Billy Mac Gregor

CAPITULO I



Atardece.
“Cara de lobo”, como todo el vecindario acostumbra a llamar al irlandés, levita a ras del suelo con las manos metidas en los bolsillos del vaquero, y a la deriva, de espaldas al mundo, deambula como un naufrago sin nombre por las calles estrechas y empedradas de este lugar al que lo trajo la marea, desde quien sabe donde, casi hará nueve meses.
Aunque en realidad se llama Billy, Billy MacGregor.
Y este lugar es Santa Marta, un sitio con farolas donde hace fresco por las noches y las mujeres todavía se ponen flores en el pelo, flores de verdad. No tiene un mar, ni montañas, y si ha nevado alguna vez, sólo las piedras se acuerdan. Las piedras y Don Ramón, que se acuerda de todo.
Por aquí dicen que si escuchas el “clic” de una farola cuando se enciende, ese día, es que vas a enamorarte. Una que dé luz amarilla; nunca blanca. Al irlandés, que a pesar de sus sólo 29 años, ya no cree en nada, una historia como esa, además de increíble, le parece ridícula, y aunque fuera cierta, da igual, porque si hay algo que él, jamás volverá a hacer, es enamorarse.
Jamás.

Tic…tac, tic...tac, tic...tac...
En la plaza del barrio, las grandes agujas como brazos del viejo reloj bicentenario de la torre de la iglesia de San Judas, marcan con precisión helvética las nueve y veintisiete minutos de la noche.
Clavada al centro de la tierra por los Godos, la torre se levanta por encima de terrazas y azoteas salpicadas de Sol y ropa blanca, de tiestos de geranios, y de hormigas.
La cima de la sólida estructura medieval bajo cuya falda se comen a besos los amantes sin que el olor a mermelada del amor, los delate, es un oasis de aire puro que Billy malgasta fumándose el último cigarro del paquete, mientras el cielo se descose, y por una brecha mortal de donde fuera a salirse todo lo que el Universo tiene dentro, tose estrellas diminutas en mitad del ocaso. Huele a naranjas, porque es mayo, y apetece estar triste, como cualquier domingo.
Desde la torre se ve el puente, al fondo, la estación, y al otro lado de las vías...Desde aquí no se ve, pero al otro lado de las vías hay un patio sembrado de rosales.
82 escalones más abajo, las parejas pasean evitando los charcos y, meticulosamente, se aprenden. Los que se aprenden con lengua, si se acuerdan, dejan de flotar y compran pipas de calabaza en el kiosco. Luego, siguen haciendo castillos en el aire, como si el aire fuera un terreno edificable.
La banda sonora la pone una chica que cruza la plaza con las manos a la espalda: “Sin ti niña mala, sin ti niña triste que abraza su almohada…”.
No sabe cantar; pero canta. Canta y la vida es más sencilla... ¿Dónde irá descalza?
Justo cuando la chica del vestido azul y las manos a la espalda que no sabe cantar pero canta, doble la esquina, la luz del sol concluye, el cuerpo de campanas de la torre de San Judas gime la diez de una noche muy-muy larga, y las farolas comienzan a encenderse en Santa Marta.
Ya no la ve; pero aun puede escucharla: “…Me río sin ganas, con una sonrisa pintada en la cara…”.
Seguro que la niña triste de la que habla esa canción termina muriéndose de amor por un niñato de taberna...
Minutos más tarde, sin alivio y sin tabaco, Billy baja de la torre, toca tierra y, caminando con la dignidad de un faraón, se pierde entre las sombras de una calle cualquiera sin farolas. Por si acaso.
Le cruje el alma y los recuerdos le muerden la boca del estomago.
Mala cosa.
De camino al “Brillante”, el bar de la estación, una luna redonda lo acompaña por el puente describiendo una parábola perfecta.
Casi están cerrando.
En los cristales han pegado un cartel que lee de pasada mientras, evanescente, atraviesa las puertas del local: “Fiestas de Santa Marta. 2008”. Anuncian una orquesta, un baile de disfraces, y un desfile de negras seguidas de una banda de tambores y cornetas.
“-Su tabaco. Gracias”. Billy recoge el cambio de la máquina, pasa junto al mostrador sin decir nada y sale a la terraza del bar, junto al rió. A la dueña no parece extrañarle. Ni siquiera ha parpadeado.
Ajeno al movimiento rotatorio del planeta, Billy fondea en una mesa cuarteada por el paso del tiempo y los viajeros.
La última vez que pintaron de verde las mesas del “Brillante” fue hace 40 años, y desde entonces, cien mil almas han garabateado sobre ellas toda clase de frases, corazones, fechas e iniciales.
También hay palabras labradas a punta de navaja. Y promesas, promesas tatuadas con bolígrafos azules: “Eternamente…”
Sólo son once letras; pero a la luz de la luna, sobre la mesa nº 9, parecen once puñaladas. Debe ser una larga historia.
Ayer llovió, y en el barrio todavía hay un olor a fruta tierna que puede cogerse con la punta de los dedos y disfrutarlo entre los dientes como algo delicioso. Es el Sur que se quiebra, es la tierra mojada, son los jazmines anidando en el cabello de las niñas, las que tienen tetitas de limones y andan presumiendo de mayores porque han probado un beso. Alborotan algunos metros más allá de donde Billy se ha sentado. Puede escuchar como palpitan: “¿Y a qué sabe?”, pregunta una que se llama Lorena. “Pues… ¡A beso!”, le contesta otra que se llama Patricia. Y todas se ríen, porque Lorena no se cree que un beso sepa a beso, y dice, que un beso, tiene que saber a otra cosa. Seguro.

