Estos días he escuchado y leido algo de Bradbury, y ya no me queda más remedio que leerlo y leerlo.¡Cuanta razón tienen sus palabras! desde luego una persona sabia por edad y conocimiento.
Encontré esto que dejo:
El fallecido escritor estadounidense Ray Bradbury, considerado uno de los maestros de la ciencia ficción, prefería la etiqueta de “fantástica” para su literatura y creía que los libros estaban condenados a desaparecer en un mundo bombardeado por las nuevas tecnologías.
Ya “no es necesario quemar los libros para destruir la cultura, sino que basta con dirigir a la gente para que no los lea” y “eso es lo que está ocurriendo”, afirmó Bradbury hace doce años.
Bradbury, nacido el 20 de agosto de 1920 en Waukegan (EE.UU.), había relatado en su obra cumbre, Fahrenheit 451, cuyo título hace referencia a la temperatura a la que el papel empieza a arder, una historia futurista de una sociedad totalitaria y dominada por la cultura audiovisual en la que la palabra escrita está prohibida y solo vive en la memoria de un grupo al margen de todo.
“En Estados Unidos, los niños no aprenden a convertirse en seres humanos receptores y ninguno se ocupará después de leer. Así llegará el final de los libros, con esta forma de censura sutil”, declaró a un diario italiano en el año 2000.
En 2006 volvió a insistir en ese aspecto en una videoconferencia. La falta de educación convierte a los libros en “innecesarios” y hace que “se quemen solos”, proclamó para agregar que las nuevas tecnologías “bombardean a la sociedad con información, pero de cara a la formación de las personas nada es sustitutivo de la lectura”.
Bradbury, un ávido lector desde pequeño, se preciaba de no usar computadoras y consideraba que internet solo servía para el comercio y que en la vida actual había “demasiadas máquinas”.
Admirador declarado de Rice Burroughs y de Julio Verne, se consideraba a sí mismo “un narrador de cuentos con propósitos morales” y le gustaba identificar su género con la fantasía.
“En primer lugar, no escribo ciencia ficción (...) la ciencia ficción es una descripción de lo real. La fantasía es una descripción de lo irreal”, dijo una vez para aclarar que entre sus obras solo Fahrenheit 451 podía inscribirse en el primer género y que Crónicas marcianas estaba en el segundo como “los mitos griegos”.
El autor de Crónicas marcianas, donde se cuenta la colonización del planeta rojo por la humanidad y la decadencia de esa civilización, tenía grandes esperanzas en que el hombre iba a ser capaz de asentarse en Marte algún día, para “dejar atrás los problemas de la Tierra y comenzar de nuevo”.
Quizás por eso en 2004 le dijo a un diario chileno: “cuando muera, quiero que me cremen, que pongan mis cenizas en un tarro de sopa de tomate ¡y me entierren en Marte!”.
En esa entrevista incluso fantaseó con la posibilidad de que sus libros fueran leídos en el planeta rojo “dentro de unos cien años más” y que los colonos se rieran de “lo inexacto” que había sido en Crónicas marcianas.
Autor prolífico de novelas, cuentos y algunos ensayos, Bradbury es considerado un verdadero mito en el campo de la literatura fantástica y de ciencia-ficción y uno de sus mayores innovadores.
No pudo ir a la universidad por problemas económicos, pero visitaba la biblioteca de su ciudad todos los días para instruirse. En 1950 publicó Crónicas marcianas, a la que siguieron El hombre ilustrado, Fahrenheit 451, El vino del estío, La feria de las tinieblas, entre otras muchas.
La muerte de Bradbury deja un impresionante legado literario, pero, curiosamente, como otros grandes escritores –desde Marcel Proust hasta Philip Roth–, no ha sido un escritor al que se le haya hecho justicia en el mundo del cine.
Solo la película Fahrenheit 451, de François Truffaut, puede ser más o menos meritoria de llevar el sello de su autor literario, si bien no se encuentra entre las mejores obras de un director que cambió su lengua madre (el francés por el inglés) y se acercó a un género a priori antitético a su universo.
El filme, de tibia acogida en su día, hoy luce algo anticuado, aunque retiene parte de la fascinación distópica del libro y su denuncia de la analfabetización como arma de poder es más vigente que nunca