Mi rutina matutina es como la de cualquiera, rápida pero eficiente y me niego, rotundamente, a cambiarla. Hoy, por supuesto, no será la excepción.
Me levanto a las seis y treinta y dos, el despertador mantiene siempre la misma hora, que, aparentemente caprichosa, ha demostrado ser la apropiada para empezar el día. A un costado de la cama, sobre la mesa de noche, descansa un celular con el número 123 marcado, esperando solo el send para llamar a las emergencias. Pues las estadísticas demuestran que el treinta y cinco por ciento de los accidentes nocturnos no son reportados a tiempo pues el afectado no es capaz de encontrar un teléfono o marcar el número.
Voy entonces a la ducha, juego unos minutos con las llaves de paso, mientras busco tener agua tibia a la temperatura que me gusta, y procedo a bañarme. Obviamente, el piso, siempre resbaloso y engañoso, esta tapizado con un tapete de goma pegado al suelo por ventosas, que lo convierte en terreno conocido. Mejor así, pues la posibilidad de resbalarse y hacerse daño o morir en la ducha es una en cien mil, ¡Casi las mismas que las de ser golpeado por un rayo! ¡Que barbaridad! Bueno, con el tapete y el pararrayos que hice instalar una semana atrás en el edificio, me puedo despreocupar.
Me seco con ceremoniosa meticulosidad, cada hendidura, cada protuberancia, cada socavón. Luego me aplico la leche de magnesia en las axilas, ya saben, porque los desodorantes producen cáncer y no hay necesidad de hablar de estadísticas allí, uso el talco y me visto, con la ropa que prepare anoche.
Desayuno pan de centeno, excelente para la digestión, un durazno y un vaso de leche de soya con el que paso el complejo vitamínico con forma de Pedro Picapiedra.
Antes de salir, veo algo del noticiero, mientras froto bloqueador sobre cara y brazos. La noticia del día: Mattel retira del mercado miles de juguetes con exceso de dañino plomo en su pintura. Recuerdo que yo jugué con soldaditos de plomo durante años en mi niñez, me pregunto si tendré todavía residuos, si acaso será esta la causa de los constantes dolores de cabeza bueno, mejor dejarlo para el jueves de doctor.
Vivo en un tercer piso de un edificio de apartamentos que tiene once. Escogí mi piso por una cuestión fundamental: estudios recientes demuestran que en caso de un terremoto los edificios de la altura del de donde vivo, suelen colapsar sobre sus estacionamiento subterráneos, así pues, siendo estos dos, los dos primeros pisos se vendrán encima de ellos, dejando al tercero a salvo. ¿Estoy jugando muy ajustado aquí? Quizás debería buscar un cuarto piso, entonces.
Salgo ahora a la calle y emprendo mi camino al paso, cosa que me viene bien y en la que evito muchos peligros. Como ser robado en un bus o victima del famoso paseo millonario* en un taxi, la posibilidad de que esto ocurra, es aterradora en cualquier caso, ¡Una en ochenta mil! Durante la caminata sigo una ruta específica para evitar los lugares más propensos a la delincuencia en el trayecto.
Llego por fin a mi trabajo; veo desde una cuadra atrás el edificio grisáceo. Cruzo la calle y veo como el carro viene hacia mí, la cara de espanto del conductor. Siento mi cuerpo rebotar y luego nada.
aparentemente, la posibilidad de morir en un accidente de transito es de una en cien, ¡Un cifra escandalosa!
*Modalidad de atraco tristemente
celebre, que consiste en secuestrar a la persona durante unas horas, llevándola
de banco en banco, obligándola a sacar todo su dinero para entregar a sus
captores. Finalmente la persona es golpeado o abusada sexualmente y tirada en
una zanja.
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