Fecha: 21/03/08 19:14

Novela Conjunta II. Joseph1956

Capitulo 1.- Autora: Trampolín

Me quedaban un par de días libres, quise aprovecharlos para conocer algo más del país y volé a Ciudad de México.

Encontré alojamiento barato en el centro, dejé el equipaje y salí a conocer la ciudad.

Primero ver la inmensa Plaza de la Constitución, o más conocida como la Plaza del Zócalo; en la que vendedores ambulantes de camisetas, tamales, artesanía, quesadillas y música pirateada, se mezclan con brujos ataviados con plumajes que danzan, y quitan mal de ojo a los asiduos habitantes y turistas curiosos, entre humo de incienso y sonar de tambores.

Allí, también se encuentra la Catedral Metropolitana, construida en el S. XVI, con materiales de lo que fueron el Templo de Quetzalcoatl y otras edificaciones sagradas menores que ocupaban ese lugar antes de su destrucción por los españoles.
Entré en ella, no me impresionó más que otras ya vistas de iguales o parecidas dimensiones; pero, sí me llamó la atención algo por resultarme chocante; en una de las 15 capillas laterales con las que cuenta, concretamente en la segunda de la derecha, había un atril de sujetar pequeñas velas de hierro negro, cubierto de candados, me acerqué, algunos tenían papeles escritos hacia fuera, … eran amarres, unos con petición para cerrar la boca a personas concretas y otros para unir enamorados distanciados; estaba viendo ritos de brujería pagana dentro de una catedral católica; si conocía las ofrendas de réplicas de miembros humanos en cera que se hacen a los santos, pero nunca había visto candados.
Salí de allí, recorrí algo la ciudad y regresé a mi hospedaje, pasando por una pequeña taberna, sabía que no está bien visto que una mujer sola entre a un lugar así, pero el calor me asfixiaba y solo me apetecía una cerveza.
Me asomé a la puerta, parecía un lugar tranquilo, una mujer de mediana edad servía en la barra, sonaban rancheras a un volumen aceptable y un pequeño grupo de jóvenes bromeaban y reían en una de las mesas.
Pedí una buena chela y me senté, los jóvenes se me quedaron mirando, ya uno se atrevió y se acercó a mí amablemente tendiéndome la mano:
- Sea bienvenida a México. ¿Es española?
- Gracias. Agarre su mano a modo de saludo. Sí, soy española.
- Pero no esté tan sola, véngase con nosotros.
Me fui a su mesa, hablamos un rato, contrastamos opiniones, y ya alcanzada la confianza les comenté lo que había visto en la catedral, pero no como algo que yo atacara, sino por curiosidad, preguntándoles de paso si conocían otros rituales, siempre me han atraído esos temas.
Quedaron callados por unos instantes y me ofrecieron para beber de una pequeña botella que llevaban en un morral asegurándome que no tenía alcohol.
Su sabor era agradable, dulce, y su color amarillento.
Comencé a sentirme mal, me mareaba, mi estómago se retorcía, la estancia se oscurecía y alumbraba ante mis ojos, mi cuerpo pesaba, pesaba mucho, me resultaba imposible sujetarlo y caí al suelo; comencé a vomitar, dos muchachos intentaron levantarme pero otro les dijo que no, que no me tocaran, que debería “cumplir con el proceso”.
Mis sentidos se agudizaban a la misma velocidad que el miedo aceleraba el ritmo cardiaco.
Movieron la mesa para dejar más sitio libre en el suelo, el arrastrarla sobre las baldosas de cerámica produjo un estruendo desgarrador tal que sentí como si un terremoto azotara todo el entorno, y, de repente me encontré sobre al borde de un abismo, al mirar hacia abajo percibí que mi cuerpo era de hombre joven, con piel del color de la tierra, sentía mi pelo lacio moverse con el viento.
A muchísimos metros hacia abajo se veía un río, y sentía tristeza, mucha tristeza, una tristeza que me ahogaba, que me impedía respirar, mis brazos se alzaban abiertos y gritaba de dolor de ese dolor que no es físico sino del alma.
La tierra continuaba vibrando bajo mis pies, giré hacia atrás, desde lejos una gran bola de fuego se acercaba hacia mí velozmente, a mi lado había un ternero que me miraba, frágil, tembloroso, y yo del mismo modo a él y a la bola que por momentos estaba más y más cerca; no sé cómo pero salté y al hacerlo mis brazos fueron fuego, mi cuerpo se envolvió y choqué contra ella, la cual salió despedida, aturdida miré al ternero que ya no era tal sino un gran toro que resoplaba y amenazaba hacia el horizonte con un ataque ...
Por un instante o algo más, no sé, no sabría decir por cuánto tiempo, pero creo que perdí el conocimiento, para volver de nuevo subiendo unas escaleras, grandes escaleras de piedra, no veía más que eso, escalones, escalones, escalones y escalones; mis hombros estaban cubiertos por una capa roja, sentía su peso en mi espalda, seguro que era muy larga y la estaba arrastrando, en mis muñecas tenía brazaletes de metal y también en los tobillos; en ningún momento levanté mi vista, solo subía y subía.
Al llegar al final de los escalones me arrodillé, y ante mis ojos que continuaban con el gesto humilde aparecieron unas manos de grandes dedos, sostenían una jicara que se me ofreció adelantándola hacia mi cara, no le vi la cara, pero por sus brazos se adivinaba que debió ser un hombre fuerte aunque ya la piel arrugada le delataba anciano.
Tomé aquel recipiente, su contenido era un líquido oscuro y grasiento, me lo llevé a la boca, el sabor amargo penetró por mi garganta, y a partir de ahí solo recuerdo imágenes sueltas; una pared de piedra con colibríes, una culebra negra, una anciana que me colocaba un collar con una concha, hombres vestidos de blanco con sombrero blanco alrededor de una hoguera, y así una tras otras como fotogramas pasaban por mi mente.
De repente volví a la taberna, miré, no sé por qué, pero miré hacia la puerta, y un señor de gran altura con una capa de plumas de pavo real y un gorro parecía salir por ella o atravesarla, estaba confusa, y su imagen se desvanecía como el humo.
- ¿Qué tal te encuentras? Me preguntó el chico que había dicho a los demás que no me tocasen.
No acerté a contestar, vomité de nuevo.
- Mejor,… eso creo. Pero cansada, muy cansada.
- No hables, ahora no te preocupes por nada.
- ¿Recuerdas quien eres y dónde te alojas?
- Si, si, eso sí, pero es que he visto tantas cosas que…
- No, tranquila, ahora no, espera, tienes que dormir, esta noche hablamos.
Me llevaron al hotel y caí rendida sobre la cama.
De noche vinieron a verme, les conté lo que recordaba.
- Debes ir a Chiapas, a las dos Chiapas, a la de Indios y a la de los Españoles; en la primera busca algún chapaneco, y en la segunda tienes que ver a los chamulas. Hazme caso, es importante.
- ¿Por qué es importante? ¿Qué significa?
- No te puedo contar nada, es mejor que lo sepas por ti misma.
- No, imposible, no puedo, yo tengo que volver a Yucatán, allí me esperan para una reunión.
- Está bien, solo te diré, que desde dónde tu te viste sobre el abismo, y abajo el río, es justo el lugar desde donde los chiapanecas se suicidaron antes de ser esclavos de los españoles, en el Cañón del Sumidero; sobre vivieron muy pocos. Debes ir a Chiapas, intenta retrasar esa reunión, es importante para ti, no lo olvides. Adiós amiga y mucha suerte.
Quedé perpleja, y estando en eso mi teléfono móvil sonó.
- ¿Sí? Dígame
- ¿Doctora Marta Gutiérrez?
- Sí, soy yo, ¿con quien hablo?
- Buenas noches
- Buenas noches
- Mire, qué pena con usted, pero he decirle que se ha pospuesto la reunión en ocho días, no se preocupe por los gastos que esto le ocasione, nuestra Universidad los pagará. El doctor tiene mucho interés en hablar con usted pero le ha surgido un imprevisto. Por favor, sería de nuestro agrado recibirla entonces, entendemos que esto ha sido precipitado y entenderíamos que usted se quisiera regresar a España.
- No, digo sí, o no, no. Quiero decir que no pasa nada, yo también preciso de esa reunión, nos veremos cuando usted dice, no hay problema.
- Con mucho gusto señora, el doctor le quedará muy agradecido.
Tenía siete días libres, y lo que me dijo el muchacho sobre lo que experimenté me creaba curiosidad.
Dormí, y a la mañana siguiente agarré el primer avión a Tuxla Gutiérrez.
A mi llegada, y sin más espera pregunté y me dirigí a la estación de autobuses para encaminarme a Chiapa de Corzo, antigua Chiapa de Indios.
Sin entender el por qué, a mi llegada a Chiapa compré flores blancas, y con el equipaje y una maleta caminé hacia el río Grijalva que quedaba cerca, comencé a llorar y arrojar aquellas flores al agua, como si ya lo hubiera hecho antes.
- Todos vienen aquí a hacer lo mismo. ¿No se dan cuenta que atrancan los motores de las barcas?
Miré a mi izquierda, era un señor de edad quien me reprochaba.
Entre sollozos le pregunté:
- ¿Cómo que todos? No entiendo
- Sí, de siempre vienen aquí, y ya está bien, que los muchachos se ganan la comida con el turismo y no van a poder salir con las barcas estropeadas, porque señora las flores se meten en los motores. No piensan en los demás, no piensan…
Y se fue.
- ¿Siempre?
Mi siempre tenía apenas media hora de existencia.