En la radio local suena Chet Baker, un trompetista con perfil de canalla que había triunfado en el París de los 50, y tras la barra del “Brillante”, Micaela( una señora con trenzas en el pelo, acento serbio y una infinita tristeza en la mirada), organiza cucharitas, rellena los saleros…se ausenta en el brillo de las copas. Y en el brillo de las copas, descubre a Billy sentado en la terraza, mendigando lumbre del mechero y anclado a vete tu a saber que cálculos mentales. Como de costumbre.

Durante la guerra de los Balcanes, Micaela Kravitz había visto tanta gente rota, sin brazos, sin piernas, sin ojos, sin peinar…que aprendió a distinguir, una por una, las 3.700 clases de dolor que el ser humano era capaz de soportar, ya fuera el llanto de una madre buscando una razón que llevarse a la boca para ponerle nombre al vacío que dejaban los muertos en sus camas, o el mal de amores de los sapos condenados a ser sapos para siempre. Y siempre y para todas, usaba el mismo bálsamo magnífico: su voz de talco cómplice y solidaria.
Ella siempre aparece en el momento preciso y de la nada:
-¿Si Mamá Micaela le trae un café bien calentito al cachorro más terco de la tierra, le va a decir que no?
Con los ojos entornados, Billy persigue un tren de mercancías que se pierde en la distancia haciendo “chuf-chuf”.
Ella conoce bien a los viajeros. Siempre tienen los ojos entornados cuando no saben donde ir. Billy ya lleva días rascándose la barba, mirando el horizonte y rascándose la barba.
-Billy…- Micaela susurra su nombre con la voz más bonita del mundo, y acto seguido, le inventa un adjetivo-, pequeño corazón de kamikaze…
La vieja nunca le ha visto tan ausente...tan lejos...tan vacío. Ni mirar así los trenes.
Los trenes... toneladas de leyenda que ha hecho el mismo viaje miles, miles de veces. Él llegó en uno cualquiera- puede que en el de las once menos cuarto-, bajo un sombrero negro y con el alma muy, muy mojada. Ebria.
Desde entonces, todas las veces que Micaela ha estado cerca de sacarle las espinas (que él hundía más en su piel), todas las que quiso hacer diana en su pasado (él la esquivaba con artimañas de alquimista: se hacía invisible durante días.), todas, han sido para nada. En ninguna consiguió acertarle, ni por asomo, que cábalas lo estaban volviendo transparente. Pero hoy, si de verdad existen los milagros, necesita uno de esos que ahuyente de algún modo la nostalgia mayúscula, porque hoy...
Simplemente tirará de él, y tirará...y seguirá tirando hasta que ya no pueda más, y cuando ya no pueda mas, si es necesario, se lo dirá. Le va a doler; pero no va a dejar que al chico se lo trague la tierra si ella puede evitarlo. Hoy no. Lo pondrá a salvo.



