...y comenzó a sentir temor y a angustiarse. Entonces les dijo a sus acompañantes: Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando. Y, adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora. Y decía: Padre mío: todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.(Del Evangelio según Marcos)Dicen que el acto de amor semeja el acto de agonía. Que la experiencia de morir semeja la de amar. No dejarás de hacerte tales especulaciones cuando estés intentando orar en esa hora en la que el miedo te está haciendo sudar copiosamente. Las gotas de sudor son tan gruesas que parecen ser gotas de sangre. No solamente mojan tus vestiduras, sino que, como una extemporánea y extraña lluvia, se incrustan en la tierra.Recordarás El Banquete, de Platón, pero no encontrarás allí ni respuestas, ni consuelo. Recordarás todos los argumentos que Platón puso en boca de Sócrates, y pensarás entonces en la agonía de Sócrates antes de beber la copa de cicuta: Señor, tú todo lo puedes: si es posible, aparta de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya, dices, repites con Sócrates quizá. Y un silencio profundo te rodea. Sólo sentirás correr el sudor por debajo de la tela de paño de la túnica, echarás a un lado el precioso manto teñido de púrpura, el que señala tu condición de maestro. Lo dejarás caer con descuido sobre los arbustos, deseando mortificarte, deseando que las piedras del suelo te penetren las rodillas, te duelan, te duelan, te duelan, hasta que el dolor penetre tu osamenta que por un momento sentirás fortalecida, deseando despojarte de todo vestigio de tu vida hasta ese instante en que el terror te paraliza, te voltea como un guante, deja que tus huesos se transparenten a través de la piel. Tú sabes: el espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil, ese cuerpo débil es el que te ha martirizado toda la vida. Porque siempre ha sido tu humanidad, tu carnalidad, la que te ha impedido, la que te está impidiendo, la que te impedirá, elevarte por encima de las más altas montañas. Por una decisión que te trascendió siempre, dejaste la quietud del orden universal. Por un secreto designio, te volviste ser móvil, mótil, que penetró en el soleado vientre de la mujer, ella misma estigmatizada por la culpa de un fruto y una serpiente. Como estrella, descubriste maravillado cómo te surgían tentáculos, cómo succionabas la dulzura de su sangre y sus rumores. Y aprendiste de ella en ese claustro de nueve meses la dulzura y el horror al vacío y luego, aprendiste también de ella la salida del claustro: el dolor y el deslumbramiento. Mirarás hacia la oscuridad, donde dejaste a tus compañeros. Los trajiste como signo de tu miedo, como si su presencia pudiera espantar los terrores nocturnos que hoy te acosan y esa cobardía de tu amor por ella, que de súbito te hace esperar un milagro: que no se cumplirán las profecías esta vez, que no eres tú ése al que esperan los esperanzados hijos de Eva, que te engañaste y no eres, que no eres sino una simple réplica ajustada por tu deseo, que sabías y deseabas este desenlace, escrito en los rollos más antiguos de la Ley,antes de saber ya prácticamente que el tiempo de tu reloj de arena se terminó y que el fin será tan terrible y doloroso, y que dejarás atrás la belleza inmarchitable de la vida, hasta la de la carne mortal que tantos placeres te habrá dado hasta este instante en que tus años de la mitad del camino de la vida te indican la vitalidad magnífica. Oh, la vitalidad. El roce de la arena en los pies desnudos y el olor de la madera en el taller de tu padre, la fresca perfección de los lirios, el prodigio del agua de los pozos, el cielo lleno de azul pálido y nubes, la lluvia, cuando había lluvia, el agua del lago y el balanceo de la barca donde tantas veces dormitaste, saboreando tu fe. Recordarás el olor barroso del río y el sabor de los peces asados sin sal en una hoguera modesta, rodeado de hombres claros, sencillos y llenos de interrogantes. Recordarás el rostro arrobado de Marta, a tus pies, cuando la deleitabas con tus historias del camino. Marta escuchaba con todos los sentidos, hermosa y fresca como una rosa del Líbano, una rosa que crece, única y fuerte, en medio de los ocres paisajes, ornando con su perfume y resplandor el universo. Marta tendrá en tu memoria los ojos pardos, ligeramente separados, la fina y alargada nariz y una boca