VENTANA POETICA DE ESCRIBEYA - hoy - OSCARHUGO - Miercoles 20/VI/2012
El Capitán Cornejo.
El viejo marinero presentaba una hermosa estampa con su gorra con visera, saboreando su humeante pipa y afirmándose en la balaustrada de la “proa” contemplaba la bahía y de vez en cuando se ayudaba con un prismático. Sus ojos recorrían la playa mirando el desembarco de los pescadores y la descarga de su preciado botín cosechado en el azul del mar. Más allá, un par de barcos anclados con febril actividad de sus tripulantes; salían lanchas con los duros hombres de mar que desembarcaban y otros que llegaban hacían señas y se gritaban haciendo bocinas con sus manos.
Claro, no estamos hablando de un barco sino de la casa del Capitán Cornejo que había construido en el borde superior de uno de los tantos cerros del puerto. Llamaba la atención la proa que salía en dirección al mar y que tenía soportes diagonales que se afirmaban en las rocas a pocos metros más abajo.
Entre los muchachos de mi edad, alrededor de los 12 años, muchos hablaban de embarcarse y recorrer el mundo. Años después conversamos con algunos que se hicieron a la mar y escuchamos relatos apasionantes acerca de culturas y costumbres tan lejanas. Allí escuché por primera vez que el Capitán Cornejo tenía una historia increíble: habría sido salvado de morir ahogado en el Golfo de Arauco por una supuesta sirena rubia de ojos azules, pero que no tenía cola de pez.
En esta oportunidad estábamos en la casa vecina, donde Luchico un compañero de escuela, hijo de un “vaporino” o “embarcado” como conocíamos a los de la marina mercante. Por una ventana espiábamos al Capitán Cornejo y su quehacer en la terraza que edificó como una particular y llamativa proa.
Posteriormente tratamos con varias estratagemas de hacer hablar al Capitán, pero con una mirada triste se retiraba en silencio.
No puedo olvidar cuando uno de mis amigos me mostró con disimulo una bella muchachita rubia, de ojos azules y muy blanca, que la sorprendimos hablando con el viejo. Al alejarse de él, le dijo: “Vuelvo pronto, abuelo”.
Mi buen amigo Luchico me acompañó bajando el cerro hasta la explanada; íbamos meditabundos, cuando de pronto nos detuvimos con los ojos muy abiertos, pues ambos habíamos tenido la misma idea o visión: una chica rubiecita y hermosa… y una sirena que pudo ser su madre. ¿Sería descendiente de la mentada sirena?
Nunca supimos qué había de verdad en nuestra imaginación, además el Capitán Cornejo y su nieta se fueron del puerto y nada más supimos de ellos. Sólo dejaron de recuerdo la casa con su pintoresca glorieta.
Jaime