


| Escritor: | Clarice |
| Públicado: | 13/07/2007 |
I.
Soledad inspiro profundamente: el frio era penetrante y la humedad del graso pasto en el que reposaba, por momentos, le daba escalofríos.Soledad abrió los ojos: la noche hubiera sido virgen si no fuera por esa única estrella que insegura y perdida parecía observarla.Soledad volvió a cerrar los ojos. Ella apreciaba la blanca caricia de la luna, la surda humedad del pasto, la cunda inmovilidad de esa eterna y muda noche pero, más que todo, la perennidad de la luz.
II.
Soledad soltó un suspiro melancólico.El recuerdo encercaba su mente, lo cuerdo anhelaba su ente y ella, oscilaba vagamente entre ensueño y realidad.Ella sentía esa serpiente subir de sus caderas a lo mas alto de su nuca, ella sentía a Midas y a sus manos ásperas, correr por su llano cuerpo. Las manos de Midas eran mágicas y cuando corrían por su ombligo y que ella se reía, cuando ceñían sus caderas y que ella se moría, siempre esas manos creaban esplendor.Aquella noche que ella recordaba, Midas envolvió los pequeños pechos de soledad en su grandes manos blancas, mordió todo su cuerpo, beso toda su alma… Esa noche, Midas la amo.Soledad volvía a sentir ese mismo cosquilleo deseoso, sentir el mismo placer que tenia al verse bella a través de esos grandes espejos azules que le tenían a su amor lugar de claros ojos. Sentía su corazón derretirse, suavemente, dulcemente, sensualmente... Sentía el sabor de ese mismo chocolate fundirse en los labios de Midas, sentía que sus besos los mezclaban, que sus besos los unían, y entonces Soledad recuerda haberse abierto, y entonces soledad recuerda haberse unido. Y sus sueños y sus juegos y sus fuegos fueron ya, amalgama colorida, y sus penas y temores, sus amores y dolores fueron ya, una llama al fin perdida… Entonces, en el momento de la unión y del olvido de razón, Midas apretó su dolido corazón; corazón obnubilado, corazón desesperado, corazón tal vez marchito, y, tras un vivo resplandor, su corazón se fue olvidando, su corazón se fue riendo, su corazón fue reviviendo, su corazón volvió a ser. Un sueño rojo con latido, un trueno loco con sentido, el dueño de otro corazón…
III.
Soledad abrió los ojos. Su boca se entreabrió, dudo, soltó un suspiro y, luego, desapareció.
VI.
Midas inspiro profundamente: el frio era penetrante y la humedad del graso pasto en el que reposaba, por momentos, le daba escalofríos.Midas abrió los ojos: la noche hubiera sido virgen si no fuera por esas dos estrellas que, seguras y queridas, parecían observarlo.
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