-Natanadiel Gomes era el dueño del pueblo y la gente solía decir que tenía una finca con iglesia, tanto así, que hasta la alcaldía le pagaba arriendo.
El hombre no termino en la escuela y con un cuarto de primaria encima, probó suerte en todos los trabajos que ofrecía su natal Alpargata. Fue sembrador de palma y empacador de banano, fue vaquero de hacienda y albañil, trabajó duro y supo manejar su dinero; comía lo necesario, compraba ropa solo cuando le era imperativo y se tomaba dos aguardientes los sábados. Se ganó fama de tacaño, pero él se defendía diciendo que solo así le rendía la plata. Y si que le rindió.
Cuando cumplió la mayoría de edad, Natanadiel compró un carrito de helados, novedad sin par en el ardiente pueblo, y puso a su cuñado a manejarlo. La cosa fue bien, pues al cabo de un par de meses, y con varios carritos ya circulando por las calles de Alpargata, Gomes dejo su trabajo en la constructora, incluso cuando por fin lo dejaban mezclar el cemento, para administrar por tiempo completo sus helados. Se jactó entonces, como hizo durante el resto de su vida, de no tener que usar un azadón, una pala o un machete nunca más.
»El buen Natanadiel creció el negocio, y montó otros, y compró tierras y casas y autos, ¡hasta la primera chiva de Alpargata! Hizo favores, tantos como plata prestó, y organizó fiestas y corralejas, desmintiendo su tacañería, y regaló casas y marranos a sus familiares.
»Se casó cuando su mujer se lo propuso, cansada ella de las reprimendas de su madre por la impía unión, y él accedió, porque la quería y confiaba en ella y sabía que no estaba con él por su dinero. Pero Natanadiel era un “hombre, hombre”, como pocos ahora, y comprometerse con una sola mujer lo ponía triste e intratable. Entonces se volaba para el burdel del pueblo, que era de su propiedad, y se hacia acompañar de Soraya y Lola, de Maria y Karina. No porque buscara en ellas cariño o amor o confianza, solo un momento para olvidar sus problemas y relajarse, sobre todo, relajarse. Doña Guillermina, su esposa, sabia de las escapadas de Natanadiel, pero lo aceptaba, porque conocía a su esposo y, sumisa, le complacía que él estuviera complacido y relajado.
»Ella era una mujer que, aunque carecía de belleza física, resaltaba por su bondad y sentido cristiano: le daba dinero a los huérfanos y les compraba zapatos en navidad, también una camándula en semana santa y organizaba sancochos de pescado para ellos, cerca al rió Bonjonó, durante la pascua.
»Natanadiel tuvo cuatro hijos con doña Guillermina: José Alberto, José Arturo, José Alirio y Miguel; este último, causó gran dolor y tristeza a su padre, pues viviendo en la capital cogió mañas raras y nunca las dejo, ni siquiera cuando lo mandaron al ejército, de donde volvió para navidad ennoviado de un sargento. Gomes también tuvo cuatro hijas: Maria José, Maria Jacinta, Maria Jazmín y Maria José la menor. Porque el viejo Natanadiel no se equivocaba dos veces, ni siquiera cuando le fallaba la imaginación.
Esa era su familia en Alpargata.
»Natanadiel también viajo mucho; a Pueblo viejo, Puerto escondido, La tristeza y a las reservas indígenas de la cuenca del rió Quimboyá, afluyente del Bonjonó. Lo hacia por medio de su empresa de transporte, Gomes transportes S.U., que, hasta hace algunos años, contaba con ocho chivas, cuatro lanchas e incluso algunas mulas y caballos para los trayectos difíciles y el invierno. Con su dinero también financió la construcción de un puerto fluvial que conectaba el pueblo con la capital del departamento y carreteras para ir a los pueblos del interior, los mismos por los que Natanadiel viajó. Al puerto lo nombro El Pireo, por su madre Pirermina de Gomes, y a las cuatro embarcaciones, por mucho tiempo las únicas que conectaron a Alpargata con el mundo, las bautizó con los nombres de sus hijas.
»Fue por ese entonces, semanas después de inaugurar el puerto, que el consejo del pueblo votó la construcción de una estatua en su honor, por las obras y amor que Natanadiel había tenido con Alpargata. El viejo se quejó, pues la escultura, que fue encargada a Josefo Manitya, único artista de los rededores, era bastante fea y tenia un pequeño perro french puddle al lado del homenajeado, extravagancia a la que ni siquiera el señor Manitya pudo dar una explicación convincente. En todo caso, la estatua convenció a Natanadiel del cariño que despertaba en el pueblo, pues la presentación de la obra fue un acontecimiento muy concurrido. Con este apoyo el viejo tomó fuerzas para iniciarse en un sector al que había temido hasta ese momento: La política.