Capitulo 2.- Autor: German25

Una vez instalada en el precario hotel del lugar, comencé a pensar en aquel hombre y sus palabras. No dijo mucho, pero lo que dijo me dejó pensando. ¿Quiénes venían siempre y qué no entendían? Sólo fueron unos cuantos pétalos y ya, me sentía parte de aquel lugar como si desde siempre lo hubiera tenido metido en lo más profundo de mis sentidos, me sentía una más de esos todos. De todos esos que el hombre había mencionado como si fuera un grupo, o como si siempre fueran los mismos.
Me quedé dormida ya sin pensar en el hombre y en lo que me movió a llorar mientras se acababan los pétalos. Pero tuve un sueño difuso donde me vi apenas vestida tirando pétalos al por mayor, ya no sólo pétalos blancos sino de colores, azules, rojos, negros; rodeada de hombres idénticos con las armas listas para armar una guerra o algo similar. Un poco más delante de mí me pareció ver a un hombre blanco sentado en un trono enorme que estaba recubierto de piedras preciosas y con un gran penacho de plumas de colores, de varios tamaños. En su cuello relucía una enorme gota de vidrio azul.
Cuando el hombre me miró, desperté sobresaltada y casi gritando. Fue como si desde el sueño me sentenciara a algo que no comprendí. Ya no pude dormir.
Ya más tarde bajé a cenar a la modesta fonda que ofrecía a los turistas platillos de humanos a precios de dioses, adornados como manjares en platos sencillos.
Los alimentos típicos del lugar eran solicitados con gran ansiedad y demanda por los turistas, que no conocían casi ninguno de los platos que ahí se elaboraban.
Había hombres de todos tipos, mujeres serenas sentadas como sin nada que hacer. Niños y niñas jugando a hacer referencias a un dios. Cuando los miraba escondían la timidez bajo la mano. Pero sus ojos me decían algo más. No entendí.
Cuando yo ya estaba por terminar el tamal de jacuané con agua de chicha, que la cocinera amablemente y que no supe por qué había reservado para mí, un hombre se me acercó, puso su mano sobre la mía y se sentó a la mesa, sin esperar a ser invitado.
Tenía la cara pequeña y su pelo ausente, los ojos negros decían muchas más cosas que su desdibujada boca; su ropa era pulcra aunque pobre, y en su morral algo azul brillaba.
Comenzó a recitarme una historia que no entendí, pero me miraba como si me conociera de toda la vida, como si yo tuviera que entender de lo que me hablaba sin ser así. Me le quedé mirando hasta que me dijo que no intentara jugar con él.
-¿Jugar? ¿Con qué?
-Nada es juego, sino certeza que juega a ser.
Luego en un mapa me marcó todo lo que debía viajar, si quería llegar antes que la luna llena, ¿“pero a dónde?, ¿llegar a dónde?” le pregunté. “No debes saberlo antes de tiempo” sólo atinó a decirme y se fue.
Con más dudas que ganas de seguir en ese lugar, tomé mis cosas y subí a la habitación, y desde la ventana adiviné la vida moviéndose lejos de ahí, hubiera querido estar en Mérida, en Tulancingo, hasta en el Distrito, pero lejos de ahí.
Había viajado antes con la seguridad de que los lugares son de uno, y no que uno es de cierto lugar, sino viviendo en cada uno de ellos como si fuera el último suspiro y estar ahí, me hacía sentirme diferente y cambiar de idea.
La noche pasó muy lenta, creo que no la esperaba tan movida. Fue como un regresar a mis noches de adolescencia entre el bullicio del no llegar, y la inquietud de regresar tarde.
Chiapas brotaba ante mis ojos más como un misterio que como una solución, y a cada suceso que iba enfrentando me iba venciendo la curiosidad.
A la mañana siguiente, muy temprano, el hombre ya me estaba esperando. Con su misma ropa reluciente, no entendía cómo podía ser la misma y no ensuciarse nunca. Su morral brillaba azul otra vez.
-Sólo la esperábamos a usted para partir. Me dijo.
-¿Adónde? Quise saber con angustia
-No es el momento de preguntar. Y tan sólo con eso me convenció.
Adentro de la camioneta vi a más mujeres y eso me dio confianza, pero había también un grupo de hombres como vestidos iguales todos; y ahí ya no entendí. No supe nada más, pero con el gusanito de la aventura, subí.
En el camino el hombre se creyó guía y nos fue diciendo que visitaríamos varios lugares, mientras duraba el viaje.
-¿Cómo que mientras dura el viaje? No traigo equipaje. Le objeté.
-A donde vamos no lo necesitará. Contestó.
En su larga lista de lugares estaban aquellos que yo sólo había escuchado nombrar en los libros: las Cascadas de Agua Azul, Misol y Chiflon, el Cañón del Sumidero y las Lagunas de Montebello; bueno, hasta Palenque, Bonampak y Yaxchilan mencionó. Como si se tratara de un viaje cinco estrellas con escala en cada bosque, en cada selva, en cada pedazo de paraíso que era todo aquello.
Yo no supe qué decir ni pensar, ni hacer. Nada podía.
La camioneta siguió su curso hasta que se hizo de noche y llegamos a Tuxtla Gutiérrez, a una casita pequeña, con las habitaciones precisas para que todos nos quedáramos sin molestar a nadie.
La noche estaba un poco fría, el viento erizaba hasta los más delgados cabellos. Entonces lamenté no haber llevado algo más abrigador en mi maleta; maldije mi suerte cuando recordé que estaba ahí sin yo haberlo planeado.
Hasta mí llegó un fuerte aroma a incienso que provenía de la sala de la casa, donde sentado en una gran silla había un hombre vestido de blanco, que lanzaba un cántico en una lengua que no conocí.
Nuestro recién nombrado guía, caminando despacio y sin ceremonias, llegó hasta él y algo le susurró al oído. Sentí un escalofrío cuando de pronto el hombre volteó y me topé con aquella mirada de mi sueño.


Capitulo 3 Autor: Guapoyelegante

La Mirada que trataba de sostener era más poderosa que la mía por lo que de hecho mejor baje la vista, sentía que la Mirada me seguía para donde fuera, en tiempos me mantenía inmóvil, y esta seguía pegada a mi cuerpo.
Levanta la cabeza con lentitud y solo llegue a ver lo blanco del vestido de aquel hombre, las sandalias que portaba me traían vanos y muy lejanos recuerdos, como si alguna vez hubiera usado unas de esas.
Recordé que dentro de la taberna en México, una bola de fuego se acercaba hacia a mi, mis brazos estaban en llamas y la bola reboto en mi cuerpo, dejándome notar que un becerro se convertía en toro a la vez del choque; Creo que ese brebaje que me dieron los jóvenes me dio cierto poder sobre premoniciones, "ya que lo ultimo que he soñado me ha estado pasando " pero será este el individuo de las Chiapas de los indios que tengo que visitar, me preguntaba temerosa, así que con valor me acerque lentamente a el, decidida, con la cabeza erguida, tratando de sostenerle la mirada, esa mirada ponderosa y fuerte que me penetraba hasta lo mas profundo del cerebelo.
Al llegar a dos pasos de el varios hombre con lanzas en las manos se pararon frente a mi, protegiéndolo sin dejarme avanzar. Una mujer se paro junto a mí y me dijo que la acompañara, que para poder hablar con el sacerdote tenía que asearme y cambiarme de ropa.
Me llevo a una choza de una sola habitación con paredes de barro y un techo fabricado a base hojas de palma que a pesar de que afuera hacia mucho calor, la altura con que estas fueron tejidas refrescaba el interior de la misma trabajando en conjunto con la gruesa pared.
Varias mujeres jóvenes de escasos quince años comenzaron a quitarme la ropa y ya desnuda me llevaron al fondo, donde había una especie de tina escarbada en el suelo, llena de agua y cubierta de pétalos de flores , me quitaron la frazada y me indicaron que me metiera,. El agua estaba fría, baje por una escalerilla hasta llegar al centro de la pequeña alberca. Me cubría hasta los senos, detrás de mi dos de las doncellas se quitaron el vestido y entraron en la fosa, se me acercaron y comenzaron a tallarme el cuerpo con los pétalos de flores que flotaban, puños y puños de ellos.
Recorren mi cuerpo entero una y otra vez, yo las miraba con un poco de miedo, la mayor de ellas la mujer que me había metido en la choza me dijo.
----No temas, nada te pasara, solo que para ver al sumo sacerdote, debes de estar perfectamente limpia, con un aroma a flores silvestres. --- Mientras caminaba de un lado a otro vigilando que el trabajo se hiciera bien.
--- No tengo miedo, solo es algo que presiento, como si ya hubiera estado aquí, en este mismo lugar. --- Nunca supe de donde me salieron estas palabras. De algo estaba segura era de ya había llegado al lugar señalado por el destino, ese destino trazado en las que no muchas creemos, media hora después, me salí y camine a un catre que estaba cubierto por una sabana blanca, me tuvieron sentada por mas de diez minuto sin dejar que me moviera, yo solo veía a la “ jefa “ quien me sonreía a cada mirada que le enviaba, ya levantada, me dijo.
---No se como tomes esto, pero para entrevistarte con el gran jefe, debes de estar completamente pura, el no haberte dejado levantar del catre era para asegurarme de que no tienes tu sangrado.--- Mientras me tapaba con la sabana que cubría el catre y se dispuso a secarme.
--- Debe de ser algo muy sagrado, el visitar a ese señor --- le conteste mientras alcanzaba mi sostén, en un santiamén me lo arrebato y con una linda sonrisa me metió otra vez a la natural bañera, ya que no debía de tocar nada, absolutamente nada.
Me vistieron con un solo vestido fabricado con algodón, de color blanco, con unos encajes azules y rojos que adornaban la parte de abajo y curiosamente me pusieron unas sandalias como las que el cacique vestía. Nada de ropa interior únicamente el vestido nuevo. Mi cabello suelto adornado del lado derecho por una hermosa y aromática flor blanca. En verdad me sentía pura muy pura.
Me sacaron de la casita y un golpe de calor inundo mi cuerpo, una suave brisa entro por debajo del vestido, caminamos hacia el trono donde se encontraba el sacerdote, al estar frente a el, me hincaron siempre acompañada por un guardia de cada lado, la cabeza la tenia inclinada, no podía verlo a la cara, hasta que el me hablara, esas fueron las instrucciones que me dieron.
Una voz chillona, aguda me pregunto.
--- ¿A que has venido hasta mi trono?, tu pareces de fuera, pero veo en tu karma que en un tiempo atrás pasaste por este lugar, fuiste hombre, tal vez un esclavo capturado por nuestros antecesores de alguna de las tribus enemigas.--- Un escalofrío recorrió mi cuerpo, levante la mirada y viéndolo a los ojos pregunte.
--- ¿Esclavo enemigo? --- pregunte unas figuras me llamaron la atención un becerro estaba pintado del lado derecho del trono, una bola de fuego con figura de sol al centro arriba de la silla y un toro en posición de ataque en la parte izquierda.
La mano del gran jefe me toco la cabeza y me dijo.
---Tu debes de buscar, de donde eres en la vida pasada, puedes ir a otros lugares a buscar tu otro yo de la antigüedad y cuando te encuentres a ti misma, regresa a mi y te liberare.--
Bajo su mano y los guardias me retiraron me regresaron a manos de la “ jefa “ quien me llevo a un aposento colectivo donde había varias mesas llenas de suculentos y variados platillos, no supe por donde comenzar a comer, todo se veía delicioso.
Mientras agarre un plátano, pensé ¿y ahora a donde me puedo ir a buscar mi otro yo?

