


| Escritor: | Escribana |
| Públicado: | 07/11/2007 |
Caminaba de regreso a casa. Caminaba sin ganas de hacerlo. Caminaba porque mi cuerpo recuerda cómo caminar. Dudaba en si llegaría. Dudaba en si quería llegar.
Tantos días de ausencia. Tantos pensamientos encontrados. Tantas dudas y tonterías juntas, molestandome todo el tiempo.
Caminaba sin fijarme en lo que había al frente. Hasta que por alguna razón levanté la cabeza. Quizás fue el reconocimiento inconciente de ese tramo de la calle, de esa parte que se en desnivel. Quizás fue el sonido de la moto. No sé.
Yo que suelo deprimirme y sentirme nada con asombrosa rapidez. Así estaba. Sintiendome un cero junto a infinidad de ceros a la izquierda. Y entonces lo vi. En su rostro un gesto sencillo, de educación y cortesía. Una sonrisa.
El extraño me sonrió al pasar a mi lado, al pasar yo al suyo. Y esa sencilla sonrisa me iluminó de nuevo.
Gracias Desconocido, seguro jamás leerás esto, pero quiero que sepas que te agradezco el gesto.
Un gesto espontáneo como el tuyo, un gesto tan natural, que hizo que mi sonrisa te correspondiera, me sirvió como un balde de agua fría en plena noche. Pude volver a ver que la vida está formada por instantes. Que cada instante puede ser mejor al anterior, si así lo queremos. Y sobre todo, que una sonrisa es lo mejor del mundo.
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