¿Buscaría a Liliana otra vez?
Cuantas veces ya había ido a buscarte sabiendo que te encontraría por ejemplo: en abril, sentada en las bancas de las plazas y los parques escuchando los altavoces musicales del pueblo que muchas veces se ponían junto a las fuentes y alrededor de las cuales transcurría lentamente la vida mas calmada que hubiera visto o tontamente me hubiera imaginado, interrumpida a veces por pequeños instantes de nostalgia. Me entretenía tener que irte a buscar, nunca estaba seguro de donde estarías, buscarte era como un ritual y más en este pueblo donde todas mis invocaciones para hallarte eran llevadas por el viento que mecía las hamacas de los barrios populares, que se metía como un chiflón por las ventanas hasta el último resquicio de las casas, que se estrellaba contra mi rostro y levantaba el aroma de los campos estivales.
Recorría las plazuelas buscándote en sus bancas, adivinándote cerca de las fuentes, imaginando que tarareabas el sonido de los organillos, las canciones de tu infancia. Nunca estaba seguro pero siempre con la certeza de que te hallaría en alguna de las plazas del pueblo, por que te he visto, por que nos buscábamos encontrándonos. Creo que después de todo Liliana, al final, me pude ir acostumbrando a tus caprichos, no era por otra cosa sino por ti que hallaba algo de rutina en lo variante de aquellos paseos, de aquellas búsquedas que siempre terminaban con el azar.
En
junio y julio te encontraría seguramente platicando en las fondas, abrigada
siempre al calor de la cocina y acompañada de tu paraguas gris. Eran tiempos de
lluvia pero no me importaba, no me importaba manejar a través de los charcos de
lodo que se formaban por los chubascos ni me importaba que al bajar del
automóvil tuviera que coger el periódico que siempre llevaba conmigo (tu sabes
que nunca pude estar sin enterarme de las novedades que acontecían en deportes
y cuando me sentía un poco mas refinado, en cultura), doblarlo por la mitad,
colocarlo sobre la cabeza y comenzar a esquivar los charcos a brincos, no tan
audaces porque podía escuchar tus risas burlándote de cómo se salpicaban mis
pantalones cuando pisaba uno. Entraba a la fonda, en esas épocas siempre están
vacías las fondas será por que la gente prefiere el calor del hogar pero no era
lo mismo contigo Liliana tu preferías mas las fondas no solo por el calor que
te propiciaban sino también por la alegría que sentías al estar entre ambiente.
Dejaba el periódico en una mesa y me aproximaba a ver que era lo que hacían las
mujeres, nunca pude entender sus platicas tan fatigosas de quehaceres y no se que tantos tratamientos para el cutis
y el cabello. Cuando terminábamos de platicar y comer subíamos al auto,
manejaba largo y tendido por la carretera de Tolan hasta llegar a aquel
lago en el que tanto la espadaña (que florece de marzo a noviembre) como el
apatlol que crece a la orilla del lago convergían en un mismo punto, en el
mismo punto acuoso, tan liquido como las aguas del recuerdo. Competíamos para
ver quien era el que bajaba mas rápido la pendiente que estaba por encima del
lago, yo corría lo mas rápido que podía mientras trataba de quitarme la ropa en
el recorrido para llegar a el y zambullirme de un salto. Siempre te deje
ganar, pienso que lo sabias pero preferías no decirlo por que te gustaba que lo
hiciera, se te hacia algo detallista, algo hermoso, nos decíamos que nunca
iríamos con alguien más a ese lago, era nuestro y me lo hacías jurar en secreto
sin mover los labios, siempre en secreto: nunca vendrás a este lago sin mi
Alejandro, júralo.
-lo
juro.
Así terminaban esos días, en el lago hasta la noche y de regreso a casa.
De septiembre a noviembre los arboles se teñían de colores amarillos y rojos y nos gustaba subir el cerro (aquel donde se encuentra un monolito en la montaña, antiguo hogar de los guerreros agila). Los escalones, que eran largos, te fatigaban demasiado y teníamos que subir por ratos, nos deteníamos a leer los letreros que contaban antiguas historias del pueblo, mitos que parecían banales o al menos lo eran para ti y de un modo burlesco me decías mira, mira lo que dice ese letrero y te soltabas a carcajadas por que leías en el, que el diablo andaba suelto el 29 de septiembre para hacer mal, y te burlabas por que ese día, el 29 de septiembre, era mi cumpleaños y me decías que a mi me había hecho el diablo, que me había hecho el mal, que era malo.
