Llegó desnuda, los pies mostraban marcas de un viejo andar y un descalzo dolor de grietas ensangrentadas. Debajo del mugre mal oliente que le cubría la piel, yacía un terreno blanco lleno de rasguños, moretones, costras y picadas. Los fijos ojos eran concientes de mi presencia pero su mirada me atravesaba el cráneo en un trayecto infinito. Lucía un cabello largo, negro y ondulado que todavía se movía siguiendo el viento, clamando tiempos remotos de absoluta libertad.
Se acercó lentamente, dudé. Pero aquella mujer desconsolada se desbordó en llanto cayendo a mis pies, el charco bajo sus ojos mostró un hermoso reflejo del paisaje silencioso. Yo seguía allí, de pié, pensando, sin salir de mi estupor di un vistazo para comprobar que no había nadie, estabamos solas, pero aquella horrible mujer no podría hacerme daño, la penumbra la poseía de tal forma que era incapaz de sostenerse.
Me tendió las frías e implorantes manos pero yo me limité a mirarla, no pude corresponder de forma alguna, hubiese podido darle algún gesto petrificado pero sólo escuché su lamento, los sollozos ininterrumpidos mientras trataba de imaginar un bello atardecer ó un cuarto blanco y yo sentada en el medio en posición de loto, ó cualquier pensamiento que me alejara de esa desgraciada que vino a mí, sin boleto de lotería a tenderse en mis pies.
Inesperadamente, de algun rincón de su ser brotó por última vez, la fuerza que la ayudó a incorporarse frente a mis ojos y haciendo un gesto con la mano me pidió que me acercara, quería decirme algo al oído, yo aún no comprendía cómo aquella agonizante podía permanecer de pié. Me acerqué con cuidado de no rozarla cuando la lejana voz de la mujer se hizo entender con claridad:
–Me llevaste a la guerra sin preguntarme si quería ir, me diste alas y me mandaste a usarlas sin saber cómo, odié a tu madre y a la humanidad entera sólo porque tú querías, comuniqué tu mensaje en remotos lugares y por ello me juzgaron y maltrataron, me entregué a personas que señalaste equivocadamente y sembré flores en el desierto que escogistes.
Muchas veces quise morir para escapar de tus mandatos pero siempre lo impediste, regreso a ti, todos tus caprichos se han hecho realidad, éste cuerpo que hoy no logras reconocer, está cansado de seguirte, de ser tu sostén, de ser fuerte y obediente, siempre te amé pero se acabó, adiós–
Inmediatamente me vi en el sucio rostro, me encontré en los hinchados y enrojecidos ojos, me desplomé frente al espejo, recordé el cabello y sonreí en la despedida. Pero llegaron otros y el de la bata, me puso oxígeno.
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