Y entonces ella, la madre de las criaturas y de sus millares de sentimientos, abandonó a sus retoños a su suerte. Decidió despojar al mundo de sus vetos, y se marchó a una dimensión espiritual a donde sólo las personas podían ingresar: la consciencia. La consciencia, don gracias al cual los seres de mayor inteligencia podían usar su intelecto sabiendo el por qué debían usarlo. El sentido de la vida, en otras palabras, aunque ésta fuera una marea sinuosa, y aunque el sentido de la vida, en sí, se constituyera siempre como algo metafísico.
Pese a que la madre naturaleza abandonó su papel anterior de guía absoluta, por uno en el cual era compañía, seguía decidida a que, lo que en su momento ella consideraba el veneno de la necedad humana, fuera terminantemente eliminado del mundo. No fue así y el polvo se esparcío más allá de los límites más distantes de los mares; arribó a las tierras más altas y a las depresiones más concurridas de gente. Sin embargo, lo que ella pensaba que sería la perdidión humana no fue así.
Dentro de la consciencia experimentó, la naturaleza, algo más allá de su entendimiendo anterior, y se dio cuenta de que era ignorante del poder humano de vivir al mismo tiempo en el bien como en el mal. Se horrorizó al ver como el sacerdote daba el sermón más bello, y luego de un niño abusaba; vió al hombre en pleno orgasmo violando a una mujer; sintió la desesperación de la drogadicción. Sobre todo, murió miles de veces en cuerpo, pero ella sabía que en ese mundo espiritual las personas continuaban. Observó como el abusador se martirizaba, aun después de muerto, y la niña despojada de su virginidad tenía una placentera relación sexual. Jugó con los animales, inconscientes pero parte de su vida, y respiró el aire de las plantas, que aun en ese mundo podía disfrutarse.
Entonces, la madre naturaleza se dio cuenta de que ella era la inconsciente, y de que no había premio ni castigo que sirviera con las criaturas de la existencia, porque no creía en tales ni que llegaran a algo sin su guía aparentemente inquebrantable. ¿A qué quería llegar ella? Ella misma se logró dar cuenta de que no lo sabía, y por siempre en la eternidad disfrutó de haber abierto los ojos, sintiéndolo todo y a pesar de los pesares. Su frustración había acabado.
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