Demorábamos
siempre dos o tres horas en subir, en parte por la fatiga y en parte por que
queríamos disfrutar del paisaje que se iba revelando poco a poco ante nuestra
mirada y dejábamos para lo ultimo la gran vista y el vértigo que se obtenían al
subir y estar al filo del despeñadero . Todo, desde los techos de teja y toda
la gente moviéndose como pequeñas hormigas daban la impresión de un lugar sin
tiempo, como si lo único que tuviera valor en ese momento fuera el atardecer
incendiando tu rostro Liliana, derritiendo nuestras existencias en una soledad
impalpable donde me parecías de un tiempo que me era cada vez mas distante,
cada vez mas ajeno.
Los demás meses los pasábamos en casa, sobretodo los de invierno porque a ti no te gustaba salir y ver a la gente del pueblo compartiendo en sus casas, se te hacían unos tiempos tan tristes los de invierno, solitarios, y no era por otra cosa sino por ti Liliana que no me disgustaba tener que estar casi todo el día contigo en la casa; había veces en las que al levantarnos nos pasábamos las horas sin hacer nada.
Desde
hace cuatro años esa era nuestra rutina, desde que acepte el trabajo para poder
juntar un poco de dinero para nosotros aun sin pensar en un compromiso mas
grande, míranos no éramos casados y ya con rutinas, pero me confiaba porque
decías estar segura de lo nuestro, no se por que aceptaste venir conmigo,
hubieras estado mas entretenida en la ciudad que aquí entre lo previsible.
Desde
hace un mes que no te salía a buscar, siempre te encontraba en casa leyendo o
sentada frente a la ventana viendo las cosas pasar, yo que nunca pude estarme quieto, siempre
en pos de algo, siempre a la búsqueda de Liliana, de un lago, de un espejismo,
de ti Liliana, de ti, de ti y de nosotros, zambullidos en una tarde de
reflejos, de ilusiones, de mentiras; de recuerdos.
¿Y ahora Liliana?, ¿eh?, ¿y ahora?, ¿donde te he venido a encontrar? En el lago donde solíamos zambullirnos por las tardes, casi siempre de verano, en el lago donde habíamos jurado nunca venir acompañados más que si no fuera nosotros juntos, por que el hecho de hacerlo con alguien más seria transgredir el límite de una intimidad demasiado consabida, inútilmente conmensurable.
Y ahora Liliana ¿Qué has hecho? Has venido sola al lago de nuestros recuerdos que al fin y al cabo es lo mismo que venir acompañada porque vienes contigo misma y me duele, me duele no lo profano del hecho sino que me hayas dicho que estabas segura de lo nuestro y hayas venido al lago, este lago en el que habíamos dejado parte de nuestras experiencias, de nuestras vidas y por estas razones y no mas era sagrado, digno de canonizarlo en el rincón de los recuerdos. Pero ahora este lago y ese tiempo han dejado de ser un nosotros para convertirse en un tu, ha dejado de ser los recuerdos de Liliana y Alejandro para volverse mis recuerdos de Alejandro y de mi en el lago, y en esto salgo perdiendo yo pues los únicos recuerdos que tengo de este lago son contigo y ahora había dejado de ser un vinculo de nuestras vidas.
Y en parte lo comprendo, comprendo que hayas querido encontrar en nuestro lago (ahora tuyo) el poco de estabilidad y seguridad que te faltaban tratando de escapar de una realidad mas bien fantasiosa. Y mientras pienso en esto Liliana, veo a los rescatistas sacar tu cuerpo del lago (hinchado y amoratado por el largo rato que pasaste abandonada en tu soledad egoísta) y comienzo a pensar en que tal vez fue aquí donde pudiste encontrar al fin lo que no habías encontrado conmigo por que te ahogabas en la rutina y lo vano de nuestra relación.
Ya no tengo más tiempo, me preparo para subir al automóvil y emprender el largo regreso a casa sabiendo que ahora lo único que saldré a buscar en los continuos meses en las calles, en las fomdas, en las plazas y en los parques del pueblo será la larga mascara de tu ausencia.
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