Capítulo 4. Autor: Osito151065

Extraña Atracción:

Uff, que dolor de cabeza, todo esto me esta mareando, este viaje, estos sucesos, mi persona, los amigos, ¿que hay en mi?, ¿que tengo de especial yo? - durante 13 largos minutos la Dra. se miró en el viejo espejo colgado a media altura en su habitación - en la calle el viento era recio, la gente pasaba de prisa acogiendo sus gabanes y otros con las manos en los bolsillos.
Una luz encendida y de pronto una idea en la mente de la Dra. miró vagamente por la ventana, por cierto unos cristales viejos, testigos mudos de tantos encuentros amorosos, de tantas reuniones productivas... sorpresa, vio en la calle cabizbajo, meditabundo a aquel muchacho que había conocido en el bar, sintió unos deseos extraños en su interior, en su sangre, no eran sentimientos de esos que relacionan con el amor, ni menos hormigueos, ni menos mariposas.
Rápidamente pensó y entre sentimientos extraños y personales, tomó la firme decisión de llamarlo, al llegar al primer piso y asomarse a la puerta, un fuerte viento le movió el cabello y ese gesto pudo ser apreciado por aquel muchacho, entre belleza madura y sensualidad quedó pasmado con aquella silueta que dibujo el viento; ruadamente fue a su encuentro, - dijo, si señorita, en que le puede ser útil - y ambos quedaron fríos mirándose el rostro, el también era fatal, abrigos que se movían por el viento, bufandas que volaban con el viento y una abuela tincando los dedos al salir por aquella puerta del alojamiento sin duda que mostrando olvido de algo en la habitación, ni eso pudo distraer esos segundos de tan intensas miradas.
Superado el momento, la Dra. invito al muchacho a pasar al lobby del alojamiento, esos labios carnosos y la tez blanca reinaban en la conversación, la gente que pasaba acusaba miradas por lo intenso de la plática y entonces, la pregunta fatal salio de labios de la Dra. ¿Por qué no pasamos a mi habitación y platicamos allí?, mientras discurrían por el pasillo hacia el 2do piso, por las espaldas se podía observar una homogeneidad de pareja, una química infinita entre ellos.
Ya en la habitación, la una sentada a medio cachete sobre la cama y el otro sobre una silla girada y tomada por el respaldar hablaba y hablaba de ritos y ceremonias que había soñado justamente un día antes de que llegase la Dra. al BAR, la parte que motivo intensidad en la plática fue cuando dijo aquel muchacho - en sueños que llegaría desde oriente el complemento, el anhelo de la tierra - y el haberla encontrado en el bar, rápidamente le sugirió que hicieran todo aquello que vivió.
Tanto el uno como el otro se tragaba los deseos de tomarse como mínimo la mano, no llegaba el momento de romper ese grueso hielo, hasta que la Dra. le pidió que alcanzara un lápiz de aquel velador vetusto y barato de la habitación, se oyó el chirido del reloj del muchacho, le indicaba que ya eran las 17:00 horas, que ya debería estar en casa, fue ahí que el perfil de aquel muchacho despertó el delgado sentimiento que había en ella, tanto así que en el descuido ella miró su hermoso trasero, rellenito por cierto.

Al voltear la mirada, ya se podía notar y percibir en el ambiente esos deseos carnales entre ellos, el uno resistiéndose por la calidad profesional y la visitante del oriente, la otra resistiéndose a manifestar los estímulos internos experimentados; la palabra mágica reventó de ella, con un "acércate", quisiera ver la palma de tu mano, ante irresistible petición el muchacho cedió, ella la toco suavemente, la volteó, la olio, y disfruto tocando cada uno de sus dedos de su mano derecha, tomado ella de la mano de él, se sentaron al filo de la vieja cama de la habitación, ella movilizó sus dedos por el cabello delgado del muchacho, algo largo por cierto y en un descuido de éste, sus labios se unieron, fue solo una chipa de aquel incendio de ideas que brotaron, ella dijo firmemente, - cuéntame de esos sueños, ¿por qué soy yo la que tiene que ir? - durante la plática, entre confundida entre sentimientos y necesidades de información, el muchacho tocó las descripciones de una ciudadela, de una fortaleza, que desde el cielo se podía ver como el rostro de un indio y unos pendientes de una de sus orejas.
Los resultados del análisis no se dejaron esperar, sacsayhuaman dijo ella, eso es Perú, y ¿que más viste en sueños? que había hombres reclamando pago, reclamando castigo, reclamando descansar, todo eso le abrió luces a los acontecimientos, la motivación se encendió más, la curiosidad fue despertada abismalmente, tanto así que el muchacho entro en pánico cuando la Dra. le confirmo que necesitaba de él, que requería contar con él, ante la demora de la respuesta un segundo beso selló el acuerdo sin acuerdo.
Ve, ya se hace tarde, ve a casa que mañana necesito de ti, tengo planes de resolver todo esto, dicho esto, el rostro del muchacho se entristeció abismalmente, como una maldición, como una pena por la pérdida de algún ser, un beso en la mejilla sentó la despedida.
Al bajar el muchacho de la habitación pudo percibir al oído una palabra femenina muy tenue – te necesito -, no prestó atención y en las escaleras nuevamente con un tono más firme sintió el roce de una manos; todo esto lo confundió y apuro los pasos al bajar, al salir la calle tropezó con la misma anciana que los vio en la puerta, ésta nuevamente hizo chasquear los dedos, lo miró al rostro y dijo, — hijo que pena llevas en el rostro — el muchacho lo esquivo, tan notorio fue esa acción que la gente del entorno pudo percibirlo, el viento moviendo las prendas de vestir, moviendo las bufandas de los caminantes, aquel muchacho se perdió en la distancia, dirigiéndose a su hogar, quien sabe que le esperaba el día siguiente.

Capitulo 5. Autor: sancebau

“Hijo de la luna”

Luego fue el sueño profundo. Me acomode como mejor pude para pasar la noche. En mi cabeza se mezclaron como arabescos de pesadillas las imágenes de mi encuentro con el muchacho del bar y autenticas alucinaciones que atribuía a los licores que había ingerido con mis compañeros de viaje o al penetrante incienso que habían encendido en la casa. Tan ajena me sentía de mi misma que llegue a pensar que el propio muchacho no había mas que un fantasma de mi imaginación y su visita tan solo una broma de mi cerebro. Y sin embargo, yo sabía que había sucedido.

Poco antes del amanecer el sueño me abandono y me puse a dar vueltas en el camastro en el que yacía. Muy pronto sería tiempo de reunirme con el resto de la comitiva a la que me había unido y con el recuerdo del muchacho en mi cabeza me imagine amoldándome a su cuerpo ausente, haciéndole espacio en mi camastro, guardando al distancia del bulto de su presencia como si hubiese pasado la noche conmigo. Forcé al máximo mi memoria para alimentar mi juego, para recordar sonidos en mis tímpanos, detalles de sus labios, rastros que lo evocasen. Hasta que sin percatarme di con unas palabras susurradas en mis oídos. “Tienes que ir a la Chiapa de Españoles. Ahí te espero” Ya antes me lo había dicho, en el D. F., y aquí también me lo había dicho. Recordé que quise preguntar el porqué pero que sus finos dedos se posaron en mis labios para cerrarlos delicadamente. ¿Acaso aquel muchacho había estado siguiéndome? ¿Estaba controlando mis desplazamientos para vigilar que yo cumpliese con su disposición?

Me moví en el camastro y algunos rayos de sol cayeron en mi rostro. El alba estaba pronta a convertirse en franco día. Pronto vendrían a buscarme los de la comitiva. Dí una vuelta mas tratando de huir del presente y buscando sumergirme de nuevo en la noche, tratando de volver a traer al muchacho de nuevo hacia mí. En mi giro sentí un extraño objeto rozar mis piernas.

Me sobresalte, pues tenia la seguridad que no había dejado nada sobre la cama la noche anterior. Mire el suelo y ahí estaban mis escasas pertenencias, en el suelo, donde las había colocado antes de echarme en el camastro. Me incorpore sobre el lado derecho y deslice la mano debajo de mis sabanas y toque un pequeño bulto. Cogí con las puntas de los dedos aquel objeto y lo saque. Lo acerque a mi ojos, tenia la apariencia de un tamal seco, rectangular, no mucho más grande que mi mano, un amasijo de lo que parecía ser fibras vegetales firmemente sujetadas por un hilo también vegetal. Tenia toda la apariencia de un libro viejo. Pronto caí en la cuenta de que era eso y con una exclamación lo deje caer sobre las sabanas.

¡Un códice! ¿Pero como diablos había llegado a parar a mis piernas? ¿El muchacho del bar era acaso un contrabandista de objetos precolombinos? ¿Quizás estaba tratando de utilizarme como correo para sacar ese códice del país? Pero era raro que no hubiera intentado siquiera escamotearlo entre mis pertenencias. El quería dejarme ese códice. Sabe Dios de donde lo habrá sacado y sobre todo, ¿porque dármelo a mí?

De pronto sentí la premura de esconder el códice. No quería ni por asomo que me lo encontraran ni que lo relacionaran conmigo. No podia dejarlo ahí. Me lo llevaría, en el camino decidiría que hacer con él. Lo escondí dentro del morral tratando de disimularlo lo mejor que pude. Luego salí.

Ya habia amanecido. El tenue silencio estridente de los primeros minutos del día se había instalado en el ambiente. La gente de la comitiva ya se había reunido en un costado y casi podría jurar que circulaba un rumor entre ellos que los hacia mirarme después de algún breve intercambio de palabras. Temí que la presencia del muchacho del bar hubiese sido detectada por alguien más. Recuerdo que estuve un buen rato tratando de adivinar intenciones en sus rostros, pequeñas conspiraciones, con tanta atención los observe que me abstraje del todo. De mi abstracción me saco un leve posar de la palma de una mano en mi hombro izquierdo.

Al voltear, vi de nuevo al hombre vestido de blanco, el sacerdote, que había visto cantando en lengua desconocida. Su rostro denotaba familiaridad y sentí un escalofrío de susto cuando oí sus palabras:

- Hijo de la luna, tu tiempo esta cerca. Nuestros padres han hablado de ti. Su mensajero te ha visitado.

Y sin decir más se alejo dejándome alelada y sin posibilidad de proferir palabra por unos segundos. Para cuando recobre el dominio de mis emociones, el hombre ya no estaba a la vista. De pronto, tuve un tonto deseo de justificarme y de buscarlo para decirle que me había dicho hijo de la luna y que yo obviamente era mujer. Pero me sentí de pronto estúpida, quizás esas gentes depreciasen mi racionalidad europea. Pero lo que me hizo desistir de ese pensamiento era que si iba detrás de aquel hombre para corregirlo sobre equivoco en mi genero, estaría implícitamente aceptando sus palabras definiéndome de la forma como el lo había hecho conmigo. Nuevamente mi racionalidad. Doctora Marta Gutiérrez, me dije, en este continente la racionalidad no tiene mucho que decir.

Decidí olvidar ese episodio y continuar con mi aventura, treparme de nuevo a la camioneta. Pero aun tenia hambre y recordé que no había desayunado nada. Fui en busca de un tamal o algo ligero para alimentarme.

En la cocina encontré a un grupo de mujeres desgranando mazorcas de maíz y removiendo algún guiso en una olla de barro. Las presidía una mujer muy anciana con un rostro de infinito insomnio. Les pedí un tamal y un poco de leche de cabra. Comí parada ahí mismo, viendo la labor de aquellas mujeres, y aguijoneada por la preocupación de perderme la salida de la camioneta. En tres mordiscos y dos sorbos di cuenta de mi desayuno y deposite algunos pesos mexicanos sobre la mesa y me despedí de ellas para dirigirme a la camioneta.

Ya salía de la estancia cuando escuche que una voz con acento chiapaneco que alzaba sonora, clara y nítida por encima del barullo de la cocina. Las demás mujeres callaron cuando oyeron la voz de la matriarca insomne:

- No vayas con ellos. Haz lo que el mensajero te ha dicho. Ellos te perderán. No vayas.

Voltee y vi que la anciana me miraba con sus ojos de siglos, impenetrables. Comprendí que había dicho todo lo que me diría y que no agregaría nada más. Salí de la estancia con premura, huyendo de algún peligro desconocido. Y no me detuve, seguí caminando buen tiempo hasta que tuve la sensación que la comitiva se hubo marchado. Recorrí el campo circundante hasta que fue bien pasado el mediodía. Luego regresé al pueblo.