entreabierta de asombro y adoración. Como cordera, a tus pies, mientras Miriam, su hermana, revoloteaba, refunfuñando, tratando de llamar la atención hacia su cuerpo ya hecho, fuerte, siempre oloroso a especias y al humo del fogón donde se desvivía para prepararte los platillos que tú, goloso, deleitabas, porque tu humanidad no exigía el sacrificio de la miel y la langosta, como se martirizó tu primo, el siempre destinado al martirio: tu humanidad requería el sonido intenso de la pandereta y la guitarrilla, el canto de las aves al amanecer, el brillo de las estrellas y de los ojos de las mujeres, el sabor dulce del vino y el buen pan sin levadura que las muchachas ponían sobre los planchones de barro cocido, dejando escapar el olor magnífico. Y tu humanidad requería la túnica de paño fino, el olor del incienso y del perfume. Recordarás entonces aquello que sabes te espera y dices a media voz: tal como soy, Señor, sin nada que ofrecer más que el corazón, no tengo más que dar más que mi oración: tal como soy: tal como soy, Señor, me rindo ante Ti, tómame, Señor, sin nada que ofrecer más que esta oración: tal como soy. Acéptame como ofrenda de amor, como un sacrificio agradable en tu honor: grato perfume yo quiero ser, Señor, acéptame como ofrenda de amor, como un sacrificio agradable en tu honor: grato perfume yo quiero ser, Señor... Levantarás la voz en plena canción, brotará la música de tu pecho henchido y los hombres que se adormecen unos metros más allá te preguntarán qué te pasa, si te sientes bien, si estás triste y tú responderás que sólo velen, sabiendo que el sueño los vencerá y no podrán acompañarte en esta agonía. Y ni un solo ángel vendrá a acompañarte. Nadie vendrá. Es tu hora solitaria, la hora temida en que el hombre que siempre quisiste ser se enfrentará a sí mismo y su destino, no importa cómo se llame tal destino.Por lo menos, no tienes fiebre, piensas.Has escuchado decir muchas veces que en estos instantes se presenta un delirio y que todos los acontecimientos de la vida desfilan insensiblemente delante de la mirada pasmada. Pero tus recuerdos son pocos y siempre con motivos de éxodo y desierto. O, quizá, las carreras con tus hermanos en el patio lleno de arena y virutas de madera y la voz cantarina de tu madre elevándose por encima del olor del cocido de cordero y el pan recién hecho. El tiempo más feliz que pasaste fueron estos tres años que hoy terminarán, mientras anduviste por los caminos, acompañado de camaradas alegres y de mujeres bellas cuyo velo no ocultaba la audacia sensual de las melenas. Poco hace que una derramó perfume de nardos sobre tu cabello, ante el escándalo de todos. Ella quizá sólo lo intuyó, pero tú sabías que era la prematura unción de tu pobre cuerpo devastado por la muerte. Y, entre todas esas mujeres, flores que se abrieron a tu paso, estaba aquella, la altanera más altanera, que cayó rendida una y otra vez entre tus brazos, sus guedejas castañas que llegaban hasta las corvas dándote más felicidad que contemplar la cortina del templo. Nunca creíste conocer una mujer que leyera y escribiera en griego y en latín y en arameo y que fuera capaz de discutir temas de hombre, sentada en el escaño sin simular humildad. Nunca creíste que existiera mujer así, despreciativa de los quehaceres domésticos, alejada del horno y del hogar, donde otras mujeres se desvivían por servirte. Nunca creíste que existiera mujer que se bañara dos veces al día y saliera del baño con la piel blanca como el mármol, pero fresca y palpitante. Nunca creíste de una mujer que dedicara todo un día al conjuro de la edad y la caricia de su propio cuerpo, con aceites y especias traídas de lejanos territorios. Nunca creíste que existiera una mujer que no estuviera presta para el lecho de los hombres, y que se creyera igual a ellos en todo y por todo, y que se jactara públicamente de elegir a sus amantes. Mas no fue ella quien te eligió, sino que tú… Y fue ella la que se extendió a tus pies, lavándolos con agua perfumada, ungiéndolos con sándalo y secándolos con el paño dorado de su encrespada cabellera. Y fue ella, acostumbrada a la seda de los lechos y las comodidades de las cortes reales, la que decidió seguirte por los caminos casi siempre polvorientos. Y ella fue quien atravesó los ríos, dejando que la túnica realzara la nueva inocencia de su cuerpo. Y fue ella quien se dedicó a escribir, en