Conseguir por casualidad unos pasquines los cuales mostraban unas obras de una calidad insuperable; escritos que demostraban la calidad de un ser humano excepcional, casi de leyenda, me aventuré a conocer al escritor de estos papeles, al poeta, al autor de tan hermosas palabras.
Sus escritos, eran de una hermosa prosa, que hacia vibrar las fibras, se sentían las palabras, muy dentro en el espíritu. Lo que había conseguido este escritor, era expresar todo su sentimiento, en cada frase, en cada nota, que se convertía en música. Era todo un poeta.
En su poesía se sentía la brisa perfumada de un bosque impregnado de flores, en otras frases se llegaban a oír los murmullos de las quebradas y los riachuelos de las montañas, y aún en otros, se podía sentir la brisa marina que venía a explayarse en tus sentidos y podías sentir a lo lejos las olas del mar. En todos estos escritos la naturaleza plena era el protagonista, el cantar a la vida, a los pájaros, al revolotear de las hojas en el aire cuando se despegan de una rama, y a la dulce espera que tienen las verdes para empezar a caer, y el fulgir de la noche, con sus estrellas perladas.
El dueño de un extraño almacén, un poco oscuro y lleno de variada mercancía, al ver mi interés en los papeles que tenía medio abandonados y que la casualidad los puso en mi mano, decidió véndemelos todos, estos papeles los usaba como envoltorios para embolsar las ventas del cristal, y de las chucherías que vendía a los niños.
Y, con estos pasquines en la mano, que eran hojas de una fina caligrafía, de carácter suave, melodiosa, casi femenina, decidí partir a conocer al escritor. Pregunté por sus señas y me enviaron allá, al sur, muy lejos, a muchos kilómetros de distancia, a muchos días de viaje.
Éste escritor era un Árabe, comerciante, dueño de un gran almacén, según decían. Sitio, que estaba situado en un lejano pueblo, donde el silencio se siente, donde el silencio es pesado, absoluto, y caliginoso al principio de la selva verde y profunda. En uno de esos pueblos perdidos que no se encuentran en los mapas, tanto, por su lejanía, como por su complicada manera de llegar a ellos.
Compré bastimentos, llené los tanques de gasolina y me dirigí hacia allá, al sur, donde me indicaron. Me fui a aventurarme con dos de mis amigos....
Emprendimos la marcha pasando por autopistas, carreteras y caminos, por ciudades grandes y ciudades pequeñas, por pueblos grandes, y pueblos pequeños, por caseríos, por montañas y valles, y cruzar ríos y ríos, hasta llegar al grande. Al río grande y ambarino. Al Orinoco. Entre Soledad y Ciudad Bolívar el puente de Angostura, soberbio, puente que pasa sobre las caudalosas aguas del río padre. Allí donde abundan las pinceladas de espuma blanca que las pequeñas embarcaciones hacen brotar por sus costados.
Habíamos recorrido más de mil kilómetros casi de un solo tiro, y decidimos descansar unos días en la ciudad, buscamos un hotel muy cerca del río, junto al paseo, para poder salir a disfrutar de los atardeceres y del ocaso, cuando el sol se hunde en las aguas para dar paso al fresco de la noche.
En el paseo las gentes caminan de un lado a otro, viendo la orilla del río, disfrutando de la tarde y de la brisa que refresca el calor húmedo del día.. Allí se ven a los niños jugar y los transeúntes y turistas pasear con paso despreocupado, mirándose unos a otros, sacudiéndose el tedio, o sentados en algún café. Y siempre alguna pincelada diferente, uno que otro pescador; algunos con anzuelo y otros con su atarraya tratando de sacarles a las aguas un rico manjar.
En el día fuimos a los restaurantes del mercado, donde saboreamos gustosamente unos dorados, y algunas ruedas de cachama; famosos platos exquisitos del lugar.
Solamente esperaba con ansias la partida, para ir a conocer a Abdul el poeta, cuyos escritos me llenaron de curiosidad y la ansiedad querer hablar con tan fantástico personaje.
Todavía falta mas de mil kilómetro para llegar......
...........La calle principal del pueblo es larga, cerca de un kilómetro, y después esta otra, que cruza hacia la derecha como diez cuadras más, hasta llegar a un muelle en la orilla del río, donde antiguamente salían mercancías para C. Bolívar, para Colombia. y el resto del mundo. El mercado de cueros, plumas de garza, maderas, añil, productos de cacería etcétera.
En casi todas las casas de la avenida principal hay un tarantín o comercio, se dedican a vender variada mercancía, alpargatas, chinchorros y cacharros, en otras velas, casabe bastimentos, en otras frutas y en otras madera. También están los almacenes de los turcos, un poco más surtidos y variados. Son grandes establecimientos donde venden de todo y compiten entre ellos.
Pase marchande que desea, acá tiene bono precio.
Hablan con su voz gutural y gastada proveniente de un idioma difícil. Hablan el español atravesado, comiéndose o incorporando vocablos.
Allí preguntamos por el almacén de Abdul, nos miraban perplejos, y nos señalaban al final de la calle.
Hacia allá nos dirigimos, sin saber del cruce que
Al llegar allá, no vimos ningún almacén, ni comercio, como decía una tarjeta amarillenta que llevaba conmigo, y como nos indicaban las gentes del lugar, solamente había un tarantín medio desvencijado y el muelle, y el río, y después, solo monte y culebras.