Un temor instintivo me hizo evitar la casa en la que había pasado la noche. Recorrí el otro extremo del pueblo y encontré un pequeño restaurante. Decidí almorzar y luego averiguar la forma de salir del pueblo. Afortunadamente el restaurante tenía un teléfono así que no me seria difícil contactar con algún conocido.

Quede satisfecha con la comida que me sirvieron y me dirigí al teléfono del local para contactar a Martín Goicoechea, de quien sabía vivía en San Cristóbal de las Casas, la antigua Chiapa de Españoles. Quede en visitarlo en su casa, tan pronto posible, mejor.
De salida del restaurante vi que había llegado un grupo de mochileros daneses que se habían instalado en las mesas y que se entretenían con un cantante que cantaba corridos acompañado de un viejo acordeón. Al paso escuche la letra de la canción:

Dicen que el diablo anda de ronda por la tierra;
Lleva en su carroza a sus siervos de paseo
Y luego de enseñarles el mundo, los encierra…


Cinco horas después, yo estaba frente a la casa de Martín Goicoechea. Uno de los hombres más cultos que he conocido. Cubano de ancestros vascos, arqueólogo aficionado, historiador por accidente, había residido en Chiapas hacia más de treinta años. Cuando le pregunte en una ocasión porqué había dejado Cuba, me respondió:

- Para seguir a los demás.

- ¿Y porqué escogiste vivir en Chiapas en vez de irte a Miami?

Después de un corto silencio pensativo me dijo, guiñándome el ojo:

- Para ser original.


Su humor era una de las cosas que me hacían confiar en él. Así que le entregué mi historia desde el mismo día de mi visita al zócalo del D. F. Martín me escucho con suma atención, enarcando las cejas de vez en cuando, cuando le relataba algún que otro detalle particularmente raro o insólito. Cuando hube terminado mi discurso, le toco el turno a él.


- ¿Y todavía tienes ese supuesto códice contigo?- Me dijo.

- Sí, aquí mismo.- extraje el codice de mi morral y se lo extendí.- Mira.


El lo tomo con suavidad y lo abrió. Sus páginas estaban corroídas por el moho y por el paso de los años. Casi se desprendían y tuve miedo que aquel precioso objeto hubiera sido demasiado maltratado por mi huída y por el peso del morral. El examen de ese documento arqueológico duro casi cuarenta minutos, los dedos de Martín se movían entre las páginas, las pasaban una y otra vez y varias veces regresaban a la misma pagina. En una ocasión lo vi separar una pagina del resto y ponerla a su derecha, lejos de las demás. Estuve a punto de protestar por lo que consideraba un maltrato innecesario a aquella pieza precolombina, pero la atención detenida que ponía Martín en su revisión me hizo desistir.

Cuando pareció haber quedado satisfecho con su examen. Poso la mejilla izquierda sobre la palma de la mano y miro intensamente la página separada como si examinara un pensamiento en su fuero interno. Acto seguido lo vi sacar una hoja en blanco de su escritorio y transcribir algo de la página solitaria. A veces se tomaba tiempo para buscar en el resto del códice, como si buscara cotejar alguna información suelta.

Garrapateo un poco en la hoja en blanco y después de un rato. Levantó la mirada para mirarme fijamente a los ojos.

- El códice es autentico. Quizás algo tardío, incluso podría datar del periodo colonial. No puedo determinarlo con exactitud sin una prueba científica. Pero el espíritu es maya definitivamente, desde ese punto de vista es autentico. No necesito decirte que es invalorable.

- Pero, ¿qué hacia aquel muchacho con este codice andadndo por ahí como si nada?- le dije.


Martin se arrellano en su sillon y me dijo:

- Hay otras cosas más importantes en torno a este asunto, Marta. Por ejemplo, esta pagina.- tomo la pagina que había separado anteriormente del códice.- No forma parte del codice original, pero es también antigua, calculo que aproximadamente del siglo XVIII. Paciencia, Marta. Que sea antigua no es lo extraordinario sino que…. ¡Esta escrita en quechua!


- ¿En quechua? ¿El idioma de los incas?

- Sí. Y no en cualquier dialecto. Esto no es quechua de Ecuador ni Bolivia. Es quechua cusqueño, de la ciudad imperial misma.

- Pero espera. ¿Que tiene que hacer un documento quechua dentro de un códice maya en México? Estamos muy lejos del Perú.

- Mas aún, Marta. El quechua es un idioma predominantemente oral. Es raro encontrar un documento colonial en aquella lengua.

- Asombroso, realmente asombroso…- murmuré.

- Ah….. Y aun hay otro detalle que prefiero que tu juzgues por ti misma. Aparentemente el texto en quechua es traducción de una sección del códice maya. Esa parte es justamente la que estaba traduciendo del quechua a esta página en blanco. El texto maya está justamente aquí, Marta.- Martín me señalo con el dedo una pagina llena de ideogramas, y luego añadió con una sonrisa:

- Quieres leer mi versión de la traducción quechua del fragmento del códice maya?


Por supuesto que quería y casi le arranque la hoja de papel de las manos. Ansiosamente pose mis ojos sobre las palabras garrapateadas por Martín. Al leer el titulo sentí un terremoto en lo más intimo de mi ser. Decía: El Regreso del hijo de la luna.


Un espasmo de sangre recorrió mi columna vertebral y me derrumbe en el sillón más cercano, dirigiendo una mirada de incredulidad a Martín.


- Creo que debes buscar cuanto antes a ese chico que encontraste en el bar. Visitar esas ruinas de las que te hablo- dijo mi interlocutor con una sonrisa que se me antojo de la máxima seriedad posible



Capítulo 6. Autor: danny1012

“INCANTATIONS”

Marta Gutiérrez después de su encuentro con Martín Goicochea, fue a buscar al Muchacho del Bar, para que le diera explicaciones sobre el Códice, pero le dijeron que había salido, que tal vez no regresaría hasta el día siguiente. ¿Qué significaban esos papeles del siglo XVIII y qué intenciones tuvo al dejarlos en su habitación? ¿Qué mensajes tenían esas raras escrituras milenarias? Estuvo largas horas tratando de descifrarlas: dos culturas opuestas, dos hemisferios dispersos. Quizá un mismo sol, una misma Luna, el mismo universo. En ese instante sonó el teléfono, ella respondió en el acto: Hola. Hola. Al otro lado se oía un silencio prominente junto a un océano frío de posible oscuridad. Hola. Hola. Quien quiera que sea, no quería responder. Marta le amenazó con colgar el teléfono si no contestaba. La voz emergió de su escondite, ella apretó el auricular a su oreja conteniendo toda la respiración que podía robarle algunas palabras, ya que la voz era muy baja: Tome nota, señorita Marta, mañana a las 9.00 am, tiene que ir a la biblioteca Bartolomé de las Casas, en la ciudad imperial del Cusco, Perú. Allí vendrá Ámbar Past, converse con ella y sus dudas serán contestadas. Pensando en ello es que le tenemos reservado su vuelo, sale dentro de media hora. Suerte, ese Códice, por si le interesa, se dijo que un día caería en “manos extrañas” y… La voz se arrastró entre los escombros y terminó diluyéndose. Un beep eterno sobrevino al instante.

Marta Gutiérrez se reincorporó al ver que faltaba poco para su vuelo, así que empacó lo que trajo y abandonó el hotel. Ya en pleno vuelo, extrajo el Códice de su morral: la madera sobre las que se enrollaban mohosas hojas, tenía un compartimiento casi invisible, detectó que podía abrirse y extrajo de él una hoja con pigmentos todavía legibles. Una rara palabra dominaba todo el espacio: Incantations.

“Entre la galaxia Gutenberg y la galaxia Google”: era el lema en vinil translúcido, a la entrada de la biblioteca Bartolomé de las Casas. Había acudido puntual, tenía hasta media hora para la cita. Se fue directo a la cafetería y pidió agua mineral. Sacó unas fotografías de su billetera, las puso en orden sobre la mesa. Un hombre y el mismo hombre en las otras fotos, la misma sonrisa tatuada en todas, a veces el mismo hombre y no la sonrisa, a veces la sonrisa y el hombre, a veces los dos ausentes. Ella y las fotos, lloraron juntas por un momento.

Entró una mujer: tenía mechones sueltos y pelo rubio, de nariz estrecha que contrastaba con su rechoncho cuerpo, hombros carnosos y labios escépticos. Una mirada antipática, su enfurruñamiento cautivaba, ella barría de un brochazo limpio todo el cafetín. Vino de frente hacia Marta, no se conocían pero le preguntó a bocajarro: ¿Es usted la señora Gutiérrez? El acento no era de española, quizá de occidente, ¿una americana? Elegantemente vestida, una hilera de dientes perfectos se vislumbró en ese instante en señal de victoria. Marta pensó encontrarse con una típica mujer andina, vestida con polleras multicolores y un portentoso sombrero de vistosas pinceladas. Pidió sentarse. Cuando lo hizo, encendió un cigarrillo. Las volutas de humo se esparcieron en el ambiente. Podía resultar altanera, una mujer de buen status social que no quiere contaminarse con nada ni con nadie, que mira esperando que le hablen. Señora Ámbar, que bien que haya venido, le dijo Marta, y ella: No soy la señora Ámbar, le respondió cortándole de seco la conversación. Marta aguzó la mirada, pudo haberse echado atrás, con pataletas si quisiera, pero si no era Ámbar, entonces qué hacía esa mujer ahí. La mujer rompió el silencio pronunciando en un perfecto francés: "Les flours du mal", Baudelaire, ¿te acuerdas? Parecía sencillo, o complejo, depende, Baudelaire siempre fue su poeta predilecto, pero venido de los labios de esa mujer, extrañamente era pronunciada como si se tratara de un conjuro; además llevaba abundantes aros con figuras sobresalientes de dioses, también extraños: quizá latinoamericanos, uno de ellos era el dios Sol de la cultura Inca, los otros, si mal no recordaba, puede que Mayas. ¿Si no es la señora Ámbar, entonces quién es? La mujer se quitó el saco y un collar saltó a la vista, tenía una figura central: un dios Maya, extraño, no sabe cuál, seguido de varias figuras de animales y un diente, como de tigre. Otra vez la mujer dijo en voz alta: Xpetra Ernández, ¿ha oído hablar de ella? La mujer le dijo algo más: Si responde a esa pregunta, sabré que estoy hablando con la persona correcta. Marta Gutiérrez aguzó la mirada, puso el cuerpo a más centímetros de ella, había oído antes ese nombre, no recuerda dónde. Luego la mujer enumeró otras tres palabras: Chiapas de Indígenas, Ser Indígena, Incantations. Cuando lo dijo deletreó con suaves pausas sílaba por sílaba, como digiriéndolas; después, se quedó inmóvil y con una sonrisa vertical. Marta estaba asombrada: Incantations, era así como decía la primera página del Códice. La mujer irrumpió: Ahora dime nombres, quiero estar segura si eres la persona indicada, perdona que insista, es que debo ser así. ¿Nombres? Marta repitió Xpetra Ernández, imprescindible; siguió con Robert Laughlin, Gitte Daehlin. La mujer absorbía cada nombre con delectación y cada vez con más placer, como si le avivaran el fuego apagado en su cuerpo y ahora fuera a incinerarse. La mujer volvió a preguntar: Ahora lugares: ciudades, aldeas, rincones de magia viva. Marta Gutiérrez empezó a entusiasmarse, cada palabra dicha arrojaría su aura de misterio y exotismo, como cuando danzan frenéticas mujeres arábigas: Tierras Altas, Instituto Smithsonian, Macchupicchu, Las Huaringas, Tierras del Conjuro... Se quedó allí, justo cuando podía seguir mencionando más. Salieron los gestos de la mujer al ruedo para decirle en tono satisfecho: Suficiente, te creo, definitivamente eres la persona indicada. La mujer arrojó el cigarrillo al aire libre, pudo haber saltado como una niña, correr tras las mesas llenas de comensales que comían y leían a la vez; desde luego, no podía hacer todo eso. A Marta le pareció que sí. Le vio el brillo encenderse, hasta que los ojos desorbitados dominaron su mirada por un instante, le vio a esa mujer que no se llamaba Ámbar y tampoco se apellidaba Past, creo que le vislumbró esperanza saber que estaba tras la pista correcta de Robert Laughlin y Gitte Daehlin. Perdón por llegar tarde, Marta, querida, ahora sí, conversemos.

