Y la veo sentada sobre el cordón de la calle, sola, escrutando una insignificante mariposa. Cuestionando hasta su propia existencia. Cosa que suele hacer cualquiera. Respirando el olor grotesco de la sociedad. Y llorando. Porque sabe que todo tiene su final, y que en algún momento esa mariposa que observa con sutileza, volará y de pronto, caerá, porque ese es su destino. Y así como la ve morir, recuerda. Recuerda algo oscuro, que seguramente le hace mal, porque parece tambalear y derramar lágrimas. Pero nadie la ve, la gente pasa delante suyo como si nada, no la observan ni saludan. Sólo la ignoran. Ella, dulce y a la vez cruel, asesinando con la mirada, trata de olvidar. Se detiene, ve el cadáver, lo llora. Y vuelve a recordar, contra su voluntad, pensando en aquello que nadie parece comprender. Sabe que no lo debe confesar, porque desconfía de la indecente sociedad. Desespera. Se pone de pie, y corre. No sabe aún hacia dónde. Grita. Nadie la escucha. Cree que quedó muda. Un par de pájaros la observan desde el nido, cantan y se detienen. Ella gira, cae como la mariposa, y duerme; eternamente, debajo del puente del que acaba de arrojarse.
Agustina.-
|
Imprimir |
Enviar historia |
