GORDA

Categoría(s): cuento

 

No quiero mirar por el vidrio que separa mi oficina de las del resto, tengo vergüenza. No por ser tan gorda como soy, como siempre he sido, sino por avergonzarme de ser gorda. En unos minutos más será la hora de almuerzo y tendré que enfrentarlos, tendré que explicarles lo que pasó y por qué pasó. No quiero, es parte de mi vida privada, íntima, pero dejó de serlo en el momento que escribí ese aviso. Maldito aviso. Qué pensaba cuando lo hice y lo entregué para ser publicado en el periódico más leído de la ciudad y para colmo de mis males, en un lugar equivocado. Por alguna extraña razón, lo pusieron clasificado y destacado justo al lado del que pedía personal para la nueva oficina de ventas institucionales de la empresa. Así de destacado se publicó y así mismo se leyó. Yo trabajo en computación, en un área restringida, en la que a duras penas quepo yo y de vez en cuando la Iris, que es mi única amiga. Fue precisamente ella la que vino corriendo a mi escritorio a primera hora de la mañana y me puso al día de los comentarios. –La embarraste, guatona tonta, ahora si que no te sueltan más. Mejor que prepares tu renuncia. Y cómo iba a imaginar el lío en que me iba a meter, si lo único que esperaba era un poco de atención, arrumacos, cariño.

