Amnesia

Amnesia

 

"Hay siempre algo de locura en el amor; pero siempre hay algo de razón en la locura."

Federico Nietzsche

No sé  como llegué,  pero  irremediablemente pertenezco aquí,  donde es requisito indispensable  haber perdido la memoria, porque la ausencia de recuerdos, nos hace  seres nuevos cada día.
Era de mañana, temprano, “vístanse y suban al camión”, así fuimos trasladados en silencio más de tres mil hombres y mujeres de la ciudad a la periferia, y el lugar que los albergó durante casi seis décadas, fue demolido sin pena ni gloria.
El Manicomio General de la Ciudad de México  fue inaugurado  en tiempos de Don Porfirio Díaz y  demolido días antes del movimiento estudiantil del 68  para  establecer  la llamada Ruta de la Amistad  que pasó justo por la puerta principal del edificio.
El hospedaje para los abandonados se puso de moda; durante décadas, los familiares “incómodos de alguien”,  tuvieron  la oportunidad de  salir  a tomar  el sol  con libertad; ¡no más permanecer ocultos la mayor parte del día! ¡No más  comer  solos para no  avergonzar los buenos modales! No más: “¡escóndete porque hay visitas!”. ¡No más rechazos!, ¡no más humillaciones! En este lugar convivimos, por fin, como iguales. 
Cuando se corrió la noticia de que había un sitio que se hacían cargo total de todos los seres desdichados,  muchos se apresuraron a ganarles un lugar en el  Viejo  Castillo de la Locura en Tepexpan,  que a pesar del tiempo,  aún guarda el recuerdo de los moradores que lo habitaron,  el espacio en el hablaron, gritaron, comieron,... soñaron.
Encontré el expediente de una mujer, Petra,  que reflejaba todo el dolor que resistió  y que  aún parece   encerrado en las paredes del manicomio donde, se dice,  fue emparedada.
 En 1947, en las cercanías  del hospital se descubrió un esqueleto humano con una antigüedad cercana a los diez mil años, junto con otros de mamut y utensilios de obsidiana,
Tepexpan se localiza en el Estado de México, a pocos kilómetros del Distrito Federal perteneció  al Municipio de Acolman,  muy cerca de la zona arqueológica de Teotihuacan.
Recientemente en este  lugar también  han demostrado la capacidad de observación y constancia  de algunos habitantes, fundamentales para registrar evidencias del fenómeno ovni.
La primera vez que se observó un ovni fue  un suceso impresionante. Se supo que era un objeto muy grande de color rojizo que estaba atravesando el cielo; desde entonces,  se  ven con mucha frecuencia por los alrededores
 Los ovnis son objetos voladores no identificados,  que vienen de civilizaciones extraterrestres, con fines sólo de observación y estudio, sin causarnos daño. No tienen forma específica, se han visto en diferentes morfologías: objetos triangulares, cilíndricos, esféricos y hasta con forma de araña. Vienen acompañados, no viajan solos y es posible verlos en parejas o en grandes grupos. .Es muy notorio que se trata de algo raro porque si fueran aviones, presentarían las luces intermitentes que tienen todas las aeronaves y no volarían a una velocidad tan impresionante que sólo es detectada  por seres especiales.
Hace unos años, se  autorizó  un proyecto que buscó  aprovechar los antecedentes del lugar para hacer un complejo hospitalario  de vanguardia, con  los adelantos necesarios   y personal  que asistiera a todos los enfermos. Pero en poco tiempo, el espacio  se fue haciendo insuficiente  para recibir a todos;  así, empezó la sobrepoblación y   vino la promesa de que pronto se haría una ampliación o nuevas sedes para  acomodar a todos.
También por restricciones del área, se  omitió una  clasificación  adecuada bajo la teoría de que, únicamente se  trataba de  seres indefensos. Así  se amontonaron en cada sala  grupos totalmente heterogéneos: seres carentes de luz en sus ojos que tropezaban con las sillas de ruedas de quienes no  tenían movimientos  en piernas, brazos o en todo el cuerpo. De  gente extravagante que se sentía distinto a los demás y eso, les provocaba  serios conflictos en la convivencia social.
            Yo llegué como aturdida, atrofiada de la memoria y  básicamente sin pasado. Me instalaron en  un lugar donde permanecían  sujetos  raros: uno se creía un tren, otra una ambulancia y hasta había adaptado una especie de camilla con ruedas que paseaba por los corredores y por la sala entera dando ella misma, gritos parecidos a los de las alarmas de las camionetas de socorro.
Una mujer me llamaba mucho la atención, “Lupe la Mexicana” se hacía llamar, se pasaba  días enteros contando sus historias de la Revolución. Presumía haber sido  amante de Pancho Villa, de Emiliano Zapata y  que había concebido  un hijo del Padre de la Patria   que se le murió por andar en la bola.