El tarantín constaba de cuatro varas verticales y otras cuatro horizontales a modo de columna, un techo de zinc y otro de caña y madera para completar sus aguas.
Hacia allí me dirigí con mis amigos para preguntar por el almacén y el señor Abdul, ya que estas eran las señas que todos me daban. Era la dirección que señalaba la tarjeta y las gentes que me guiaron hasta este sitio
Cuando me dirigí a preguntar a una mesa donde estaban cuatro personas que hablaban animadamente, un hombre de piel curtida y ya entrado en años, se paró de su asiento y me miró, entonces yo le pregunte. Conocen el almacén amarillo o al señor Abdul.
El señor de piel curtida y entrado en años, me observa con unos ojos azules intensos, que están muy escondidos entre sus cuencas, con una mirada de sorpresa. De repente echó a correr, se abalanzó hacia mí casi tropezándome, lo logro esquivar y el gordo que me acompañaba lo hace trastabillar y el hombre cae de bruces al piso, lastimándose la rodilla y la piel del brazo.
Corrí donde él para auxiliarlo rápidamente, preguntándole el motivo de su huida. Las gentes, al verlo correr y caer, se abalanzaron contra nosotros, creíamos que nos iban a linchar. Rápidamente grité Busco al poeta, al que escribió estos papeles. Les dije mostrando los pasquines que sacaba rápidamente del bolsillo. El hombre mayor, hace seña a las gentes para que se calmaran y nos convidó a seguirlo, el cojeaba, tratamos de ayudarlo pero se negó, y nos adentramos al tarantín
El sobándose la rodilla y curándose el raspón del brazo, nos dijo, con una voz gangosa de extranjero Yo soy Abdul, soy el poeta que buscas. Comenta, mirándome de nuevo con esos ojos azules intensos, de mar profundo.
Empecé a comentarle la aventura de llegar hasta allí, donde conseguí los escritos y en que forma, y el interés que tenía en conocerlo, dado su hermosa poesía que me había cautivado.
Me regaló su tiempo, y me contó su historia. Cuando vino a estas tierra de una suya muy lejana, cuando, siendo él muy joven, zarpó en un navío a explorar mundo, dejando atrás a sus padres y hermanos, nunca más regresó a su patria.
Nos contó de sus penas y alegría , y del agradecimientos de las gentes que consiguió. Nos hablo de su gran almacén, que era el más grande, el más surtido, y el que más vendía Lo tenía aquí mismo, en este sitio que ustedes ven, en la orilla de este río y lo que queda de él, es este rancho desvencijado y destartalado, que le falta poco para caer.Todo esto no los comentaba con la tristeza que causan el peso de los años y la que causa la pérdida del fruto trabajado.
El comercio y todo lo que había adentro, toda su variada mercancía. Todo se perdió. La mercancía venía de todas partes del mundo; figúrense que tenía hasta un piano que iba a vender a unos franceses que vivían río arriba, siguió contándonos
Así nos relata su historia Abdul y su tristeza se le nota en todos los poros del cuerpo, su pelo blanco me hace pensar en montañas altivas, como su espíritu, que esta imbatible, se le nota la fuerza interior, lo que lo mantiene vivo.
Cambié el tema, para llevarlo a su poesía, al de sus escritos que era lo que me llenaba de interés y entonces me comenta. Una vez escribí, escribía a diario, todos esos poemas y más, mucha gente llevó, les gustaba, otras, me hablaban de publicar o que los publicase. ¡Bah!, nunca me preocupé por eso, lo hacía porque me gustaba y me sentía bien por ello. En esos escritos solamente hay cantos a la naturaleza, cantos a las gentes buena que me ha ayudado, a los aborígenes del lugar, gente humilde y sana .Se le cambió el semblante, sonreía cuando hablaba de sus poemas, parecía todo un profesor que peroraba a sus alumnos, dándoles una lección, haciéndoles cambiar del tedio a interés y cambiando él al mismo tiempo, su cara, su piel, se transformaba. Cambiaba del mutismo y de la tristeza, a la alegría, parecía consustanciarse con las cosas que decía, con su palabra y su poesía. Le cantaba al río, a los habitantes que vivían en sus riberas, a los animales que poblaban estos lares, a los senderos, a los indios, a la vida, a los riachuelos cristalinos que se forman en las montañas con un agua tan pura, que parece cristal que sube de las profundidades de la tierra. Sus ojos brillaban Le canté al bosque, a la gran selva, a este sitio, donde vine muy joven de mi amada tierra lejana Arabia, a mi esposa criolla como ustedes, a mis hijos. Y aquí pasaré el resto de mis días, ya, lo que quede de ellos.
Nos despedimos muy animosamente con un buen abrazo y un gran apretón de manos, era como si lo hubiera conocido de muchos años. A lo lejos el seguía mirándome con sus ojos glaucos y su mano levantada en ademán de despedida
Y de nuevo partimos, dejando a Abdul con sus recuerdos, su prosa y su vida. Volvimos para reencontrarnos con la nuestra, con el camino, con las montañas, con los ríos, con las gentes que dejamos atrás, con los nuestros.
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