Todo comenzó el otro día cuando almorzando con la Iris, que tampoco es muy bonita, más bien chica, enjuta, sin gracia, nos preguntábamos cómo sería ser hermosa. Cómo se sentiría estar en el cuerpo de una flaca, alta, con harto poto y pechugas bien puestas, abultadas y turgentes. De esas que pasan dejando una estela del perfume de moda. Bronceaditas, de sol o de solarium, mostrando el ombligo y el principio del escote en toda época, muertas de frío, ni les importa.  Pero son tontas, la mayoría son tontas, los hombres las deben pescar por un rato, sólo para que les hagan un favorcito, nada más.  Cómo me gustaría ser objeto de esos favorcitos también, nos burlábamos con la Iris.  Me quedé pensando en ello. Cómo sería. Si algún hombre podría adentrarse en los pliegues de mi impresionante anatomía y quererme aunque fuera un ratito.  Nací gorda, mi mamá me dijo que fueron como veinte horas de trabajo de parto y eso que no era primeriza. Es que a cualquiera le hubiera costado traer al mundo 6 kilos de carne acomodada en apenas 50 centímetros. Cuando por fin pude zafarme de las caderas angostas de mi madre, para caer en brazos de la partera, la fuerza del tira, tira, más mi peso, se transformaron en un impulso magnífico y cayó conmigo de cócix, justo sobre el lavatorio de loza que tenía preparado con agua caliente para hacerme los primeros lavados. Mi mamá me contó que la pobre estuvo varios días sin poder sentarse, poniéndose unas cataplasmas, de no sé qué yerbas en cierta parte. Nunca pude bajar de peso. Lo intenté pero fue imposible, el cúmulo de grasa que rellenaba mi estómago, mis caderas, mis piernas, no lo pude eliminar. Una vez me inscribí en uno de esos programas para adelgazar que se promocionan, los que dan recetas mágicas, sin drogas, sin sufrimientos, sin pasar hambre, de esos en que como enganche ponen la cara de una gorda enfundada en el cuerpo de una flaca. Y bajé unos kilos, pero el cuero empezó a soltarse, lo que sobraba era tan impresionante como mi gordura, así que apenas lo terminé me puse a comer de todo otra vez, para sentirme más normal. Cuando más sufro es en verano, el sudor es como una llave abierta, se empina desde mi frente, moja mis ojos, se queda sobre el labio superior y desde allí empieza a bajar convertido en gotitas cada vez más gruesas. Tengo que cambiarme de ropa como tres veces al día y aquí, entre los computadores de mi oficina, la temperatura es insoportable. Es casi un ritual ponerme talco refrescante en alguna presa, gasto cerca de dos frascos semanalmente, si no lo hago con frecuencia, los pliegues de mi cuerpo, se llenan de irritaciones, que se convierten en heridas y de ahí, en hongos casi al instante. Cuando bajo mi vista, sólo alcanzo a ver las redondeces de mis pechos, no sufren con la gravedad ya que naturalmente los sostiene mi estómago. Desde esa perspectiva (parada) no puedo ver mis pies. Para facilitarme la tarea, puse un espejo enorme a la entrada de mi casa, lo heredé de un ropero antiguo, de esos de tres cuerpos que tenía mi abuela y aunque es muy grande, cuando me reflejo de frente, no logro ver mis dos caderas al mismo tiempo. Pero ya me acostumbré al volumen. Claro que no es fácil convivir en un mundo de flacos en constante competencia. Todo está hecho para flacos: sillas, escritorios, oficinas, casas cada vez más pequeñas. Para qué decir los ascensores. Si me subo a uno, ya nadie más se atreve a acompañarme. La amabilidad renace con una fuerza conmovedora – Adelante no más, señorita, yo esperaré el otro, y conste que el peso promedio que soportan es de cuatrocientos cincuenta kilos. En ellos puedo verme en cuadruplicado, porque los más modernos, tienen espejos en vez de paredes. Nunca he podido ponerme un suéter de cuello cerrado, no doy la talla debido a mi doble, quizás triple papada.  Con lo único que no tengo problemas es con el número de mis zapatos, porque soy de pies chicos, como mi mamá, pero cada día me cuesta más equilibrar este cuerpo rechoncho en estos pies inconvenientemente diminutos. Dios se ensañó conmigo. Por suerte no me tocó un rostro feo, tengo los ojos claros y el cabello rizado. Mi boca es pequeña, algo sensual. Al menos eso creo cuando me contemplo y me comparo con las fotos  de las actrices de moda. Incluso diría que es hasta mejor porque la mía es naturalmente abultada y no luce grotesca en esos rostros huesudos.  Pero… no soy, como se dice, una gorda feliz, porque estoy sola. Nadie quiere ser amiga de la gorda del colegio, o de la gorda de la universidad, de la gorda del departamento de computación. Por supuesto, nunca he tenido novio, nunca he disfrutado del placer de una encendida caricia masculina, del aliento calientito en mi rostro, del sabor de unos labios anhelantes, buscadores. Por eso puse el aviso, para realizar todo aquello tantas veces soñado. La Iris me dio la idea, me dijo que ella misma lo mandaría a publicar, como trabaja en el departamento de personal. Juntas lo redactamos, bien insinuante, incluso tomamos ejemplo de otros que aparecían en el periódico.  Gorda caprichosa, soñadora, fiel y discreta, versaban las primeras frases, busca un compañero ocasional, no importa la edad, dispuesto a pasar un momento de intimidad al abrigo de unos brazos fuertes y anhelantes. Se garantiza discreción. Hasta ahí todo iba bien, pero a la Iris se le ocurrió poner mi nombre completo, mi dirección email y el teléfono de la oficina también. Es bien lesa la Iris. El teléfono no ha parado de sonar, está atiborrado de mensajes, el pitido que los anuncia suena una y otra vez y tengo la casilla de correo completa, ni siquiera me he atrevido a abrirla.  Ya llegó la hora del almuerzo, tengo que salir, no hay remedio. El hambre puede fatigarme y si me desmayo no creo que alguien se atreva a hacer siquiera el intento de pararme. Camino hacia el mostrador con mi bandeja, sintiendo el peso de las miradas, por fin todas se dirigen hacia mí. Avanzo lentamente, cabeza en alto, qué más da. De pronto el mejor macho de la empresa, el único guapetón reconocido, conquistador nato, me intercepta, me da un beso y me aplaude, aplaude mi osadía, mi desenfado, mi valor. Uno a uno, los demás, incluso las mujeres, hacen lo mismo. Yo camino entre avergonzada y orgullosa al puesto de siempre junto a la Iris. Antes de llegar le doy una mirada cómplice, pero ella hace un gesto de desagrado y se va, ni siquiera ha terminado su almuerzo. -Iris, le grito, para compartir mi felicidad. Pero ella, me da la espalda y se va corriendo como si no me oyera. Qué rara es la Iris a veces, pienso, con un tuto de pollo atravesado en la boca.

