


| Escritor: | Telesforo |
| Públicado: | 16/08/2007 |
Contaba Nancho, a quien apodaban Burro una de sus múltiples historias. Ya entrado en años y con la experiencia que dan las canas, aprovechaba cualquier conversación para contar sus vivencias. !Llegó el burro! dijo al ingresar al pequeño establecimiento del cual era yo propietario.
Ja, ja. Burro. Vaya mote... En La Villa existe de todo... y cada familia tiene su apodo: cañones, tortas, yucas, escopetas, sacristanes, zonchos, marraquetas, avionetas, yeguas, palomas, rancheros, tomates, tolos, tinajas, bolas, pelotas, galletas, aguja, jupa de lancha, meriendas, pajilla, chutas, valencia, chile dulce, pelo de maíz, cubas, chizas, bobos, palo de pipa, gallinas, pilotes y un sin de motes que se les da a familias o persona por su fisonomía o simplemente, como me contó Nancho pa’ joderlo a uno, ¡Más de uno se enojaba cuando los llamaban por su mote!, si tenía grande la nariz le ponían pico de lapa, si hablaba mucho, lora, si tenia el pelo rojizo, pelo de maíz, si era chiquitillo tapón de chilera, si era alto palo de pipa en fin, casi todos en La Villa tenían su apodo.
Los recuerdos e historias me unían cada vez más a Nancho. Una tarde hace varios años, charlabamos de cómo era La Villa, y sin irnos muy atrás, de pronto Nancho se crispó todo, los pelos se le pusieron de punta, los ojos se le avisparon y la carne se le puso de gallina… Fue en ese momento que me miró y me dijo: ... Mirá, yo no se si me vas a creer lo que te voy a contar, pero la puritica verdad es que sí me pasó, y tatica sabe que no miento.
Fue así. Manifestó, y luego de santiguarse me contó su historia: “Cuando yo estaba joven era muy mujeriego y vivía cerca de la Calle Pisabarros, por donde los Gutiérrez, camino al Potrero de los Novillos. Un día, no se que me dio por quedarme bebiendo guaro en La Vencedora. Siendo tarde y estando ya muy jumo, me fueron. Es decir, el cantinero me dijo que mejor me fuera, porque ya se tenía que ir a dormir. Agarré el maletincillo y el chonete que andaba y entre mi borrachera empecé a caminar hacia mi rancho.
Al salir tuve que abrir la pesada puerta, que crujía como cama de recién casados y entre mis pensamientos sólo pasaba la idea de llegar pronto, al frente, vi el muro de la plaza y me enrumbe hacia el este, fue corto el rato de caminar entre vueltas y tropezones con las piedras y palos del callejón.
Crucé el potrero de los Amancios pero estaba muy oscuro, había llovido por la tarde y a consecuencia del tapis que bebí, tropecé y caí, fue tal el guevazo que al levantarme oí una voz que me susurraba al oído, Naaaancho! Nanchooooo!, volví a ver pa tras y estaba muy oscuro, con los ojos entreabiertos, vi una muchacha morena como una tapa de dulce, alta, su enagua larga se levantaba con el frío viento de la húmeda noche y permitía ver unas piernas gruesas, torneadas y fuertes como mesa de carpintero, sus caderas eran amplias como la cocina de mi mama, uy... que piernas tenía la bandida.
Yo sentí que todo era parte de la juma, y pensando que talvez la chiquilla se me pondría buena, -entre mis adentros me sentí un Don Juan- siguiendo la mirada hacia arriba lentamente continué obserbando la belleza sobrenatural de aquella mocosa. Su hermosura no me dejaba ver pa’ rriba... hasta que por un instante el viento paró y pude ver…Tenía los ojos saltones como guevos de ganso y rojos como tomates pasados de maduros, la trompa estaba salida, y los dientes eran amarillos y manchados de negro como si juese comido zacate seco, de la nariz solo se veían dos grandes guecos que se estiraron cuando relinchó al ver que yo escapaba. Al verle la jacha, supe que era la mentada Segua
Fue tal el susto que me dio, que se me bajó la juma, y corrí, corrí y corrí callejón arriba, me acuerdo que cuando me di cuenta ya había llegado a la casa no se cuando crucé el puente de hamaca ni el río, ni como brinqué la cerca de mi vecino, esa noche me dejó dos cosas, dos señas que me acompañarían el resto de mi vida, un aruñaso de la mentada Segua en la nuca, que seguro me dio cuando me levanté, y la perdida de una cadena martillada de puro achote, que me regaló una novia, no se todavía donde la dejé botada .
Mirá esta historia yo casi no se la he contado a nadie, y a los que se las conté dicen o que fue mucha la borrachera o que estaba camote, lo único que se es que a partir de esa noche no llego tarde a la casa, no salgo si no es acompañao y le hago la cruz a pasar el Potrero de los Amancio solo, y si tengo que hacerlo, lo hago rezando diez ave marías y diez padres nuestros por si acaso se le ocurre asustarme a la Segua otra vez, y el guaro,
¡ jum!, Que va mijito, no lo volví a probar hasta la fecha, solo pa’ frotarme la espalda.
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