Al acecho

Repiqueteaba el pesado ruido del viejo reloj de hospital.  Su redoblar monótono y fastidioso, golpeaba mi mente como un mazo inmisericorde. Cada una de sus repiques era un recordatorio de que a mi hermana Olga, solo le quedaban unas horas de vida.  Ingresaba a la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital Max Peralta de Cartago.

Tan pronto entré a la sala esa tarde, el doctor Rojas me llamó y dijo: “Tuvimos que efectuarle una colectomía total. El cáncer fue extirpado, sin embargo hay que esperar los resultados de la biopsia para saber si alcanzó otros órganos. En estos casos la posibilidad de sobre vivencia es mínima, puede que apenas le queden horas de vida. Hicimos todo lo que pudimos… Ya pueden ingresar a verla, está inconsciente, pero háblele, háblele, ella puede oírlo”.
 
Atravesé la sala apresurado, mi corazón salió de mi cuerpo, mis manos sudaron, mi cuerpo corría ansioso por verla. La flaca estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos, cama 9. A pesar de que quedaba a escasos metros, mi pesado caminar  me hizo sentir que no llegaría nunca.

Cada segundo equivalía a dolor, a incertidumbre. Pude distinguirla a través del cristal de la puerta, acostada boca arriba, con los ojos entreabiertos, mirando hacia el cielo... 

Al ingresar yo sabía lo que le esperaba, pero me negaba aceptarlo.  Sabía que la muerte acechaba a cada momento en la sala. Uno lo sabe desde que entra. Basta con mirar las caras de los pacientes, o escuchar el chillido en cada momento de los aparatos, timbrar que provoca la atención de los enfermeros, y el desasosiego de los parientes de los internos.

Por eso al visitar a mi hermana,  temblé;  no supe si de frío o de miedo. Temblé cuando percibí los hedores, la pestilencia viva, los desechos humanos. El olor a muerte….

Pero tal vez lo que más me hizo temblar fue el silencio de los empleados del hospital, no supe si era producto de su indiferencia o el reflejo de la impotencia del hombre ante los designios celestiales...

“No es nada”

Hacía dos años el mal le había dado un certero aviso, Olga no asistió a su trabajo esa mañana a causa del profundo dolor estomacal que la noche anterior no le había permitido conciliar el sueño. Las medicinas caseras y los antiácidos no pudieron aplacar el disgusto en su vientre. Ella sabía que lo que ocurría no era normal, por lo que decidió consultar a un médico quien luego de examinarla, le prescribió varios antiácidos al considerar que su dolencia era “una simple irritación en su estómago”.

El padecimiento apareció un año después… Luego de consultar a otro profesional se le indicó la necesidad de efectuarse un ultrasonido en el vientre, mismo que no detectó “nada anormal” según consta en el diagnóstico médico.

Siete de noviembre del 2000. Casi dos años después de  haber sentido su primer malestar ingresaría a la sala de emergencias con el mismo dolor, esta vez: insoportable. La noche anterior sus vecinos tuvieron que  auxiliarla al escuchar sus incesantes  lamentos.

Ingresó a las seis de la mañana de ese martes, sin embargo el doctor que la atendió le programó la cirugía para la tarde. Todo parecía indicar que se trataba de “un problema de apendicitis” Diagnóstico errado igual que los anteriores...

Eran las siete y treinta minutos de la noche y ahí estaba yo. Frente al camastro frío. Mi única compañía era el sonido repetitivo de las máquinas, creaciones del hombre en su afán de jugar a Dios. Una sábana blanca ocultaba apenas su cuerpo que en ocasiones convulsionaba, retorciéndose, acrecentando mi sentimiento de impotencia. Me incliné y la besé. Sentí en mis labios el beso de la muerte, el gélido pero amado roce de su frente, era ella, conectada a un sin fin de armatostes médicos, en mi cabeza trotaron toda la noche miles de preguntas sin respuesta. Me preguntaba incesantemente, ¿por qué ella?

Olga estuvo ocho días inconsciente, con su vientre abierto. Quince días en la Unidad de Cuidados Intensivos y dos meses en el Hospital de Cartago. El cáncer obligó a cercenar el colon totalmente y casi la totalidad de su intestino delgado. Actualmente, sobrevive gracias a la combinación de alimentación oral y parenteral. Su pequeño intestino apenas asimila los suficientes nutrientes para mantenerla viva.  Han pasado ya casi dos años desde la operación y fue retirada de las sesiones de quimioterapia. Asiste a control cada semana con su médico, trabaja y vive una vida casi normal. Mañana. Quizás, al igual que hoy será otro día más en su lucha por desterrar el cáncer de su cuerpo...






 
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Comentarios:

Escrito por: Poesiacarnivora       01/10/07 04:39
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Me es imposible darte cualquier comentario.
Solo se que has dejado una lección de vida, y valentía.
Gracias, ya sabrás por que.

Quie las hadas sigan con su luz alumbrandote.
Escrito por: Piegrande2       12/08/07 20:06
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Triste, real...pero es una prueba más de que la esperanza aún existe. ¡Bien por Olga! Su lucha es la de muchos enfermos que pelean en dos frentes: contra su enfermedad y contra las "certezas" de la ciencia médica.
Páginas: 1

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