Anoche dormí con dos hombres, nada más osado que esa fantasía acariciada tanto tiempo por mí y nada más inocente que dormir. Dos hombres ¡guau!. Uno vestía negro absoluto haciéndole juego con su piel, el otro inmaculado blanco, rubio ojos de gato, pelo color miel. ¡ Ummm!, ¡qué bocado!.
El hombre negro tenía su piel suave como el terciopelo, suave, ¿a ver como se los digo?, ¡ah sí!, ya sé, era suaveciiiiita, ¡qué cosa más rica!. El rubio ¡uy!, la mirada de infinito mar y tranquila seducción, eran incandescentes.
¿Qué hacía yo entre esos dos hombres?. Iguales como dos gotas de agua, excepto por el color de su piel, todo lo demás exacto, y ¿cómo?, ¿uno rubio y el otro morenazo hasta la inquietud?. ¿En qué lado de la biología me perdí que no recuerdo esa materia?, ¿Pueden dos espermios fecundar un mismo óvulo?, ¡sí, claro!, eso lo sé, pero, ¿uno rubio y otro moreno?, ¿en qué mundo?.
No me queda claro, nada era claro, pero, no me importaba, yo y mis dos hombres ¡ufff, qué calor!. En algún minuto la cordura cayó en mi cabecita medio obnubilada por la emoción ante el género masculino presente, que me faltaban palabras para expresar la inmensa dicha que me provocaba este suceso. Quise irme, les juro que quise irme, pero ¡qué bárbaro!, los dos me decían con su actitud que me quedara, y ¿qué hacer ante ese pedido?, ¿cualquiera, no?. Fue la última pregunta que me hice ¿qué hago aquí? O mejor dicho ¿qué hacían ellos en mi casa?, no recordaba haber tenido un bacanal o una fiesta o una simple invitación de amigos, es más, hace mucho tiempo que nada sucedía en este espacio tan mío.
Tarde para tanta pregunta. Los dos hombres me tomaron en sus brazos, me desvistieron sacando una a una mis prendas, con una delicadeza, como si yo me fuera a quebrar. Así, desnuda ante ellos, me llevaron al cuarto de baño, llenaron la tina con agua tibia, agradable a mi piel. Hasta ahí todo era normal, ¿normal?, ¿qué era normal de este episodio?, ¡nada!.
Uno de ellos me tomó y me sumergió en el agua siempre mirándome a los ojos, yo hasta ese instante ya estaba consumida por el amor. Me imaginaba los mejores momentos de mi existencia, entre dos especimenes tan hermosos. Me imaginaba susurros en mi oído, caricias en mi piel, en mis senos, en mi sexo. Todo esto, me llevaba a un placer hasta ahora desconocido.
El hombre rubio, jabonó mi cuerpo con maestría, cual pétalo de rosa en pleno rocío, en esas madrugadas en que el sol aún no nos entibia nuestra naturaleza y donde algunos enamorados gustan de ver cuando comienza a iluminarnos con su poder.
Así imaginaba yo sus acciones, poderosas, convincentes e invasivas, opuestamente armónicas y permitidas por mi. Sin previo aviso el silencio se hizo presente, amordazando mi boca extasiada, ellos dos y yo en esta muestra de amor tan perversamente puro.
El hombre negro, desnudo en su totalidad, toma uno de mis brazos y comenzó a depilarlo, yo entre desconcertada y avergonzada, pensaba que, esa era una tarea mía, es un trabajo femenino, una labor que nos condena muchas veces a no arriesgarnos a estar con alguien por no mostrar esa parte inexorable de nuestra intimidad, (me escuchaba entre medio de este secreto pasaje, decirle a algún hombre alguna vez, - no puedo ir contigo, -por qué- respondía el otro, casi fulminándome con sus ojos, sin otro deseo más que el de poseerme, pero yo, inescrutable, respondía -no, no puedo porque tengo un problema técnico, ¡imagínense!, ¡qué idea más absurda, ¿un problema técnico?, ¿quién lo pudiera creer?, para mí era así, era algo impensado ir, sin realizar esa faena, aún muriéndome de deseos), sin embargo, él lo hizo sin apuro, sin ruido, para luego tomar el otro brazo y hacer lo mismo, tomó cada una de mis piernas y las depiló enteras, mi estupor era indefinible, me dolía la guatita de nervios. En ese momento algo insólito ocurrió, el rubio con sus ojos de mar intenso, tomó la máquina depiladora, la pasó por mi pubis. Todo comenzó a tomar otro cariz, transformándose en un ritual, cada gesto, cada movimiento de sus manos eran observados con atención por mí, cada instante era un nuevo secreto que desaparecía. Sentía como con cada vello que caía, me iba quedando más desnuda, inconmensurablemente desnuda, más íntima, más perfecta, más arrebatadora, quedaba libre, vulnerable ante ellos.
No se detuvo ahí el manejo impecable de su accionar. Los dos hombres tomando cada uno una tijera, dieron inicio a algo que me pareció sublime. Cortaron mi pelo, mi cabello era largo, lacio y castaño, brillaba al sol, dejando ver algunos matices cobrizos. Lo cortaron todo, para luego rapar mi cráneo. Yo estaba al borde del desborde, una emoción muy profunda se apoderó de mí, cada vez estaba más desposeída de mi, cada vez más intuitiva.
No entendía, no quería entender, no me atrevía a razonar, pero si, me comprendía entre ellos, me confundía con ellos, seres iguales, tan distintos, uno representando a la pantera más vigilante, más sigilosa conmigo, el otro, un caballo indómito, corcel sobre corcel, entre ellos, yo, una mujer.
Al concluir su cometido me dejaron frente a mi espejo y me ví por primera vez completamente en mí. Lloré, lloré tanto, sentía que llovía y lloraba, sentía correr el agua y lloraba, mi emoción entera lloraba, todo mi ser era una lágrima, todo mi interior era agua, maravillosa agua, pura y revitalizadora. Sin un vello en mi cuerpo, me veía blanca, blanca como la espuma y bella como la aurora boreal. Me vi entera, tan desnuda como jamás creí estarlo, tan vulnerable como las espigas de trigo a merced del viento.
Ellos me secaron y arroparon con una toalla. Nunca más volví a verlos.
A veces los recuerdo y lo único que sé, es que es el acto de amor más desbordante que he vivido.
Ese día volví a nacer.
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