Lo veo desde aquí, a unos metros de distancia esta el observador de arte, entra a esa gran sala blanca que posee algunos compartimientos que antaño habían sido celdas en las que se alojaban los más terribles criminales de la sociedad colombiana. El nombre del sitio, museo nacional, aunque su antigua designación era aun mas diciente que en las condiciones actuales. Aun siendo museo su nombre es demasiado frió, demasiado racional, demasiado utilitario.
Panoptico, significa vista total, porque desde un solo punto central se podían vigilar a todos los reos de la totalidad de la zona de celdas. Su dispocision arquitectónica es como la de una iglesia, una cruz sencilla y en el centro y desde el ultimo piso, una entrada de luz, que al distorcionarce a través de un segmento enrejado, refleja en el frió piso la sensación de la libertad cuartada.
El observador camina con un paso pausado, lento, casi inmóvil, como si dios lo estuviera haciendo movilizar con un esfuerzo impresionante, sus pasos se funden con el silencio del museo, ya sabes, los individuos que se aclaran la voz, el zapateo, la voces que murmuran alguna apreciación sobre un cuadro, el guardia pidiéndole a una adolescente que no se acerque tanto a una escultura, si, todo eso reunido y sin embargo todavía vive y domina el silencio sepulcral.
Lo vi subir al último piso, el más solitario, el más amenazadoramente claustrofóbico, sus pinturas están dedicadas a la ultima época del arte en Colombia e inexorablemente están unidas a la agresión ya cotidiana de nuestro país, quizás por eso, las personas no encuentran en este ultimo piso un afecto tan grande como lo hacen con otros lugares del museo. Por ello, en ese último piso no estamos más que el observador y yo.
Es un hombre de contextura gruesa, las canas ya predominan en lo que queda de su pelo, tiene unas gafas que delatan su intelectualidad y la voz grave pero a la vez profunda. Indudablemente a estado todo el día caminando en el panoptico (o museo, como su mente prefiera llamarlo), sin embargo no demuestra debilidad, tiene un cuaderno de notas y allí escribe, escribe y escribe, como si fuera un científico, hace mucho que no ha sentido nada por una pintura, el observador rehulle y se ensimisma en las notas aclaratorias y en las explicaciones racionales.
A pesar de ello hay una pieza de la exposición que no es un cuadro, en la pared del gélido ultimo piso del panoptico y recubierta en vidrio hay un boceto de una catedral que surge sobre las nubes, un preso la pinto hace mucho. La violencia que refleja es horrible, porque no es aquella agresión rápida, intransigente, transgresora. No, esta es la violencia de la paz. Cada trazo que el observador ve, lo ve reflejado en la pared blanca en la que algún preso lloro. Y entonces, el observador comienza a sentirse completamente desolado.
El observador no escribe nada, se sienta y por primera ves desde que lo estoy espiando realmente observa el cuadro, escudriña dentro de el y se queda horas sintiendo el dolor del preso pintando, imaginándose la salvación del mundo real que estaba a solo unos metros de distancia y que podía pintar, pero al altísimo precio de que si lo hacia, era prácticamente una condena eterna. El observador no se para y yo quisiera pensar que nunca lo va a hacer y que se va a armar un gran alboroto, que las noticias van a llegara registrar al hombre que miro por cientos de años un simple esbozo de dibujo. Sin embargo no se que pase en el futuro.
Mientras mas lo piensa, el observador se convierte en otro preso del panoptico, lo puede ver todo, lo puede pensar todo, y sin embargo no sabe si esta en el museo nacional, o en la cárcel blanca llamada panoptico, o si quizás esta en un museo que se llame panoptico o en una cárcel llamada museo nacional, donde se exponen los sufrimientos de los hombres y los observadores como el ven a través de sus ojos entrenados como la soledad vacía el alma de los condenados. O quizás vive en una ciudad llamada bogota y las cosas no serán nunca lo mismo, y cada ves que un preso dibuje la celestial catedral, el volverá a sentir la soledad. Pero quien soy yo para decirlo, quien soy yo para juzgar, solo estuve observando al observador, tome su puesto y ni siquiera se si lo que estoy escribiendo, lo pensó ese hombre frió y racional.
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