Aidonandertanyu
- ¡Vos sos una puta
mal nacida!
- Aidonanderstanyu
Mientras
se viste a toda prisa, la Gringa lo mira
con el rostro desfigurado de cansancio y pánico. Entiende todo lo que el hombre
le dice, porque es latina, pero su apariencia, que le acomoda para esta
profesión que eligió, le ha valido el apelativo de La Gringa. No es un apodo
muy original, a cualquier rubia de ojos claros la llaman así en un país de pieles
oscuras y ojos negros. A ella le ha dado una popularidad inesperada en el
barrio en que se mueve. Pero este no es un cliente de la calle. Gracias a su
fama, la contactaron de una agencia y le dieron la dirección de un departamento
ubicado en el barrio alto de la ciudad. Le dijeron que era un usuario muy
exigente, un habitual de lo más fino, un extranjero con mucho dinero que
siempre venía por negocios, grandes negocios y que no podía dejar mal el buen nombre de la agencia. Como
recomendación adicional, le dijeron que no debía hablar, que a este cliente tan
especial no le interesaban las palabras, que él le daría instrucciones y ella
sólo debía obedecer.
La Gringa se asustó
un poco. Estaba acostumbrada a llevar sus propios asuntos, pero el dinero que
le habían ofrecido era más de lo que lograba hacer en una semana de trabajo y
aceptó.
Llegó al edificio en
el tiempo acordado. A las ocho de la noche en punto estaba ante la puerta del
departamento 1003. Sacó la llave de debajo del limpiapíes, tal como le habían
indicado y entró a una habitación amplia, en penumbras. Las luces de la ciudad
se destacaban tras el ventanal. Es una vista hermosa, pensó La Gringa. Ella nunca había estado
en un lugar así. Se sintió cómoda y segura. El jazz que sonaba en la voz
enronquecida de una mujer, completaba el ambiente. Le pareció estar dentro de
una película sofisticada, llena de detalles en la escenografía.
Avanzó
por el pasillo siguiendo la luz que se filtraba bajo una puerta. Un hombre alto
de cuerpo atlético la recibió con una sonrisa de aprobación. Vestía un pantalón
oscuro de tela brillante y una camisa blanca abierta hasta la cintura. Con un
ademán le indicó callar y con un gesto suave de su mano le señaló la cama. La Gringa se acomodó entre
las sábanas de raso.
Lo
que siguió le pareció eterno. A pesar de lo pulcro y delicado del lugar, a
pesar de la apostura de su cliente, la Gringa se sintió
más puta que cuando les daba, según ella misma decía, el tratamiento de cinco
lucas a los hombres de la calle, cuando les mostraba sus labios bien entrenados
para producir placer y era ella quien ponía las reglas. Párate allí, bájate el
pantalón, apúrate, son cinco, ándate. Generalmente se hacía diez clientes por
noche y con eso salvaba el mes. Ahora estaba entre algodones, viviendo como la
protagonista de un cuento. Pero ahora tenía que aguantar, someterse a los
deseos de este desconocido. Desnúdate, le dijo él con voz firme. Acércate, arrástrate,
sígueme, gime, cállate, grita perra, apriétame, lámeme, para eso he pagado
bien
Una
y otra vez, en una secuencia ininterrumpida. Ella es una máquina a la que se
obliga a funcionar por sobre su capacidad. El hombre se detiene, le da la
espalda y aspira eso que la Gringa conoce
bien. Ella sabe, lo ha visto de cerca.
Con
fuerza renovada, el hombre comienza a gritarle otra vez. Vamos puta, diviérteme,
grita, quiero escucharte. Toma, deja, aprieta, muerde, lame
La Gringa se siente
exhausta, las piernas y los brazos le tiemblan a causa del cansancio. Tiene los
labios erosionados, el sexo en carne viva, en su piel amoratada se dibujan los
dedos del hombre. La Gringa no aguanta
más, casi no puede moverse. En un acto de supervivencia se levanta y ve el
rostro furibundo, desfigurado del hombre. Tiene ganas de tirarle los billetes y
salir corriendo, pero se contiene. Advierte su furia. Simula no entender lo que
le dice. Vuelve con su Aidonanderstanyu. Es lo único que sabe decir. Llora.
Regresa
a la cama y lo deja seguir haciendo. Ahora él la quiere de pie, la toma y la
sostiene con brusquedad contra la pared. Le duele la espalda, el cuerpo entero.
Un sollozo se le escapa de la boca. El hombre se enfurece, la suelta, la deja
caer. Le grita que se vaya, que salga de la habitación. Que no es así como lo
han tratado las otras, las que si son buenas putas, no como ella, que es una
puta mal nacida
La Gringa se va tan rápido
como sus fuerzas se lo permiten. El hombre enardecido la sigue, la empuja, la
expulsa. Ella huye con las ropas a medio
acomodar. Grita, llora, pide, ruega, se duele, se asquea, vuelve a la calle. La
Gringa, se queda en la calle.
Muy bueno, relato de diez, lamento no haberlo leido antes... real, doloroso, avergonzante pero resaltando el decir de una gran escritora, de la que esperamos pronto otras obras, un saludo desde Santa Fe
Excelente relato. Muy bien descripto, con el lenguaje adecuado. Con alto contenido social. Fuerte. Siento, luego de leerlo y por mi condición de varón, verguenza ajena. Tanto así me impactó su realismo. Felicitaciones.