Abuelos
Justo, el viejo individuo de la calle Rosas, había tomado los restos de una Big Mac y algunas papas fritas con mayonesa que resbalaban por sus negros dedos. En ese lugar llevaba deambulando más de tres años, había visto como la vieja casona de la señora Rita, fue reemplazada por un imprudente edificio de departamentos, todos grises y tristes, todos llenos de mujeres estupidas y hombres sin cerebro.
Había días en los que Justo, se dedicaba a estacionar autos para ganarse unas monedas y otros en los que fingía estar ciego para pedir una limosna, pero este día era muy especial, recibiría visitas y eso para un hombre de la calle, si que era un acontecimiento.
Después de terminar su pestilente desayuno, se sentó a esperar apoyado en la vereda, sus ojos amarillentos se mantuvieron inmóviles y clavados en la salida de la estación del metro, todo frente a los ojos de Justo, parecía ir mas lento de lo habitual; la mujer de los rollitos chinos, el señor de la carne, la pequeña de las empanadas, los hombres babeando sus trajes negros y las mujeres llenas de bolsas, todo, todo parecía mas y mas lentos.
De pronto como abriéndose paso entre la gente apareció ella, la anciana y siempre sonriente Rita González Concha, mujer pequeña de facciones alegres y manos enormes. Había llegado con lo prometido, dos bidones con bencina un par de guantes negros y hasta un pasamontañas. Esa noche la inmobiliaria Jiménez Postigo y Cia. Iban a lamentar haber levantado semejante trozo de concreto en medio del Barrio Yungay.
|
Imprimir |
Enviar historia |
