Fecha: 17/07/12 12:04

¿QUIÉN ES LA GANADORA DEL CONCURSO S.O.S. 2012?

La ganadora del concurso S.O.S. 2012, convocado por la Cesta de las Palabras, es...
¡Yolanda González Sandoval!

CAMINO DEL FIN

El sol derretía todo aquello que quedaba con algo de humedad sobre la tierra. El que caminaba lo hacía deslizándose más por inercia que por tener un destino.
El destino ¿habría quedado atrás como casi todas las esperanzas? Mirando al frente solo contemplaba destellos de luz que esperaba se apagasen como siempre
que aparecía, cruzándose en el recorrido, aquel terrible astro que un día se llamó “luna”. En esta nueva era estaba tan cercano que se le escuchaba rotar
cuando aparecía tapando por completo al sol, dejando por un tiempo el suelo sin luz y adueñándose el frío de cada escama del cuerpo, compensando de alguna
forma el calor extremo de poco antes.

Todo era extremo en la nueva era, el calor y el frío que traía humedad de no se sabe donde para hidratar las pequeñas zonas vegetales de las que se nutrían,
casi como único alimento los hombres. ¿Los hombres? o ¿el hombre? Ahora solo uno caminaba, desde que se retiró la anterior luna, su compañera había quedado
exhausta en la hendidura de una roca ligeramente protegida por sus sombras de las inclemencias de las horas de luz. Se alejo solo y solo cuando ella dejó
de respirar para continuar aquella odisea iniciada no se sabía en qué momento pero que destinaba a los de su tribu a caminar hacia el norte, siempre hacia
el norte, dejando a la derecha la aparición de la luna y más tarde del sol.

¿Donde se iba? En algún momento es posible que aquel caminar tuviese un destino pero se había olvidado a la vez que el grupo se hacía menos numeroso y los
recuerdos se habían ido borrando como sus pisadas en aquel desierto eterno del que solamente se salía en la noche, por llamar de alguna forma el periodo
de oscuridad que iba detrás de un periodo más largo de luz intensa.

Cuando se produjo la catástrofe, cuando el cielo se desplomó sobre la tierra y las explosiones de las centrales nucleares se hicieron incontrolables, el
caos reinó por demasiado tiempo. Los humanos se temían los unos a los otros porque los recursos de supervivencia se agotaban sin que apareciesen alternativas.
Todo moría bajo los baños de iones y cuando el caos se estabilizó, los supervivientes decidieron que por ser ya muy pocos deberían darse una opción para
vivir. Acordaron dividirse en busca de nuevas posibilidades, quizás en algún lugar el daño fuese menor. A los padres de los padres del último hombre les
tocó el camino del norte, si la tierra era redonda- ¿seguiría siendo redonda después de todo aquel desastre?- los que se desplazaban al norte y los que
se desplazaban al sur se encontrarían algún día, al igual que aquellos que se desplazaban hacia el este y el oeste. Todos se unirían para empezar una nueva
vida en el punto contrario del actual, en las antípodas quizás la vida sería posible…

Demasiado tiempo después comprobaron que no solo la tierra era estéril y los recursos seguían siendo ínfimamente insuficientes para el grupo cada vez menos
numeroso.

Pero seguían caminado al norte, era su destino. Sus pies se quedaban sin dedos, vueltos hacia atrás formaban unas callosidades duras que les protegía del
calor del suelo, alguien en un momento de lucidez les llamó pezuñas porque recordaba ese término sin saber quien alguna vez las poseyó.

Los animales de los que se alimentaban a veces eran insectos, reptiles y algún otro mamífero pequeño que se había ocultado y vivía bajo tierra. Pero como
tampoco se reproducían hacía ya mucho que habían dejado de existir.

Y ahora ellos ¿habrían ya dejado el norte y estarían de camino al sur, hacía el lugar del reencuentro o ya habían sobrepasado el lugar y el encuentro no
era posible porque ya no quedaba nadie?

El hombre dejo de mirar al frente ¿para qué seguir aquel recorrido sin fin? Y después de un tiempo de dudas, por primera vez en generaciones dio la vuelta
y se encaminó al lugar donde había dejado a su última compañera. Cuando llegó a la piedra buscó los restos que ya se habían convertido en una masa flácida
de la que salían los últimos fluidos orgánicos, se recostó cerca mirando como en un espejo en lo que se iba a convertir con el paso de otra luna. Rozó
ligeramente con su mano lo que quedaba de la mano de ella. Recordó que cuando era pequeño y aún quedaban esperanza un viejo profesor les enseñaba imágenes
sobre algo que llamaba papel y una de ellas se parecía a la que ellos dos acababan de formar. Por un momento volvió a ser levemente feliz emocionado ante
el recuerdo de la belleza de aquellas páginas arrancadas de un libro donde se describía y mostraba ya apenas sin color el techo de un edificio llamado
“capilla sixtina”.

Cerró los ojos para dejar de pensar. En su último día sobre la tierra el hombre había decidido cambiar la dirección de sus pasos asumiendo lo inevitable.

Mientras, debajo del cadáver de la última mujer, un organismo unicelular en estado de letargo que reposaba sobre una pequeña cantidad de agua filtrada de
la humedad de la noche por la roca porosa, absorbió de los flujos de ella y se empezó a dividir.

YOLANDA GONZÁLEZ SANDOVAL

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