Hablaron toda la mañana de Incantations. Ella no le decía que tenía a Incantations en su morral, que el Muchacho del Bar le había dejado por algún motivo entre las sábanas. En cambio se iba dando cuenta que Incantations había engendrado en cada corazón indígena, halos luminosos en dos dialectos antiguos. Tal vez esas palabras hablaran de amor, a fin de cuentas el amor es universal y no le sopesaba que la mujer dijera que aún a costa de embrujar al ser que más se quiere se le consigue; total era más una práctica ancestral que reciente, aunque, como mujer moderna, el conjuro universal al que se refieren, seguía siendo la primera mirada. Quién no se ha visto atrapado en la vida por una sensual mirada, pensó. Luego vino lo más difícil, volver a escuchar que no era Ámbar Past. ¿Entonces quién? ¿Qué parentesco tenía con ella y qué se proponía con localizarla y hacerle preguntas como si se tratara de La Elegida? Hijo de la Luna, así la llamaron. Sobre esa marcha de dudas se descarrilaron otras tentaciones, la mandíbula firme, los párpados caídos y los latidos acelerados de su corazón. Me llamo Salomé Past, le dijo, dueña de los horóscopos de la revista literaria “Ser Indígena”. Hermana o no de Ámbar, Marta decía que no le encontraba parecido alguno a ambas mujeres, pero sí afinidad sobre un mismo tema: los conjuros de amor indígenas, poemas y amarres. ¿Y Baudelaire, dónde encajaba Baudelaire?

—Entonces mi querida Salomé —dio un suspiro profundo y preguntó con ansias—: ¿Sabes si Robert Laughlin, sigue aún con vida? Me dijeron que…
—¿Que murió en el último gran suicidio masivo del Gran Cañón del Sumidero? —interrumpió Salomé Past—. Conste que no lo dije yo, sino tu mal presentimiento.
—Pero… Señora Salomé, dígame la verdad por muy dolorosa que sea.
Salomé se acercó a Marta, se acercó tanto que sus pestañas rasgaron a las otras más quietas, más pequeñas, casi sin rimel. Ambas cerraron los ojos. Salomé rompió el silencio:
—¿Tú crees en el amor?
—Sí —dijo Marta, llena de energía.
—Entonces, no está muerto. El hechizo de amor no mata, sólo encanta. Regresa a Chiapas, busca a Xpetra Ernández, será tu guía. Si has venido a Perú por “El Tuno”, alguien te mintió, él murió la semana pasada en Chiapas, no sabemos cómo, fue encontrado con extraños cortes en el cuerpo y un morral vacío. Mierda, nadie lleva un morral al campo si no es con algo adentro, ¿verdad? Alguien quiere chingarnos la puta vida mujer.

Un hálito de esperanza le inundó la cara. Robert Laughlin podría estar con vida. Hace un año él fue a Chiapas junto con Gitte Daehlin, atraídos por los extraños ritos de brujería en temas de amor, y aún no se sabe qué fue de ellos. Claro que no dijeron que venían exactamente para investigar ese tema, sino como turistas deseosos de tomar los famosos baños de florecimiento que se dan en toda Chipas. Algo más, recuerda que Robert le preguntó en una ocasión: Estoy tras la pista de ritos milenarios, conjuros y ensueños de amor en las culturas antiguas de Latinoamérica, Martita querida, ¿conoces a Xpetra Ernández?

Tenía que regresar esa misma noche a Chiapas. Por alguna razón pensó que, Cusco la llamaría más adelante para ajustar viejas cuentas.


Capítulo 7. Autor: Trampolín

Me sentía agotada, había invertido casi dos días sin apenas descanso para ir desde San Cristóbal de las Casas a Cuzco y llegar a la cita de las 9 a.m.
Decidí acercarme al hotel, darme un buen baño y después tranquila acudir a uno de los restaurantes de esta ciudad de casas de teja española, edificada sobre la inca por los españoles.
La noche anterior había sido muy fría, pero ahora el sol lucía espléndido sobre la gran plaza.
Probé carne de alpaca, imagino que de un animal joven por su terneza, y chicha morada con manzana, lo que me hizo recordar que en México me la habían ofrecido como algo guardado para mí en Tuxtla Gutiérrez, y pregunté el origen de dicho líquido, a lo que me contaron que era la bebida de los incas, que se hace cociendo el maíz morado y agregando un poco de manzana para darle ese sabor peculiar, que esa era fresca pero si se guarda durante tiempo el grado de alcohol aumenta, y de hecho al parecer era utilizada en los sacrificios humanos en los nevados, a cinco mil metros de altura, tanto de niños como niñas que se ofrecían a la tierra (mama pacha) o al sol, después de muchos días de caminar estos niños ingerían la bebida y caían en un profundo sueño, entonces se les profesaba un golpe seco y se les enterraba en posición sentados, algunos, decían, llegaban a la muerte real por el frío, en su misma tumba se añadían objetos personales.
Después de esta ligera comida bajé a la plaza, me senté en un banco junto a la fuente, la ciudad de Cuzco atrae a muchos turistas, está llena de tiendas para turistas, restaurantes para turistas, y hasta policías para turistas.
Niños de entre 6 y 10 años corretean intentando vender marionetas de dedo como si las hicieran ellos, cosa que no es cierta pues las mismas se venden por doquier, así como postales y otras artesanías.
Saqué mi cuaderno de notas, tenía que parar un rato, dejar de ir alocadamente de un sitio para otro y repasar lo sucedido hasta entonces, para ir hilando situaciones que quizá pudieran darme una pista certera de lo que realmente buscaba.
Por un lado estaba el chico del bar que me indicó en la Ciudad de México que buscara chiapanecas y chamulas, pero en Tuxtla me dijo que fuera a la ciudad de Sacsayhuaman.
Por otro lado el sacerdote de Tuxtla me dijo que cuando lograra encontrarme volviera a él para ser liberada, me llamó “hijo de la luna” y añadió que era un esclavo enemigo.
También viajaba con un códice, cuya palabra inicial era “Incantations”, quizá había pasado por las manos de la escritora Ambar Past que era gringa y en algunos de sus libros hacía referencia a él, al quedarse a vivir durante veinticinco años con los mayas de Chiapas, en las aldeas de las mujeres conjuradoras que se ocupaban de hacer felices a los indios en Cotzilnab a cuarenta kilómetros al norte de San Cristóbal de las Casas.
Las mujeres conjuradoras no son brujas ni curanderas, en el mundo maya la medicina, tanto mágica como terapeútica es un asunto masculino, ellas nacen con un don y ya desde pequeñas arman en el suelo círculos mágicos con florecillas y palitos o invocando al dios del Trueno.
Saqué, para relajarme un rato el libro que Martín me había regalado antes de partir a buscar al muchacho del bar, “las cabezas rodantes del mal”, de los indios chamulas, en él leí sobre el nahual que a igual que los mayas significa el animal que nace en paralelo con cada humano, y que si enferma o es robado la persona enfermará igualmente, quizá aquí estaban las enseñanzas que el chico del bar quería que aprendiera de esa comunidad que viven al lado de S. Cristóbal de las Casas.
En otro capítulo, ante mi sorpresa, hablaba de los poshlones, que son bolas de fuego que pueden verse a larga distancia durante algunas horas, y que aseguran que estas esferas son los los brujos rivales que toman esta forma en sus luchas, los choques, se dice, son tan violentos que por momentos se confunden e instantes después se separan para volver a arremeter.
Iba comprendiendo, en mi delirio en el bar de Ciudad de México, cuando me ví con el cuerpo de un indio joven que se transformaba en bola de fuego, posiblemente representaba que yo fui brujo y me enfrenté a otro; del mismo modo el ternero podía ser mi nahual joven que al vencer al brujo se convirtió en un fuerte toro.
El vello de mis brazos se erizaba, parecía que me estaba encontrando con vidas anteriores, mis pensamiento de que todo son causalidades y no casualidades estaba tomando veracidad en aquel viaje.
Guardé “Las cabezas rodantes del mal” y retomé lo que había escuchado de Ámbar Past, al parecer las mujeres conjuradoras tenían un canto en toztzil que venía a decir algo así:
Que llegue con flores en su corazón el hombre
Que llegue con todo su corazón
Que hable con mi carne
Que le duela su sangre por mí
Cuando me ve en el camino al mercado.
Y finalizaba: Yu’un me ta kk’an ti chinupije …
Quiero juntarme con él.
Quiero que el hombre complete mi cuerpo
Dicho canto se lo enseñó una de las mujeres llamada Xpetra Hernández, y se hacía en el camino que habían tocado los pies del hombre deseado.
Salomé Past me había preguntado que si yo creía en el amor, quizá en algún momento, no sé si como hijo de la luna o cómo mujer yo había hecho o me habían hecho a mí alguno de estos conjuros, pero bien es cierto que el muchacho del bar se me hacía conocido, no sus rasgos, no su virilidad, sino su dentro … su alma, además su semblante era triste en la última reunión, él me iba dando pistas, pero no me daba soluciones, tal vez lo que yo debía resolver nos implicaba a los dos.
Lo que no entendía es por qué yo pregunté si Robert Laughlin había muerto, más bien creo que ese nombre lo arranqué de la mente de Salomé, pues con ese nombre solo había escuchado algo de un físico teórico estadounidense de quien tan solo sé que ganó el novel de Física en el 1998 por su explicación del efecto Hall cuántico, y en su libro “Un universo diferente” decía que la verdadera frontera de la ciencia está, no en lo pequeño, sino en lo completo, que cuando se agregan muchos átomos para formar un sólido o un tejido biológico, surgen nuevos principios organizativos que no pueden derivarse rigurosamente a partir de leyes microscópicas y que carecen de significado en sistemas de pocas partículas. Sea como fuere, aunque no le conocía personalmente ni recuerdo haber tenido ningún interés especial en él, si es cierto que su teoría encajaba con lo que me estaba sucediendo, en cuanto al tramado de nombres y situaciones que me sucedían desde mi llegada a la Ciudad de México que de un modo aislado carecían de sentido pero en su totalidad me llevaban hacia un conocimiento aún incierto.
Quizá al hablar con Salomé conecté con alguien que se encontrara cerca y requería de esa información, de saber si Laughlin seguía vivo, pero de seguro que no era yo.
Todos estamos en conexión con el universo, nuestra mente queda limitada a lo que vivimos para que nuestro caminar no se haga caótico con tanta información, además la respuesta era absurda, en pleno siglo XXI recibí como respuesta que había muerto en el suicidio de los indios chiapanecas en el Cañon del Sumidero, cuando eso ocurrió muchos cientos de años antes.
Nombrar a Gitte Daehlin si fue de un modo consciente, aunque no soy gran seguidora de él, sí leí antes de mi viaje que este escultor noruego, era conocido tanto en su país natal como en las galerías de México por sus esculturas, ya que tuvo una larga estancia en San Cristóbal de las Casas, y después eligió vivir en Oaxaca, y su obra es basada en la artesanía de esa zona mexicana, e incluso hizo una serie por la situación desencadenada en los altos de Chiapas por el EZLN a la que llamó “Altos y selva”; me llamó mucho la atención las fotografías de su obra, esas tallas a un tamaño mayor de un humano, con materiales como frijol, madera, ropa, calzado, plumas teñidas, metal, tela vidrio … una curiosidad poco convencional en la escultura. Por todo ello me pareció enigmático y se me quedó grabado su nombre.
Pero ¿Boudelaire? ¿qué pintaba en todo esto?
Regresé a mi cuaderno de notas, en él tenía apuntada la canción que escuché a los mochileros daneses:
“dicen que el diablo anda de ronda por la tierra;
Lleva en su carroza a sus siervos de paseo
Y luego de enseñarles el mundo, los encierra”.
Eso es, pensé, esa era otra señal, Boudelaire, en el libro Fleurs du mal tiene un poema titulado “la destrucción” que dice así:
“El demonio se agita a mi lado sin cesar;
Flota a mi alrededor cual aire impalpable;
Lo respiro, siento como quema mi pulmón
Y lo llena de un deseo eterno y culpable.

