Anciana de Luna Llena (2)

Categoría(s): Aventura
     

            A través de verdes y extensos pastizales, se abrieron paso. Con la frente bañada en sudor y agua todavía en los zapatos, evadían las grandes rocas que aquí y allá se interponían en su trayecto. Siempre con el Wey tepuy delante y la penillanura detrás.

            El cielo claro como un espejo al sol, azul e infinito. El viento del Sur soplaba con más ímpetu al acercarse la tarde, atravesando la pradera como una flecha guerrera; sibilante y aguda. La misma hierba era testigo fiel de su abatimiento; onduladas hacia el Norte y suaves al roce en la punta, pero gruesas y agrestes en la base.

            Siguiendo un camino invisible, guiados por su instinto y el razonamiento. Las moles de piedra se abrían a su paso como los Gigantes antiguos, macizos e imponentes; mezcla de colores y aromas. Aromas de tierra, de selva, de agua fría en lecho de granito; aroma a lluvia lejana y a monte reseco. Colores de cielo, de agua, de tierra, de hombre y de Espíritu. La selva era a la vez terrible, misteriosa y peligrosa; dulce, vivificadora y libre, todo ello envuelto en el halo de la magia y el asombro.

            Árboles de cinco y diez metros de altura cercaban la pradera que lentamente se cerraba mientras ascendía a la montaña. Árboles majestuosos, tan verdes que parecía que sus hojas brillaran al ser iluminadas por el sol. Movidos y mecidos por la brisa, su música daba a aquellos viajeros un himno de marcha; una canción de esperanza.

            Durante el tiempo que necesitaron para atravesar la penillanura, los jóvenes no cruzaron palabras. Clemente se conformaba con ver al niño caminar sin problemas, con el rostro molesto por los mosquitos, pero vigoroso y enérgico. Justino no necesitaba preguntar nada, solo seguía al muchacho que con varios metros adelante indicaba la dirección del camino.

            Se detuvieron en el punto más alto de la pradera; en el punto en que súbitamente dejaba de ser pradera y se transformaba en montaña. Almorzaron con rapidez, el tiempo no debía ser derrochado; era su provisión fundamental.

            Al adentrarse en la espesa selva que precedía a la falda montañosa, un frío glaciar traspasó a Justino.

- ¡Hey! ¿Estás seguro que este es el camino? – protestó Justino con la voz temblorosa.

-Por supuesto. ¿Por qué? ¿Qué ves? Que te hace desconfiar del camino; porque tu rostro se palideció por unos segundos y me pareció verte voltear un momento, como si algo detrás de nosotros hubiera llamado tu atención.

 Semejante interrogatorio de Clemente era causado por la misma desconfianza que lo embargaba desde que desembarcaran.

-Creí haber visto huellas extrañas mientras subíamos. Además, siento como si algo o alguien nos vigilara; algo o alguien que no podemos ver pero que con certeza si nos observa, y con mucho interés.

-¿Suamos?- interrogó Clemente.

-Al principio lo pensé; pero no es su costumbre esconderse de sus enemigos ni tardar tanto para atacar. Esto, es más oscuro; es parecido a la sensación de sobrecogimiento que siento cuando Chía está cerca.

- Es porque Chía está cerca, Justino; ¿o se te olvidó que vamos hacia su morada?

- ¡No me trates como un imbécil, Clemente! Te pregunto si tomamos el  camino correcto porque estoy seguro que algo oscuro está cerca.

- Pues, con quedarnos aquí no haremos nada- dijo Clemente- avancemos y luego averigüemos.

            Los jóvenes continuaron avanzando, esta vez sigilosamente a través de la tupida jungla, pisando hojarasca húmeda y asiéndose de largas y resbaladizas lianas que caían como largos cabellos desde las altas cúspides de los árboles. Orquídeas multicolores adheridas en la mayoría de los trocos, contenían grandes insectos extraños para Justino, quien se sujetaba de la camisa de Clemente cuando pasaban cerca de alguno.

-Este bosque es muy antiguo. Pertenece a la herencia de Urrunma, aunque en los últimos eones se haya enclaustrado en su cubil, estas son sus posesiones; es peligroso quedarnos mucho tiempo en ellas – dijo Clemente – Si nos apresuramos, llegaremos a la falda del Wey Tepuy al anochecer; acamparemos allí y mañana temprano subiremos a ver a Chía.

            El crepúsculo rojizo incendió el cielo vespertino. Detrás de la montaña las estrellas empezaban a salir y la luna resplandeciente les dio la bienvenida a los dominios de Chía, la pálida anciana.

            Acamparon en un claro del bosque, rodeados de peligros y muerte.

-Es preciosa la noche de Guayana, ¿verdad? – Exclamó Justino tirado sobre su espalda mirando las estrellas.

