


| Escritor: | Cherryblood |
| Públicado: | 08/07/2008 |
Desaparecí por un tiempo, pero no deje de escribir. Les agradezco a los que me mandan mensajes, me leen, me visitan, a ellos les dedico este cuento.
Ella siempre había sido mi mejor amiga, la que nunca me había defraudado. En su presencia me sentía seguro, recurrir a ella era como un refugio eterno. Cuando la cargaba en mis brazos sentía que nadie podía detenerme, era una sensación extraordinaria. Si tenía un problema, ella le buscaba una solución inmediata. La quería tanto, tanto, tanto que no podía salir sin que ella me acompañara. Era tan así que empecé a depender de su aureola de protección. Me acostumbre a su ayuda y no quise volver atrás. Con ella no volví a decir las cosas dos veces, se hacía lo que yo decía. Si yo quería algo, todos deberían respetarlo o se la verían con ella. No, a la gente no le convenía disgustarla. Podía ser casi peligrosa cuando, aferrada a mi mano, vibraba de furia. Me susurraba instrucciones a borbotones, me mareaba, me confundía. Mientras intentaba aclarar mis ideas, ella terminaba el trabajo por mí. Nunca supe si estaba bien lo que ella hacía, pero, después de todo, era su trabajo. Después íbamos a un bar, tomábamos unas cuantas copas, probablemente no pagábamos. Las fronteras de la moral y las obligaciones se quebraban cuando estábamos juntos. Ella y yo, almas gemelas. Y ella estuvo ahí ese día nefasto, que empezó mal y terminó bien. Fue uno de esos donde te levantas con el pie izquierdo y todo te sale mal. Había quedado en encontrarme con una persona especial para mí en un bar. Tenía que decirle algo importante. Había amado a esa mujer por mucho tiempo. Ese día, como muchos otros, sucedió. Ella estuvo para mi cuando nadie estuvo. La mujerzuela que me había engañado no la sacaría barata. Fuimos a nuestro hogar con un agujero en el pecho, pero sabiendo que mi revancha no estaba lejos. Bebimos, bebimos mucho, y salimos a buscarla. Dimos vueltas en la noche cómplice y silenciosa, y la vimos. Nos acercamos con cautela, disfrutando cada paso, cada momento, sabiendo que el final de la historia estaba cerca. Susurré el maldito nombre y se volteó y fue cuando ella y yo estuvimos juntos por última vez. Apreté el gatillo una, dos, tres veces. La acaricie y apunté a mi sien. Sentí cómo nos fundíamos en uno solo, su bala de cobre y mis huesos, que se partían a su paso. Supe entonces que nuestra amistad iría más allá de la muerte.
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