las noches y bajo el pabilo de cera, su interpretación personal de las palabras que tú pronunciabas:fue ella la que comprendió desde el principio que el amor es más importante que la justicia y que el Reino de Dios está en el corazón de cada hombre, de manera tal que cada latido es como el tañido de sus campanas o la voz de sus mensajeros y sólo hay que prestar atención para que pueda cambiar el universo. Y ahora ¿dónde estará? Seguro ella comprenderá todo mejor que tú mismo y aceptará todo mejor que tú mismo. Seguro, ella está sufriendo sin lágrimas en el gineceo de allá abajo, recogiendo los últimos restos de la cena de Pascua, sabiendo exactamente lo que vendrá, como lo sabrá tu madre, esa exquisita dama que tanto intuye y tanto entiende. Ninguna de las dos hablará, ni dirá palabra de los acontecimientos, ni derramará llanto extemporáneo. Lavarán los enseres, limpiarán los pisos y se prepararán para el día nuevo que las espera. Y ella, particularmente, entrará a bañarse, ahora, cuando ya es casi medianoche, y se colocará traje de sarga y no de seda, porque el camino será largo. Y se pondrá sandalias de caminante porque sabrá que la jornada será extenuante. Y eso te hace mirarte los pies, tan delicados y frágiles te parecen ahora, tan incapaces de soportar la brutalidad del martirio que esperas. Y ahora sientes el dolor en el costado, quitándote el aliento. Te recuestas sobre las piedras del olivar, aspiras el suave olor de la tierra y de los frutos redondos y aceitosos, pletóricos de la belleza del sol que justo cuando más lo necesitas, te es negada. El sol. Pero es de noche. Una noche cerrada de nubes, sin el consuelo de la luna y las estrellas, donde el frío y la humedad van venciendo los restos del día. Estás en el olivar y cada árbol te parece una amenaza. Ni una brisa mueve las hojas para arrullarte con el sonido sedoso. Todo se omina sobre ti y volverás a pensar si no te habrás equivocado, si no habrás forjado los signos, como otros forjan papeles. Aunque ahora es tarde: esos papeles, lanzados a los cuatro vientos por los heraldos más conspicuos, conspiran contra ti y tú estás absolutamente consciente de que aunque hubieras querido o quisieras ahora que todo fuera solamente un acto dramático, ya la palabra hizo su efecto y todo se consumará de acuerdo a lo que fue escrito. En el silencio, espiarás el ingreso sigiloso de hombres en armas, guiados por ése que te ha de entregar, ése al que asignaste el más abominable de los papeles y que luego pagará con su vida la torpeza y la incomprensión que siempre lo caracterizaron. Y tú sabías que él estaba equivocado y lo dejaste llegar hasta el tuétano de su acto, y él creyó que su acto era bueno, aunque su nombre, pobre nombre humano, quedará estigmatizado por el vicio de la traición. Lo dejaste, para que se cumpliera la palabra ya escrita y todos siguieron cuidadosamente esa palabra, como para que no quedaran dudas. Y, no obstante eso, dudarás. Porque el miedo, esa manera de ser tan humanamente humano, te invade, toca con heladas manos tu bajo vientre, se aposenta en tus sienes, vela la claridad de tu entendimiento, y te hace recordar las muchas razones que tuviste para gozar de la vid de la vida, del vino joven y añejo de la vida desde que tu madre te arrulló en el seno. Y ahora entiendes con absoluta claridad que sólo la otra, la rebelde mujer de cabellera hasta las corvas, te hizo sentir bello y bueno, enredado en su cuello y sus senos, y que si alguna vez comprendiste más allá del entendimiento qué era el amor, fue prendido en sus ardores, y que si alguna vez amaste, si algún día después de amar, amaste, fue por su amor. Sus recuerdos ahora son cada instante más fuertes: el olvido se llevó la mitad y su presencia ahora reposa a tu lado, aunque físicamente no esté, porque es magia de la mujer amada estar al lado del que ama en esencia aunque no en ser. Aunque el miedo recorrerá en otra oleada tu cuerpo entero y te lanzará contra la tierra del olivar, aunque sabrás ya cómo será tu tormento y sentirás de ser desnudado ante el público burlón y sometido al látigo de tres lenguas que usa el verdugo invasor, una y otra y otra vez, hasta que la sangre corra por tu piel erizada, amoratada y dolorida. Aunque sabrás que todos tus amigos se ocultarán y se apartarán de ti y aún te negarán. Aunque ya estás sintiendo la sed abrasadora y el abuso y la ironía