


| Escritor: | manhattan |
| Públicado: | 23/07/2011 |
Comenzó a llover mientras yo me decidía. Estaba cansada, empapada y desesperanzada. Nada tenía sentido. Nada funcionaba. La familiaridad del sendero antiguo me tranquilizaba, pero sabía que aquella tranquilidad era también mi cárcel. Sin darme cuenta, por fin, había encontrado la puerta de la celda. La abrí. Di el primer paso en el nuevo sendero, un paso vacilante y asustado. No sabía qué me esperaba ni qué había más adelante, pero no me importaba. El sendero era oscuro, estrecho, retorcido, empinado y resbaladizo. Más de una vez resbalé y caí, pero me levanté de nuevo. La lluvia arreciaba y la oscuridad me daba miedo. Comenzó una fuerte tormenta, con truenos ensordecedores y rayos que reventaban la oscuridad del lugar. Nubes negras se cernían sobre mí pero seguí caminando, sin parar, sin descansar, sin detenerme, adelante, adelante, siempre adelante, sin saber bien de qué huía.
Al girar en un recodo llegué a un precipicio. Miré abajo. La caída parecía no tener fin. Al fondo del estrecho desfiladero discurría un río. El sendero continuaba al otro lado de la sima. Pero el precipicio era demasiado ancho y no podría salvarlo de un salto. Me senté a llorar en el borde del camino, desesperada. Y de repente lo oí. Oí los gruñidos y los gritos de mi carcelero. Me estaba buscando y sabía que, si me encontraba, no podría volver a escapar, no me quedarían fuerzas para volver a intentarlo. Su figura borrosa surgió de las sombras. Jadeaba por la carrera, pero miró detrás de mí, se detuvo y rió. Yo no tenía escapatoria y él lo sabía, al igual que yo. Avanzó lentamente hacia mí. Pero si de algo estaba yo segura era de que no me volvería a atrapar. No. No volvería a aquel agujero oscuro y maloliente, a aquella vida pequeña y mutilada.
Me volví. Él estaba parado al borde del desfiladero. Me miraba y me gritaba, me hacía gestos para que volviera y me amenazaba con todo lo que me haría cuando me cogiera. Pero no se movía. Nada. Ni un milímetro. Entonces me di cuenta. Él era un cobarde. Un auténtico cobarde a quien le producía pánico la idea de saltar. Estaba paralizado. Un maldito cobarde. Me inundó la rabia contra mí misma y contra él, por haber dejado que me hiciera aquello. Finalmente, la serenidad inundó mi alma. Por fin era libre.
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