


| Escritor: | vespertine |
| Públicado: | 26/02/2008 |
Este relato fue publicado originalmente en mi weblog (www.vespertine.com.ar)
Alan se sienta, como todas las noches, con su notebook. Pone la cuarta sinfonía de Bruckner, abre su procesador de textos, apoya las manos sobre el teclado y...
Nada.
No puede escribir ni una sola palabra.
No es la primera vez que la inspiracion llega tarde, pero esta vez sabe que lo mas probable es que lo deje plantado. No es gratis, esa tarde había pasado por la vidriera de una boutique e hizo algo que nunca se imaginó hacer: miró hacia adentro.
Había un cartel con letras adornadas que decia ¨Enlace Ana Cabrera - Esteban Giamari".
Eso fue todo lo que hizo falta para dejarlo fuera de frecuencia.
¨Ana... mi Ana¨, balbuceó y sigio caminando por la calle, que ahora tenia el aspecto de estar totalmente desierta y carente de sentido. Llego a creer que si no fuera por que él pudo percibirla sensorialmente, la calle no existiría en absoluto. Tampoco él mismo, sino fuera por que estaba pensando. Descartes basico.
Luego, a lo largo del camino que lo conducía hasta su ahora insignificante hogar, pensó qué tan distinta sería su diminuta existencia si en ese cartel estuviera escrito su nombre y no el del zapato aquel que ni siquiera conocia.
Muchas cosas tendrían sentido en su vida si Ana estuviera a su lado. Por ejemplo todo.
Tendría a quien llamar por telefono para decirle ¨cómo estas? te amo", alguien en quién pensar, a quién atender y cuidar. Tendría alguien a quién comprarle flores, alguien con quién salir al cine. Alguien que lo espere si se demora. Que se preocupe por el.
Mas allá de las comodidades de tener a alguien que lo ame a uno, Alan pensaba que si no la tenia a Ana para compartir sus pertenencias, sus sueños y su tiempo, no tenia nada en absoluto.
Sus amigos, de quienes se había distanciado durante los años en pareja, ahora le parecian extraños y aburridos. Su familia vivía en otra ciudad y su trabajo le había impedido visitarlos por varios años. Ahora se sentía solo, sin Ana y solo.
Entonces, mientras Bruckner llega al Finale, se levanta de un salto y sin decir palabra decide ir al casamiento de Ana. Apenas faltan quince dias, pero en su mente son quince segundos. Claro, nunca más podrá casarse él mismo con ella y ese pensamiento lo hacía sentir como un condenado a muerte al conocer la fecha de su sentencia. Para él, el matrimonio siempre había sido algo sagrado y la modernidad del mundo no había conseguido convencerlo de su reversibilidad. Era para siempre. Como para siempre seria su amor por Ana.
Ya estaba resuelto, iría a la iglesia y la vería casarse. No había imaginado interrumpir la boda. Eso jamás. Pero si la calamidad de quedarse sin Ana para siempre era real él debia ser testigo.
Apagó la computadora y se hechó a tratar de dormir. Quince dias nada mas.
Al dia siguiente, Alan fue a trabajar. Se bañó, se afeitó, se puso
la camisa de los lunes y salió a la calle. Desayunó, como siempre, en
el café que estaba en la esquina de su oficina y, como siempre, llegó a
su escritorio cinco minutos antes del horario reglamentario.
Nada mal, pensó. Solo una ligera sensacion de vaciedad, pero nada que
una aspirina y otro café no le quitaran. Miró el reloj. Las ocho en
punto.
Durante las horas de la mañana solo se mantuvo ocupado en asuntos
laborales. Hizo los llamados pertinentes, discutió con el personal a su
cargo y superiores en el tono normal necesario para ser claro y
trabajar ordenadamente. Todo tuvo el aceitado comportamiento al que
estaba acostumbrado y no podría decir que era un dia diferente a
cualquier otro.
Almorzó en su escritorio, un sandwich de milanesa de la noche anterior,
tomo un té para disimular un poco el ajo y casi sin darse cuenta ya era
hora de ir a casa.
Hasta ese momento no se le había cruzado el recuerdo de Ana, pero en el
viaje a casa en subte y luego en colectivo, las parejas de adolescentes
melosos le hicieron sentir que el era el unico ser humano soltero en
todo el planeta.
Tuvo la sensacion de olvidarse algo en el trabajo, pero luego de una
revisión de rutina a sus bolsillos se dio cuenta de que estaba todo.
Esa tarde llegó despues de las siete, el transito estaba imposible,
como siempre. Tomó algunos sobres del palier de la planta baja;
facturas, como siempre. Y también como siempre el olor a comida de la
vecina de abajo le recordó su apetito por la comida casera a la que tan
fácilmente se había acostumbrado al vivir con Ana.