Y lanza a mis ojos, llenos de confusión,
Sucias vestiduras, heridas abiertas,
¡y el aderezo sangriento de la destrucción!.

Era un aviso, Past quiso preveerme de un peligro, del demonio que me acechaba bajo el cuerpo de alguien que quería mi mal, ¿pero quién de todos?.
Guardé el cuaderno en el bolso y me levanté a pasear.
Entré en los soportales de la plaza, una librería me llamó la atención.
“Librería Maya El Copal”
Pasé, un hombre anciano, vestido de blanco, con sombrero blanco me saludó amablemente.
Le correspondí el saludo, y le pregunté sobre los libros de Ambar Past, tenía mucha curiosidad por si en alguno de ellos incluyó la palabra “Incantations”.
El hombre saco tres libros, mi sorpresa fue enorme, uno de ellos se titulaba precisamente así, sentí que me mareaba.
Rápidamente salió del mostrador para atenderme.
- ¿Qué le pasa señora? ¿quiere un vaso de agua?
Me senté en el piso, aturdida, abrí mi bolso, saqué el códice y ….., la palabra Incantations había desaparecido de él.
Agarré el libro, estaba lleno de conjuros mayas, quizá Ambar Past tan solo pudo publicar en él alguno de estos rituales, y quizá el códice que yo cargaba era el original de esas mujeres de los Altos de Chiapas.
Agarré de nuevo el libro de Ambar Past, era una edición de 295 páginas de papel reciclado y hecho a mano con ilustraciones serigrafiadas. La portada es una representación tridimensional del rostro de la diosa maya de la naturaleza, en cartón reciclado mezclado con hebras de maíz y café, en la contraportada ponía: “Portada diseñada por Gitte Daehlin, artista noruego”, y seguido a esto, … “Robert M. Laughlin, comisario de etnología mesoamericana y caribeña del Instituto Smithsonian comenta sobre este libro: Existen muy pocas publicaciones sobre la vida de las mujeres mayas en su propio idioma, y ésta ofrece toda la visión de la cultura jamás vista”.
Efectivamente, eso era una publicación aun joven, pero yo tenía en mi poder el códice original del conocimiento de las mujeres de los Altos de Chiapas.
- ¿Se lo lleva señora?
- No, gracias, muchas gracias, perdone, me tengo que ir, perdone, gracias por todo.
Aún me daba vueltas en la cabeza qué tenía que ver la información de que Laughlin había muerto durante la conquista de los españoles en Chiapa de Corzo, ¿sería que él de algún modo estaba conmigo cuando yo me ví sobre el Cañon del Sumidero triste?, ¿sería que en otra vida coincidimos como indios chiapanecas y ambos nos suicidamos?, definitivamente ¿había dos Robert Laughlin? ¿uno físico y otro etnólogo?, bueno, esto daba igual, del mismo modo la teoría de uno era aplicable a mi estado actual, y el otro encajaba en algo conmigo, con alguna de mis vidas anteriores.
Me había quedado en la puerta de la librería, pensando todo esto, sin moverme.
- Señora, perdone, pero no la veo bien.- Perdone, ¿en qué no me ve bien?
- Se la ve muy cansada.
- No, estoy bien gracias
- Tome esto.
Le miré, había extendido su mano, me ofrecía un colgante.
- No tenga miedo, es un amuleto, es una piedra de ámbar, cuélguesela al cuello, pero no se vea, le protegerá de los brujos que quieran hacerle algún mal.
- Muchas gracias, ¿qué le debo?
- Nada, … le deseo mucha suerte
Salí, en silencio, caminé de vuelta por los soportales hacia el hotel, pasé por unas cuantas agencias de viajes, una señorita me ofreció un viaje turístico por las ciudades sagradas de los incas, le dije que no tenía tiempo para eso, me tendió una especie de mapa en el que venían fotografías de esas ciudades, una de ellas era Sacsayhuaman, respondí de nuevo que no, pero me quedé pensando, esa es la ciudad que el chico del bar me dijo que conociera, pero por otro lado también me habían dicho que regresara a Chiapas, si bien es cierto que ya me encontraba en Perú y podría aprovechar por proximidad el viaje.
Si el códice siempre me pareció valioso, ahora, sabía que era sagrado
Magia y Misterio ( El Desdoblamiento )

Por algo estudie un doctorado en Antropología, me fascinaba mi carrera; tome el códice y lo guarde en mi bolso cerciorándome a cada minuto que lo llevaba conmigo.
Regrese al hotel para asearme ya que lo ocurrido con anterioridad me había puesto nerviosa, quiera meterme a la tina y pasar horas en ella mientras decidía a donde ir, A Mexico o quedarme en Perú y seguir con mis investigaciones, pero aunque quisiera estar remojan dome todo el día el tiempo se acaba y tenia que tomar una decisión rápida.
Llegue de vuelta al hotel pedí mi llave y me fui a la habitación, estaba muy sacada de onda, muy confundida no sabia que hacer así que me dirigí al baño y puse a llenar la tina, calibrando el agua entre tibia y fría, mientras esta se llenaba me dirigí a la cama me senté en ella y al voltear al espejo me vi, agarre mi cabello y lo entrelace con mis dedos como queriéndolo peinar.
¡ Que sorpresa me lleve ¡ cuando apareció la imagen de un indígena maya y en cuestión de segundos desapareció.
Me levante asustada y voltie a ver quien estaba en mi recámara conmigo, busque hasta por debajo de la cama y no encontré a nadie, que susto me lleve me desvestí, me mire en el espejo de nuevo, admire mi busto de tamaño mediano con pezones claros, firmes y duros casi virginales, luego repase mi espalda buscando algún tipo de desperfecto como acostumbramos las mujeres, nada toda la piel limpia blanca y pura, me puse de frente de nuevo y comencé a inspeccionar mi cara, vaya ya le hace falta una limpieza uno que otro punto negro en la nariz.
¡ caí de nalgas al ver el reflejo de una cara masculina en lugar de la mía ¡ lentamente me asome poniendo mi mano en la orilla del mueble, con miedo y mucho cuidado asome a verme otra vez, era yo de nuevo, la doctora que había llegado de España para tener una cita en la universidad de Yucatan, me levante y vi mi cuerpo senos firmes delgada, atractiva, vello normal si era yo, pero que me pasaba, porque veía la imagen de un hombre de piel cobriza, cabello hasta los hombros de frente amplia y alargada, nariz semicurva, labios anchos, ojos semirazgados, delgado pero fuerte donde se dibujan todos los músculos de su medio cuerpo que hasta ahora he visto reflejado en el espejo del humilde cuarto de hotel.
El agua de la tina ya caía por los lados pero el estrés por la imagen concebida no me permitia escucharla, corrí al bañó y cerré la mezcladora mientras sentía lo tibio del agua en las plantas de mis pies que se erizaron al contacto con el elemento primordial de la vida, acerque el shampoo y un olor a sudor masculino inundo la habitación, busque con la mirada y no había nadie excepto yo, levante mi brazo derecho para oler mi axila y nada, lo mismo hice con el otro y no había olor alguno, pero me di cuenta que las tenia que rasurar; así que vacié todo el contenido que quedaba del frasco y comenzaron a aparecer burbujas y luego espuma, se me olvido que la tina estaba llena, así que cuando entre en ella toda la cubierta de espuma se salio llenando el pequeño cuarto de baño con un olor a flores silvestres.
Esto me reconforto mucho, acomode mi cabeza en el respaldo y me relaje recogiendo mis piernas dejando las rodillas fuera del agua, cruce mis pantorrillas para que todo mi cuerpo se refrescara solo veía mi vello pubico, mis talones casi rosando lo, toda cubierta de agua que al sentir lo fresco mis pezones se erectaron endureciendo hasta el grado de causarme un pequeño y agradable dolor.
Me sentí muy relajada gozando del refrescante liquido, recorrí mi cuerpo con las manos para enjuagarme y quitar el sudor del estresante día que había tenido acomode bien mi cabeza y cerré los ojos.
¡ Dios mio ¡ grite al sentir que algo tenia en mi mano derecha, lo palpe, lo agarre y era un pene, me asome y vi dentro del agua que mi cuerpo era de hombre, mis manos tenían brazaletes, mi piel era cobriza, no tenia senos, tenia pectorales , un pene sostenido por mi mano y fuertes piernas, de un salto salí de la tina y me fui a la cama muy espantada desnuda, me recoste boca bajo enrollándome entre las sabanas temblaba de miedo, con el tiempo me calme y poco a poco me levante me senté en la cama de nuevo con los ojos cerrados, un temblor invadió mi cuerpo,.
Abrí rápido los ojos y los volví a cerrar, era yo mi imagen femenina, los abrí de nuevo y me pare riendo. Pensé que re un espejismo, pero lo que agarre en la tina lo sentí como si fuera yo, me vestí y salí del cuarto.
Entregue la llave, me dirigí a un bar, que mas bien era una cantina y pedí un trago de lo mas fuerte que tuvieran, El cantinero me dijo que tenia varias bebidas hechas de papa, que cual quería, solo le conteste que lo mas fuerte que tuviera, me sirvió en un vaso pero una mínima cantidad, lo grueso de un dedo, le dije que me sirviera mas, me miro y dijo,
esta segura de lo que pide, esta usted tan pálida que parece que vio a un
muerto—mientras le ponía otro dedo del licor, Con señas le dije que mas y con la cabeza me contesto que no. Empine el liquido blanco y un fuerte ardor cerro mi garganta, me costaba trabajo respirar por la boca, el cantinero me puso una soda roja y con señas me dio a entender que lo tomara para bajar el calor que sentía en mi boca.
El golpe del alcohol se fue directo a la cabeza, sentí una calma instantánea, solo alcancé a recostarme en la barra, me quede dormida.
Soné con las bolas de fuego, el becerro y el toro, un joven y fuerte indígena maya con brazaletes en las manos.
Desperté y estaba recostada en la barra de la cantina a donde había entrado, busque dinero en mi bolso, pague con un dolar y me quede viendo el mapa que la chica guia de turistas me entrego y me decidí ir a verla, no cabía duda que ya estaba en la tierra de los indios, donde me tenia que encontrar a mi misma, antes de salir me dirigí a los sanitarios y cosa curiosa, me pare frente a las dos puertas y por primera vez en mi vida dude a cual entrar, con disimulo me toque la entrepierna y riendo entre al de las mujeres.
Salí del lugar todavía mareada y afuera estaba el cantinero.
--- Sabe donde esta Sacsayhuaman --- le pregunte mientras le enseñaba el mapa

