Mi nombre es Sandra Guitiérrez, actualmente tengo 26 años y soy egresada de Psicología, la cual aún no ejerzo, pero que me ha servido muchísimo para sobrellevar determinados intereses, como es el caso de Braulio. No supe darme cuenta a tiempo del trastorno del cual era presa el pobre individuo, sino hasta cuando me vi inmersa en su quehacer, en sus ideales y proyecciones patológicas, en su vida plena e inconforme; y, tal vez el error más imperdonable fue el creer estar enamorada de su personalidad. Ahora que lo he dejado de ver hace tiempo digamos, en términos braulianos, hace como 525 600 segundos que no lo veo, puedo darme cuenta de lo errada que estuve todo lo que duraron sus estúpidos circunloquios, esos remedos de pláticas circunscritas únicamente a minar el intelecto del adversario, que en este caso era yo, y revestirlos con verdades a medias, socavando la psique, escrutando las entrañas del alma, abstrayendo, desde los recuerdos más abstrusos, cualquier elemento onírico o vivencial o ambos para utilizarlo en contra de quien se extrajo. No puedo negar todas las veces que sus circunloquios lograron deteriorar mi personalidad, incidiendo a la vez en mi ceguera sentimental respecto a su forma de ver las cosas. Braulio fue único, y, de alguna manera, todavía lo sigue siendo, sólo que esta vez se ubica donde siempre tuvo que estar: en el del paciente esquizoidal. Hubiera hecho una excelente tesis con ello, de no haber sido tan fácilmente influenciable. Sin embargo, Braulio, dentro de su irreal forma de adaptarse al mundo, me enseñó que el arrepentimiento es para los cobardes, que todo tipo de experiencia es rica y fructífera en la medida que uno va asimilándolas. Ahora lo entiendo mucho mejor, ahora que estoy lejos de su maliciosa influencia.
Sin embargo, lo que me motiva a realizar la presente observación es precisamente el cuadro degenerativo en el que se ha sumido. Ya dije que hace mucho que no lo veo, pero he llegado a enterarme de algunas de sus necedades ya dejaron de ser excentricidades, como por ejemplo esa falsa hipótesis de que yo no existo, que sólo habito en su distorsionada imaginación de lunático omnisciente. No supe si reírme o sentir lástima por él al enterarme de tal fijación para conmigo; y es que por lo visto influí tanto en él como él en mí. A diferencia de Braulio, yo sí poseo una vida, una más real y provechosa. Mis padres, que residen en Milán, trabajan denodadamente para sacarnos a mi hermana y a mí de este Perú cada vez más paupérrimo. Ambas estamos tramitando en estos momentos nuestro pasaporte aunque debo reconocer que Elizabeth extrañará muchas cosas de Lima, como por ejemplo, sus aventurillas de alcoba; también estoy terminando el curso de francés en la Alianza Francesa de Miraflores, ya que de Milán pienso dirigirme a París y ejercer mi profesión a cabalidad. Los fondos con los que disponemos no pueden, de ninguna manera, ser irreales, como lo ha dado a entender Braulio en una pesudonovela titulada con su nombre este exceso de egocentrismo debería hacer sospechar a cualquiera; hacer una novela de uno mismo, sin ser siquiera una personalidad, ni siquiera alguien trascendental, como se ufanó siempre de serlo. Braulio tiene todo el derecho de escribir y describir sobre mí o la percepción que tuvo de mi cuando nos conocimos, en el curso de Diseño en la Universidad Decana de América, allá por el año 1998. De la misma manera, tengo yo derecho a pronunciarme, con la celeridad que merece el caso. No es que me importe ser su mujer perfecta tal aberración conceptual no sólo es ridícula, sino que se ajusta a la depresión racional de Braulio, plasmada en sus múltiples decepciones amicales femeniles; esto lo hallé al leer y releer su pseudonovela. No pretendo ser el ente ideal de un Braulio más inexistente que su personaje. Tampoco sentirme aludida por un enfermo mental. Simplemente creí conveniente, para efectos aclaratorios digamos, por si algún día al loco este le otorgaran el Nobel por su insulsa novela, para lo cual es necesario un precedente de que sus escritos no tienen más inspiración que su vacía existencia y morbosa tendencia a atesorar lo que jamás se tiene, porque en realidad nunca se tuvo, citando al mismísimo Braulio; fue por eso que decidí contactarme con él vía e-mail para lo cual siempre fue un inepto, pero que al parecer algo ha aprendido y publicara en un portal denominado Escribe Ya mis apreciaciones respecto a su osadía de develar ciertas intimidades sobre todo en esa otra vergonzosa novela Circunloquios, que no es otra cosa que la compilación de todas nuestras hazañas; en otras palabras, espero que se entienda que Braulio es un individuo enfermo, lastimado por el exceso de cariño paterno o tal vez por su carencia, no terminé de auscultarlo como era debido, antisocial, beligerante, radical, contradictorio sobre todo en cuanto a la amistad, que para él no existe, innecesario, pasional, paleolítico, en fin, mil y un cosas más que no quisiera detallar porque me faltaría tiempo, espacio y lectores.
Braulio es el irreal, no yo. Fue él quien se ha alimentado de nuestras vivencias para ser lo que es ahora, un individuo que, tarde o temprano si no lo ha hecho ya terminará destruyéndose de la manera más idiota que se puede concebir en este tipo de patologías No te digo adiós, Braulio, porque de alguna u otra manera, sé que regresarás, sobre todo por este e-mail. Pero, a diferencia de otras veces, estaré aguardándote, más preparada que antes, más predispuesta a desenmarañar tus arrebatos tus circunloquios, y, sobre todo, más racional y real que tú y toda la sarta de fantasías con las que quieras hacerme frente. Hasta entonces.
Sandra Guitérrez
