Los sauces empinados miraban el despertar del alba y esparcían su aroma sobre la grama virgen animados por la calidez del sol naciente mientras el verde follaje que cubría las colinas, abría paso a los arrieros que apuraban sus mulas para llegar temprano al pueblo donde venderían sus productos y luego de adquirir las provisiones para la semana venidera, se tomarían por asalto los prostíbulos, cantinas, billares y todo sitio público que les permitiese por un rato olvidar su condición de jornaleros.
Al finalizar la tarde, los calabozos y las pesebreras estarían al tope de su capacidad.
Todos partían con la noche descendiendo por las calles empedradas del pueblo pareciéndose más a un convoy de forajidos que a un grupo de honrados hombres de lucha.
El camino que los internaría en la colina, siempre era tormentoso
Alguien entonaba una canción y los demás se le unían
El eco de sus cantos les hacía olvidar la miseria en sus bolsillos y el desprecio del patrón
Mientras las mulas inclinaban el lomo atisbando el sendero con aire sombrío, uno de los arrieros contempló la luna y sintió una extraña paz interior; una paz que anheló fuera común a todos sus compañeros
sin embargo sabía que cada uno llevaba a cuestas sus propias dichas y desdichas
La noche llegó a su fin y la llanura apacible les dio la bienvenida mientras cabalgaban sobre el lomo de sus bestias reflejando en sus labios una sonrisa marchita por el alcohol y la noche en vela.
A la vera del camino: sentado sobre un tronco de cedro, Efrén vio pasar a los arrieros y se dispuso a contar las marcas de herradura que quedaron grabadas sobre el angosto y húmedo trecho. que conducìa a la hacienda.
- No seré arriero- pensó.
JALIR/jap
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