--- Claro que si --- a dos cuadras sale el autobús, en treinta minutos llega, pero ya casi nadie viaja para allá, que le pasa, toma mas que un hombre y viaja a lugares prohibidos.
---- Que tenga buena suerte en su viaje --- me contesto mientras se regresaba a su trabajo.
Esto me llevaria medio dia y el tiempo sigue corriendo, ya voy para el tercer dia, pero mi investigacion avanza.
Vaya que este guapo, me sacó alguna líneas fuera de control...
Ahi voy.
De modo que Marta sigue en Cusco y camino a Sacsayhuaman, que en suma es una fortaleza inca y hermoso lugar turístico. Los arqueólogos la siguen investigando hoy en día. Osito, creo que el enfoque debe ir directo a los "amarres", como peruano debes saber quién es "El Tuno", un curandero experto en unir parejas imposibles mediante rituales de brujería. Asimismo queda en suspenso Chiapas, Incantations, el códice... Da para más el tema, una caja china.
No estés tan segura que Incantations desapareció trampolin... El códice lo podrá superar en antiguedad y misterio, pero... de alguna fuente parte la historia esta. Recuerden que Marta ha sido la novia de Laughlin.
jaja, todo es posible en la ficción.
Ave Fenix, poco o casi nada he encontrado sobre El Tuno, mira que tenia escrito que en sacsayhuaman se hiba producir el inicio del sacrificio en Perú cuando el chico le daba un beso en esa ciudadela y un cambio de voz en ella y se daba forma al asunto del hijo de la luna, pero me dejaron con mis lineas
Voy a recrearme en la ciudadela, dejo en sus manos luego.
Esperenme que no tardo.
SENSACIONES (Viaje a Sacsayhuaman)

Inmediatamente me dirigí a tomar el autobús que me lleve a la ciudadela de Sacsayhuaman, a inmediaciones vendedores de toda clase, desde llaveros hasta recordatorios inmensos, creo que el color de piel es un detalle que delata a un turista.

Mientras camino en la dirección que me indican, al mirar los bolsos similares al que llevo, sensaciones algo especiales me invaden, como transmitiéndome alegrías, sensaciones de preocupación y al rato algo de temor; me distraigo con un tríptico que me alcanzan las personas y alcanzo a leer algunos detalles de la ciudadela, imágenes impresas me dan la idea de todo ello, muy bien narrada, precisa y directa.

La gente me observa muy detenidamente, hasta siento que me vigilan, ¿qué ocurre aquí? Una inquietud que ya me embarga, mientras camino, una señora de unos 65 a 70 años, — divisé algo de canas—, al caminar en paralelo me rosa la mano y se detiene bruscamente, al voltear puedo observarla palmeando sus manos, batiéndolas en círculos y mirando hacia el cielo, algo dice y hasta grita, la gente la observa, la escucha y dirige su mirada, la palabra que se me queda grabada es “pacha”, hasta llegue a pensar que la gente aquí en esta ciudad está traumatizada con éstas cosas, mientras transcurre ese pensamiento por mi mente, siento unos tirones ligeros en el bolso que llevo.

Se oye la voz de las personas que “jalan” pasajeros a la ciudadela, ya el autobús está casi lleno, lo abordo y hacia mi izquierda, en la quinta fila observo que hay lugar, mi favorito cerca de la ventana, un rico aroma dentro del bus, gente de diversas vestimentas, observo que una pareja no me pierde la mirada, gracias a las gafas oscuras que llevo, de reojo puedo observar la forma, como si me conocieran, discuten incluso entre ellos, mi interior se conmueve por todos estos sucesos. Mi bolso entre mis piernas, me observo los brazos y el color de gafas al trasmitir su oscuridad también me transmite miedo, observo mi piel de color canela, me quito las gafas para aliviar mi miedo y al girar mi rostro hacia la ventana, el reflejo me dice que a mi lado izquierdo, en la otra fila de asientos se encuentra el tipo que creí sentirme, rápidamente volteo la mirada hacia ese lugar y solo puedo percibir la imagen de un joven de unos 40 años de apariencia indígena; eso alivia mi tensión y mi respiración, rápidamente mis sentidos apuntaron a ver mis brazos y este brazalete que siento me delata ante la gente, eso creo yo.

A medida que el bus va avanzando la música que circula en el interior tiene acento latinoamericano, lo se por los instrumentos musicales utilizados, entre tonos maravillosos, el sueño me consume y vaya un golpe en la ventana de mi rostro me despierta abruptamente, entre sueños aún me froto los ojos y nuevamente la imagen en el cristal de la ventana, esta ves con más nitidez y un sentimiento encontrado me invade, una pena infinita, un frió horrible en mi interior, siento el pecho vacío, los niños se ven jugando alegremente al ver pasar el bus, lentamente traspasa a otro que también se dirige a la ciudadela, la gente al mirarnos, un poblador del lugar se asombra al mirarme, se traga su aliento y hasta que discurra el bus nos miramos fijamente, muchas interrogantes tengo en la mente, gente que me mira demasiado, sentimientos raros, sensaciones extrañas entre otros y el cuerpo se me corta.

En los 43 minutos de viaje que llevamos, la gente ya se ha contagiado por el chisme dentro del bus, algunos ya no esconden su disimulo por mirarme, con malicia meto la mano izquierda en el bolso y extraigo el códice y con una mirada mas que sobresaltada el tipo que está a mi lado se levanta y con un gesto indescriptible muestra su asombro, se pone de pie y en un idioma que no entiendo, mirando a los demás pasajeros les habla y todos callan, detienen el vehículo y hasta el conductor presta atención y para sorpresa mía una señora de unos 65 años de edad, pide que me ponga en pie y se arrodilla frente a mi, puedo ver como sus lágrimas gruesas ruedan por su mejilla y palabra a palabra otros le siguen y el conductor muestra su rostro de tristeza, una muy especial para el momento, de tanto alboroto grito profundamente y me puedo oír a mi misma, que no era una voz femenina que salió, espantada yo, insisto en gritar nuevamente y se repite mi grito de ¡¡ Cállense !! y el ambiente recupera la calma, explico brevemente de donde vengo y que es todo esto que me está aconteciendo. Dicho esto, la mujer anciana llora a gritos y alcanzo a oír que sufriré muchísimo, que ese dolor ni la misma tierra considerará, que era yo una de las que pagaría esta deuda por años ha causado mucho dolor entre los que quedaron.

La piel se me erizó, creo que fueron 15 minutos interminables, me sentí fatal, me invadieron los recuerdos de todo, me sentí la mujer más miserable, estalle en llanto en mi asiento y la gente empezó a tomar su lugar, el bus se puso en marcha.

Al llegar el bus a la ciudadela la misma situación, el asombro de la gente que me ve, yo… físicamente me veía igual, hasta con cierto disimulo metí la mano en las entrepiernas como arreglándome el pantalón beige que me cubría, no llegué a tocar ningún pene, fue mi consuelo, creo que seguía siendo mujer, el sudor me invadió y la calma entró en mí, los aires del entorno me mareaban, no se si la altura u otra situación, el brasier me apretaba ligeramente, me cortaba la respiración, me adentré en la ciudadela y a medida que transitaba por ella las fuerzas fueron cayendo, traspasé la puerta del sol, recuerdo que observe en visiones mucha gente implorando sobre el Muyoc Marka, levantaban sus manos, clamaban, llevado por la pocas fuerzas acabé en la chincana, caí de rodillas ahí, no reventaba la voz, sentí morir, vomité.

Mis oídos como golpes de martillo, finos, muy finos, oían voces de que pagará las abominaciones de mis antepasados, cuando desperté tenia en el brazo derecho, justo a lado del amuleto, una pequeña incisión, como la picazón de una hormiga, en el suelo una minúscula mancha de sangre, sin duda, me habían extraído sangre, esto ya escapa de mi raciocinio.
Uhmm...!!!
Espero sus opiniones que me salio mal y paso a corregirlo.
Mi modesto aporte.
buenas noches, amigos. empezare a trabajar esta noche en mi capitulo. les pido que me otorguen dos dias a lo mas para hilvanarme.
gracias por su paciencia con mis dilaciones.
(narrador trabajando, :) )
saludos
sancebau
Todo bien, muy bien.
No los han bloqueado
Pues ya no, acabo de entrar después de varios dias y lo encuentro normal, salvo algunos cambios, de los que me abstengo comentar.
amigos ya tengo mi capitulo redactado, pero por una desafortunada circunstacia deje mi memoria usb en casa... :S
mañana temprano se los cuelgo. para que lo revisen. creo que soy el penultimo. debo confesarles que me costo mucho escribir este capitulo. tenia cien ideas volando en la cabeza. incluso tenia un final alternativo para mi capitulo, pero al final me abstuve de ir mas alla.
saludos
sancebau
Capitulo 10: Purificación


El sol se iba poniendo más fuerte. A mí alrededor sentí, no vi, lo percibí, que una pequeña multitud se aglomeraba. Pensé que serían los pasajeros del bus que me había traído a Sacsayhuamán. Lentamente me fui desvaneciendo, el sol empezaba a tomar tonalidades ocres, pensé en mi delirio que la noche había llegado de pronto, pero calcule que tan solo eran las diez de la mañana cuando el bus había arribado a las ruinas de la fortaleza. Caí a tierra y en mi desmoronamiento abrí los ojos inmensamente mientras el cielo se puso negro y el sol se volvía violeta.