Es que, claro, todo le recordaba a su Ana, desde el timbre del portero
hasta el olor a café, las rosas y la boca de subte donde se conocieron.
Todo.
Se cocinó dos hamburguesas a la plancha, las hizo sandwich otra vez y guardó una para el día siguiente.
Miró algo en la tele y se acostó a dormir temprano, la noche anterior no había descansado bien. Porqué habia sido? Ah, si.
Esa noche tampoco pudo dormirse hasta tan tarde que ya casi era
temprano. En un momento prendió su computadora para ver si podía
escribir algo, pero nada le salía, otra vez. Solo cartas para Ana que
borraba antes de terminar la primera frase y recomenzaba cada vez.
La primera semana fue una rutina similar con variaciones solo del tipo
culinario. El problema se le presentó el fin de semana, cuando se
desperto a las dos de la tarde sin electricidad y nada para hacer. Esa
noche quiso salir a tomar algo por ahi. Entró a cualquier bar y se
embriagó. A la mañana siguiente no sabía si había salido en realidad o
había sido un sueño.
Ah, sí. El pantalon de vestir y los zapatos eran prueba fehaciente.
Tambien el dolor de cabeza y estomago y el insoportable olor a
cigarrillo en su camisa.
Ese domingo trató de vivir, pero la soledad, el sedentarismo y la
resaca se le sentaron al sillón y lo obligaron a mirar dvds viejos.
Durante los días siguientes tuvo problemas para concentrarse en el
trabajo y su rendimiento disminuyó drasticamente. En resumen: se
encerró en su oficina a pasar la hora sin hacer nada productivo, solo
desarmar clips, jugar con precintos y mirar sus mails cada tres
minutos. Cada día estaba más y más nervioso.
El miercoles se dio cuenta de que su plan tenía una falla letal. Cómo
pudo ser tan descuidado? No sabía dónde se llevaria a cabo el
casamiento, ni a qué hora.
La preocupación le habia cegado el entendimiento a tamaña falencia y el
orgullo le impedía llamar a Ana por telefono, ademas, se imaginaba que
lo más probable era que ya hubiera cambiado de numeración o algo asi.
Tampoco se consideraba invitado a la fiesta, sino persona non grata,
asi que prefirió buscar otra alternativa.
Pasó la hora del almuerzo sin comer, solo salió a caminar un par de cuadras hasta el parque a elaborar una solucion.
Lo único que halló posible fue ir a la boutique donde vio la lista de
casamiento y preguntar allí, tal vez alguno de los empleados tendría la
información que él precisaba.
Claro, eso haria. Volvió corriendo a la oficina, tomó su maletin y
salio apurado. A su secretaria le dijo que había olvidado algo en el
fuego. Códigos.
Llegó a la boutique justo a la hora que abría por la tarde. Entró, con
el sudor brillándole en la frente, tratando de contener el aliento de
su prisa y su nerviosismo. Una jovencita delgada con más aspecto de
niñera que de vendedora le pregunto:
- Señor, le interesa algo en particular o está conociendo el local?
- Yo?
- Ajá.
- Emm
sí
Sí, quiero comprar algo para la boda de Cabrera, apuró.
- Muy bien, dijo la empleada con una sonrisa natural, enseguida le traigo la lista.
- Gracias.
En cuanto se alejo se sintio aliviado de haber podido mentir tan
rapido y tan naturalmente. Un regalo de bodas! Con que ironias el
destino se estaba cobrando sus errores. Claro que Ana y su idiota no
sabrían nunca que era un regalo suyo, pero eso no era lo importante. Lo
realmente ponzoñoso era que él sabría siempre que su Ana tendría un
objeto que representaba su beneplacito para con sus nupcias.
La empleada volvió y le alcanzó la lista de regalos. Él la hojeó rápidamente.
Enlace Ana Cabrera - Esteban Giamari / Iglesia de la Madre Heroica - Lunes 21 - 21 hs
Eligió algo sencillo aunque no lo más barato. Apuró el envoltorio, no recibió su vuelto y salió como si hubiera robado algo.
Ahora solo faltaban cinco dias. Le quedaban cinco dias. Esa noche escribió algo crudo y grotesco que jamás le hubiese mostrado a su madre. Durmió mejor, aunque tuvo pesadillas.
Antes de entrar al trabajo al día siguiente releyó lo que había escrito:
«Mis manos sienten el frío de los suspiros que dejaste, mi amor.
Ya no pueden saber donde ir, están perdidas sin las tuyas.
Mis ojos miran perdidos por el mundo, buscándote, solo a ti
Solo faltan tus maneras y tus gestos, solo me falta todo
Si pudiera tomar tu cuerpo lo devoraría en un instante
que duraría mil años, por que sin tu alma dentro de mi alma
el mundo se ha vuelto un cementerio en el que penar
una bahía en la que encallar, un camino de cenizas por el que caminar »
Ese día se sintió algo mejor, pero no se atrevió a dejar el regalo
que había comprado a la vista. El viernes lo paso comprando libros.
