Amnesia (o recuerdos reprimidos)

 

Tenía nueve años cuando me dejaron en la plaza. No sé si lloré demasiado ese día o pedí muchas cosas mientras caminaba, esa parte se borró de mi memoria en un preámbulo fantasioso y, al instante, muchos otros asuntos que llovían indiferentes y constantes abrumaron mi mente. No sé si lloré demasiado en ese momento pero sí sé que me pregunté sólo una cosa cuando mis ideas se cribaron: ¿por qué volteé a ver esa linterna?
Meses antes anhelé poder ver a través de la noche, atravesar la oscuridad con la mirada y con la mano. Temía a las sombras informes que pasaban de lado a lado por fuera de mi ventana y que parecían querer asomarse, meter la mano y tomarme por los pies y jalarme por el agujero minúsculo para matarme.
Yo quería gritar para pedir auxilio, pero aprendí bien, con el baño de agua fría, que no debía interrumpir descansos. Yo no podía descansar.
Algunas sombras se detenían y hablaban, mas no entendía lo que decían. Otras eran rápidas y desaparecían para regresar en un instante, matando mi inicial ilusión al darme cuenta de que volvían siempre. Creí, algunas noches, que con un haz de luz podría ahuyentarlas, hacerles saber que nada podrían tomar de allí y a nadie amedrentarían desde la oscuridad. ¿Por qué volteé? Tal vez fue porque quería vivir sin miedo, dormir sin miedo.
-Lárgate a dormir -me gritó papá cuando dije fuera de su cuarto que no podía dormir. Nunca sabré cómo llegué allí y tampoco entenderé por qué tuvimos que salir de la casa anterior donde todo era más tranquilo. Allí tenía que cruzar un patio para ir al baño, mismo patio que crucé llorando mientras papá me jalaba del pelo para bañarme-. Por eso tienes pesadillas -me aseguró- por no bañarte -y el agua estaba fría.
Allí fue donde un nuevo temor me tomó por los hombros; pensaba que los miedos sólo tomaban por los cabellos, pero no era así, y ese nuevo temor me sacudió llevando mi sangre hasta los pies. Estaba helada. ¿Por qué volteé? Tal vez porque recordé que con la luz habría visto por dónde caminaba sin abrirme el dedo gordo del pie y sin que me sangrara tanto.
El sentido común no era un don que me hiciera compañía a esa edad. Aún ahora, lento y temeroso, he andado sin hallar aquello que me pudo haber evitado el pánico de verme solo. El sentido común me habría dicho que no soltara por nada del mundo la mano de mamá en aquella zona tan transitada, con gente que me empujaba. Me habría dicho que no perdiera de vista a papá quien, a pesar de estar perdiendo un ojo, avanzaba más veloz que mamá. Me habría dicho que no volteara a ver esa linterna que no me salvaría de hordas de borrachos que se embotaban en la calle después de la medianoche. Pero tenía nueve años.
Al día siguiente de mi baño helado tuve un encuentro con una realidad previa. Me cuesta trabajo recordar si fue el primero o sólo el que más identifico, además de que acabo de acuñar ese término porque no sé bien cómo llamar a esos anuncios prohibidos que tanto usaba doña Leonor, la mujer flaca y vieja que decía poder ver el futuro, aunque yo vi el suyo.
-Por Dios muchacho, ¡Métete! ¿Qué no sientes frío? -fue lo que me preguntó mientras pasaba fuera de mi casa. Era temprano y ella ya volvía de la tienda con un litro de leche en las manos, envuelta en un suéter negro y con su cabello recogido.
-No -fue lo que respondí simplemente, encogiéndome de hombros. Siempre me causó temor su rostro severo.
-La juventud pues -comentó y siguió el camino.
Sí, hacía frío y yo lo resentía terriblemente, no obstante prefería ese frío que las lágrimas de mamá. Fue la primera vez que supe que papá la golpeaba y entendí finalmente su rostro triste. ¡Cuánto había olvidado!
-Lástima que ya se va a morir -dije para mí, mirando la espalda huesuda de doña Leonor, quien muriera al día siguiente.
No me sentí mal por ello, porque no le deseé la muerte. Sólo vi. Ojalá hubiera visto las señas de papá apresurando a mamá.
Sé que prometí algo en el instante en que me vi perdido en la plaza, antes de culpar, blasfemar y llorar; también eso pasó de largo ante el miedo y, a la postre, se incrustaría en un lejanísimo rincón de mi memoria. Cuánto había olvidado, insisto.
<<No siempre será todo igual>> me repetí muchas veces cuando crecí, cuando mamá tuvo un nuevo novio que me pedía siempre que limpiara sus zapatos, y me prometía pagos que no llegaban y me miraba raro cada vez que me acercaba al regazo de ella.
Cuando mamá dejó a papá creí que todo sería mejor sin él, pero ella no podía durar mucho tiempo sola, eso lo había dicho papá una vez, y era cierto porque no pasó mucho desde que nos fuimos hasta que llegó el nuevo. Y después otro.
Salir de la casa vieja me quitó un miedo que se había negado a dejarme cada noche. Ya nada me tomaría de los pies, los hombros o los cabellos para arrastrarme, fuera por la ventana o por la puerta del baño; la casa nueva era pequeña, muy pequeña y fría, mas no tenía resquicios dudosos por los cuales me pudieran atrapar y la poca luz que teníamos era suficiente para ver todo. Ya no necesitaría una linterna, aunque eso también lo olvidé.
<<Pobre Benjamín>> me dije al salir a un nuevo día por la puerta de la casa nueva. Era un niño como de mi edad que pasó corriendo frente a mí y luego regresó. Mi miró feo, arrugó su nariz y sacó su lengua; lo miré atentó pues creí que diría algo, pero no. Después corrió rápido, muy rápido; se detuvo, tomó una piedra del suelo y me la lanzó. <<Pobre Benjamín>> me dije mientras sobaba mi pecho y reprimía mis lágrimas. En realidad se llamaba Benito, no tuvimos oportunidad de presentarnos pero escuché a su madre llorando y pidiendo justicia. Sus gritos me dieron miedo y quise correr también para alejarme, pero mamá me jaló el cabello y me dijo que no debería andar corriendo como menso porque allí estaba la muestra de lo que me podía pasar, me volteó a la fuerza y por suerte no abrí mis ojos.
