


| Escritor: | jorgenrique |
| Públicado: | 06/09/2007 |
...un leve soplo movió la cortina y entonces el día empezó tarde su jornada. Lejos, talvez en la confluencia de los antiguos ríos, seguramente en los peñascos que encerraban la ciudad y que la convertían en nido de combates, allá, posiblemente, se escondía la última resistencia. En esta hora de calores la ciudad despierta nuevamente a la barbarie: los tanques americanos seguirían destrozando las calles mientras las ambulancias retirarían los cadáveres cuyas imágenes repetirán groseramente los noticieros internacionales. Y entonces, recordé la plaza de las banderas al final de la calle de las mezquitas: allí la encontré, perdida, recostada en la puerta de las abluciones y como último recurso le pedí ayuda; sé que no podía entender mi idioma extraño pero el tamaño de mi herida y el derrame escandaloso de la sangre pareció conmoverla. Los gritos de las mujeres envueltas en mantones negros, los golpes secos que algunos hombres aplicaban sobre las cajas mortuorias y el humo permanente con su olor a pólvora, se abrieron mágicamente a nuestro paso hasta llegar al hotel de Al- Fayad. Aquel era el trayecto obligado de los reporteros de guerra y de los fotógrafos extranjeros, impotentes ante los gritos desesperados de los heridos, escondidos a montones en los edificios bombardeados que acogen por igual los soldados, las mujeres y los niños. Después de un año hemos entendido que toda la sangre derramada en inútiles esfuerzos de consolidar una patria islámica ha recibido solamente el desprecio de los dioses de la guerra, apostados indolentemente sobre las arenas de esta ciudad tan antigua como los palacios de Darío el Grande, arrasados en una noche de saqueo por los soldados de Alejandro, apellidado el Magno. A su lado, siempre cubierto su rostro, me hundía en los sudores de la fiebre, me desangraba en una habitación vigilada en la zona de seguridad, como si la última profecía estuviera a puertas de cumplirse: Argamedón llegaba al fin. Alá despedía sus estertores finales desde el Mar Rojo hasta los campos de petróleo en el reino de los jeques árabes. Ese día la encontré llorando por la pérdida de los suyos en la puerta de oraciones y después, encerrada en mi habitación con el único propósito de vigilar mi sueño, se quedó mirándome, incapaz de comprender que alguien en sus cabales pudiera escoger libremente llegar hasta su mundo.
Maldije su tiempo de tormentas del desierto, a pesar de su inocencia le grité mi rabia contra los poderes omnímodos anidados en Wall Stret, Londres y Madrid, al otro lado del mundo, al otro extremo del universo a donde no llega el ruido de estas calles ni la pestilencia de los muertos y en donde la pronunciación de su nombre, Zaida, rumor de fuentes, podía evocar injustamente la presencia de terroristas bárbaros. Allí, en la ciudad milenaria, orgullo de los persas, escenario de las mil y una noches y arrasada vorazmente por el imperio bajo la bandera de una mentira burda, quedaba mi cuerpo sin expresión, con su mano piadosa acariciándome la frente, mientras trataba de imaginarme el encabezamiento de la próxima portada: Recrudece la guerra en Irak. Estados Unidos permanecerá hasta Abril de 2.008.. Fin del informe.
|
Imprimir |
Enviar historia |