»Se lanzó para alcalde ese mismo año y gasto millones en la campaña. Organizó fiestas y regaló trago y anchetas con enlatados gringos; y patrocinó un gigantesco concierto con grupos de todo el país. Cuando terminaron de tocar, ya en la madrugada, dispuso el primer espectáculo pirotécnico que se viera en el pueblo, ¡Nunca tuvieron tanto miedo los alpargateños! aun así su contrincante, el abogado Rodolfo Quintero, no tuvo opción y Natanadiel lo barrió en las elecciones. Se sentó en la silla del alcalde a los cincuenta y ocho años de edad.
»El viejo Gomes era todo menos un intelectual, había abierto si acaso un par de libros en su vida y la operación matemática mas compleja que podía realizar, y no sin dificultad, era una división de dos dígitos. Pero nunca lo habían engañado en la infinidad de negocios que había realizado y poseía un extraño instinto, que pocas veces lo perjudico y que compensaba su poca erudición. Fue un buen gobernante y se rodeo de personas experimentadas y prudentes, con las que mantuvo al pueblo alegre y bonito, trabajando y alimentado. Construyó además la vía Apia, nombrada en honor de Apiano Mejia el obrero que murió durante la obra, que atravesaba el pueblo de norte a sur. Y el aeropuerto, nombrado solo aeropuerto, pues nadie murió en su construcción, ya que era solo un potrero despejado. Lastimosamente, después de que la primera avioneta que aterrizara en el se estrellara, matando a los dos tripulantes y a la vaca que se le atravesó, fue clausurado y convertido en cancha de fútbol. Pero hace algunos años un avión que se encontró con problemas sobrevolando cerca del pueblo, aterrizó de emergencia en lo que creyó era la pista de un aeropuerto, cayendo justamente encima del “campeonato de alpargata por la paz”. Así pues, el lugar fue cercado y prohibido y se entenderá por qué a los alpargateños no son grandes entusiastas de la aviación.
»Todo en la administración de Natanadiel pareció ir bien hasta el día de la toma. Hasta entonces la guerrilla nunca había puesto un pie en aquellas tierras y la guerra no era conocida sino por los informes de radio. Pero después de aquel día no abandonó Alpargata, se volvió parte del pueblo y afectó profundamente la mentalidad y la forma de vida de sus habitantes.
»Natanadiel intentó negociar varias veces con ellos, sobretodo con un tal comandante Cardona, también conocido como “el pantera”, “el manimal”, “el dótor”, “don miyaki” o “las cincuenta paradas del machete”. Pero ellos se habían acomodado en las montañas cercanas, en la vía que conectaba al pueblo con La tristeza y era bastante improbable que abandonaran esa cómoda y estratégica posición.
»Las conversaciones degeneraron rápidamente en jornadas enteras de insultos personales, pues tanto policías como guerrilleros eran normalmente compañeros de grado o trabajo antes de la guerra, la presión fue insoportable y la negociación se rompió. Algunos días después se reanudaron las hostilidades. La lucha entre bandos degeneró rápidamente en cientos de contiendas personales, que pronto adquirieron deudas de honor y en donde se juraron venganza unos contra otros por la muerte de sus seres queridos. La situación empeoraba con cada día que pasaba e incluso en un punto los guerrilleros llegaron al punto de sitiar a Alpargata, y solo una intervención afortunada del capitán de policía logró romper el cerco. Pero para entonces, las familias pudientes del pueblo escapaban por el Pireo hacia la capital del departamento, entre ellas la del viejo Natanadiel. Poco después, en cuestión de unos días, el único carro de todo el pueblo estalló frente a la alcaldía. El viejo Natanadiel alcanzó a vivir lo suficiente, con las heridas que la explosión le causó, para oír como los primeros disparos de la segunda toma rebotaban en el pavimento de la vía Apia…
»Fue entonces cuando el gobernador lo mandó a usted, el nuevo alcalde de Alpargata, en reemplazo de Don Natanadiel Gomes. Considere que nuestro pueblo no sería lo que es hoy sin el viejo Natanadiel, por eso la importancia de la historia de su vida. Yo se que contando todo esto pude haberlo espantado más de la cuenta, pero piense que vivimos una realidad llena de prevención y miedo, pero también de esperanza y felicidad. Nos las ingeniamos para no perder esas dos prerrogativas, las únicas que nos mantienen cuerdos en esta tortuosa existencia. Sea sensato Señor Marín, pues es la mejor de las cualidades que puede tener un gobernante y buena suerte, de verdad, buena suerte gobernando Alpargata.
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