Mi hija tuvo cirugía el miércoles para sacar un quiste benigno de su garganta. La cirugía fue un exito y ella esta recuperandose extraordinariamente. Escribí esto cuando mi hija regreso a casa del hispital:
Hoy puse a mi hija a dormir. Tenía sus manitas pequeñas dentro de las mías, manos consoladores, salidos, familiares. Una enfermera sostuvo una máscara contra su pequeña cara. El cuarto esterilizado se sentía frío y pálido aun cuando la enfermera explicaba los procedimientos rutinarios, pero yo sólo miraba a mi hija. Curiosa al principio, ella miraba a la enfermera sonriente hasta que sus ojos lagrimaban como vidrios ante el sol. Trataba de sacar una de sus manos de entre las mías para quitarse la máscara; yo sabía que no era la máscara que le molestaba sino el olor estancado de la anestesia. Sus ojos se enrojecieron, sus pestañas aleteando como palomas queriendo despejar. Sus manos debilitaron dentro de las mías que temblaban y mis ojos se aguaron. Ya cabeceando suavemente en las manos de otra enfermera que sostuvo sus pequeños hombros, la enfermera poso a mi niña sobre sabanas blancas almidonadas, dirigiéndome a salir del cuarto de operaciones. Esperé unos segundos más mirándola quietecita sobre la cama, queriendo que me mirara una vez más, pero ya era muy tarde y salí del cuarto en llantos.
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