y la maldad de quienes te coronen y te den cetro de ramas de olivo, echándote aún tu hermosa capa purpúrea. Aunque sabrás que pasarás sin esperanza de un juez a otro, de un tribunal a otro, y que tu inocencia exaltará más bien la ira de la muchedumbre. Y aunque sabrás que serás condenado a la muerte más infamante, tú, el humillado, el arrasado, el desangrado, y que a tu lado sólo verás a las mujeres de tu casa: a tu madre, a tu tía y a la rebelde que te siguió todo el camino: apostola apostolae. Y aunque ya estás sintiendo la dolorosa asfixia que finalmente te acabará. Y la desesperación. Y la confirmación de que nadie vendrá en tu ayuda, para que se cumpla la palabra, soñada, inventada o profetizada, ahora qué más da, ya asumes plenamente el papel y aceptas que no hay amor mayor que el dar la vida por los demás, como ella lo escribió un día. Y sabrás que, más allá de esa muerte, te espera una resurrección de la cual serán heraldos principales las mujeres de tu casa. Aunque las llamarán locas, o histéricas, por ellas persistirás. Los hombres estarán ocultos y sólo ellas asistirán a la aparición de los ángeles. Y sólo ellos los ubicarán en sus refugios y los reunirán en aquel sitio especial donde el fuego quemará sin quemar los indeclinables rastros de la humanidad, convirtiendo a los hombres sencillos en apóstoles. Ellas, instrumento de la Divinidad: Papá, si quieres, aún puedes apartar de mí esta copa de amargura, piensas, en el rezago del miedo. Porque hubieras tenido la opción de aceptar el liderazgo contra el invasor y el bastón de mando que las multitudes de celotes te ofrecían. Porque hubieras podido dejarte llevar por la tentación de ser El Elegido, uno más de los que se hicieron llamar de esa manera, y comandar ejércitos destinados a estrellarse contra la hueste invencible del Imperio. Pero, por lo menos, morir por un acto justificado y no solamente por una maniobra mal calculada que esperaba de ti el prodigio de verte elevarse del tormento. Y no bastarán, lo sabes, los signos del eclipse y el temblor, ni la rasgadura del velo del templo, abriendo a los hombres el ingreso a los signos sagrados, dando igualdad a los hombres. Porque para los espectadores del común, tu muerte será un fracaso. Y sólo serán las mujeres y dos o tres ancianos compasivos los que bajarán tus desechos mortales, los lavarán del sudor, el polvo amarillo, la sangre ya vuelta costras. Serán ellos los que limpiarán las heridas del látigo en tu espalda, peinarán tu cabellera, untarán inútilmente tus heridas con bálsamos curativos y te colocarán la túnica blanca que ella y tu madre habrán guardado durante años para cuando se cumpliera este momento. Tu rojo manto de maestro habrá sido sometido a la lotería de soldados borrachos. El cordón trenzado en seda de oro se habrá perdido en el camino por donde ascendiste, rodeado de la multitud vociferante y escoltado por ladrones, como el más despreciable de los delincuentes. Todas esas visiones aplacarán tu pecho y el miedo se irá desvaneciendo ante el oleaje de lo ya cumplido: el destino, la palabra que es como espada de dos filos, y sobre todo la esperanza de la resurrección.Ahora, cuando la madrugada se va iniciando, en ese preludio del tiempo donde los hombres duermen con profundidad y los gallos aún no comienzan a cantar, escuchas el grupo que se acerca al olivar, sin mayores precauciones. Aparecen de súbito frente ti, en un escenario borroso por tus ojos nublados de sudor y llanto. Todo lo enneblina la oscuridad y el dolor sólo presentido. Al frente de aquellos hombres de armas y sacerdotes de blanquísimas vestiduras, divisas la estatura diminuta del que te ha de entregar. Él duda un breve instante y el dolor se le refleja en la frente. Tus acompañantes han despertado, pero permanecen en silencio, ocultos en la tiniebla y la protección de los árboles. Te levantas y ése que te ha de entregar se acerca. Sientes misericordia por él, que se acerca vacilante y te abraza y besa cada una de tus mejillas, antes de que se abalancen sobre ti seres rudos y sin escrúpulos, como si fueras un crápula. Sabrás que él, que ellos todos, también están cumpliendo un designio hace tiempo trazado, pues no se mueve ni una hoja del olivar donde ahora están sin que el universo entero se perturbe. Ahora, completado el periplo, comienza el drama, o la tragedia.Milagros Mata GilMérida, Venezuela, 2003