Bajo la primera capa de barro que quitaron, apareció una imagen sorprendente, una imagen minúscula en tres dimensiones que dejaba a la vista una casa de muñecas, en la que podía verse un salón con un hombre sentado hojeando un periódico y fumando un puro tranquilamente.
Las tres aturdidas personas que presenciaban aquel espectáculo desde arriba, incluso podían percibir el olor del tabaco.
El aviso a la policía había sido dado a las cuatro de la madrugada por el dueño de la casa porque, según decía, había oído alaridos que venían del subsuelo de aquella parte de su jardín. Había llovido durante todo el día y el césped de aquella zona se había convertido en un pequeño barrizal. Desde que los guardias estaban allí, no se había oído más que un tenso silencio y, cuando uno de ellos iba a murmurar no se sabe qué, se escuchó un leve lamento que fué subiendo alarmantemente de tono.
Asombrados, vieron cómo el hombrecillo de abajo plegaba el periódico cuidadosamente, dejaba sus lentes, se levantaba y con parsimonia y aparente fastidio se dirigía a unas escaleras por las que se disponía a bajar. El escenario cambió y los de arriba pudieron ver un húmedo y lúgubre sótano en el que estaba encadenado a la pared lo que no sabrían decir si se trataba de un hombre o de una mujer, pues su cuerpo estaba desgarrado y desfigurado de la manera más cruel que nadie pueda imaginar. Pudieron oír cómo aquel hombre aparentemente exquisito se dirigía con voz melosa a aquel ser, diciéndole que no se molestara en gritar más, pues bien sabía que nadie podría escucharle. A continuación, ese personaje, después de soltar una siniestra carcajada, subía la escalera, llegaba al salón, se ponía el abrigo, cogía el paraguas y abría la puerta.
Cuando la cerró, se vió la fachada completa de la casa. Por primera vez, alguien rompió el silencio en la parte de arriba. Musitando y tembloroso, el dueño de la casa, el que había avisado a la policía, dijo: No puede ser si esa esa es la fachada de la casa de enfrente y él, él es
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