Las primeras palabras hieren a Billy en el costado:
-Ya no puedes subirte en uno de esos trenes sin que te echemos de menos Billy...
“Cara de lobo” frunce el ceño y sus pupilas, se convierten en cabezas de alfiler.
Micaela le toma de las manos. Tiene manos de artista, de trovador, inofensivas y hermosas.
- Nadie te está esperando…, en ningún sitio. Aquí, hay gente que te quiere; aunque tú no te dejes. Paca te adora, y Lorena, y Don Ramón…Hasta Palomo. Además, ¿quién va a hacerte el café mejor que yo? Y tienes que regar los rosales...
-Paca adora a todo el mundo- la interrumpe él bordando de ironía sus palabras-¿Soy tu buena obra del día Micaela?
-No seas grosero. Yo tengo canas y tú no. Sólo intento decirte que...
-No soy tu hijo Micaela.
Así es “cara de lobo”: devastador.
Micaela ni siquiera ha parpadeado.
-Lo siento-Ahora Billy buscará desesperadamente un cigarrillo, como si un cigarrillo bastara para arreglarlo todo.
-No. No lo eres. Y tampoco te pareces. A mi hijo lo mató una bala (la guarda en una caja de cerillas. Es uno de esos proyectiles que usaban los francotiradores que asolaron Sarajevo. Micaela todavía se pregunta como algo tan pequeño podía arrancarle la vida a uno de los suyos, algo tan pequeño que sólo dejaba en la frente la picadura de un insecto y un hilo de sangre camino de los labios), y a ti...a ti te están matando tus entrañas. Eso que tienes dentro, lo que sea, te las está comiendo. No hablas. No sonríes. A veces creo que tampoco respiras. No estás viviendo Billy. Te estás volviendo...transparente.
Nubes con formas de elefantes e hipopótamos se agrupan en el cielo como gotas de aceite en un plato de agua.
Un perro ladra.
Quizás llueva.
Se miran, y en el callejón sin salida del silencio, dejan que pase un siglo. Un siglo sin ruido de trenes ni de copas brindando por todo lo que es bueno.
Un siglo si Chet Baker.
Sosteniendo entre sus manos perfectamente limpias la barbilla del muchacho, Micaela lo enfrenta a sus ojos color miel y le suspira un “Yo sé lo que te pasa” que hace jirones el humo del cigarro y penetra por los párpados cerrados de “cara de lobo” hasta esa parte de nosotros donde guardamos bajo llave, entre algodones, las cosas de cristal.
-¿Lo sabes? Entonces también sabrás que hoy me apetece beber. Y es lo único que me apetece.
Pero Billy ya no bebe.
El último cáliz de veneno de marca que tomó se fue rodando terraza abajo el mismo día de su llegada a Santa Marta, cayó al río, y aún debe estar flotando camino del Atlántico. A él, se lo llevaron en volandas, como a un torero: empitonado de muerte y con los ojos en blanco. Parecía un pez fuera del agua.
Por lo menos hasta que pudieron estabilizar el ritmo cardiaco.
Aquella misma tarde, cuatro horas antes de que su corazón dijera, “basta”, Billy había dejado su maleta, abierta y sin deshacer, encima de la cama de una habitación de hostal que pagó por adelantado: “Me iré mañana...sólo estoy de paso”. La dueña, una viuda rodeada de felinos, le preguntó, si no era mucho preguntar, que si era del Norte, “Porque usted es del Norte ¿No?”.
Era mucho preguntar: Billy se metió debajo del sombrero, cruzó el pasillo hasta la puerta de la calle sin contestarle, y cuando cuatro horas mas tarde estuvo tan borracho que apenas pudo levantarse a mear en los servicios del “Brillante”, le dijo al aire que pasaba: “Yo ya no soy de ningún sitio”. Y se orinó encima.
A los dos minutos, Micaela estaba llamando a una ambulancia, y en el mismo momento, sobre un regazo de camisas, ropa interior y calcetines, una gata que entró por la ventana al cuarto de Billy, estaba pariendo una camada de gatitos.
Cuando emergió a la superficie desde aquel pozo de miseria en el que últimamente se tiraba de cabeza con el firme propósito de olvidar lo inolvidable, lo primero que Billy pudo distinguir entre las sombras de la habitación 203 fueron los ojos color miel de una mujer con trenzas en el pelo, vencidos por el sueño; pero no derrotados.
Con sólo hilvanar los nombres de barcos, princesas y tormentas que aquel cachorro de ojos grises y barba de poeta había estado murmurando toda la noche mientras la fiebre lo arrastraba de un lado a otro de la cama, cualquiera habría descifrado que aquel sombrero negro cubierto de polvo milenario y una larga historia que se adivinaba terrible, estaba mejor lejos del muchacho.
Billy salió del hospital abstemio y reciclado después de días y días sin alcohol, y lo primero que hizo, fue preguntar que dónde estaba su sombrero. “Donde tiene que estar...Colgado de un clavo-le dijo Micaela-.Ahora, esto, te hace más falta-y le tendió una bolsa con ropa que, Nicolás, ya no usaba nunca-.Todo lo que había en tu maleta huele a gato. Para toda la vida”.
Billy no se fue aquel día, ni al siguiente ni al otro, y Micaela, terminó por ofrecerle en alquiler la casa vieja. Frente al “Brillante”. Al otro lado de las vías.
A la casa se accede por un patio sembrado de rosales del que antes, Nicolás, cortaba una flor todos los días, sólo para ella. Nicolás era bueno como el agua potable, un romántico, y un excelente jardinero. Así era Nicolás.
Cuando Billy le preguntó porqué hacía todo aquello por él, ella contestó: “No lo hago por ti; sino por mi”, le puso las llaves en la mano, le dijo que regara los rosales, y terminó la conversación con una mentira: “Necesito un ayudante en la cocina”.
Él aceptó con una condición: Estaba de paso.
A menudo Micaela intentó hurgar en sus recuerdos, sin resultado. No encontró más que cicatrices. Si Billy alguna vez tuvo una vida, era algo que, al menos para él, había dejado de tener importancia el 25 de Mayo de hacia ya tres años, exactamente a las 7:30 de la tarde. A esa hora comenzó a beber como sólo beben los suicidas, a bocajarro, y exactamente a esa hora, se le metió “Cara de lobo” en el pellejo. Al día siguiente, sin afeitar y sin un plano del mundo en la maleta, se evaporó.
Micaela guarda silencio, esa clase de silencio que guardan las mujeres cuando tienen muchas cosas que decir.
Le arden las mejillas.
Va a decírselo.
El conoce bien las emboscadas. Siempre tienen una cara bonita y voz de terciopelo.
-Billy...Ella no va a volver.
Lo está diciendo.

