CRÓNICA DE UN SISMO
No imaginé que mientras conversaba con mi amiga Auster vía internet, fueran a sucederse tales eventos. Es más, cuando ella me pidió (llevada por la curiosidad de su temprana edad) que sonriera a través del webcam, mi respuesta fue casi un vaticinio: “¿Y si sucede alguna catástrofe cósmica?”. Pero no fue gran cosa, únicamente un sismo de 7.5 grados en la escala de Richter (en la de Mercalli llega a 7.8 ó 7.9), que remeció gran parte del continente sudamericano. Comparado con una catástrofe cósmica, no era más que un simple espasmo.
Aproximadamente a las 6:40 pm, la cabina pública donde me encontraba empezó a tambalearse levemente; las mesas, junto con los monitores y algunos fluorescentes de la habitación, parecieron tambalearse gradualmente. Casi nadie percibió tal anomalía hasta transcurridos treinta segundos de oscilación; una vez percatados del “temblor”, decidimos salir a la calle, exactamente al jirón Puno en pleno Centro de Lima, cuyas edificaciones (en un 85%) están hechas de adobe y quincha. Así, mirándose las caras, la mayoría de personas trataban de convencerse de que pronto la sacudida terminaría. Pero no fue así.
La larga pista que se extendía desde la avenida Abancay (que es transversal a ésta) hacia el jirón de la Unión, en ese momento inalcanzable con la mirada, estaba repleto de más personas con cada segundo transcurrido. Sentí un ligero vértigo al comprobar que el piso daba ondulaciones relativamente moderadas, como si se tratara de la marea del océano. Fue ahí que el instinto de supervivencia se desató en cada una de las personas de manera diferente y hasta muy particular. Algunos no sabían hacia dónde dirigirse (puesto que la aglomeración de personas había obstaculizado las calles adyacentes), y con la mirada buscaban alguna bodega o garage para protegerse (¿?); otros se agolparon hacia el cruce de los jirones Puno y Azángaro, formando una especie de jaula humana, con los brazos entrelazados y las miradas dirigidas en todas las direcciones posibles; también estaban los que no pudieron contener el espanto de verse atormentados por apocalípticas reminiscencias de alguna película alusiva, dando rienda suelta a los gritos, a la desesperación de correr como un roedor, a la irresponsabilidad de atropellarse entre sí, terminando así en un llanto que más tenía de ignorancia que de espanto. Pero hubo también un grupo que, sereno y manteniéndose lúcido hasta el final, trató de infundir orden en las demás personas a través de pláticas y consejos acerca de seguridad; debo admitir que yo no me encontraba en ese grupo. Al igual que unos cuantos, yo formaba el grupo de los indiferentes, de esas personas que les daba lo mismo un terremoto que una catástrofe cósmica, sea porque no aprecian la vida o porque son lo suficientemente cobardes como para buscar excusas a un posible “suicidio involuntario”. Fue esa indiferencia la que me llevó a apreciar, en toda su magnitud, los acontecimientos del sismo en el jirón Puno de Lima. Los semáforos colgantes se balanceaban a manera de péndulos luminosos, algunas paredes sufrieron rajaduras subrepticias, incrementando así el pánico de las personas; un trozo de adobe, de aproximadamente metro y medio de diámetro, se vino abajo desde un segundo piso. El suelo mantenía su movimiento ondulatorio, desequilibrando a muchas personas, haciendo que éstas se tropezaran entre sí o se abrazaran, muy al margen de conocerse o no. El llanto, el bullicio, los ajetreos, el mismo “ajetreo” del suelo, todo ello formaba parte de un cuadro único e irrepetible (a menos que sobrevenga alguna réplica más adelante), en donde la transfiguración de los rostros era el único factor común, como si se tratara de la “marca” distintiva del artista.
Pero lo peor (aunque para mí fue más bien “lo más espectacular”) vino luego, en pleno caos; un resplandor titiló a lo lejos, hacia la Plaza San Martín, ubicada más o menos a diez cuadras de donde nos hallábamos. Fue una descomunal ráfaga de luz que inundó todo el cielo, ennegrecido anteriormente por las nubes; tal expansión lumínica, desde nuestra ubicación, tomó la forma de un abanico, y centuplicó el pavor en la población general.