Otra mujer que  decía ser  monja (Sor Veneración) se la pasaba rezando y dando catecismo a quien se dejara. Luego, se ponía a fregar todo  una y otra vez y, no contenta con esa manía de limpieza profunda, se ocupaba de bañar a casi  una docena de  niños que también eran huéspedes de Tepexpán.
Nos duró poco el gusto de las  atenciones privilegiadas, el número de residentes creció a tal punto que los médicos, enfermeras, trabajadoras sociales, personal administrativo y de limpieza, no quisieron renovar su contrato de servicio a menos que se les aumentara el sueldo en proporción al aumento de trabajo. No se pudo atender tal petición puesto que, por razones burocráticas, se disminuyó el presupuesto  de asistencia; alegando, que de nada valía,  hacer gastos tan excesivos en gente  tan inútil que no iba a redituar ningún beneficio.
 Nos dejaron solos; otra vez éramos abandonados a nuestra suerte primero lo fuimos por nuestros familiares que no desperdiciaron la oportunidad de deshacerse del problema y  ahora abandonados de las buenas intenciones  de gente caritativa que pensó que, la ayuda  podía darse suavemente y sin firma de auténtico compromiso  y  prolongada constancia.
Nos quedamos solos, echados a nuestra suerte. Yo nunca supe el número exacto  de quienes permanecimos. 
Algunos  lograron ganar la libertad cuando se descuidó la puerta de entrada. Luego, para evitar otra fuga masiva, colocaron  cercas metálicas muy altas y esta vez, cerraron el portón a siete llaves. 
Tepexpan se volvió el asilo de seres desdichados. Muchos  acosaban  intentando  entrar y como no había forma, los que los llevaban, se conformaban con abandonarlos en el portón; igual  que se dejan, por supuesto descuido, las bolsas de basura en alguna calle solitaria.
Yo me pasaba días enteros entretenida con las narraciones de Lupe la Mexicana, pero  tuve que aterrizar en la realidad puesto que empezaron a acumularse los problemas: disminuyó la comida,  se suprimió el aseo particular y del local; y aunque muchos necesitaban  tomar medicamentos  y  terapias para mantenerse, no había quien se los proporcionara.
Entonces los más audaces, asaltaron la  cocina y se instalaron  como guardianes de la despensa defendiendo sólo para sí, los pocos alimentos  que había.   Se  destacaron por  liderar a los más débiles así que surgieron grupos antagonistas en  agresiva pugna por ganar espacios,  cobijas, camastros etc.   Todo se volvió  un caos. Uno que otro iluso como José Antonio, quien había sido un popular piloto aviador y   que en un accidente perdió la mitad de su cuerpo y se había refugiado aquí  huyendo de la compasión y el abandono de sus seres queridos, mostraba sincera preocupación  por la situación en que nos encontrábamos.  Pero en estos y otros casos, prevalece  el bullicio y  la arbitrariedad de la demencia. No pudo hacer gran cosa así que se  conformó con observar con atención  las cosas a  las que se puede llegar, arropados en el pretexto de la supervivencia.
Muchos en su desesperación por salir, quedaban  ensartados en las rejas metálicas que habían sido rematadas con  alambre de púas y los muros propicios a ser brincados, se defendían con  filosos cuchillos en forma de  largos trozos de vidrios. 
Los afortunados que lograban  escapar, se alejaban ensangrentados  dando dolorosos chillidos y los que por  alguna razón no lograban  escamotear las trampas, debían  permanecer con todo y sus heridas, a esperar  otra  vaga oportunidad de huir o resignarse a su destino. La mujer ambulancia se veía  atareada en  recoger a los heridos  y llevarlos de un lugar a otro,  aullando como la sirena  que silba para abrirse paso  entre los congestionamientos y llegar a tiempo de salvar una vida.
Lo que me llamaba la atención era que pese a todas las calamidades por las que estábamos pasando, su única prioridad era mantenerse con vida a toda costa.
El colmo llegó cuando se agotó el agua. La  monja se desesperaba por mantener todo limpio y bañar a los niños pero sin el líquido se conformaba con envolverse en lentos gemidos, mientras oraba clamando ayuda celestial. Entonces los más fuertes la  amarraron  con sábanas y  fundas a su cama para quitarla de tan peligrosa manía; convirtiéndose,  en los celosos guardianes de los grifos de agua, que de todos modos  acabaron por secarse.
La situación era desperada y no había esperanza de que alguien llegara a rescatarnos.  Más bien parecían haberse puesto de acuerdo  para  que Tepexpán desapareciera  junto con  todos sus moradores porque; según se supo,  las  nuevas autoridades ya tenían  planeado derribar el viejo castillo y edificar  departamentos de interés social con parques recreativos y grandes tiendas departamentales.
Pero mientras llegaba el momento de  nuestra desaparición definitiva,  la única solución que encontramos  fue pedir fervientemente,  que lloviera, de una vez por todas.
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