Analia

   Analia

 

    Estaba senada sobre el sofá verde y desteñido de su departamento en la calle miraflores, tenía sus piernas abiertas y su vagina aun sangrante del último orgasmo que había recibido, mientras esperaba a su próximo cliente, cantaba, cantaba como lo había aprendido de su madre, una robusta catante de ferias libres con la cual Analia había recorrido casi todos los puestos de verduras y frutas de la ciudad de Santiago, primero en brazos y apenas aprendió a caminar, para desgracia de ella, a pie y de la mano de aquella sudorosa y fuerte mujer que era su madre.

   Analia siempre repetía la misma estrofa de la misma zalamera y arrastrada canción romántica que había aprendido por defecto, solía disgustarse cuando se sorprendía interpretando aquella odiosa letra de amores ingratos y mal correspondidos.

   A sus 29 años y después de haber vivido muchos mas, cualquier cosa que representara ternura o sentimientos enamorados, despertaba en ella un malestar implacable, por lo cual era capaz de echar a patadas o cortes de arma blanca a cualquier cliente que quisiera besarla o volver a ella, con algún regalo estupido, ni flores, ni cartas ni ridículos ositos con corazones, la única ofrenda que aceptaba gustosa eran la bolsas de cinco, que algunos clientes le dejaban de propina.

   Su peso y su huesuda figura estaban lejos de ser los de una mujer deseable, pero ella sabía muy bien que en eso no estaba su real atractivo, sus clientes, todos hombres gordos mal olientes e insatisfechos, llegaban a ella en busca de su boca, su movediza y bondadosa boca roja, un maravilloso instrumento capaz de excitar al más hábil de los amantes, una ventosa que no soltaba su presa hasta beber todo su agridulce y amarillento veneno.

   Siempre los esperaba sentada en el desteñido sofá verde, con las pernas abiertas y la vajina sangrante de gelatinoso semen amarillo. Casi no les permitía decir palabra, los miraba medio asqueada, medio desafiante.

 

-         acércate.

 

   Y ellos se acercaban como hipnotizados.

 

-         cuanto tienes

 

    Generalmente, los desgraciados hombres, metían su mano al apretado bolsillo de su pantalón y mostraban temerosos un montón de billetes arrugados.

     Analia los miraba a los ojos y sonreía. Eso los relajaba un poco, ella abría lentamente sus pantalones, con su mano buscaba el hediondo y mal lavado trozo de carne y antes de meterlo completo en su boca, sin importar el tamaño, recorría con su nariz, cual sabueso, todo el contorno de sus penes, olfateaba la bolsa de sus huevos, su pelvis y el suave interior de sus muslos, luego recorría con la punta de su lengua todo el camino desde su ano hasta la punta de sus penes, habría su boca como una enorme serpiente y se tragaba todo hasta el comienzo de sus abultados vientres.

     Después de tres o cuatro veces de vomitar semen en su boca, los agradecidos hombres se subían sus sucios pantalones, entregaban el dinero y algunos, una que otra bolsa de lo que a ella le gusta.

     Analia depositaba lo que le quedaba en la boca sobre su delgada mano blanca, y lo ponía sobre su vagina, nunca nadie había tenido la necesidad de penetrarla, pero a ella le gustaba tener sus piernas abiertas y húmedas de semen amarillo.                     

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Comentarios:

Escrito por: nik       23/04/08 19:31
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cruel realidad de algunas mujeres....k descripcion
nik
Escrito por: POETAJOSE519       23/04/08 01:52
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una historia bastante cruda y muy bien hecha. Felicitaciones.
Se acerca o es la realidad en muchas partes.
Páginas: 1

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