No pude evitar sentirme un poco satisfecho de presenciar dicho espectáculo; se trataba de un fenómeno de triboluminiscencia (hace años, cuando leía acerca del “fuego de San Telmo”, supe de ello y de otras anomalías de electrostática), donde la fricción mecánica de la tierra combinada con el nitrógeno atmosférico (además de la humedad de las nubes de lluvia aquí en Lima) produjeron una especie de “aurora boreal”, aunque considerablemente más reducida. No pretendo asegurarlo, pero es lo más probable.
Algunas luces se extinguieron junto con los gritos de las personas, reinando únicamente el bullicio de los autos; un murmullo hormigueante se desató entonces, dando prueba de que ya todo había culminado. Fueron casi dos minutos… dos minutos sumido en la contemplación pormenorizada de tales eventos, indiferente al bullicio general y a la desesperación infundada de los demás, hasta que la imagen de mi hija de dos años y medio de edad, asustada y distanciada de mí a muchos kilómetros, me sustrajo de aquella inolvidable abstracción hacia la realidad. No lo pensé más y, zigzagueando, esquivando a cuanto transeúnte se me interponía, hice el recorrido a pie de veinte cuadras hacia la vía de Evitamiento, en el paradero de Acho. En mi recorrido, encontré grupos similares a los que ya había visto, además de algunos desmayados que eran socorridos por la policía de tránsito. No me detuve para nada, salvo para encender un cigarrillo a mitad de camino. El paradero era otro caos, atiborrado de gente a más no poder, y el transporte público era un privilegio que sólo gozaban los que se abalanzaban violentamente; estuve media hora sin gozar de aquel privilegio, hasta que decidí ser uno con la masa y entré a trompicones en una combi rumbo a mi casa. Fue ahí donde me enteré, por radio, de la magnitud del sismo, de su probable epicentro, de su extensión, de las réplicas que se habían suscitado, del trauma que vivió gran parte de la población. Por si fuera poco, el Centro de Alerta de Tsunamis de Hawai (EEUU) emitió una alerta de peligro de tsunami para la costa sudamericana, recomendando la evacuación inmediata de las poblaciones costeras.
Traté de relajarme y hacer lo que siempre hago en un carro: leer. Así que saqué mi libro para que el trayecto me pareciera más corto (a veces hasta “mágico”), pero no pude apartar mis pensamientos de lo acaecido hacía unos minutos… Definitivamente, y a pesar de encontrarnos en una zona eminentemente sísmica, no creo que estemos (al menos los peruanos, desconozco la coyuntura de otros países) lo suficientemente preparados como para tomar las posturas adecuadas ante un fenómeno de esta naturaleza. A pesar de las experiencias pasadas (que sí fueron catastróficas) continuamos albergando esa tendencia a la desesperación o a la insensata súplica hacia alguna divinidad celestial, producto de nuestra ignorancia como civilización. Y pude corroborarlo más cuando, al llegar a mi casa, encontré a mi hija durmiendo, ajena al desconcierto nacional, como si nada hubiese pasado, como si se tratara de un día más en la vida.
Pues bien, así haya habido cordilleras tectónicas emergiendo del suelo, abriendo grietas espantosas por doquier, mientras el cielo se electrificaba en una especie de microondas colosal, todo hubiera seguido igual. No somos el centro del universo, ni siquiera de la galaxia; una “catástrofe cósmica” en nuestro pequeño planeta azul (que cada vez se va haciendo más marrón debido al indiscriminado uso del agua) no alteraría en absoluto el orden del universo. Considero que todavía tenemos mucho que aprender en materia preventiva o de evacuación. No podemos dejar que el temor y la ignorancia se hermanen, ya que lo único que conseguiríamos sería acelerar nuestro propio final. La mayoría de pérdidas humanas no se debe al sismo, sino a nosotros mismos.
Aurelio
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