


| Escritor: | jrmavila |
| Públicado: | 30/03/2008 |
Esta tarde, Amanda regresa con un contento que no cabe en la casa. Contra su costumbre, ante el primer regaño de su padre por olvidar los útiles sobre la cama, se concreta a quitarlos de ahí y acomodarlos sobre el ropero. Luego, sin pensarlo, se le acerca a su padre y le da un beso en la mejilla: Ya no te enojes porque te vas a hacer viejito. Don Adrián no tiene tiempo de reaccionar. No es usual expresar cariño en esta casa, sin embargo parece agradarle el gesto de la muchacha, porque cambia el tono con que se dirige a ella: Deja de andar de barbera y ayúdale a tu mamá, que ya vamos a comer. Y sonríe sin que ella lo note, para luego salir al patio y respirar complacido bajo el enorme encino, como para reponerse.
Amanda se esmera al poner la mesa. Doña Leonor no da crédito a lo que ve. Le agrada la compañía más que la ayuda, pues el trabajo pesado, la comida, ya se hizo. Son escasos los momentos que tiene para conversar con su hija. Contagiada por el tono juguetón con que la muchacha le habla, se aventura a indagar: ¿Qué te pasa, muchacha, no andarás ya de novia por ahí? Y Amanda, incontenible de gozo y anhelando que se vuelva realidad, le dice que todavía no, pero que muy pronto.
¡Muchacha, cállate que puede oírte tu papá!
¡A poco se lo va a decir! Acuérdese: esto es un secreto entre mujeres.
¡Mujeres! Lo que habías de hacer es ir a cambiarte el pañal.
¿Usted cree se yergue mostrando su naciente esplendor que con este cuerpazo estoy en edad de usar pañal?
Doña Leonor la mira y sonríe. La verdad es que no necesitaba erguirse. Ya ha notado que los uniformes le quedan más ajustados y rabones.
Lo que habíamos de hacerte son uniformes que te queden a la medida. ¿No será sonríe de la broma que te pusiste el uniforme de tu hermana?
¿Usted cree que me va a quedar el uniforme de esa niña?
No, ¿verdad? Dígame, señorita, y aquí hace una reverencia ¿sería tan amable de avisarle a su padre que ya puede pasar a comer?
A la orden contesta con un saludo militar y sale marcando el paso en busca de Don Adrián.
A la hora de la comida se habla poco, no se discute, la seriedad campea en el ambiente. Se come con lentitud, con parsimonia, como si se tratara de un acto ritual. Nadie se atreve a interrumpirlo. Sería como atreverse a hablar en clase de historia. Amanda lo piensa como en una ráfaga y eso le trae el recuerdo de Isaac.
¿No oíste? dice Don Adrián, y Amanda enrojece como si hubiera pensado en voz alta Que me pases la sal.
Como autómata le alcanza el salero y trata de no distraerse más. Los ojos y la sonrisa de Isaac no la dejan en paz durante el resto de la comida. Sin embargo no vuelve a ser sorprendida.
Ayuda a recoger los trastes y se ofrece para lavarlos. En realidad desea conversar con su madre. Don Adrián, satisfecho, se adormece escuchando radio y pueden conversar sin temor de ser interrumpidas.
¿Y usted cuántos novios tuvo?
Uh, pos como era bonita todos querían ser mis novios.
¡Y anduvo con todos!
¿Cómo crees? De a uno por uno.
¿Cuántos tuvo?
A ver, déjame acordarme se cuenta los dedos una y otra vez mientras aparenta murmurar nombres... veintitrés, veinticuatro,... Sí, como veinticuatro.
¡Veinticuatro!
¡Sh! ¡Que no te oiga tu papá porque es capaz de matarme!
¿Y él fue el número veinticuatro?
No, niña, cómo se te ocurre: él fue el único.
¿Y los otros?
No hubo otros. Fuimos novios desde que estábamos chiquillos, como de tu edad.
¿Entonces no tuvo otro novio?
No: fue el primero y el último.
¿Y es bonito tener novio?
Cuando lo quieres y te quiere, claro que sí.
¿Usted cree que yo le pueda gustar a un muchacho?
Claro. Eres muy bonita, como yo a tu edad.
Amanda sonríe y suspira satisfecha. Los trastes están limpios y la casa en orden, por lo que ya no hay pretexto para continuar conversando.
¿Me dejarían tener novio?
Hasta que cumplas quince años.
¿Y por qué ustedes sí fueron novios a mi edad?
Bueno, esos eran otros tiempos. Antes la gente se casaba muy joven. Ahora no. Ahora tienes qué pensarlo muy bien porque no es tan fácil mantener a una familia. Tú tienes que estudiar antes de que te cases. ¿Qué tal si tu marido se muere o te quedas sola por alguna otra razón? ¿Quién te va a mantener?
Mejor ya me voy porque se está poniendo muy dramática.
Se retira, toma sus útiles y abre el libro de Historia, fingiendo que estudia. En una hoja de libreta se pone a dibujar los ojos, la sonrisa de Isaac. Pero son tan huidizos o dibuja tan mal que no lo consigue. Le molesta estarlos viendo con la memoria y no poder copiarlos desde ahí. Cuando se cansa de intentarlo, en otra hoja empieza a dibujar corazones flechados, con su inicial enlazada a un signo de interrogación. No le parece honesto escribir la inicial del muchacho en lugar del signo. Quizá si algún día Isaac fuera su novio, pero aún no es momento.
Ya deja de estudiar la interrumpe Doña Leonor, te vas a quedar ciega.
Oscurece. La luz escasea. Amanda deja de fingir estudio y cierra su libro con las hojas ocultas en él. Para algo había de servir el libro de Historia.
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