Después de unos segundos de yacer en el suelo me fui incorporando lentamente. Reconocí el lugar inmediatamente. Las ruinas de Sacsayhuamán, el ambiente era negro, iluminado por ese sol violeta, las piedras centenarias lucían como un enorme animal mitológico recogido en si mismo. Mis sensaciones se agudizaron, vi alrededor y el terreno parecía el mismo, solo que ahora iluminado por la negritud de la noche, no escuche pájaros ni animales, casi podría decir que ni aire existía en este mundo al que había emergido. No se escuchaba ningún ruido reconocible. Mi conciencia se fue asentando paulatinamente, mis sentidos empezaron a funcionar normalmente de nuevo, así fue como descubrí que no estaba solo en aquel lugar.

Yo estaba al medio. Dentro de un circulo de seres que empezaba a distinguir en el ambiente violáceo. Conté una a una mentalmente las siluetas, una por una, hasta figurarme el mismo numero de pasajeros que habían ido conmigo en el bus. Las siluetas se movían apenas como asegurarse que no me escaparía, pero sin atreverse a tocarme. Luego una de ellas, la más alta, dio un paso adelante y se acerco hacia mí. Vi su forma perfilándose contra ese extraño eterno atardecer, pero no le distinguí ningún rastro de cuerpo o rostro. La figura me miro intensamente por unos instantes, como si quisiera reconocerme, movía la cabeza en un acto de observación que podría pertenecer más a un felino o a un ave de rapiña. Después, repentinamente, con gesto vigoroso extendió delante mió una antorcha apagada, poso la mano izquierda sobre la punta de la misma y la tea se encendió con una llamarada. Entonces los pude ver definidamente.

Ante mi habían más de una docena de demonios altiplánicos. Como los que yo había visto que bailaban en la fiesta de la virgen de la Candelaria de Puno. Solo que esta vez eran reales. Sus mascaras no eran mascaras, eran rostros vivos, expresiones salvajes y terrorificas.
El demonio de la antorcha, me ilumino, de nuevo era el guerrero maya. El me iluminaba de pies a cabeza y empezó a hablar en una lengua que me pareció incomprensible. Le hice señas que no le entendía nada. El demonio se detuvo y volvió a repetir las mismas frases. Pero de nuevo no le entendí nada, aunque las frases me parecían extrañamente más familiares en esta ocasión. De nuevo le suplique que repitiera, el demonio sin inmutarse, sin enfurecerse, apunto la tea contra mi e inicio por tercera vez su discurso. Esta vez si entendí y comprendí con asombro que todo ese tiempo me había estado hablando en español antiguo, en el idioma que hablaron los conquistadores que arribaron a América en el siglo XVI. ¡Mi propio idioma de española!

Fue poco lo que comprendí de las palabras del Supay. Pero de lo que le entendí retuve que era una especie de divinidad prehispánica. Luego me hablo directamente como si me conociera y me dijo que ahora tenia que cumplir la misión que hacia 488 años había dejado interrumpida. El Supay me interrumpió cuando adivino que iba a interrumpirlo para cuestionar algo absurdo en su discurso. Dijo que si había escogido hablarme en el idioma de los conquistadores era porque había temido que olvidase las lenguas aborígenes y que finalmente el no había acertado a adivinar qué lengua entendería. Y agrego que aunque mi había vivido en el cuerpo, y con la mente de una española del siglo XXI, mi esencia era la misma. Se detuvo y miro mi cuello. Dijo:

-Agora tyenes los dos artefactos. El códice del norte, el amuleto del sur. Agora debes cumplimentar el rito.

El Supay se hizo a un lado como invitándome a seguirlo, los otros demonios se movieron también, dejando un espacio vacío hacia el cual debería dirigirse mi mirada. Hacía allí miré. El muchacho del bar estaba parado, al pie de las piedras inmensas de Sacsayhuamán. Pero no era el muchacho en realidad, o sí era el mismo muchacho, solo que ahora era diferente. Ahora tenia el cabellos largo y vestía como un sacerdote quechua.

Me acerque lentamente hacia él, y mientras caminaba en mi cabeza se me representaba simultáneamente la misma imagen. Una escena imposible, un acontecimiento que nunca ocurrió. Un guerrero maya sagrado caminando al encuentro de un sacerdote incaico. Una reunión que había esperado casi quinientos años en cumplirse y que fue interrumpida violentamente cuando estaba a punto de acaecer. Un acto del que no hablaron ni hablaran nunca los libros de historia, del que ni lo mas alucinados estudiosos se atrevían siquiera a especular. Algo que debió pasar y nunca paso.

- Has conseguido el amuleto.- afirmo en quechua el chico, ahora sacerdote inca. Has recuperado los signos de tu misión, guerrero. Ahora debes completar el rito y volverás a ser puro y el deseo de los dioses ancestrales de nuestras gentes se cumplirá al fin.


Cuando abri la boca, mis labios profirieron palabras en maya antiguo (no me digan como supe que era maya antiguo, porque lo era, lo sentía):


- Sacerdote, he tardado casi quinientos años en viajar desde mi lejana tierra del norte, al fin he llegado. Aunque creo que….- vacile no porque no supiera que decir pues las palabras venían a mi sino por tristeza ante mi dilación-. Aunque creo que he llegado ya muy tarde, demasiado.


- Eso solo lo determinaran nuestros apus y tus dioses, guerrero.


No tuve tiempo de afirmar ni negar más. El sacerdote se tendió a tierra y enterró unas hojas de coca al pie de la fortaleza. Se puso de rodillas y extendió las palmas de las manos ante el sol violeta y empezó a orar. Uno de los demonios se acerco a mi y vi que traía consigo ¡un becerro! Fue acercándose con el animal al sacerdote inca. Entonces vi que el sol se empalidecía en el cielo negro mientras los rezos se intensificaban. Un par de segundos más tarde, el sol se sacudió violentamente y expidió un par de grandes bolas de fuego que descendieron a tierra para caer calcinadas a pocos pasos de mi. El sacerdote enterró la cara en el suelo y empezó a gritar casi sus rezos y el sol tembló con mas fuerzas y lo vi desprender en medio de humaradas muchas bolas de fuego que empezaron a vagar por el firmamento como erráticas estrellas fugaces, buscando una dirección un lugar para impactar. Empezaron a rozar cerca mío y temí por mi vida.

El sacerdote se levanto del suelo y miro el cielo cubierto de esferas ígneas y volvió a hablar.

- Ahora tu purificación se ha cumplido. Haz cumplido con tu misión, guerrero. Ahora debes volver a tu país. Reencontrarte con el sacerdote que te envió. El te dirá si el sacrifico ha sido escuchado por nuestros dioses.

Abrí la boca para decir algo. Pero el sacerdote me atajo antes que pudiera proferir ningún sonido:


- No. No digas nada, guerrero. Ahora solo te toca volver.


El sacerdote se dispuso a elevar las manos otra vez al cielo. Pero se interrumpió, como si hubiera recordado algo:

- Por cierto tu guía te ha sido infiel.

- ¿Que guía? No tengo ningún guía he hecho mi camino hasta aquí solo. Con nadie he hablado. A nadie he consultado.

- Sí hablaste con alguien, el que te revelo el secreto del códice. No te contó todo lo que hallo en él. No te ha dicho la historia completa.

Comprendí inmediatamente a quien se refería. Martín Goicoechea. El sabía de él. Voltee hacia el sacerdote, pero él me dijo.

- Debes volver.

Dicho lo cual completo el gesto que había interrumpido hacia unos minutos, levanto las palmas al cielo. La tierra se agito a mi alrededor y vi aproximarse una esfera incandescente que no se detuvo hasta impactar contra mi cabeza.



Cuando abrí los ojos noté que estaba sola, tirada en medio de la explanada de la fortaleza. De nuevo era una española del siglo XXI, mire mi reloj habían pasado casi cuatro horas. Descubrí que tenia en una mano aferrada al amuleto y en la otra el códice maya. Sin saber porqué me encogí como un feto y me puse a llorar amargamente.


Saqué mi teléfono celular del morral. Larga distancia a México. A San Cristóbal de las Casas. Estado de Chiapas. Un segundo, está timbrando el celular y mi corazón palpitaba con fuerza. Luego escuché la voz de Martín del otro lado.

- Me mentiste, Martín.- Le grite entre sollozos.- ¿Por qué lo hiciste?

- ¿Cálmate, Marta! No te mentí. Si quieres lo que hice fue solo ocultarte un poco las cosas. Pero lo hice porque creí que no tomarías en serio lo que te diría. Quizás pensarías que era una cosa de Chamanes y brujos, de gente supersticiosa, quizás peligrosa. Es cierto, había algo más en le texto en quechua del siglo XVIII. Algo que no forma parte del texto del códice.

-¿Qué decia, Martin?- Le grite con desesperación e impaciencia.

- Aquí te lo leo mas o menos. Recuerda que el original es quechua colonial. Dice esto. Yo, Domingo Pancaccaurí, descendiente de la pacana del Inca Manco segundo, he venido hasta México en el año del señor de 1780, cumpliendo con la misión que me encomendado mi Tío, Demetrio Pancaccaurí, sacerdote del sol. He hallado este codice y aquí lo traduzco porque he fracasado en mi misión, porque los sacerdotes de Chiapas me han dicho que no soy el indicado y que nuestra rebelión en el Perú fracasara miserablemente…. Siguen otras cosas, Marta. Pero ya te puedes imaginar cual es el contexto. La rebelión a la que hace referencia es la de Túpac Amaru II. Quizas en el Perú pensaron que el cumplimiento se iba a dar con Tupac Amaru II y lo mandaron en busca de buenos auspicios. No lo sé. Algo más puedo decirte de este Domingo Pancaccaurí. Nunca más regreso al Perú. Su rastro se perdió en las selvas de Chiapas. Quizás espero hasta el final de sus días el cumplimiento de la leyenda por la que había venido desde tan lejos. No te lo puedo asegurar.


Consternada, colgué el auricular sin despedirme de Martín. De pronto me sentí parte de una enorme maquinación. Me sentí injustamente involucrada en una historia de indios de la que no formaba parte ni por origen ni por cultura. Odie mi destino y me sentí más sola que nunca.


Ahora no sabía que hacer. ¿Ir a Chiapas? ¿Ir al congreso a Veracruz? ¿Regresar a España? ¿Quedarme para siempre en el Cusco? Vague por los alrededores de la fortaleza sin decidirme a abordar unos de los buses que me llevara de nuevo al Cusco. Hasta me senté abandonado en un mojón del camino. Desde ahí vi a un grupo de mochileros que semejaban a los daneses que había visto antes en México. Quizás fueran los mismos. Las cosas se encerraban endiabladamente y yo estaba en medio de todo eso. Cubrí mi cara con las manos y me puse a llorar vigorosamente de nuevo. Una mano y una voz conocida me sacaron de mi gimoteos.

- Señorita aun le falta regresar. ¿Qué esta esperando? El sacerdote de Chiapas aun está esperandola. A él debe volver.

Levante la cara y me quede sin aliento. El chico del bar, el sacerdote inca. Ahí estaba junto a mi, parado a mi lado. Quise levantarme abrazarlo contra mi, averiguar si era una aparición, un sueño, parte de un delirio.

Volver de nuevo a Chiapas de nuevo. Al sacerdote, con la misión cumplida, purificada.
le voilà

aunque creo que me excedi....

saludos

sancebau
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