, retrocedió ante la aparición.
-Tranquilo niño dijo al fin- no soy un fantasma, ni mucho menos un suamo. Creo que soy más apuesto que esos asquerosos monstruos.
Reconoció su voz y se abalanzó sobre él como si no le hubiera visto en años.
-¡Y pensar que si hubieras tenido un arma, no habrías dudado en matarme! dijo riendo Clemente- ¡niño tonto!
-¿Te salvó? ¿También te salvó a ti? preguntó Justino.
-¿Quién? ¿Quién me salvo, niño?
-Chía
con el trueno celeste y el relámpago cegador.
Clemente le miró con desdeño y le sonrió con sarcasmo.
-Esa anciana decrepita no movería un dedo a tu favor mientras tengas la oportunidad de defenderte dijo- ni siquiera mandó a callar la lluvia cuando te subía por las escaleras herido e inconciente. Ella Justino, no es una santa; pero gracias a Dios que tampoco un demonio.
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