 

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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       02/10/07 00:04
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Muy, muy bueno!, me encanta la Iris (a propósito puso todos los datos,que maldita!) pinta los no y los si de la gorda (obesa), te lo dice alguien que es gorda..., y a quien una de las "amigas" le dijo,podés ser cualquier cosa menos gorda Guadalupe jubilada de Santa Fe capital
Escrito por: Norberto       27/09/07 21:42
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Eliminando un “lo qué” innecesario y algunas palabras de más (detalles), es una excelente historia. Realmente muy buen texto.
Escrito por: claudia_ciru       26/09/07 19:52
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Me encanta como escribes. Me gustó. Me reí, disfruté mucho. Es inteligente, tiene humor, engancha tanto por cómo está escrito como por la descripción de los personajes y por lo cómico de la situación. Es tan real la gorda y me cae tan bien que me haría amiga suya, me gustó cómo se ríe hasta de sí misma: sus pechos que no se caen porque los sujeta la tripa. Un placer leerte, sigo. ¡Qué bien escribes!.
Escrito por: Linosangalli       08/09/07 02:31
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Realmente me pareció genial. Muy bien narrado de principio a fin. Te mantiene la atención y te provoca, al menos a mí, un ataque de buen humor, por no decir de risa. Imagino la situación; las dos amigas confabulando, redactando el aviso y a la Iris en una torpeza digna del más torpe de los cándidos se le ocurre poner todos los datos. Imagino a la protagonista en su agonía dentro de su cubil, aguardando la hora de salir y no puedo menos que soltar la carcajada. Es en verdad un buen cuento, excelente a mi modesto entender. Ya te había comentado en varias oportunidades que me gusta mucho tu estilo, Ingeniera, pero nunca me has contestado. No importa, me sigue gustando tu narrativa y te seguiré leyendo cuando termine esta locura de leer las nominadas.
Un saludo repetuoso para una gran autora.
Lino
Escrito por: Piegrande2       07/09/07 20:31
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Bien narrado, bien llevado. Buen manejo del ritmo. Uno puede meterse en la piel del personaje. Me gustó. :)
Escrito por: perrosabueso       31/08/07 04:39
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Creo que "Notas...", "La rabia..." y "Orejas", son superiores a esta historia, que no deja de gustar, pues siempre mantienes una escritura inteligente, en la que logras con humor e ironia subrayar las imperfecciones del mundo. Por un lado describes la problematica de todas las gordas que en el mundo han sido, de manera que yo hubiera reducido al minimo, para dar un contraste ritmico, el principio y el final del cuento... o hubiera limitado las pinceladas de la problematica de la gorda en cuestion, para dar peso a la circunstancia del principio y final del cuento. No se como explicarlo. Pero no digo que sea malo, jamas. Si mantienes tu decision de no publicar en nuestro libro "Orejas" puede haber espacio para este, pues el amigo jfxcastillo lo postulo con acierto.
Escrito por: DILCIA       30/08/07 15:32
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¡Qué bonito cuento!, yo quiero ser la gorda atrevida y osada, me encantó la manera de relatar la historia, la vergüenza, una de las emociones más escondidas de nosotros los seres humanitos, y luego el aplauso por su acto de liberación, genial, la Iris, amigas de esas hay por donde mires. jajjaa. Te felicito me gustó mucho
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