Es el último examen pero no el menos difícil. Inglés jamás ha sido una de sus materias preferidas, pero está casi segura de que no reprobará. Se toma un respiro y mira a su alrededor. Aún no termina la mitad del grupo. Vuelve al examen, lo revisa y se cerciora de no dejar alguna respuesta en blanco. Sus amigas ya salieron pero Isaac aún está ahí. Se demora para verlo al otro extremo del salón. ¿Ya terminó, señorita? la voz de la maestra la sobresalta. Se levanta sin pensarlo y entrega el examen. Regresa a su lugar y acomoda los pocos útiles que ha traído a la escuela. Sale y se queda recargada en el barandal mirando hacia el salón. No puede dejar de mirar a su novio. Le gusta así, concentrado en el examen, olvidándose del mundo y de ella, ausente, aunque no sonría ni voltee a verla. Le gustaría una foto de él así, en este momento. Sorprendida por la idea, se palpa el pecho izquierdo y se inquieta al no encontrar el envoltorio con la foto. De inmediato se busca en el otro pecho y respira aliviada. Sólo de pensar que se le hubiera quedado en casa, al alcance de sus hermanos o de su papá, la recorre un temblor. De su madre no se cuida. Sabe que ella comprendería, pero por fortuna aquí, escondida, trae la foto. Mira de nuevo hacia el salón y encuentra la mirada y la sonrisa de Isaac. Enrojece apenada porque la ha sorprendido palpándose los pechos, como si se los hubiera visto desnudos. Pero la sonrisa franca del muchacho la anima y le sonríe también. Él vuelve a enfrascarse en el examen. Lo revisa minucioso y lo entrega. Luego sale y se recarga en el barandal junto a ella, que no disimula el gusto de tenerlo cerca. ¿Cómo se te hizo el examen? Fácil, ¿y a ti? Más o menos. Se quedan callados, mirando cómo salen ya los últimos compañeros. La maestra sale con los exámenes bajo el brazo. ¿No van a bajar? Sí dice Isaac. Estamos esperando a una amiga. Los deja solos, dueños del pasillo y con un silencio a salvo de la algarabía en los patios de la secundaria. No aciertan sino a verse y a sonreírse. De repente, él, en un movimiento inesperado, le toma la mano. Ella nunca antes ha sentido la mano de un hombre tomando la suya. Saludarlo es otra cosa. Ahora es la mano de su novio, de su primer novio. Por eso se aferra a ella, como si así consiguiera apresar, detener eternamente el instante. Te quiero. Yo también dice ella, y sin parecerle suficiente agrega: mucho. Permanecen disfrutando la primera caricia de verdad. Atrás quedaron las miradas, las sonrisas, las palabras con que se acariciaron antes. Ahora no es necesario hablar. No encontrarían palabras para describir el momento que viven. Poco a poco escuchan pasos y bullicio subiendo por las escaleras. Temerosos, desenlazan sus manos y ven llegar a sus compañeros. Ahí viene la maestra de planta, amigos. Va a dar los promedios de Español. Antes de que hayan llegado todos los alumnos, entra la maestra y les pide que tomen asiento. No importa dónde. Al fin que ya no están en clases. Isaac aprovecha la ocasión y se acomoda en el asiento que está atrás del de Amanda, pegados ambos a la pared del pasillo. Mientras llegan los demás compañeros, la maestra conversa contenta porque no hay reprobados. Isaac, cuidando de no ser visto, roza con su mano derecha el brazo de Amanda. Ella se estremece pero aproxima su mano izquierda y se la deja tomar. La maestra habla de la próxima entrega de boletas, de la alegría de las vacaciones, de la tristeza de no verlos en el verano. Ni Amanda ni Isaac escuchan. La caricia de sus manos enlazadas los protege de todo en este instante.