-Los muertos nunca vuelven.
Lo ha dicho.
Y Billy se ha roto.
En mil pedazos.
Pequeñitos, pequeñitos, pequeñitos...

“Ella”, que está en todas partes y a todas las horas del día y de la noche, que no ha dejado ni un momento de existir; aunque sobre su tumba crezcan ahora las violetas, y la vida continúe.
Micaela, que es catedrática en remiendos, pone a secar al muchacho en la ensenada de sus senos y deja que resbale por la piel rosada de sus manos perfectamente limpias, un llanto templado y muy antiguo que todos los muñecos de trapo tienen dentro.
Un árbol no sale de la nada, ni el recalentamiento global del planeta, el conflicto de Irak, o las veces que nos vamos solos a la cama.
Ni esa barba.
Ni la desgana de vivir en un paisaje de muñecas sin cabeza, sin ninguna esperanza de que la bailarina rusa vuelva a bailar en su cajita con espejo.
Nada sale de la nada.
Excepto Micaela claro.

Billy ya no está. Está enredado. En algún sitio. Donde quizás no haya tierra firme:
“Amada amor amante mía” la llamaba, para que Ella, dando pasitos de gaviota, asistiera a sus brazos desde la ventana con el Mar en los ojos y su risa en la boca...
La perfecta maquinaria de su risa.
Derramaba aquella risa por todos los sitios de la casa.

Sin pasar, pasa otro siglo.

Billy aún gotea; pero respira como un niño. Sólo Mamá Micaela es capaz de hacer eso sin que ningún planeta se salga de su órbita. Al menos, todo gira, aún suena Chet Baker, el reloj de la torre sigue marcando todos los minutos y segundos que aun les quedan por vivir, en cada “tac”, y aunque no les sorprenda el alba, seguro que mañana, sale el Sol, porque mañana, siempre es otro día.
Un perro ladra.
Llueve.

Escrito por: BillyMacGregor

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