Una vez ocurrió que los mares perdieron la paciencia para con Arvalor, navegante de temperamento inquebrantable e ideas fijas inamovibles. Nunca había él padecido ante las tremendas condiciones que la naturaleza le dispuso, durante tiempos sombríos y precarios. Uno a uno, sus tripulantes, murieron ante las tempestades y las pestes que de los animales marinos se contagiaron. Solo el quedó, perdido en una enorme isla, luego de que su embarcación con su último aliento pudiera arrivar a tierra firme.
Tristeza embargaba a Arvalor, y sus recuerdos se habían ido todos al fondo del mar. Estaba consternado a causa de que los mares lo hubieran tratado de semejante forma. Él que siempre había sido tan respetuoso para con la fuerza de la naturaleza, pero después de que ésta le diera golpes de tal magnitud, se aferró a la idea de odiarla por el resto de su existencia. Juró algún día convertirse en polvo, y que tal se multiplicara y esparciera por todo el mundo, constituyéndose como un veneno fatal que a todos los animales y plantas extinguiera.
En efecto, en polvo se convirtió al morir, y por toda la isla se esparció y la desoló completamente. La naturaleza se dio cuenta rápidamente del vil capricho que Arvalor había logrado consumar, y decidió aislar aquella ínsula para siempre, moviendo potentísimos vientos por aquellos rumbos que imposibilitaran el acercamiento de seres vivos. De esta manera, no habría manera de que se esparciera por el resto del mundo.
El capitán Reynoso, soberano de una flota de barcos, fue informado de que dos de sus naves habían desaparecido cerca de la isla vetada por la naturaleza. Frustrado y extrañado, se hizo de la fija idea de superar él mismo, en su barco y con su tripulación de primer nivel, el escollo natural. Dirigieron el viaje, los necios marineros, por las aguas que ya sabían que eran mortales, y sólo sobrevivió Reynoso, quien escapó en una balsa.
Al llegar a tierra firme, maldijo esos mares, y juró volver a intentarlo aunque le costara perder toda su flota de barcos. Se convenció de que algún tesoro estaba escondido allí donde parecía imposible penetrar. Cinco navíos más sucumbieron, y siempre él sobrevivió, como si la naturaleza le quiciera decir que debía esparcer, con su liderazgo, el verdadero rumor de que jamás nadie se acercara a las aguas mortales donde cualquier marinero fracasaría.
Pero lejos de seguir el supuesto mandado supremo, lo intentó hasta que finalmente murió. Muchos marineros más perdieron la vida intentando lo mismo que el capitán Reynoso. Con ninguno de ellos la naturaleza pudo contar para que avisara a todas las personas que esas aguas estaban prohibidas. Por ello, la naturaleza dudó de sí misma.
Continuará...
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