El sol se ocultaba lentamente al poniente, rojo fuego y amarillo dorado. El intenso calor del día se perdía en la lejanía del recuerdo al empezar a soplar la brisa nocturna. En el cielo pálido y gris, las estrellas, multitud de islas plateadas, brillaban en un inmenso océano oscuro y tenebroso.
Los jóvenes continuaron navegando el río, sereno y silencioso. La canoa cortaba la superficie del agua con sutileza, como acariciándolo con suavidad. La luna ante ellos, majestuosa, iluminaba toda la selva y se reflejaba en el río como una perla solitaria y sumergida.
Justino cabeceaba constantemente tratando de mantenerse despierto. Clemente cauteloso, observaba con detenimiento las márgenes del río y empuñaba el rifle con cada ruido extraño entre los comunes gritos de los monos y aves nocturnas.
Al fin el sueño sobrevino a Justino que cayó como un tronco en las rodillas de Clemente.
La noche mágica envolvía de un aura mítica todo el paisaje. A lo lejos se levantaban las imponentes moles de Wey tepuy; oscuras en toda su magnificencia e iluminadas tan solo en algunas rocas salientes que le daban un aspecto glorioso. A sus pies una espesa niebla bañaba la penillanura circundante y las hacían ver como gigantes divinos; flotando en el cielo sureño.
Clemente dejó de remar, hechizado con el espectáculo de aquellos trozos del Mundo Antiguo; pedazos del legendario país de Izchjat.
Las historias contaban que aquella tierra había sido habitada por los Amalivá; primeros vivientes en tocar los cuatro Elementos; gracias a ese suceso alcanzaron la inmortalidad. La pálida Chía y el ardiente Zuhé eran dos de ellos.
Como paga por el don otorgado, se les condenó a custodiar las puertas a la ciudad de los pilares del desierto donde aún se resguardan los sagrados Elementos, capaces de crear nuevamente, de recuperar lo perdido y de regenerar lo inerte; como de destruir todo lo existente.
Una densa nube de neblina subió por la cresta norte del tepuy hasta difuminarse en las alturas insondables del infinito celeste. Clemente sacó el cuchillo ceremonial de su mochila con cautela.
La hoja de oro pulido centelleó en la oscuridad. Los grabados serpentinos abundaban en un diseño que parecía el de un hombre de cuclillas ofreciendo su pecho. Frío como el hielo y misterioso como la misma tierra que los rodeaba.
Su piel se erizaba a cada destello del arma a la luz de la luna. En sus manos estaba el mapa de las llaves; de aquellas que abrirían los umbrales de la eternidad; que salvarían al mundo de la destrucción inminente. Pero, desgraciadamente, solo un sacerdote tacochita podía leerlo, y su abuelo Marcos había sido el último de ellos.
La bruma de las montañas cubrió la superficie del río y la canoa se perdió entre las pálidas fauces de la madrugada.
Al amanecer, Justino se halló recostado sobre la cómoda hierba de la penillanura del Wey Tepuy. Como siempre, Clemente ya levantado y listo para partir, le ofrecía un plato de frijoles enlatados y un pan duro pero todavía comestible.
- Pensé que con el mapa en nuestras manos podíamos regresar a casa dijo Justino mientras masticaba me sorprendí al ver que navegábamos al sur y no al oeste, hacia Puerto Ayacucho.
- Mastica y traga antes de hablar, niño gruño Clemente. Tomó un sorbo de café con la mirada perdida en el majestuoso tepuy- En casa nadie nos podría ayudar; seríamos solo parte del ganado que Ammar asesinaría a su paso. ¡Si tan solo mi abuelo estuviera aquí! El sabría descifrar el mapa y hallar las llaves mucho más rápido que yo. No tenemos más opción que recurrir a la vieja Chía; en algo nos podrá ayudar. No será mucho, supongo, dado el amargo y repugnante trato que la caracteriza.
- Pero nos ayudó en Montuna, ¿no es cierto? De seguro algún aprecio nos tendrá- dijo Justino.
- ¿Aprecio? No respondió Clemente con desdeño- Que nos necesita; eso y que somos los únicos que estamos arriesgando el pellejo por hallar las llaves, porque ni el arrogante de Kaimar, ni el despreciable de Nefer le quisieron ayudar. Se trata, enano, de conveniencia. Así se comporta ella; miles de siglos sobre sus espaldas le congelaron el corazón, si es que aún tiene uno.
El día, ya avanzado, empezaba a calentar. Y el sol como una antorcha fulgurante al Oriente, brilló iluminando el rostro del muchacho.
Allá, donde la neblina aún prevalece. Allá, donde parece que la noche se refugia del sol y las nubes de lluvia descansan todo el año. Allá, donde tus ojos no alcanzan a distinguir entre una roca y un árbol; allí es donde la pálida Chía habita. Duerme, durante el día entre pieles de cabras blancas y capullos de algodón recién cortados; envuelta de plumas de cóndor gris y susurros del gran viento del Sur. Bebe, durante la primera noche, tragos de chicha en jarrones de azabache y sorbos de cocuy en tazas de lapislázuli. Vuela, a través de los cielos de la segunda noche hasta la llegada del calor de la madrugada; sobre cuatro cóndores negros en una sábana tejida con hilos de plata. Allá, en la lejanía del cielo sureño, habita ella; la única mujer de los cuatro Ancianos Así habló a Justino con un discurso que parecía un canto antiguo, con palabras que luchaban por no volverse canción y un acento que se debatía por no transformarse en música; música ceremonial de los viejos tacochitas.
- Vayamos entonces dijo el niño, abrumado por el destello de grandeza en las palabras de Clemente- No esperemos a que la tarde caliente nuestras cabezas y los mosquitos fastidiosos me hagan arrepentirme.
- Adelante, niño; al fin dices algo cierto.
Tomaron las mochilas y se abrieron paso entre la alta hierba.
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