Adecuada concepción del tiempo.

‘En nuestro sistema legal no existen las prisiones ¿Cómo habrían de hacerlo si toda sentencia se dicta con rapidez y es ejecutada por un verdugo registrado?’ aquellas palabras volvían a Roger ahora, con desesperación y pavor, como si sólo ahora, que sufría la suerte de un condenado, pudiera comprender su significado. Quien se las dijera, nadie más que quien poco después le llevaría a su actual estado, era su guía en aquel bárbaro país. Roger lo había contratado por lo que todos los occidentales lo hacían: para evitar cometer un error, que siempre era fatal, en la pantanosa sociedad que visitaban.

‘No hay nada más sagrado para nosotros que nuestras mujeres’ pareció oír de nuevo Roger resonar en su cabeza, embutida ya por tenues alucinaciones, producidas por el calor y la fatiga. Y entonces, recordaba su estupidez e imprudencia, por las cuales había sido encontrado disfrutando de lo que no podía siquiera imaginar.

Sus muñecas estaban rojas, en carne viva, a causa de lo apretado de la soga, sus lamentos no eran escuchados mientras un hombre de negro lo arrastraba hasta donde reposaba una gran roca, plana en su superficie y manchada de sangre. La ceremonia, con burocrática eficiencia, no tardaba mucho, Roger la había podido ver mientras la fila de condenados se hacia más corta: la cabeza sobre la roca, el hacha se descargaba, se subían los despojos a un carromato, se llamaba al siguiente.

Los dos hombres lo empujaron al suelo, antes de forzar su cabeza a ser puesta sobre la piedra, el frió tenue de ésta le devolvió algo de lucidez, para su desgracia. Empezó a gritar y a moverse, los guardias, agrios cuando el proceso se alargaba mucho, le restituyeron su adormecimiento a golpes. El proceso se reinicio.

Pero ahora algo pasaba, más allá de donde Roger era capaz de ver. Palabras se intercambiaron entre los guardias, el verdugo y un tercero, que parecía agitado. Y entonces, y para su sorpresa, oyó palabras en su idioma, primero unas pocas, lo que solo le hizo convencer de que alucinaba, pero luego fueron más y cada vez más fuertes y claras. Y se detuvieron de repente. Una sentencia en aquella lengua empalagosa y bárbara las había acallado.

El hacha se izó sobre el hombro del verdugo de nuevo. Roger rogó al cielo por algo que parecía no venir. La espera por el golpe parecía eterna, su demora era insoportable, pero pronto, fue esperanzadora. Las voces volvían a discutir. Los ánimos estaban agitados y Roger imaginó lo conveniente que seria una disputa entre quienes se disponían a matarlo. Y entonces el hacha cayó, al suelo. Alguien tomó a Roger por el cuello de la deshilachada camisa y lo arrastró algunos pasos hasta dejarlo caer. Inmediatamente, dos hombres de aspecto limpio lo recogieron. Roger comprobó, con dificultad pero regocijo, que eran compatriotas.

Lo cargaron fuera de la plaza de ejecuciones, después de haberle liberado sus manos de las sogas que las ataban. Subió a una van, donde pudo entender pobremente que los llevaban a la embajada, que lo enviarían a casa. Entonces vio al guía, al que lo condenara, con una tenue sonrisa en su rostro. Una sonrisa, sobre todo, de arrepentimiento.

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