


| Escritor: | ferruz |
| Públicado: | 11/07/2007 |
SAN JUAN
Maria Rosa y Francisco llevaban todo el día en el templo bebían Pox il para ellos bebida sagrada. Comenzaban a sentir hambre. Tal vez el Agurdiente de Caña los ayudaba a espantarla.
Hincados en el suelo frío sobre el heno entre cientos de veladoras, cera derretida que formaba distintas figuras de colores, Pepsi cola y Pox il rezaban en voz baja por la salud de su hija mientras degollaban a una gallina para alejar la enfermedad.
En esa singular Iglesia, la tristeza, la pobreza y la enfermedad se sentían en el aire, cargado de una energía extraña y desoladora. Los Santos abandonados en mesas de madera parecían observar la escena. A la entrada del templo algunos bebes ataviados con trajecitos blancos eran bautizados en la pila bautismal. Sus padres totalmente indiferentes a lo que pasaba a su alrededor escuchaban absortos las bendiciones que el sacerdote daba a los niños.
El guía espiritual pasaba algunas hierbas y un huevo por el cuerpecito de la pequeña, se veía tan frágil, tan delgada y pálida qué parecía ya encontrarse sin vida.
Juanita había caído en cama días atrás presa de una extraña enfermedad que ellos pretendían curar con limpias y rezos. Al beber el aguardiente con refresco de Cola además de expulsar a los malos espíritus también olvidaban por momentos que su niña sufría de fiebres muy altas y delirios constantes.
Tenían toda su vida apegados a las costumbres del pueblo y sabían que si se alejaban de sus tradiciones podían ser desterrados o castigados con la enfermedad. Sin embargo... Juanita estaba grave.
- Vamonos de aquí Francisco dejemos este pueblo por nuestra hija.
- No podemos, aquí han vivido nuestros apas y todos los nuestros.
- Pero Juanita esta mal muy mal, traigamos al dotor- decía María con tristeza.
- No las hierbas la van a curar, las hierbas son buenas pa ella, el mal se va ir.
Francisco y María no se ponían de acuerdo, la niña deliraba.
- Mira ahí viene, ahí viene, viene por mí.
- Hija toma un poco de Café. Come tortilla te va a hacer bien.
- Sebastián quiere que me vaya con él, hay mucho que comer, hay mucho que comer.
Comenzaba a hacer frío en la iglesia de San Juan Bautista, el piso de cemento a esas horas se sentía helado. Ellos continuaban pidiendo al Santo Patrono del pueblo por la salud de su pequeña quien estaba acostada en un petate vestida con ligeras ropas de manta y temblando por la fiebre. Todo lo que tenían en el estomago era un pedazo de tortilla con chile y bastante aguardiente.
- Vamonos de aquí- repetía María con insistencia Vamos a dar medicina a la chamaca.
- No perate con esto se va a curar.
Todo el día y toda la noche de aquel domingo la pasaron en el templo. Sentían miedo, mucho miedo. Se estremecían al pensar que su hija podría tener el mismo destino que Sebastián su hijo mayor y muchos otros niños de la región.
Cerca del amanecer Juanita perdió el conocimiento, ellos desesperados lloraban y rezaban, discutían cómo sería la vida fuera de San Juan. Ya amanecía cuando decidieron dejar la iglesia. Salieron nerviosos sin mirar a nadie, dejando atrás aquel ambiente desolador qué se respiraba dentro. Al sentir el aire fresco sobre su piel y ver a lo lejos las montañas ligeramente iluminadas por la puesta del sol sintieron un poco de alivio.
Con la niña en brazos y confiando en que la madre de Francisco cuidaría de los demás pequeños cruzaron la Plaza Central. Recordaron el olor a elotes asados y naranjas, del Mercado que se instalaba justo en ese lugar, a sus hijas intentando vender a los turistas indiferentes, cinturones y muñequitas hechas a mano.
Por un momento olvidaron su tristeza y pensaron en que los aguardaba algo mejor. Caminaron entre las ruinas de la iglesia de San Sebastián hacía la carretera cruzando el viejo cementerio, "El Cementerio de los Desterrados" al que seguramente algun día regresarían.
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