Estaba buscando algo de Kundera, en francés. No fue nada fácil, pero
finalmente consiguió un ejemplar usado de quince años atrás. Se dio por
satisfecho y volvió al hogar antes del anochecer. No ceno y se paso la
noche en vela leyendo.
El sábado durmió todo el día y solo se levanto a la noche para ver su
correo electrónico, mirar algo de televisión y pedir un lomito.
Al día siguiente se sentía algo atontado por haber estado tanto tiempo
encerrado en su casa. Salio a la plaza y camino sin sentido de aquí
para aya por un buen rato. Mas tarde volvió a su departamento y durmió
de a ratos entre los que se despertaba sobresaltado.
El lunes falto al trabajo, llamo para avisar que estaba enfermo y que
probablemente tampoco iría el día siguiente. Su secretaria se lo
agradeció aclarándole que mejor descansara bien y se repusiera
completamente, por que los últimos días había sido un verdadero
fastidio. Códigos.
El día cayó como un relámpago y cuando quiso salir de la cama ya eran casi las cinco.
Apresuradamente se baño y se afeito, pero esta vez no se puso la camisa
de los lunes, sino un traje negro que tenia guardado hacia algunas
semanas y que todavía no había estrenado. Se peino bien y pidió un taxi.
Llego a la puerta de la iglesia poco después de las siete. Todavía faltaban dos horas.
Se sintió ridículo y algo sobredimensionado. Opto por dar un paseo de
reconocimiento por la zona y encontró un bar en el que refugiarse
mientras hacia tiempo.
En cuanto entro pidió una cerveza, nada fuerte, pensó, después voy a
entrar a una iglesia. La bebió con una inusual y hasta caprichosa
calma. Era la primera vez en dos semanas que sintió que el tiempo le
sobraba.
En eso siente que alguien le toca el hombro. Se da vuelta bruscamente,
como si lo despertaran de un sueño. Es Yamila, la prima de Ana.
- Hola! Exclama la joven con alegría
- Eh? Hola, atino a responder entre confundido y avergonzado.
- Que haces acá?
- Yo?
- Si, vos
- Estoy
tomando una cerveza. No ves? dijo mientras agitaba la botella en el aire.
- Ah, yo vine con Ana, querés venir con nosotras?
- Ana?
- Si, tu Ana, mi Ana, nuestra Ana.
- Que hace acá?
- Lo mismo que vos, dijo Yamila, agitando también su botella en el aire y haciéndola chocar contra la de Alan.
-
pero ella no???
.
- No que?
- No se casa?
- Quien? Ana? Naaaahhh
esa si no se caso con vos no se casa mas, dale
vení salame, ella me dijo que te venga a buscar, no me hagas quedar mal.
- Yo
eh
Sin perder mas tiempo, Yamila lo toma del brazo y casi arrastrándolo lo sienta frente a Ana, le devuelve su botella de cerveza y guiñándoles un ojo les dice a ambos: Chicos, me tengo que ir. Acto seguido se acerca al oído de su prima y le dice algo en secreto. Luego sale velozmente pero con la gracia suficiente como para llamar la atención de algunos tipos.
Ay, si Alan hubiera podido elegir las palabras de su celestina no hubiera encontrado otras mas afortunadas. Los dejo allí, a los dos solos, frente a frente, con el reloj detenido y la mesa libre.
- No te casas vos? Fue lo único que atinó a preguntar, antes y después de tragar saliva.
- Yo? Por? Como me voy a casar?
- Y
es que vi en una boutique que te casabas
- Yo? En que boutique? No, nene, yo no me caso mas.
- Pero, si, decía Ana Cabrera, Iglesia de la Madre Heroica, 21 hs.
- No es la que queda acá nomas?
- Si
- Y vos viniste a ver mi casamiento? Pregunto en tono irónico, inclinándose levemente hacia adelante.
Alan bajo la vista y asintió una vez, disminuido. Ella largo una carcajada que lleno el local completo.
- Y vos te pensás que yo soy la única Ana Cabrera en Capital? Dale
bobito, termina la cerveza y vamos a casa. Yo tenia que estar unos días
sola, eso te había dicho y así fue. Estuve viviendo con Yamila y lo
único que hizo la tarada fue hablarme bien de vos. Yo estaba armando mi
bolsito para volver a casa, pero al final te vimos pasando por la
calle. Ella vive acá a la vuelta y me saco de las pestañas corriendo
para acá. La verdad no se para que me fui, si todo el tiempo hablábamos
de vos y me la pase extrañándote.
- De verdad? pregunto Alan con un nudo en la garganta y la voz quebrada.
Ana solo le respondió con un beso.
