


| Escritor: | jrmavila |
| Públicado: | 29/03/2008 |
De repente, camino a la secundaria, se sorprende jugando con las marcas en la banqueta. La que pise raya tiene novio, se dice. Pero camina haciendo trampa, acortando el tranco cuando la raya está cerca o alargándolo cuando la raya le queda distante. Va tan distraída pisando marcas que no se da cuenta de que por la banqueta de enfrente camina Isaac y la mira divertido. Como presintiéndolo, voltea y al verlo sonreír se olvida del juego y camina a paso normal, muy seria.
Sin verlo ni de reojo, se recrimina el juego, ella, que ahora se considera toda una mujer. Tonta y más que tonta, se dice, imaginando lo que Isaac pensará de ella. Y lo peor de todo es que se reía. Qué rabia, pero contra sí misma, no contra él. Toda la felicidad que traía a la secundaria se le ha diluido. Tonta y más que tonta.
Es de las primeras en llegar. Por fortuna ya la esperan Elisa y Alma. La saludan y hablan y hablan y ella no puede olvidar la niñería cometida ante Isaac. Sólo acierta a asentir con la cabeza y con sonrisas forzadas. La escuela se llena de muchachos y muchachas. Los maestros entran a la dirección, salen, conversan, y Amanda ve todo aturdida, como acabando de despertar.
¿Qué pasa, amiga, te sientes mal? le dice Alma.
No contesta, y en ese instante se escucha el timbre de entrada.
No sabe ni en qué momento ni cómo, pero de repente se descubre sentada en el salón de clases, oyendo a la maestra pasar lista. Y eso porque Alma le advierte que han mencionado su nombre. Dice presente deprisa y trata de no distraerse más. Tonta y más que tonta, recuerda la sonrisa de Isaac mientras venía jugando. Pero es algo más que el recuerdo. Es su mirada viva la que siente en este momento. Sin pensarlo voltea y ahí están los ojos y la sonrisa discreta del muchacho. Tonta, tonta y más que tonta. Se burlará aún de ella. Ahora sí, el coraje se le desborda contra él. ¿Qué derecho tiene de burlarse?
Frunce el ceño. De aquí en delante, como si no existiera Isaac, como si nada hubiera sucedido. La clase de Español se alarga con las historias que cuenta la maestra. En otras circunstancias las disfrutaría, pero ahora ni siquiera atiende la voz entusiasmada porque ellos lean. Amanda no puede oír sino sus propias palabras silenciosas: La que pise raya tiene novio, la que pise raya tiene novio, la que pise raya... No puede sentir sobre ella nada más que la mirada y la sonrisa de su compañero.
En un arrebato de furia, decide voltear y hacerle una mueca, para que ya no la moleste, para que ya no se burle. Pero el voltear no encuentra la mirada ni la sonrisa. Isaac es todo atención y entusiasmo por lo que la maestra dice. Mira a la maestra, oye a la maestra, sonríe a la maestra. Toda su atención está puesta en ella. Niña y más que niña, se recrimina al recordar su propósito de hacerle una mueca. En cambio él ni se ocupa de ella. Y una tristeza profunda le nace por dentro y crece hasta el grado de sentir ganas de llorar. Pero no se lopuede permitir. Ella, toda una mujer, no debe llorar. Sólo las niñas lloran.
A ver, Amanda alcanza a escuchar la voz de la maestra, ¿recuerdas quién escribió El sí de las niñas?
No lo recuerda y no tiene otro remedio que reconocerlo.
¿Alguien puede ayudarle a su compañera? varias manos se levantan queriendo responder. A ver Isaac.
Isaac. Isaac. Siempre Isaac. ¿Pero es que no va a dejar de echarle a perder el día? ¿Lo hará para seguirse burlando de ella? Claro, una niña no sabe de esas cosas, aunque debiera saberlas porque es El sí de las niñas. Amanda se promete no verlo. Si sabe de niñas que no cuente con ella.
Leandro Fernández de Moratín contesta Isaac, y la maestra se alegra de la respuesta. La clase continúa y el coraje de Amanda crece. Cómo odia a ese engreído. Para ella, de ahora en adelante, como si no existiera. Que se quede con su mirada y con su sonrisa.
La clase termina y todos se quedan apesadumbrados porque sigue nada más y nada menos que la clase de Historia. La maestra entra y se ponen de pie y saludan. El temor se instala junto al aburrimiento. Después de pasar lista, la maestra pide clase. Amanda la tiene preparada pero sólo de pensar que debe soportar más afrentas en este día, prefiere callar. Por fortuna otros compañeros también han preparado clase. Nunca ha entendido qué gana la maestra haciéndolos repetir la misma clase a todos.
Hora doble de Español, pasa. Hora doble de Historia, es un tedio eterno. La mañana parece detenerse, no avanza ni un dedo la sombra en el piso del salón. Los compañeros dan su clase y se sientan. El mismo estribillo una y otra vez, como si fuera clase de catecismo. Aún no termina la primera hora y ya no hay quién recite. Ya se veía venir el sermón interminable de la maestra. Cualquiera se duerme oyéndolo. Que si la Historia no le gustaba. Que si se propuso que a ella no la iba a vencer y por eso la estudió. Que la vean ahora, toda una maestra de Historia. Que deben aprender de su ejemplo. Que qué va a ser de sus vidas. Que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá. Palabras. Palabras. Vacías y tediosas palabras. Y la Historia, brillando por su ausencia, invitada que no entró a clase para no aburrirse con las palabras de la maestra. Vieja odiosa. Más odiosa que el engreído de Isaac. Por fin, el timbre salvador interrumpe a la maestra. Por supuesto, ella finge que no lo escuchó. El grupo guarda sus libros y ella lo ataja.
Ni crean que van a salir: nos vamos a quedar otros cinco minutos.
Se escucha clara la protesta de un compañero en medio del silencio tirante. Y la maestra ni tarda ni perezosa localiza al infractor.
¿Qué decías, Isaac?
Silencio. Y repetición del asedio. Al muchacho no le queda sino someterse.
Nada, maestra se escucha velado el odio, la impotencia, la vergüenza, contenidos en su voz apagada. ¿Qué puede hacer?
Por un momento, Amanda se alegra. Merecido se lo tiene por burlista. De hecho, se propone verlo y reírse de él. Que sienta lo que es que se burlen de él. Para que sepa. Voltea, lo mira y la sonrisa de burla sólo queda en propósito. El muchacho tiene la mirada baja, su rostro está encendido de rabia y vergüenza. Cuando por fin se ablanda la maestra, Amanda se demora antes de ponerse de pie y mira con disimulo hacia Isaac que permanece sentado. Salen todos. Sólo ellos dos quedan. Como puestos de acuerdo se miran al mismo tiempo y, sin proponérselo, se sonríen. Luego se levantan de sus lugares y coinciden al salir. El roce inesperado de sus brazos, los tensa.
Te llamas Amanda, ¿verdad?
Sí. Y tú Isaac.
Se sonríen y bajan las escaleras viéndose de reojo. El día ha vuelto a ser adolescente.
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