Papá, como ahora lo recuerdo, no siempre estaba en casa. Decía ir a trabajar y yo creía mucho de lo que decía. Una vez regresó con muchas mojarras recién pescadas, que mamá preparó fritas. Olían bien. Papá me mandó a comprar cervezas con una bolsa llena de botellas que pesaban terriblemente. El camino a la tienda era largo y por haberme tardado tanto no pude probar nada de la comida. Ahora pienso que si me hubiera tardado más papá seguiría viendo con sus dos ojitos, si está vivo aún.
Mamá estaba un poco gordita, me dijeron que tendría un hermano o hermana, pero no supe que fue de él o ella. Me costó un poco de trabajo reconocerla cuando volvió aquel día sin su panza, pero no creí que fuera nada malo, porque papá llevó mojarras y mamá las preparó. Lloraba y cuando me vio mirándola me dijo que era por la cebolla de la ensalada. Después se acostó porque decía que la cabeza le dolía mucho. Cuando regresé con las cervezas papá me gritó por mi lentitud, se llevó las botellas consigo a no sé dónde y avisó a mamá que luego la vería. <<Pero no la verá bien>> pensé, y recordé a doña Leonor con un escalofrío en mi espalda. Un vidrio se clavó en el ojo izquierdo de papá aquel día por la noche, durante una pelea. Aún recuerdo su rostro ensangrentado y sus muecas de dolor. Maldijo mucho y mamá corrió, como pudo, a ayudarlo sin saber bien qué hacer.
Así terminamos allí, en una ciudad que me comía vivo y sin misericordia. Muchos puestos de comida me rodeaban y abrazaban con su olor y muchos gritos me confundían y me cambiaban de lugar junto con toda la que gente que parecía ir a todos lados y a ninguno a la vez.
Algunos doctores revisaron a papá. Entendí a lo lejos que tal vez vería de nuevo por ese ojo dañado, aunque no igual. Después papá llevó a mamá al rincón de una sala que se veía oscura y la idea de que necesitarían luz para ver bien allí me llegó de inmediato. <<Ya no lo verás>> me adelantó una parte mía que comenzaba a conocer. Después me abandonaron.
Mamá regresó corriendo hacia mí un rato después, un rato que me pareció eterno y que me angustió más que aquellos demonios que me visitaron cada noche. De nuevo lloraba y me dijo muchas cosas que no entendí bien y que aún ahora, angustiado y expectante, no termino de entender.
La vida fue imperfecta con papá y sin él. No lo volvimos a ver, pero sí tuve que empezar a trabajar para ayudar a mamá y a mi nueva hermana, después de que su novio se fuera. Después seguí trabajando porque el nuevo novio no me quería ver allí cerca y no me dejaba comer. Después no pude adivinar lo que venía, perdí mis realidades cuando estuve a punto de morir.
Caminaba de regreso a mi casa con la espalda dolorida por haber ayudado a Pepe, el albañil. Me dijo inútil, me llamó torpe y de paso me lastimé con un tabique y no me pagó nada. Mi mano sangraba y punzaba desde hacía rato. Regresaba pensando y tratando de olvidar: pensando en lo que haría al día siguiente, a dónde me metería y si algún día volvería a pisar la escuela. Tratando de olvidar todo lo que me perseguía. Después pensé en una sombra informe acercándose y segundos después la vi. Los camiones cargados de piedra de cal salían a cada rato por un costado del cerro y huían en desesperada carrera hacía la calera, a lo lejos. Uno de ellos me empujó, muy fuerte, aunque no lo sentí. Caí y escuché ruidos de golpes que podrían haber sido de mi propio cuerpo. Me pregunté si había corrido, como Benito, mientras mis piernas rebotaban entre el polvo del suelo. Vi tal polvo como una nube y después otra sombra llegó para nublarme la vista, muy distinta a la sombra del camión que no vi por caminar agachado. Esa sombra se volvió un espejo y me vi, pequeño y llorando, y creciendo rápido. Era yo, era mi vida. Allí estaban mis tías y mi abuela, allí se veía un niño acurrucado en una cama mirando temeroso hacia una ventana, la señora Leonor, el ojo de papá, la linterna, los novios de mamá, mi hermana, mi mano sangrando y el camión. <<Mi vida fue rápida>> pensé o intenté pensar y alguien me contestó: <<Puede ser más rápida aún>>.
Desperté sobre una cama blanca que se sentía fría. No morí, aunque eso me lo tuvieron que asegurar un par de señoritas enfermeras. Cojeando y con el rostro hinchado volví a casa para darme cuenta de que jamás vería el futuro de nuevo. El choque de carros frente a la tienda, el perro embravecido que persiguió al novio de mamá, la caída de mi hermana desde la cuna, la quemadura en la mano de mi abuela... Nada pude ver antes de que pasara y mucho comencé a olvidar, tal como lo pidiera. Una voz en mi negó que haya tenido alguna vez esa forma de ver mi entorno y me dijo que nada de lo que había vivido hasta ese momento era cierto, que todo lo había soñado, pero que ya despertaba. 
Atontado por algunos días, viví un descanso placentero que perduró lo mismo que el dolor en mi tobillo, y concluyó cuando tuve que salir de casa otra vez a buscar sustento. Volví a trabajar y a ser el inútil y volví a lastimarme. Volví a tener miedo algunas veces, que fueron pocas y superfluas, y volví a sufrir rechazos. Pero todo fue nuevo, casi intranscendente por la simplicidad; cada mañana, víctima del olvido, tomaba mi camino prestándome a la rutina que no me impresionaba como si, aunque nunca antes la hubiera visto, tuviera la certeza de que no era necesario verle. Seguí y no volví a recordar, hasta hoy. Sé que prometí algo en el instante en que me vi perdido o abandonado y ahora que recuerdo mis palabras sé que aquella voz tenía razón: todo puede ser más rápido. Los recuerdos fluyen veloces cuando, entre manos, la nueva vida no permite olvidar.

