¿Alguna vez han tenido una cefalea producto de un coloquio consigo mismos? Pues yo tuve una infinidad de ambos, de cefaleas y coloquios, que plasmé en mi primera novela "Circunloquios" y que posteriormente complejicé en una segunda ("Braulio"). En esta última hay una conversación (¿?) que constantemente reviso, dada su importancia capital para mi personalidad actual...
–¿Es que crees que los demás se preocupan por ti? ¿Acaso crees que la vida está compuesta únicamente de momentos agradables? Despierta Braulio, sal de tu monótona forma de ver las cosas, lúcete con lo que has aprendido y aplícalo, vuélvete un renegado del diablo y aprende a costa de los demás. Utiliza a los demás, ya que ellos también lo hacen contigo. Ellos también aprenden a costa tuya, viendo cómo eres, quién eres, pero sin entenderte nunca. Nunca nadie te entenderá, Braulio.
–Tú sí me entiendes Sandra.
–Yo no existo, mi amor, no soy más que tu creación, la forma perfecta que tuviste para suplir tanta carencia de afecto y conmiseración. No soy más real que la verdadera amistad que tanto perseguiste, Braulio, y tú lo sabes.
–Y sin embargo, sigo hablando contigo.
–Porque no tienes con quien más hacerlo. Si hubieras sido normal…
–¡Eso jamás!
–Justo por eso sigues hablando conmigo, porque nunca te conformarás con una simple respuesta, aunque ésta sea la verdadera. Porque nunca estarás satisfecho de lo que aprenderás, siempre querrás más, y explotarás todo tu potencial, y llegarás no sólo a aprovecharte de cuantas personas conozcas en el futuro, sino que también te aprovecharás de ti mismo, a costa de ti mismo.
–¿Tan redundante puedo llegar a ser?
–Y también innecesario, mi amor.
–¿Por qué me dices “mi amor”, Sandra?
–Porque esa es la personalidad que esbozaste para mí en tus cuentos llamados “Circunloquios”. Tú siempre quisiste sentirte querido, pero no por cualquiera. Por eso me creaste, por eso me hiciste a tu imagen y semejanza. Por eso ahora estamos hablando con nosotros mismos.
–¿Nosotros mismos, Sandra?
–Tuviste que prever esto, Braulio. Llega un momento en que ya no puedes controlar lo que hiciste, entonces surgen las complicaciones existenciales. Cuando escribías sobre mí, hace ya tanto tiempo, no te imaginaste cuál sería mi final o mi papel en tu vida real. Creíste que me quedaría en la ficción de tu imaginación, pero estoy segura de que soy muchísimo más real que tú.
–Define realidad, Sandra.
–No, Braulio, ya no puedes conducirme a terrenos donde tú solamente puedes resultar vencedor. Te dejo el beneficio de la duda, he aprendido a revertir mi sometimiento hacia ti, me he independizado y ahora soy un ente con su propia personalidad. Te debo mucho, pero no todo.
–¿Quieres decir que en estos momentos estoy hablando solo en el Bar Queirolo del Centro de Lima?
–Siempre estuvimos solos, mi amor. Pero yo ya me liberé.
–Entonces es cierto que eres la mujer perfecta, la que aquella vez en la universidad se me acercó y…
–No existe la perfección, Braulio, sólo se tiende a ella. Tú quisiste hacerme perfecta, pero al final sólo pudiste investirme de humanidad.
–Yo te quise, Sandra, más de lo que te imaginas.
–Yo aún te quiero, Braulio, pero no con mi imaginación.
–Salud, entonces, y larguémonos a El Olivar. Tal vez termino cayéndome en la laguna como en el último “Circunloquio”.
–No creo que tengas tanta suerte, mi amor.
–Y pensar que hay mucha gente que cree que eres real.
–Tú todavía lo crees, Braulio; eso es en verdad lo sorprendente, que después de haber pasado tantas cosas, todavía tengas la facultad para creer.
Fragmento de "Braulio"
Carlos Aurelio Díaz Enciso - Febrero, 2007