-Preciosa y peligrosa; nunca sabes con certeza con que máscara se disfrazará la muerte para llevarte consigo – le respondió Clemente, sentado en un tronco viejo y avivando las llamas de una pequeña fogata.

-La muerte llega de todos modos, ¿No lo crees? Con o sin máscara; es parte de la vida, indivisible. Nadie puede escoger cuando morir – comentó Justino – Bueno, eso es lo que yo creo.

-Si, es cierto – Clemente perdía su vista en las llamas de la hoguera – Pero algo sé: si puedo escoger por quien quiero morir, y cómo. Si luchando por el bienestar común o vegetando en una triste y oscura ciudad de concreto. Si, si muero deberá ser  luchando. Con un arma en la mano y la esperanza en la otra.

-Si – respondió Justino- luchando.

           

            La mañana los halló dormidos. El agotamiento se dejó ver en Clemente cuando despertó al mismo tiempo que Justino. Dándose cuenta de la situación, ordenó con presteza continuar el viaje.

-Vamos niño – le dijo – No siempre me tendrás para cuidarte. ¡Aprovecha los días de tu juventud, niño!

            Ya en camino, el sol destellante que los había acompañado fue reemplazado con densas nubes oscuras, que hundieron en la penumbra aquella región del bosque.

-Ya estamos cerca, Justino. – Dijo Clemente – las nubes de lluvia anuncian los dominios de la Anciana.

- Y ¿Cómo llegaremos a la cima? Es bastante alta la montaña como para subirla pronto – preguntó Justino, que ya veía incómodo escalar semejante altura.

- ¡Tranquilízate holgazán! Existe una escalera mágica, construida en tiempos inmemoriales en uno de los costados de la montaña. Aquellos que son esperados por la Anciana llegan a la cima en cuestión de minutos; quienes no, mueren del cansancio o de una caída – Respondió el muchacho.

-¿Y si Chía no nos quiere ver?

-Nos querrá ver; ¡y deja ya el fastidio con tu holgazanería!

            El rostro de Clemente cambió bruscamente de color. Palideció y frunció el entrecejo.

-¿Qué pasa Clemente?¿Qué ves? – preguntó Justino casi en susurros.

-Suamos.

-¿Suamos?¿Dónde?

-En todas partes. Rodean todo el bosque, en las alturas de los árboles y entre los arbustos.

            Con cautela, sacó el rifle y la Piedra del Pacto.

“Cuando te diga, corres al claro que ves a tu derecha; allí habrá una escalera de piedra labrada sobre la roca viva. Sube. Cuando llegues donde Chía, pídele auxilio”.

-¿Pero tú? ¿Qué pasará contigo? – Preguntó el niño con lagrimas en sus ojos- no podrás con todos ellos ¡Son demasiados!

- ¡Corre!

            El niño dudó por un instante mirando palpitante el rostro de Clemente.

“¡Corre te dije!”

            El niño echó a correr a través de los árboles y las lianas. Los gritos y aullidos de las criaturas estremecieron el bosque completo. Se detuvo un segundo cuando escuchó una ráfaga de explosiones.

- ¡te dije que corrieras! – Se escuchó como un trueno.

-Aún puede verme; quiere decir que no estoy lejos – se dijo - ¡Vamos piernas, no me fallen esta vez!

            Una nueva ráfaga de artillería se escuchó, seguida de gritos guturales de suamos moribundos.

            Justino sintió los acelerados saltos de suamos siguiéndolo sobre las ramas de los árboles y corriendo detrás con una furia asesina. Sin voltear, continuó corriendo en el instante en que tres balas impactaron un tronco a su lado.

-¡Clemente me está cubriendo! Pero si se dedica a cubrirme, dejará sin protección su retaguardia. Resiste amigo, ya vendrá la ayuda.

            Una nueva ráfaga de balas retumbó en las inmensidades de aquel lugar, seguido de un estruendoso grito de guerra antiguo: ¡Matagepchi suamo set! escuchándose en cada rincón de la jungla, en cada piedra de la montaña; aún haciendo vibrar el agua del río.

-Mueran suamos – tradujo Justino instintivamente.

            Súbitamente la ráfaga cesó y ningún sonido se escuchó en el monte.

            Justino se detuvo. Quiso mirar atrás, pero una fuerza sobrenatural le hizo avanzar.

-¡A donde Chía! – se dijo mientras llegaba a las escaleras- ¡resiste Clemente!




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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       07/03/08 21:39
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No se si agradecerte por haberme inmiscuido en esta historia, tanto Clemente como Justino son mis ídolos, y a pesar de mis años y mi humanidad corro con Justino y alambro por Clemente, como los recibirá la anciana Chia?, los auxiliará? espero...
Guadalupe
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