Antes de entrar al trabajo al día siguiente releyó lo que había escrito:
«Quien pudiera comprender los caprichosos designios del destino?
El tiempo, su curso, su voluntad y su celeridad son inamovibles
Quisiera algún mortal nadar en sus profundas corrientes?
Podría acaso alguno de ellos resurgir de sus entrañas como un fénix
después de devorar sus perlas durante quinientos años?
Resurgir de entre su regazo, entre llamas para brillar eternamente
por encima del sol durante el día y la luna durante la noche
Pero en la mas absoluta soledad del destino, el mortal solo tiene
el instante que lo guía hacia el abismo eterno del no tiempo.»
Ese día se sintió un poco mejor pero lo primero que hizo al volver a
casa del trabajo fue tirar el regalo que había comprado a la basura. El
viernes lo paso comprando libros. Estaba buscando algo de Klein en
francés y lo encontró en la primer librería a la que entro. Después se
quedo allí revolviendo ejemplares y compro algo así como cuatro kilos
de papel impreso en letra de imprenta. Cuando llego a su casa ya estaba
oscuro y se tiro en la cama, quedando dormido al instante. El sábado se
levanto temprano, limpio su casa, su baño y la escalera del edifico.
Luego se baño y cambio. Cocino algo sencillo, como siempre y luego se
acostó a dormir otra vez hasta el domingo por la tarde. Pidió pizza,
otra vez tenia hambre. Pensó que sus fines de semana estaban basados
primordialmente en descanso y comida. Así nunca iba a bajar la panza.
El lunes llego a la oficina como nuevo y de excelente humor. Le llevo
una caja de bombones a su secretaria con una tarjeta que decía no te
hagas ilusiones, soy gay. Ese día trabajo intensamente como si fuera
el ultimo antes de salir de vacaciones.
Salio a las cinco, llego a su casa a las seis. Se ducho otra vez, se
puso un jean nuevo y una de sus remeras clásicas. Pidió un remis y
llego a la iglesia justo cuando Ana estaba entrando del brazo de su
padre.
Se escondió detrás de una columna en el sector derecho del templo y
desde allí observo toda la ceremonia con lagrimas en los ojos. Ella se
veía feliz. Su marido y sus familias también. El único que sobraba era
el.
Antes de que los novios salieran a saludar al atrio, Alan ya se había ido y estaba caminando por el barrio, buscando un bar.
Encontró uno de casualidad, no es fácil un lunes. Entro y pidió un vaso de cognac doble con hielo.
Lo tomo de un trago y pidió otro mas. Estaba por llevárselo a la boca cuando siente que alguien le detiene el brazo con fuerza.
- Hola, le dijo una voz de mujer
- Hola, respondió el con algo de fastidio
- Soy Yamila, la prima de Ana
- Soy Alan, el ex de Ana
- Mucho gusto, dijo ella con ternura
- Si, respondió el secamente
- Que estas tomando?
- Cognac, dijo, con una sonrisa viciosa
- Me convidas un poco? pregunto la chica en tono sensual
- Si, claro, pero ojo que es fuerte
- Lo se
Bebió el cognac doble de un trago, dejo el vaso de un golpe en la mesa y beso a Alan en la boca.
Cuando abrió los ojos, la chica lo miraba fijamente con esa mirada que dice todo sin palabras. Pero sin embargo, hablo:
- Te seguí.
Antes de entrar al trabajo al día siguiente releyó lo que había escrito:
«Amor, me has dado todo y todo me has negado
Me has dejado sin nada y finalmente me has dejado
Como podría un corazón asesinar a otro
con tanta delicadeza y desdén?
Asesino de amores es tu amor
Suelto en el barro esta mi tesoro
Siento el día llegar a su fin y el aire, viciado, malogrando mi alma.»
Los días que siguieron se repitió mentalmente estos versos como una letanía. Lo que ocurrió durante el tiempo en el que aun tenia motivos para seguir viviendo le parecía ahora el recuerdo de otra vida: experiencias ajenas a su persona. En cambio ahora, mientras sostenía la soga en sus manos, solo pensaba en lo que había ocurrido en las ultimas horas.
Ana entrando a la iglesia, su padre entregándola a ese hijo de puta que se la había robado. La familia llorando y el saliendo en menos de cinco minutos.
Lentamente tomaba los extremos de la soga y los iba enroscando, como si los acariciara. Recordaba como se quedo afuera de la iglesia, como los espero. Se paro a verlos salir, verlos saludar, verlos subir al coche. Verlos alejarse felices.
Puso el banquito debajo de una viga, paso la soga por encima y gentilmente la coloco alrededor de su cuello. Casi con ternura la ajusto y pateo el banco.
Su ultimo pensamiento fue su secretaria y el día en que Ana los descubrió teniendo sexo en el baño de la oficina. Su último recuerdo fue Ana mirandolo con odio.
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