 

 

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Comentarios:

Escrito por: Insurrecto       23/08/08 18:34
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Oscarhugo:
No sé que decir, de verdad me halagas. Reitero lo de escritor aficionado porque antes de que esta narración viera la luz hubo muchas versiones que murieron en el intento. Me da gusto que notaras el juego de los tiempos pues es algo que deseo que me caracterice como escritor.
Muchas gracias.
Escrito por: Oscarhugo       23/08/08 18:26
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¿Qué tiene el sol de México lindo y su tierra? Veo que brotan los buenos escritores como enormes árboles en su tropical sur.
Insurrecto, quizás rebelde, contumaz, no soy adicto a la simple adulación; he leído cuidadosamente, sí cuidadosamente esta historia, buscando una caída siquiera para ver si en realidad eres un escritor aficionado. Fracacé, pues hasta las palabras reiteradas están muy bien empleadas.
Es para mí, un viejo que lee historias de amor, pero que también las escribe, un agradable hallazgo encontrar en la tierra azteca un excelente narrador; juegas con los tiempos ( algo tengo que decir, pues acerca de como escribes sobra decirlo) y aun así, el lector no se pierde.
Buscaré tus otros trabajos, poemas, parece, mira que los buenos escritores no se encuentran buscando debajo de las piedras.
Felicitaciones, Rebelde.
Jaime.
Escrito por: Insurrecto       23/08/08 18:06
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Saludos.
Gracias, aunque es una historia ficticia e impersonal. Me alegra que haya cumplido el propósito contigo.
Escrito por: Homeronica       23/08/08 08:50
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Recordar es bueno para afianzar la madurez presente. Cuando se recuerda con odio carcome el alma, envejece y mata. Saludos desde Nicaragua. H.
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